Capítulo 30 #3
—¿Qué te ha dado a ti —replico, envalentonada—, que de pronto no metes palabras italianas cada dos frases?
Será que estás muy preocupada. Si es así, te sugiero que vuelvas cuanto antes a la oficina y pongas en marcha unas disculpas públicas, desactives las redes sociales y te vayas de vacaciones una temporada.
Sabes mejor que nadie cuál es el protocolo cuando se te viene encima una campaña de desprestigio.
A sabiendas de que no conseguiré mantener el tipo por mucho más tiempo, embotada como estoy por la falta de sueño, el anuncio de la resolución contractual de DiMarco y su amenaza, me giro en redondo para desaparecer en el baño.
Roberta intenta detenerme cogiéndome del hombro, pero Alexia, a la que hoy le ha tocado ser mi ángel de la guarda, vuelve a impedirle que tire o presione.
—Te he dicho que no la toques. No hace falta para mantener una conversación.
—¿Cómo puedes defenderla en este episodio autodestructivo que está sufriendo? ¡Ha perdido el juicio, Alexia! ¡Ella no es así! ¡Ese hombre le ha lavado el cerebro! Vamos, Lara Cosima. Vayamos a la oficina y tracemos una estrategia de defensa que...
—¿No me has oído? —replico en un arrebato—. ¡Dimito!
—No lo dices en serio. No puedes dimitir. Quieres ser la jefa algún día, quieres convertirte en una gran representante, quieres...
—Ya es una gran representante —tercia Alexia, recalcando cada sílaba. Cuando quiere puede ser muy intimidante—. Lo que pasa es que la gente a su alrededor se ha estado beneficiando de sus éxitos y de cara a la galería parece que ha triunfado por ayuda externa cuando ha sido al revés.
—¿Disculpa?
—Haznos un favor a todos y no intentes darle la vuelta a la tortilla, ¿de acuerdo?
Conmigo presente no, al menos. Recuerda que he visto lo que hay de primerísima mano, y lo que he visto es que hasta que Lara Cosima no me trajo a Velvet Room, tú no eras nadie.
Ni la peor ni por supuesto la mejor agente de Nueva York. Simplemente nadie.
No puedo ver la cara de Roberta porque tengo que esconderme de lo que para mí ha sido siempre mi casa, mi referente.
Tengo que esconderme o de lo contrario retiraré lo dicho, me disculparé y reproduciré paso por paso el ritual de sacrificio de carácter y voluntad que vengo ensayando a diario desde hace años, pero especialmente desde hace tres meses.
Si la miro y veo reproche, veo decepción, veo rabia, el mundo se me va a venir encima, y ella lo sabe. Sabe qué cables cruzar, porque sentencia:
—Olvídate de Velvet Room y olvídate de trabajar en Manhattan si mañana por la mañana no has vuelto a la oficina para rogar que te mantenga en plantilla. Estoy dispuesta a tener manga ancha contigo por los diez años de amistad que nos unen, pero...
—¡Venga ya! —exclama Alexia. Su exasperación me sorprende, e imagino que también a Berta—. ¡No es que estés dispuesta, es que tienes que tener manga ancha con ella porque no eres nada sin su profesionalidad! Diez años de amistad... —resopla—. La amistad no tiene nada que ver en este asunto.
Qué fácil ha sido para ella descartarlo: la amistad no tiene nada que ver en este asunto y ya está. A lo mejor me habría ahorrado unos cuantos problemas y frustraciones si hubiera llegado a esa conclusión. Roberta no es mi amiga y solo a los amigos se les debe lealtad.
A los amigos y a los hombres de los que estás enamorada.
Temblando de pies a cabeza como si acabara de emerger de aguas gélidas, me cuelo en el aseo de mujeres, amplio como un loft, y me agacho ante el lavabo para humedecerme la cara.
¿Ya está? ¿Lo he hecho? ¿Me he despedido?
¿Sin más? ¿Después de diez años? ¿Después de pelearme con DiMarco?
¿Después de todo? ¿Por qué? ¿Así de sencillo es?
Contaba con que si esto alguna vez sucedía, la sensación de que el mundo se desmoronaba a mi alrededor me bloquearía la garganta y moriría de ahogo, de angustia o de los dos.
Esperaba que mi despido o dimisión fuera el día más importante de mi existencia y, como tal, aconteciese de un modo solemne, sin gritos, pero con gran dolor.
Y no. Los grandes momentos de la vida de una mujer siempre suceden de pronto, después de haber estado cociéndose a fuego lento durante largo tiempo y en lugares tan mediocres como el pasillo de un restaurante.
Son tan impredecibles como llamar por teléfono a un hombre guiada por un interés personal y terminar hablando con otro que cambiará para siempre tu manera de ver las cosas.
Sé que Roberta se ha marchado porque Alexia entra en el baño conmigo, cierra la puerta y gira el pestillo, todo eso con el mismo y fluido movimiento.
Sin perder el semblante adusto, se cruza de brazos.
—¿Me vas a explicar qué está pasando?
No rompo a llorar porque haya alzado el tono, porque no lo ha hecho. Me habla desde la desesperación de no saber cómo ayudarme, del miedo a estar al otro lado; es consciente de que si continúo abriendo distancia, más pronto que tarde dejará de conocerme.
