El partido del año Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Vinny y Ash se acercan como quien no quiere la cosa, más por rascar sus últimos minutos con Savannah hasta, no sé, Navidad, que porque crean poder aportar algo.

—Creo que hay algo que puedo hacer —murmuro con la vista clavada en mi bolsillo izquierdo, donde he enterrado una mano—, pero no sé si me conviene. Hace unas semanas no me lo habría planteado ni loco y ahora lo estoy barajando.

—Si lo que planeas es marcarte otro gran gesto de amor en televisión —señala Savannah con humor—, permíteme sugerirte que lo descartes.

—No es eso.

Aprieto los labios un momento, indeciso sobre si compartirlo o no compartirlo.

Una ridiculez, porque ya sabe todo el mundo que tengo TDAH .

Si es por saber, hasta están al tanto de cómo me siento al respecto.

Si vacilo es porque una parte de mí —cada vez más pequeña, todo hay que decirlo— sigue siendo demasiado orgullosa para ceder a las sugerencias de Elsie.

Por suerte o por desgracia, la otra parte de mí la echa tanto de menos que empieza a descubrir que haría cualquier cosa para traerla de vuelta.

—Estoy pensando —confieso al fin— en, a lo mejor... probar a... tratar el TDAH .

Savannah me sostiene la mirada esperando información extra. Como no llega, es implacable al responder:

—No me gusta cómo suena eso. No el hecho de que te trates, que me parece tan válido como que no lo hagas, sino que sientas que si lo haces podrás recuperarla. ¿Es que te dio un ultimátum a ese respecto?

—No. Es verdad que ella quiere que haga algo con el TDAH .

Y es verdad que una de las razones por las que.

.. nos peleamos —soy incapaz de decir en voz alta que hemos roto— es que mi impulsividad y mi falta de atención a veces le hacen daño.

Pero no pretendía manipularme. Creo que solo estaba saturada y tomó la vía rápida.

—Entonces lo estás pensando por tu cuenta.

Lo estoy pensando por mi cuenta, sí, pero porque las conversaciones con Elsie me han hecho acordarme más del tema.

Me han «inspirado», si se quiere ver así.

Aparte, la visibilidad que le he dado al diagnóstico en televisión ha producido una oleada masiva de opiniones, sugerencias y apoyo a gente con TDAH en redes sociales.

Me he tirado los últimos días leyendo testimonios de peña que se medica y por qué, de peña que no lo hace y su motivo; peña a la que le van bien las anfetaminas, peña que toma antidepresivos efectivos para la sintomatología de la alteración neurobiológica, peña que se ha decantado por opciones no estimulantes que regulan sobre todo la noradrenalina. ..

Nunca había leído tanto del asunto —sobre un asunto en general— y había sentido que me estaba informando de verdad en lugar de desinformando con las múltiples teorías dispares; que estaba comprendiendo el fondo de la cuestión y poniéndolo todo en su lugar en vez de confundiéndome más.

La de cosas que se le ocurre hacer a uno cuando se siente como una puta mierda y necesita distraerse como sea, ¿eh?

La de ideas que se te pasan por la cabeza cuando entiendes que alguien a quien quieres no pretende volver a verte porque la has cagado a pesar de que ella también la ha cagado contigo.

Supongo que esto también es estar enamorado: empatizar con su visión aunque me haya cabreado, decepcionado y matado con su cabezonería y su puta ceguera.

A veces puedes tener razón y al mismo tiempo no tenerla en absoluto.

Creo que eso nos pasa a los dos.

—¿Te has decidido a probar la medicación? —pregunta Vinny con interés.

Me encojo de hombros como si nada.

—Tengo cita con la psiquiatra del equipo pasado mañana, a ver qué me dice. No sé.

—Por probar no pierdes nada —apoya Ash—. Es lo que hace la gente cuando le pasa algo, ¿no? Toma pastillas y si no le van bien no las toma más. Así de simple.

—No es tan simple —replica Savannah—, pero es verdad que tampoco es el fin del mundo. Si lo haces por tu bien, porque crees que podría ayudarte, entonces me parece de maravilla. Ahora bien: no hagas nada porque te sientas obligado por alguien que no está en tus zapatos.

