Capítulo 32 #2
Va vestido con la equipación de los Boston Beasts: pantalones blancos, camiseta púrpura.
Las protecciones lo ensanchan como si le hiciera alguna falta.
Hacía tanto tiempo que no lo veía con su, digamos, uniforme de trabajo que vuelvo a acordarme del día que nos conocimos, en parte porque las sensaciones que experimenté entonces son las mismas que experimento ahora: incomprensión, curiosidad y también agonía por lo que su cercanía le hace a mi cuerpo.
—No voy a salir —dice al cabo de un rato, todavía agarrado al marco de la puerta.
Cuando digo «agarrado», me refiero a con la mano hecha una garra, los dedos casi abriendo agujeros en la madera—.
Capobianco me ha dicho a última hora que será mejor que me reserve para cuando llevemos un par de meses de liga.
Estoy conforme. —Se encoge de hombros con ese aire que solía creer huraño, pero que es más bien inocentón—. No estoy en mi mejor momento.
—¿Y eso por qué? ¿Qué te pasa?
Myles aparta la vista y se lleva la mano a la nuca.
—He empezado a tomar una medicación no estimulante, y entre que hace efecto es normal que estés somnoliento, mareado, fatigado, un poco lento... Esas cosas. Capobianco no quería arriesgarse.
El anuncio me pilla con la guardia baja.
Suelto el mango del bolso, dejándolo que cuelgue solo de mi hombro.
—¿Medicación? ¿Para qué? —Él me lanza una mirada elocuente—.
¿Para el TDAH ? —Se limita a asentir con la cabeza—.
¿Por qué? ¿Así, de repente? ¿Quién te ha convencido?
¿Te la ha mandado un buen profesional?, ¿uno con una cierta reputación?
, ¿considerado sabio en su gremio? ¿Cómo se llama? Haría falta contrastar con...
—Es la psiquiatra del equipo. Yo creo que es buena. —Se concede una pequeña sonrisa—. Ya vuelves a las andadas con tus cuestionarios de preguntas y tu preocupación innecesaria.
—¡No es una preocupación innecesaria! —replico con seriedad—. Hasta hace poco te oponías en rotundo a la farmacología, y...
—Hace meses me oponía en rotundo a la farmacología, a hablar del tema, a contárselo a la gente, a aceptarlo. Ahora solo estoy en contra de las anfetaminas porque me consta que me sientan mal. A lo mejor esto me va algo mejor. El tiempo dirá.
—Pero... pero... ¿Por qué?
Myles vuelve a encogerse de hombros.
Suelta el marco de la puerta y da unos pasos atrás, adentrándose en el vestuario.
—Porque puede que sea cierto que tener TDAH es jodido en algunos aspectos. Y puede que sea cierto que no quiera estar jodido si puedo evitarlo. —Me mira de reojo—. Y puede, también, que no quiera salpicar con eso a la gente a la que quiero.
Avanzo apresuradamente los pasos que él ha retrocedido y lo agarro de una mano en un arrebato.
—¡No! ¡No! ¡Yo venía a...! —Aprieto los labios y me obligo a calmarme antes de hablar—.
Myles, venía a decirte que fue injusto por mi parte forzarte a hacer algo al respecto de una.
.. situación tuya y solo tuya. Venía a decirte que me pasé de la raya esa noche, que es verdad que no puedo influir en el modo en que decides sobrellevar tus dificultades, y que.
.. que no te quiero arreglar. Claro que no te quiero arreglar.
—Bajo la mirada a mis dedos entrelazados con los suyos—.
Si me enamoré de ti así, tal y como eres, ¿cómo iba a pretender o desear cambiarte?
Esa noche sufrí un ataque de celos, y todo a mi alrededor se estaba desmoronando, ¡y mi madre no dejaba de.
.. ser mi madre! Perdí los papeles y lo pagué contigo, y aunque había un problema entre nosotros, no era el que yo insistí en señalar.
Myles acalla el preámbulo de mi disculpa soltándose de mi mano y volviendo a retroceder, esta vez sin mirarme.
No me gusta lo que alcanzo a ver de su expresión antes de que se gire para tomar asiento con aire derrotado en el banco.
Y no me gusta porque es una expresión contenida y enigmática que no he visto antes.
Apoya los codos sobre los muslos y desde allí me lanza un vistazo cargado de cansancio. Es como si al sentarse se le hubieran venido encima todos los entrenamientos de las pasadas semanas.
¿Será esa la lentitud y la fatiga que ha mencionado? La idea de que padezca efectos secundarios que influirán en su desempeño deportivo, y para colmo por culpa de lo que dije, me tortura tanto que me importa un rábano ir a por él de nuevo y ponerle las manos en el regazo.
—Lo siento —anuncio con la vista clavada en su perfil—.
Lo siento muchísimo. Tenías razón. Lo viste antes que yo y, a diferencia de mí, no tuviste miedo de decirlo.
He estado permitiendo que el trabajo me absorbiera hasta el punto de apropiarse mi vida.
¡De mi sentido de la ética! De alguna manera estaba siendo mánager, juez y divinidad al intervenir en aspectos tan delicados de tu vida.
