Capítulo 30 #4
—No quiero aceptar que esta vida no sea para mí, Lex. Me gustó ser tu representante. Me gusta controlar, organizar, pensar, crear. Me gusta sentarme a escuchar e idear estrategias en función de las necesidades de quien me habla. Me gusta ser importante.
—Y eres estupenda haciéndolo. Simplemente has dejado que te convenzan de que dependes de Roberta Montessore para cumplir tu sueño.
—¡Porque es verdad!
—Lara Cosima —dice con seriedad—, tú y solo tú eres responsable de que yo sea Alexia Lux.
Tú. No necesitas más currículum que ese y, aun así, lo tienes.
Coge tu experiencia, tu galardón y tu ilusión y funda tu propia agencia.
Aquí, en California, en Londres; donde quieras.
¿O me vas a mirar a la cara y me vas a decir que no eres capaz?
¿De qué no vas a ser tú capaz, eh? Convertiste a una niña de Abita Springs en una superestrella y a un tipo huraño como DiMarco en un auténtico caballero, porque anda que no es caballeroso acudir a salvar a la princesa de los peores dragones que hay: ¡su madre y su jefa!
Se me escapa una risa débil. Ella interpreta la carcajada como una buena señal y no se detiene ahí. Entrelaza los dedos con los míos y se asegura de mantener atrapada mi mirada en la suya.
—Me he destruido la vida, Lex. Ahora tendré que volver a Luisiana con mis padres. Se acabó para siempre, ya has oído a Roberta. Todo se acabó para siempre —repito—. DiMarco... DiMarco también.
—No es el fin del mundo. Una vida nueva, no mucho más diferente y sí especial, se abre ante ti.
Da un miedo aterrador emprender, lo sé. Yo lo he hecho recientemente.
Renuncié a mi querida representante, a la música comercial, al novio que conocía, y heme aquí.
Sigo en pie. No se puede decir que me vaya mal. ¿Por qué te iba a ir mal a ti?
—Porque no soy Alexia Lux.
—Eres tú misma, y eso es igual de bueno o mejor —me asegura con vehemencia—.
Vente conmigo a Boston. Que le den a Vinny.
Compartiremos tú y yo el piso que voy a comprar.
Una habitación para ti y otra para mí. O podríamos utilizarlo para establecer tu nueva oficina, de la que solo tú serías la jefa.
Yo invertiría en el negocio. Metería el dinero que te hiciera falta.
»No me digas que no lo ves. No me digas que no sería increíble. ¿Qué importa Nueva York? ¿Acaso no se puede ser mánager en Boston? Que conste que no pretendo traerte a mi terreno, ¿eh? Si quieres quedarte aquí, lo mismo te digo. Invertiré. Te dejaré mi piso. Lo que necesites.
—Espera, espera, espera —ruego con voz vacilante—. Me estás abrumando un poco.
—Sí, te voy a dejar tranquila para que asientes la información —se ríe ella.
Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano.
—¿Tan culpable te sientes por la pelea que me ofreces vivir contigo?
—No seas ridícula. Te lo ofrezco porque te quiero, y aunque no lo parezca (o no lo haya parecido) mi prioridad es que estés bien. Por encima de todo y todos. Ahora y siempre.
—¿Ahora y siempre?
—Eso mismo —mueve la cabeza afirmativamente con total determinación—. Yo nunca hablo en vano, ya me conoces. Vamos a solucionarlo todo, Pumpkin, y vamos a empezar ahora mismo largándonos de aquí.
—Dame un segundo para que me lave la cara, por favor.
—Claro. Te espero fuera.
No vuelvo a coger aire hasta que Alexia ha cerrado la puerta tras ella, dejándome a solas con mi patético reflejo en el espejo.
Como nos pasa a todas las pelirrojas naturales sin excepción, el llanto me ha ruborizado y parece que la cara se me haya hinchado.
Pero debajo de las ojeras y la inflamación hay una chispa de esperanza.
Estoy sobreexcitada porque haya sido Alexia quien me ha sacado del atolladero, porque haya sido mi mejor amiga quien me ha inspirado como tantas veces intenté yo tranquilizarla a ella.
No estoy sola en el mundo, al fin y al cabo.
Ni siquiera si no consiguiera solucionar las cosas con Myles.
Me limpio las lágrimas y saco el móvil del bolsillo con una mano temblorosa.
Él no me ha escrito en estos días. Yo tampoco, y no por falta de ganas, sino porque estaba convencida de que, si respondía, lo haría cien años más tarde y para entonces ya habría sucumbido a una locura digna de internarme.
Aterrada por lo que acaba de ocurrir e ilusionada también por el horizonte que se abre ante mí, tecleo un sencillo mensaje.
No has ido a la premier con Adora Relish.
No esperaba que contestara inmediatamente.
¿En serio creías que iba a pasarme?
Tenía la esperanza de que no fueras, la verdad.
Pues ya has visto que las esperanzas se cumplen.
Tú misma decías que Nueva York es la ciudad donde los sueños se hacen realidad.
Me quedo mirando su respuesta defensiva pero nostálgica con los ojos ardiendo.
Voy a llorar otra vez, maldita sea.
Me queman los dedos por escribirle que lo quiero, que lo adoro, que lo echo de menos, que necesito que me aplaste con uno de sus abrazos, que se ría como un idiota después de sacarme una foto a traición y que me encoja los hombros cuando se enfada igual que un niño introvertido.
Nuestra discusión fue escandalosa, pero no tan grave. Ni siquiera eran tan graves las razones que nos han separado. Solo era grave el hecho de que ninguno de los dos diera su brazo a torcer. Solo es peligrosa la posibilidad de que ninguno de los dos dé su brazo a torcer.
Recuerdo de nuevo lo que dijo el tío Henry en su gran sabiduría de hombre maduro: solo en Nueva York importan según qué frivolidades.
Los de alguna gente, puede ser.
Los míos empiezo a sospechar que solo se cumplirán en Boston.