Es verdad que a ratos me he sentido presionado por ella, pero no solo en lo relativo al TDAH .

Lara Cosima es una persona que presiona para todo, y no hay mayor prueba de que no lo hace por maldad que el hecho de que dé ejemplo llevándose a sí misma al límite.

No te quiere mandar, ni joder, ni sacar de quicio.

Quiere que seas tu mejor versión. Y por simplista que sea deducir que medicando a una persona solucionarás su trastorno, es comprensible y hasta conmovedor que lo proponga porque viene del deseo de ayudar, de la preocupación sincera, del respeto a la farmacología y los resultados que puede obrar.

Y la verdad es que a base de hablarlo, a menudo en contra de mi voluntad, me he dado cuenta de que siempre he creído que si ignoraba que el problema estaba ahí, tarde o temprano desaparecería.

No es así. El TDAH es para siempre, y el mío en concreto es jodido.

Elsie no se equivocó al decir que yo soy el primero al que perturba y altera, soy el primero que sufre.

Pero imagino que cuando estás acostumbrado a vivir de una determinada manera, a tomarte tus necesidades y padecimientos por el pito del sereno, impacta y hasta fastidia que alguien venga a señalarte que a lo mejor estás existiendo por debajo de tus posibilidades —llegando a estar en la mierda— por simple y llana cabezonería.

Y por miedo.

—No me siento obligado. Me siento inspirado —la defiendo, en parte porque yo no hice nada distinto cuando discutimos que intentar «inspirarla» a desprenderse de lo que la está torturando—.

Al final, me ha abierto los ojos a algo que yo sabía pero que me parecía normal y aceptable: que estoy ignorando una cosa que podría tener tratamiento solo porque me aterra jugar peor.

Porque eso es lo único que me detiene ahora.

—Miro a Vinny y miro a Ash. Me han estado escuchando en silencio—.

¿Y si dejo de ser la estrella del equipo?

El corredor arquea las cejas rubísimas.

—La estrella del equipo soy yo, perdona.

—No te flipes —replica Vinny—. La estrella soy yo.

—Estábamos teniendo una conversación seria —nos recuerda Savannah antes de que nos enzarcemos en un debate desenfadado—. Y la estrella es Noah Armstrong, que para eso es el quarterback . Sigue, Myles.

—No hay mucho más. Es eso. ¿Qué voy a hacer si pruebo las pastillas, me van de puta madre para todo lo que es mi vida diaria, pero mi rendimiento baja?

—Pues harás lo que hacemos todos los demás que no contamos con la hiperactividad para derrochar energía durante los cuatro cuartos de partido —interviene Noah.

Me giro y lo descubro con la respiración agitada de haber venido corriendo.

Lleva unos vaqueros y una camiseta de lycra que le queda ligeramente corta por abajo.

Mira a Savannah en señal de reconocimiento, como diciendo «estoy aquí por ti», pero se acerca a mí y me pone la mano en el hombro—: entrenar más y muy duro, DiMarco. Entrenar más y muy duro.

—Eso es —conviene Vinny con una media sonrisa—. Puede que seas el puto amo del fútbol, en parte, por el TDAH . Pero también lo eres por el físico que tienes. También lo eres porque te esfuerzas como un cabrón. Sigue haciéndolo como el resto de los mortales y tu rendimiento no tendrá por qué bajar.

—Exacto —apoya Ash—. ¿O es que crees que todos los campeones de la NFL son tíos que nacieron con una flor en el culo? Es verdad que tenemos que tener unas hechuras y todo eso, pero, colega, aquí la mayoría no hemos nacido para jugar. Simplemente nos lo hemos currado.

Busco la mirada de Savannah, que es la que queda por hacer su aportación. No sé si ha sido la llegada estelar de Noah o el apoyo que me han brindado los Boston Beasts, pero algo ha iluminado su expresión y le ha bajado la guardia.

Me aprieta la mano, que no había soltado en ningún momento.

