El partido del año Capítulo 31
95%

Capítulo 31

Farewell, Savannah

DiMarco

—Pues eso sería todo, ¿no? —pregunta Vinny con un deje pretendidamente despreocupado.

No engaña a nadie. A Savannah menos que a ninguno de los que hemos venido al aeropuerto JFK para despedirla.

La estrella de la fiesta comprueba que su equipaje facturado desaparece cinta abajo y a continuación mira a su hermano mayor con ese cariño exasperado con el que lo trata a él y a todos los Boston Beasts.

A veces parece que sea ella la adulta, la que nos cuida a nosotros, la que nos aconseja, la que nos mete en vereda.

—Eso sería todo, sí. Ahora pasaré el control de seguridad —le explica con paciencia.

Tanto Vinny como yo —y como el resto del trío— conocemos el protocolo de aeropuerto.

Pero todo se olvida o parece novedoso de un modo hostil cuando no es uno el que se larga a vivir a París durante al menos un año.

Y digo «al menos un año» porque si se quedara para siempre a mí no me sorprendería un ápice.

Estoy de acuerdo con la manera en que Vinny ha decidido llevar la relación con su hermana —que, más que su hermana, a ratos parecía su hija o su paciente—, pero ella no tanto.

Sospecho que en cuanto cate las mieles de la vida independiente lejos del gorila sobreprotector de Vinicius Bravano, no volverá a conformarse con menos.

—Bueno —retoma Vinny con los brazos junto a los costados—. Pues nada.

—¿Ahora te vas a quedar sin palabras? —se burla afectuosamente—. ¡Pensaba que me darías la chapa con un discursito hasta que cruzara las puertas de embarque!

—Para darte la chapa con un discursito tendría que decirte algo que no supieras, y los dos sabemos que todos los consejos que pudiera ofrecerte son consejos que tú ya me has referido a mí antes, así que... —Se mete las manos en los bolsillos y repite—: Pues nada.

—Él que se quede callado, si quiere, pero yo no —rezonga Ashton. Al igual que un servidor, se había retirado unos pasitos de la escena entre hermanos para respetar su prioritaria despedida—. Te voy a echar de menos, Savie.

Savannah acepta que Ash la envuelva en uno de sus abrazos de oso —una vez hizo un ranking de los mejores abrazos de los Boston Beasts, y él quedó el primero por encima de su hermano— y descansa la mejilla en su hombro con una sonrisa plácida.

—Pórtate bien, ¿eh? Que nos conocemos. Nada de romper corazones, defraudar impuestos o entrenar por encima de tus capacidades cuando estés lesionado.

—Tampoco me digas eso, que suena como si no fuéramos a volver a vernos.

—Creo que en estos últimos años hemos intimado lo suficiente para conocernos, ¿no te parece? Y precisamente porque sé de qué vais, me consta que más pronto que tarde os vais a presentar en París-Saclay por sorpresa.

—En París-Saclay no se nos ha perdido nada —replica Ash—. Nos presentaremos en tu casa, más bien.

—Pues ya habéis visto lo minúscula que es. A ver cómo esperáis que os acoja a los tres.

Ha dicho tres porque Noah aún no ha llegado. O no va a venir. O a lo mejor lo ha excluido porque no contempla que el grandioso quarterback se tome la molestia de subir a un avión y cruzar el Atlántico para prestarle una visita de cortesía.

Hago como la gente normal sacando el móvil del bolsillo y ojeando el grupo de WhatsApp por si acaso hubiera justificado su tardanza, pero nada de nada.

De todos modos, no era eso lo que en realidad quería mirar.

Era la excusa para comprobar una vez más que Elsie no me ha vuelto a escribir desde la premier de Adora Relish.

Está respetando punto por punto las obligaciones de las rupturas, siendo la primera y más importante la de no contactar con el otro.

A lo mejor ella piensa que yo también estoy respetando esas obligaciones, pero no es verdad.

Lo bueno de que sea una publicadora de historias de Instagram compulsiva es que puedo saber en todo momento dónde está y qué hace y con eso establecer una especie de diálogo unilateral pero reconfortante que me sirve para autoengañarme con que no ha desaparecido de mi vida.

Es una mentira que me hará daño a largo plazo. Ya me lo hace en el corto.

Aun así la elijo.

No me extraña que la gente viva viciada a las redes si es lo único que les queda cuando alguien se esfuma de su rutina de la noche a la mañana, sumiéndolo en un trance de locura y devastación en el que no caben ni el sueño —llevo una semana y media durmiendo de manera intermitente—, ni la concentración, ni por supuesto la paz mental.

—¿Qué es lo primero que vas a hacer cuando llegues? —oigo que pregunta Vinny en un desesperado intento por retener a Savannah solo unos minutos más. Ella cede magnánima y sabedoramente cruzándose de brazos y meditando con la vista en los altos techos.

—Creo que iré al Museo de Bellas Artes del Petit Palais. Poca gente lo conoce, y aunque lo conozca, prioriza el Louvre por razones obvias, pero por lo visto tienen allí uno de mis cuadros de Waterhouse favoritos...

