Capítulo 32
To New York has conjugado el verbo tres veces en una sola frase.
—No sé si «salir» es una conjugación. Es el infinitivo. ¿Piensas responder? ¿Por qué no lo veo por ninguna parte? ¡¿Dónde está?!
—¿Qué más da que no lo veas? Estará en el banquillo o en los vestuarios. No pretenderías parar el partido en medio de una jugada maestra para entregarle el helado de la paz y sentarte a hablar con él sobre el futuro, ¿no?
—Tanto como parar el partido, pues no. ¡Pero esperaba verlo jugar un rato, aunque fuera! ¡Así tendría algo que decirle al respecto! ¡Que ha estado estupendo, por ejemplo!
A lo mejor hasta podría rascar un puñado de halagos específicos, como los que Adora Relish le dirigió en la noche de la gala. Noche que poco a poco me voy viendo en condiciones de rememorar sin sentir que se me cae el alma a los pies.
Nunca va a ser agradable para mí revivir el espantoso recuerdo de la conversación breve pero innegablemente cómplice entre Adora y Myles; la sonrisa que él esbozaba al escucharla con una especie de ilusión infantil.
Pero ahora que me enfrento a lo ocurrido entre los dos con perspectiva y optimismo, comprendo que fue injusto hacerle reproches por eso y que estaba en su derecho de entretenerse en un sitio hostil para él conversando con la única persona que lo entendería.
Los milagros que obran un par de semanas de gestión emocional, intensivos de yoga y la urgente obligación de reestructurar una vida entera en otra ciudad, ¿eh?
—Si sale y en efecto juega bien, te chivaré algunos términos relativos a la figura del wide receiver para que te ayuden a quedar de lujo —me promete Alexia.
Ha estado en tantos partidos ya que ha aprendido a compartimentar la mente y dividir su atención sin problema: sus ojos siguen con fijación los movimientos de la equipación moriblanca , en concreto la del tight end , el número 81 , pero su apoyo, su corazón y su espíritu están conmigo.
—¿Es que cabe la posibilidad de que no salga?
—Cariño, están a punto de hacer el descanso intermedio y todavía no hay ni rastro del 69 . Yo diría que ni siquiera lo han convocado. ¿O te ha parecido ver su número en el banquillo?
—¿Y me lo dices ahora? —me horrorizo—. ¿Por qué estoy tragándome esto, entonces?
Alexia me lanza un guiño y se lleva un puñado de palomitas a la boca.
—Porque te gusta estar conmigo. Porque a mí me gusta estar contigo. Porque...
—¡No he venido a ver ningún partido! ¡Quiero hablar con Myles!
—Haberle escrito un mensaje, niña caprichosa.
—Ya sabes cómo es con los mensajes. Y con las llamadas.
Y me habría resultado violento presentarme sin avisar en su apartamento, o durante el entrenamiento, o.
.. No sé cómo están los ánimos, no quiero hacer el ridículo, tengo miedo, y.
.. y... ¡Ya hemos hablado de esto! Es la medida que me parecía menos invasiva.
Además: así le demuestro que lo apoyo y que valoro su trabajo, como él intentó demostrarme a mí yendo a la gala a pesar de que no era su lugar favorito del mundo.
En eso estamos a mano —añado por lo bajo.
Tengo motivos para ser optimista respecto a nuestro inminente reencuentro.
a) Nos hemos escrito un par de veces en las últimas semanas. O sea: no nos hemos bloqueado.
b) He dejado Velvet Room, uno de los obstáculos que se interponían entre nosotros.
c) Planeo pedirle disculpas por mi exabrupto el día de la gala. He practicado frente al espejo para no cometer el error de restarle importancia a mis sentimientos. El simple hecho de tomar la iniciativa ya es de valorar, ¿no?
d) Llevo una tarrina de helado encima. Aunque está muriendo.
e) Si no es un psicópata, no ha podido dejar de quererme en quince días, ¿no? Yo no lo he dejado de querer en quince días y a veces puedo ser una psicópata. Al menos, soy más psicópata que él.
f) Voy a hacerle una oferta que no podrá rechazar.
g) Me he puesto la minifalda de cuero que tanto le gusta.
h) El punto G — qué apropiado — es un argumento a favor de lo que expongo en el punto E . Ponerme la minifalda de cuero que tanto le gusta es manipulación pasiva y los psicópatas son fundamentalmente manipuladores.
—¿Cuándo acaba la primera parte? —pregunto, ansiosa—.
Me escabulliré a los vestuarios por si estuviera allí.
Porque dices que no lo has visto en el banquillo, ¿no?