—Tú solo ten presente que, hagas lo que hagas, te vamos a querer igual. Más o menos hiperactivo, más o menos despistado, más o menos irascible, más o menos depresivo; como sea, porque debajo de cualquier cuadro clínico estás tú.

Y si hay una persona en el mundo que puede decir eso y que yo no solo la crea, sino que le tome la palabra, es ella. Savannah sabe mejor que nadie lo que es que a uno le reduzcan a su cuadro clínico y o lo lleven entre algodones o lo miren con curiosidad, recelo o ambos.

Extiende las manos para darme el abrazo de despedida.

Cuánto me va a costar acostumbrarme a su ausencia.

Cuánto me ha costado siempre aceptar los cambios radicales y bruscos, las idas y venidas de la gente, los nuevos comienzos.

Para muestra, un botón: el desvanecimiento de Elsie de la noche a la mañana me ha dejado perdido en una ciudad que no conozco y sin poder pedirle a nadie indicaciones porque no hay quien hable mi idioma.

La marcha de Savannah solo empeora mi sensación de desamparo.

Pero se tiene que ir. Claro que sí.

Lara Cosima no se tenía que ir. Hay una gran diferencia.

Me besa en la mejilla y a continuación se despide de su hermano —luego se despedirá de él otra vez, y otra, y así hasta que haya cruzado el control de seguridad y a Vinny no le quede otro remedio que dejarla ir—; después le toca el turno a Ash, que la levanta del suelo con un bramido de pecho, clásico movimiento graciosito al que recurre siempre el corredor en los momentos de solemnidad para restarle hierro al asunto.

Por último, Savannah se gira con razonable reticencia hacia el tardón de Noah, que ha estado esperando su turno con una expresión cifrada y las manos en los bolsillos.

Ella se acerca a él con pies de plomo, casi como si esperase un movimiento brusco.

El quarterback responde a su avance rodeándole la cintura con un brazo y atrayéndola hacia su costado para besarle la frente.

Savannah cierra los ojos un segundo, pero muy pronto la vence la frustración o la rabia hacia quién sabe qué y se yergue. Igual que se yergue, no obstante, se vuelve a ablandar cuando Noah le dirige una sonrisa leve y le dice algo que no alcanzo a escuchar.

Ligeramente ruborizada, Savannah se aparta, recoge del suelo el equipaje de mano y hace un saludo militar en nuestra dirección para dirigirse acto seguido al control de seguridad. Vinny sale detrás de ella, como no puede ser de otro modo, y la ayuda a extraer los líquidos del neceser.

Ash, Noah y yo nos quedamos en el sitio con cierto aire desvalido.

—Pues una que se nos va —suspira el corredor—. A ver si el siguiente no vas a ser tú, cuando las pastillas te dejen inútil y Capobianco te eche del equipo.

—Cállate, gilipollas —espeto, pero no me molesta que bromee con el tema.

Es el primer indicador de que todo podría salir bien. De que no es para tanto.

Noah permanece en silencio viendo a Savannah cruzar el umbral.

Ya no se ríe.

—Vamos a ir comprando los billetes de avión para ir a París, ¿no? —sugiere Ash—. A mí me viene bien finales de febrero, cuando hayamos ganado la liga de este año. Es temporada baja, así que será barato, ¿no?

Saca el móvil para hacer las pertinentes consultas en la web.

Es el único de los tres que aparta la vista de Savannah hasta que desaparece en el duty free que conecta con las puertas de embarque.

Noah y yo esperamos a que su figura se pierda con las demás para que el alma nos vuelva al cuerpo, y entonces nos miramos un momento.

No nos decimos nada. No somos tan parlanchines como Ash o Vinny.

No somos tan obvios. No necesitamos comunicarnos con palabras para entendernos.

Se limita a presionar hacia el lado una comisura de la boca, emulando una sonrisa resignada o incluso despectiva hacia sí mismo, y hace un breve gesto con la cabeza que viene a significar «qué le vamos a hacer».

Yo comprendo a lo que se refiere y comprendo también que, igual que ha venido por su cuenta, se largue por su cuenta antes que los demás. Se despide de mí diciendo simplemente:

—No seas huevón, anda, DiMarco, que las mujeres no te esperan para siempre.