Y aunque lo hacía con la mejor intención, no sé dónde terminaba mi deseo de que te sintieras mejor y dónde empezaba mi convicción de que solo por haber cosechado éxitos en el mundo de la representación tenía y tendría siempre la razón.
—No —me corta—. Es verdad que todo aquel que padece un problema como el mío debe al menos plantearse tratarlo. Solo planteárselo. Y yo ni siquiera pretendía aceptarlo. Además; se supone que la gente se preocupa por ti porque te quiere, ¿no?
Me mira de soslayo, dudoso, y vuelve a apartar la mirada como quien recoge una caña.
—Claro que te quiero —murmuro—. No me disculpo por eso, sino por haber presionado.
—No he empezado el tratamiento porque me hayas presionado.
Lo he empezado para ver qué pasa. Quizá me cueste menos concentrarme y no sufra tanto cuando se me presenta un problema.
Ni sea tan irritable. A lo mejor, entre eso y mis esfuerzos, hasta consigo ser lo bastante responsable para no humillar a mi novia en sus días especiales.
Sintiendo de pronto una gran desorientación, retiro las manos con cuidado.
—¿Lo dices por lo que pasó, o...? ¿Sales con alguien ahora?
—No. ¿Cómo voy a salir con alguien ahora? —Sacude la cabeza, irritado con la sola posibilidad. El músculo de la impotencia se marca en su mandíbula—. ¿Cómo voy a estar con alguien que no seas tú, Elsie?
El corazón me da un brinco en el pecho, y no porque me haya conmovido, sino porque me alerta el modo en que baja el tono para que sea menos evidente que se le quiebra la voz.
Intento asomarme a su expresión, cada vez más sombría.
—Pero he venido. O sea, estoy aquí porque quiero estar contigo —balbuceo, impaciente por hacer que se sienta mejor.
Recuerdo el helado metido en el bolso y me apresuro a sacarlo.
Mi gozo en un pozo al reparar en que se ha abierto y se ha derramado la mitad del contenido en la preciosa piel del interior—. ¡No! ¡Maldita sea! Había traído...
Myles mira en mi dirección y se sorprende al echar un vistazo al bolso de Celine, que con toda probabilidad tendré que tirar después de este estropicio. Se asoma, muerto de curiosidad, y levanta las cejas al toparse con la piscina de caramelo salado.
Ante mi cara de pasmo, mete un dedo, lo moja y lo prueba.
—Era mi ofrenda de paz —suspiro, derrotada—. No sé cómo ha podido pasar.
Lo que tampoco sé cómo pasa, al menos en un primer momento, es que dejo de sentir el banco debajo de mí. Sus brazos me han envuelto con facilidad rodeándome por la espalda y por las corvas de las rodillas y me han alzado en vilo para sentarme con su codicia habitual —y tan familiar— en su regazo.
—Te habría regalado algo más especial —empiezo a justificarme—, pero creo que te conozco y dudo que un reloj de marca te hubiese gustado.
Y podrías haberlo interpretado como una pullita del tipo «a ver si así llegas puntual a los sitios».
También pensé en hacerte llegar una cama grande, pero entonces pedirte perdón no habría tenido ningún sentido, porque junto con la disculpa viene el compromiso de no volver a meterme donde no me llaman, y. ..
—Quiero que te metas donde no te llaman —me interrumpe con vehemencia—. Todo el tiempo. Eso es lo que tú eres. Te metes donde no te llaman. Y tú lo has dicho: así es como te quiero.
Me siento incapaz de formular palabra cuando levanta una mano hacia mí y me acaricia la cara despacio, muy despacio.
Podría haber sido Myles quien se hubiera quedado hipnotizado con el movimiento tan deliberado, pero soy yo la que se pierde en el contacto y se ladea en su busca, desesperada por su cercanía.
Cierro los ojos un instante, solo un instante. Al siguiente vuelvo a necesitar su rostro.
El pecho se me encoge al reparar en la humedad de sus ojos.
—Myles...
—Estaba muy asustado —reconoce en voz baja, casi sin voz.
—¿Por lo de las pastillas? Es normal. Sabes que pueden ser traicioneras y que muchos eligen no tomarlas, pero...
—No. Estaba aterrorizado por si no volvías.
—También podrías haber vuelto tú, ¿sabes? No se te ha olvidado dónde vivo. —Entonces caigo en la cuenta de que es despistado, como él mismo dice, y me corrijo—: ¿O sí?
Myles niega con la cabeza.
—A mí no se me ha olvidado nunca nada relacionado contigo.
De pequeña estabas enamorada de tu dentista, ¿verdad?
Y tu caballo se llama Diamond Duchess. Y odias los cinturones negros porque crees que no pegan con nada.
Y en realidad eres pelirroja. Por eso te sienta bien el verde, aunque tú no lo creas. Y tienes hipertiroidismo.
—Ganarías el quesito del Trivial Pursuit de Lara Cosima —balbuceo, abrumada.
Myles afianza aún más las manos a mi alrededor, como si temiera que fuese a escaparme, y entierra la nariz en mi pecho. Al apoyar las palmas sobre sus hombros, descubro que está temblando.
—Estoy —hace una pausa para que no le sobrepase la emoción— muy enamorado de ti, ¿sabes?
—Myles...