—Le quito los prismáticos que te proporcionan en los lujosos palcos acristalados y echo un vistazo a los jugadores fuera de la banda.
Reconozco al chico del tatuaje del dragón y al chico del buzzcut decolorado.
Ni rastro de Myles DiMarco—. Vale, pues voy a buscarlo.
—¿Es que no puedes esperar?
—¡El helado no puede esperar!
¡Y yo tampoco!
En cuanto se pita el intermedio, me levanto a toda prisa, me echo un vistazo rápido al reflejo de la pantalla de mi móvil y salgo volando.
No creo que sea tan difícil de entender para alguien que una chica con una misión —una misión en la que no tiene experiencia alguna; jamás me he visto en la tesitura de recuperar a un hombre— esté enferma de los nervios y quiera acabar con el problema cuanto antes.
No creo que sea tan difícil empatizar con una mujer que no ha dormido ni veinte horas en quince días, se pasa las noches en vela refrescando el perfil de Instagram de un hombre que habrá olvidado la contraseña y escribiendo distintos textos de disculpa para luego no enviar ninguno.
Nada ni nadie se interpone en mi camino a los vestuarios. Es lo bueno de que se hayan quedado con mi cara después de tantos meses acudiendo con Alexia a los entrenamientos y siendo la mánager de Myles: pocos accesos tengo restringidos.
El interior del estadio está sumido en un silencio misterioso cuando la acción se desarrolla en el campo. No hay un alma y el ruido de los asistentes se cuela por los pasillos como un fantasma en busca de cobijo. El filo de mis inseparables tacones repiquetea en el linóleo con impertinencia.
Doblo la esquina aferrada a mi bolso, cada vez más histérica.
Si no está aquí, tendré que echar mano del plan B , y el plan B depende de que los Boston Beasts ganen el partido, porque me colaré en la fiesta que se celebrará a posteriori.
Y si Myles tampoco aparece en la fiesta que se celebre a posteriori, habré de montarme en un taxi, trasponer al barrio de Dorchester y aporrear la puerta vulgarmente.
Algo muy humillante, sí, pero a todo cerdo le llega su San Martín, ¿no?
No he querido prestar atención a la vocecita interna que me recuerda que Myles no ha venido a buscarme, que fue Myles quien me dejó tirada en la calle por segunda vez y que su denuncia a Velvet Room, que según Samantha sigue adelante, podría haber sido una vendetta personal contra mí e incluso una advertencia para que no se me ocurra volver a acercarme.
Y no le presto atención porque él no es un hombre de vendettas personales, sino un hombre de la justicia, y porque.
.. En fin, pues porque fui yo quien rompió la relación.
Atravieso el corredor de los vestuarios.
Nada más alzar la vista, reparo en una enorme figura masculina asomada bajo el umbral de los mismos.
Parece que haya oído mis tacones —como para no— y se haya colgado del marco de la puerta para averiguar de quién se trata, pero a juzgar por su expresión, entre expectante, incrédula y emocionalmente contenida, venía sabiendo de sobra que soy yo.
Mis pasos avanzan con mucha menos seguridad al coincidir con su mirada después de tanto tiempo que habría jurado que han transcurrido años.
Se ha quedado inmóvil ahí, pendiente de mí.
Apuesto a que los engranajes de su cerebro trabajan a toda velocidad preguntándose qué hace, qué dice, qué hago yo aquí.
O a lo mejor esa solo soy yo y estoy proyectando.
Me viene a la mente la primera vez que nos vimos. Entonces era una servidora la que se hallaba de pie junto a la puerta del despacho de Capobianco, y era Myles DiMarco quien se dirigía hacia mí cubierto de sudor y con una expresión muy parecida a la que se dibuja en su cara hoy.
El recuerdo me inunda de calidez y acentúa mi nerviosismo.
Para cuando me detengo a un par de pasos de él, me estoy aferrando al mango del bolso con fuerza para que no se note que tiemblo.
—He reconocido tus pasitos —murmura con la vista gacha, pero solo porque tiene que agachar la vista para mirarme. Siempre ha sido así.
—Pues yo no te he reconocido a ti en ninguno de los hombres uniformados que hay ahí fuera.
—¿Has venido a acompañar a Alexia al partido?
«¡He venido a verte a ti, idiota!».
—Algo así.
«Idiota tú, Lara Cosima».
Por un momento no tenemos nada más que decirnos.
Intento ser sutil al mirarlo de arriba abajo, al fijarme en los detalles de ese rostro que me conozco como la palma de mi mano.
Se ha vuelto a dejar crecer la copiosa barba, pero no le afea un ápice.
Nada puede afear unos ojos moriscos como esos, una presencia tan imponente y magnética.