El partido del año Capítulo 32 #3
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Capítulo 32 #3

—Pretendía esperar algunos meses antes de ir a buscarte. Para que la terapia surtiera efecto. La psiquiatra piensa que ir a sesiones quincenales también me vendrá bien. Resulta que varios de los chicos hacen uso de ese servicio. No lo sabía. Por lo visto es muy normal.

—Claro que es muy normal. Eso es lo que he estado intentando transmitirte todo este tiempo a mi manera quizá exigente: que no tienes que esconder el TDAH , ni avergonzarte, ni combatirlo con la indiferencia.

Tampoco dejarlo estar como si no quedara otro remedio.

De todos modos, creo recordar que tu cabezonería no fue el centro de la discusión del otro día.

—Me separo lo suficiente para mirarlo a los ojos, ojos que siguen anegados en lágrimas que no ha llegado a derramar.

Verlo sobrecogido me conmueve por un segundo y me planteo olvidar el asunto.

Pero no he venido para eso—. Respecto al tema de Velvet Room. ..

—No quiero hablar de Roberta. Sé que la aprecias y todo eso, pero yo no la aguanto. Ignoremos que existe y ya está.

—¿Cómo que «ignoremos que existe»? Es algo que te estaba causando angustia. Y a mí también —confieso, no sin dificultad.

Que ya haya firmado mi dimisión no significa que pueda reírme. Aún. Sospecho que todavía pasarán unos cuantos meses hasta que me haya hecho a la idea de mi actual situación, que, tal y como decía Alexia, en el fondo no es tan espantosa como habría cabido esperar.

No tanto, no, pero sigue siéndolo.

Myles me mira a los ojos esperando una explicación.

—¿A ti también, has dicho? ¿Por fin te has dado cuenta?

Me contengo para no reprocharle el retintín con el que lo menciona. Al final, está en su legítimo derecho de tomarme por una idiota que no veía más allá de sus narices.

—Hace una semana dejé Velvet Room. Lex me dio las fuerzas que necesitaba para atreverme y me convenció de que podría empezar de nuevo en otro sitio: entre el reconocimiento que recibí de parte del Colegio de Agentes, mi experiencia y que la mismísima Alexia Lux puede corroborar que soy una excelente profesional, puede que, después de todo, levante cabeza.

Y había pensado... —me muerdo el labio. Intento distraerme acariciando los mechones más largos de su nuca— en probar a abrir una agencia en Boston.

En Nueva York ya hay mucha competencia, me apetece alejarme de todo lo que me ha estado provocando urticaria en los últimos meses, y.

.. y, bueno, no es que tú seas ningún motivo principal, pero es verdad que si estamos más cerca. ..

—¿Quieres venirte a vivir conmigo? —suelta de sopetón.

—¿Qué dices, tarado? ¡Salimos oficialmente en torno a un mes y luego rompimos! ¡Por supuesto que no voy a vivir contigo! ¡Todavía! —recalco para suavizar el impacto de mi asombro—. ¿En serio quieres que viva contigo ya?

Él se encoge de hombros con humildad.

—No me gustaría volver a perderte de vista ni por un segundo.

Además, seguro que vas a estar muy ocupada si pretendes abrir una agencia tú sola, y no podría verte si no fuera por la mañana y por la noche.

.. —Se rasca el cuello, entre azorado e inquieto—.

Oye, yo... No te voy a mentir. Creo que has hecho lo correcto.

Creo que te estaban jodiendo la vida. Y creo que deberías vivir donde están las personas que te quieren, como Alexia o como yo.

.. Pero me siento un poco abrumado porque hayas tomado decisiones trascendentales a raíz de nuestra pelea.

¿No te arrepentirás y me echarás la culpa?

Todo esto te lo digo porque dice la psiquiatra que debo aprender a expresar mis emociones en el momento y no después de cabrearme —se explica.

La breve justificación me arranca una sonrisa y lo estrecho entre mis brazos.

—En tus propias palabras, tú solo me has inspirado, pero era algo que debía hacer.

Tengo miedo, eso no te lo voy a negar. Tengo miedo de que Roberta eche pestes sobre mí en nuestros círculos y me bloquee o me robe oportunidades.

Tengo miedo de darme cuenta de que Samantha nunca fue mi amiga de verdad una vez nos separen cinco horas en coche.

Tengo miedo de que nadie contrate mis servicios.

Pero a la vez estoy emocionada. Y muy tranquila.

Eso es —asiento, sorprendida por mi propia revelación—.

Me tranquiliza saber que ahora solo estoy rodeada de gente que me escucha, me entiende y me respeta. ¡Y me apoya!

—Roberta no va a echar pestes de ti porque la voy a hundir. Mi abogado dice que es muy probable que la demanda prospere y tenga que pagar por daños y perjuicios.

—Si es lo que sientes que debes hacer, lo acepto.

Es verdad que es lo justo, aunque me duela por todo el tiempo que pasamos juntas.

Alguna que otra vez llegué a pensar en ella como mi madre además de mi heroína, ¿sabes?