—Si tanto te gusta la pintura, ¿por qué no te quedas en Harvard estudiando la carrera de Historia del Arte en lugar de irte a París a hacer un máster de... lo que quiera que hagas?

—Sabes de sobra qué es «lo que quiera que haga», Ash, no seas despectivo.

—Claro que soy despectivo. Los Estudios de género te van a alejar de mí. ¡Son mis mayores enemigos!

Savannah se ríe de buena gana y vuelve a cogerlo de la mano para apretársela.

Siempre he admirado lo bien que Savie se desenvuelve en situaciones sociales de cualquier tipo.

Nunca ha renunciado a ser ella misma, con sus silencios y sus bromas pesadas, sus repelentes correcciones y su tendencia a poner los ojos en blanco, pero a diferencia de mí cuando hago lo mismo, jamás parece fuera de lugar.

A lo mejor es porque sabe lo que se hace.

Sabe que en estas circunstancias concretas tiene que aceptar los comentarios de los Boston Beasts porque estamos todos con las emociones a flor de piel.

Sabe que tiene que seguirnos el juego y mantener los espíritus arriba para que no haya derramamientos de lágrimas absurdos.

Sabe que tiene que disimular que la ausencia de Noah es, además de evidente, incomprensible, y conformarse con lo que le queda más a mano.

También tiene que saber que Vinny romperá a llorar de un momento a otro, sensible como es con todo lo relativo a su hermana.

Se acerca a ella de nuevo cuando ha terminado de pelearse con Ashton.

—Avísame cuando aterrices, Toots —le pide en un murmullo.

Estrecha sus manos más desesperado que afectuoso, pero también afectuoso, eso siempre—.

Y avísame cuando ya estés en la habitación terminando de desembalar el equipaje.

Y avísame cuando hayas formalizado la matrícula en la universidad, y cuando empiecen las clases, y. ..

—Y que te avise también cuando le den ganas de mear —se mofa Ash.

Vinny lo castiga lanzándole una mirada perdonavidas ante la que el corredor no puede sino agachar la cabeza.

—Haré todo eso —le promete Savannah—. Despídete de Alexia por mí, ¿vale?

Ya la vi ayer en Boston, quedamos para tomarnos unos cócteles y me hizo un regalo precioso, pero sé que le pesa no haber venido al aeropuerto.

.. aunque lo haya evitado por razones obvias —apostilla, y no tiene ni que explicarlas.

¿Alexia Lux en un aeropuerto? El ochenta por ciento de la gente perdería adrede su vuelo para unirse a la cola que le pediría autógrafos—.

En fin. Va siendo hora de que pase el control.

Pero se gira con determinación hacia mí y acude a mi encuentro. Solo entonces reparo en que he estado apartado de ella y de la despedida, así como de la idea de que se vaya, desde que hemos bajado del taxi.

Una parte de mí cree que si se mantiene mirando desde fuera como un espectador aislado no sufrirá la ausencia.

Pero cómo no la voy a sufrir. Cómo no la vamos a sufrir.

Llevo viendo a Savannah prácticamente todas las semanas desde que me uní al equipo.

Ha participado en cada noche de póquer. Nos ha acompañado en la mayoría de las celebraciones de la liga.

Ha venido a casi todos los partidos. Ha sido la principal organizadora de nuestros cumpleaños.

Se ha mantenido al corriente de nuestro estado y progreso cuando nos hemos lesionado y ha procurado mimarnos y consentirnos en ese turbulento período con visitas y regalos.

Me coge de la mano y espera unos segundos para hablar.

—¿Tan triste estás que no puedes ni refunfuñar, la que es tu actividad preferida?

—me pregunta con suavidad. Sonríe con exasperación cuando niego con la cabeza, luego asiento y al final vuelvo a negar otra vez—.

No me puedo ir si te veo así de preocupado.

Siento que antes te tengo que ayudar a solucionarlo.

—No creo que tenga solución. Y no es culpa tuya.

No le he dicho a nadie que Elsie y yo rompimos en las calles de Midtown Manhattan durante la gala de premios del Colegio de Agentes.

No ha hecho falta. A buen entendedor, pocas palabras bastan, y aunque los Boston Beasts seamos medio lelos en según qué aspectos, todavía sabemos leernos las caras de derrota, fracaso y desolación.

Como después de algunos años han aprendido que para tratarme hay que dejarme tranquilo, ninguno ha osado hacer una intervención.

Por una parte me alegro. Por otra no tanto.

Me gustaría que alguien me mirara como lo está haciendo Savannah, que por supuesto también se ha enterado, y me dijera que sí tiene arreglo, que cabe la esperanza.

Y que de paso me explicara qué hacer paso por paso, porque como no se va a arreglar es conmigo quedándome paralizado, eso por descontado.

—¿Seguro que no la hay? ¿No hay solución? —pregunta ella en voz baja—. Vamos, apuesto a que le has dado alguna que otra vuelta y has llegado a conclusiones.

Eso no se lo voy a negar.