Ni yo ni ella queremos que deje de conocerme. En lo que a mí respecta, nunca he querido que deje de conocerme, ni que se aleje, ni que me olvide, ni que me sustituya.
Apoyo la espalda en la pared de azulejos del baño y me presiono los párpados con los cantos de las manos.
Ella se apresura a atenderme. Al principio no sabe cómo, pero improvisa de todas las maneras: intentando apartarme las muñecas con delicadeza, poniéndome una mano en la cabeza, rodeándome en un abrazo.
—No puedo más. No puedo más.
—Pumpkin, por favor. —Se le quiebra la voz a ella también al tomarme de las mejillas. Me limpia las primeras lágrimas con los pulgares, pero muy pronto desiste. El llanto es imparable—. No puedo verte así. Déjame ayudarte de alguna manera.
Tiene que permanecer en silencio durante largos minutos hasta que por fin recupero la voz.
No tardo en perderla de nuevo, sobrepasada por la intensidad de mis propios sentimientos.
—Lo quiero mucho, Lex —sollozo entre hipidos.
—Eso estoy viendo, cariño. ¿Cuál es el problema, entonces? Él también te quiere a ti. No puede haberlo olvidado por una discusión. Ayúdame a entenderlo —insiste.
—¿Samantha tiene razón? —Veo a través de las lágrimas que ella hace una mueca de incomprensión—. Me dijo que hasta las torres más altas caen, que cuando una mujer se enamora parece hipnotizada y que su condena es arruinar su vida laboral. ¿Es eso lo que me he hecho? ¿Me he autodestruido?
—¿Por enamorarte? No, claro que no.
—¿Entonces? ¿Es él quien tiene razón?
—¿En qué?
Sorteando el obstáculo de los accesos de llanto, consigo relatarle el que ha sido el origen del problema desde el principio, pero haciendo hincapié en la primera vez que intenté disuadirlo de salir conmigo —en la cita en Boston— y en su premonitoria frase: «Así que has venido a hacer control de daños».
Alexia escucha atentamente. Tan atentamente que me cuesta creer que alguna vez pensara, en pleno bajón, que yo no le importaba un rábano.
—¿Y si dice todo eso de Sam y de Berta porque está enamorado de mí y pretende echarle la culpa de nuestros problemas irresolubles a los que me rodean? ¿No crees que está sesgado y que no es para tanto?
No tira de la vía obvia —«¿En serio tienes esa duda después de lo que acaba de pasar con Roberta?»— y en su lugar señala:
—De todas las personas del mundo, DiMarco es la menos sesgada de todas. Ni aunque te quiera te va a decir lo que deseas oír. Pero en este caso podría haberte dicho eso precisamente porque te quiere, porque eso hacemos los que te adoramos: decirte la verdad.
—¿Acaso estás de acuerdo con él?
—Por supuesto. Yo sé que tú tiendes a mezclar el trabajo con lo personal, pero tienes que entender que tu jefa no es tu amiga.
Ni mucho menos esta que tienes, Pumpkin.
Claro que debe aprovecharse de tu trabajo, en eso consiste sacar adelante una empresa y contar con unos cuantos asalariados, pero ¿aprovecharse de tu vida privada? ¡Es el puto colmo!
—Lo sé —sollozo incontrolablemente—. Lo sé, Lex.
—¿Qué sabes?
—Que Berta me ha manipulado. Que en Velvet Room se han cruzado líneas infranqueables. Que el deseo de validación me ha llevado a lugares oscuros.
—¿Entonces? ¿Por qué no nos vamos lejos de esos lugares oscuros?
—¡Porque la gente no puede abandonar sin más! ¡Yo no soy una cobarde que se va cuando las cosas se ponen feas!
Alexia se me queda mirando con compasión.
—Cielo, eso es lo que has hecho con DiMarco. ¿No te preocupa más huir de alguien que te quiere que de alguien que te utiliza?
Su sencilla respuesta, aunque pronunciada con dulzura, me produce una fuerte reacción.
—No soporto pensar que he pasado los últimos diez años de mi vida tolerando desaires de familiares que no respetan ni apoyan lo que hago y rodeándome de personas que ni siquiera me perciben como un ser humano.
Y, sobre todo, no soporto que él me obligue a ver eso. A aceptarlo. ¡A hacer algo al respecto!
—Sé que es duro mirar a la verdad a los ojos, pero ¿cuál es la alternativa? ¿Pasar los próximos diez años de la misma forma o incluso peor?
—¿Cuál es la alternativa? —le devuelvo la pregunta—. ¿Que Myles siga viendo que soy una vendida?, ¿que siga viendo que soy una pringada y que no tengo amor propio ni valgo nada?
—Basta —me corta, y para asegurarse de que no sigo hablando me cubre la boca con las dos manos—.
Es imposible que DiMarco vea algo que no es cierto.
Más que nada porque no es una persona con una gran imaginación.
—Intenta aplacarme con una sonrisa—. Lo único que ha visto es que estás atrapada, que estás sufriendo y que tienes miedo, Pumpkin, y ha intentado ayudarte a su manera más o menos diplomática. Eso es todo.
Cierro los ojos para no verme reflejada en sus pupilas.