—La sonrisa se me desinfla—. Es chocante ver cómo las cosas que construimos se van derrumbando. Al menos es para ir a mejor, ¿no?

A pesar de que no puede estar seguro de que así sea, Myles asiente con la cabeza, en gran medida porque está harto de tanta cháchara.

Yo también estoy harta de tanta cháchara, así que empatizo con él: no le hacían ninguna falta las explicaciones porque iba a perdonarme le dijera lo que le dijera, hiciese lo que hiciese, y está tan desesperado por fundirse conmigo —así como yo con él— que, en palabras de Renée Zellweger en Jerry Maguire , me lo habría metido en el bolsillo ya con el «hola».

Y, oye, él a mí también.

Myles toma mis labios con un beso que desde el principio tiene muy poco de dulce o sereno.

Me estrecha contra su pecho y hace con mi pelo lo que le da la gana: lo desordena, lo retira para tener acceso a mi nuca, lo encierra en un puño para manipular el movimiento de mi cabeza.

Y yo me dejo con un profundo alivio porque este lugar, el regazo de este hombre, es el único en el que no temo ceder el control; el único en el que puedo olvidar quién soy.

Me puedo imaginar cómo habríamos terminado si la sirena del campo no hubiera anunciado el fin del partido.

Soy yo la que se separa un tanto aturdida y echa un vistazo a la televisión del vestuario, que había estado retransmitiendo el juego de los Beasts y los Bills con el sonido apagado.

Busco la complicidad de Myles con una sonrisa al descubrir que los nuestros se han erigido con la victoria.

Muy por los pelos, sí, pero han ganado.

Él se dirige a mí con la mirada vidriosa por el beso.

—¿Quieres salir a celebrarlo? —pregunta con la voz ronca.

—¿Salir? ¿Al campo, te refieres? —Myles asiente despacio—. ¿Eso es legal?

—Sí. Alexia ha bajado varias veces. Pero tienes que saber lo que eso significaría. Te estaría presentando al mundo entero.

—Por segunda vez después del momento Oprah.

—Vale, sí. Por segunda vez después del momento Oprah. Pero si sales ahora conmigo, no hay marcha atrás. Serás mi novia a ojos de la afición. Eso es más importante que ser mi novia a ojos de Dios.

—Bueno... No he venido hasta aquí solo a informarte de mis novedades.

Myles hace un gesto breve con la cabeza que viene a significar «no se hable más».

Sin mayor preámbulo, se levanta con facilidad teniéndome todavía en brazos, y en lugar de ponerme los pies en el suelo, cruza el umbral del vestuario y poco después también el umbral de las puertas que se abren hacia el campo conmigo en volandas.

Atraviesa la hierba para reunirse con el equipo. Los Boston Beasts estaban haciendo piña con sonrisas de cansancio, chocándose los nudillos, brincando, dirigiéndose guiños o estrechándose las manos con el equipo contrario. Se felicitan cordialmente con un simple «¡buen juego!».

—¡Mirad quién está aquí! —exclama Vinny nada más reconocerme en brazos de un sonriente DiMarco—. ¡La parejita!

—Ya tendríamos algo más que celebrar —apoya Noah con una sonrisa y los brazos en jarras.

Ash arranca a silbar tan fuerte que se le oye por encima de los pitidos del árbitro, y a continuación todos los miembros del equipo, como en una reacción en cadena, se unen a la diversión aplaudiendo, aullando, lanzando vítores al aire.

Hasta los Buffalo Bills se ríen con el escándalo, y en vez de retirarse a lamerse las heridas, permanecen en el campo batiendo las palmas y silbando con los dedos.

No me extraña que semejante escándalo llegue a oídos —u ojos— del encargado de la kiss cam : al cabo de dos, tres o, como mucho, cinco minutos, la cara de Myles y la mía aparecen en la enorme pantalla junto al marcador que subraya la victoria del equipo residente.

—¡Hostias, la kiss cam ! —exclama Ash—. ¡Eso, en el lenguaje deportivo, equivale a dar el sí en el altar!

Myles me mira con los ojos rebosantes de ilusión.

—Pues no sé tú, pitusa, pero yo voy a darlo.

—¿Y qué piensas que voy a hacer yo? ¿Negarme?

—A lo mejor. Como te picaste con lo de Oprah, quizá esto es demasiado para ti. Pero bueno. —Acerca su rostro al mío—. Ya sabes con lo que estás lidiando, ¿verdad?

La kiss cam y la totalidad del público, que se ha puesto a gritar como loco, nos espera hasta que por fin nuestros labios se unen.

No mantienen el objetivo puesto en nosotros por mucho tiempo, pero no porque Alexia haya bajado al campo y haya que cubrir la noticia de que sigue saliendo con Vinny, sino porque un beso de Myles no es apto para todos los públicos y hay niños en las gradas.

Mejor, la verdad. En lo que queda de día, agradeceré infinitamente una pizca de intimidad.

—Por supuesto que lo sé. —Le guiño un ojo—. Con el partido del año.