Capítulo 30 #2
Ese es el hombre del que está hablando.
—¿Pumpkin? —me llama Alexia, que ya no finge prestar atención a Annabelle.
Yo no encuentro el valor para girarme. Sé que en cuanto la mire romperé a llorar.
—Será mejor que no intentes recordarle a la pobre ese momento tan espantoso.
Fue horrible, ¡horrible! Mi pequeña yendo a recibir un premio que le reconoce sus esfuerzos, tan bien vestida, tan ilusionada, ¡y él arruinándolo todo con su genio!
Una fatalidad. Odio decir esto, pero... intenté decírselo, claro que intenté decírselo. Ese tipo no era trigo limpio.
Ahora resulta que iba bien vestida y que se reconocieron mis esfuerzos.
Cómo cambia la narrativa en un segundo.
—No creo que eso sea justo para ninguna de las partes, Annabelle —replica Alexia con buen tono, pero de manera perentoria.
¿Tanto me habría costado a mí decir algo así? ¿«Eso no es justo»? ¿«Eso no es verdad»?
¿Tanto me sigue costando?
—Es cierto que se comportó de un modo inapropiado —corrobora mi padre, vacilante—. Escandalizó incluso a Roberta.
—¡Sí! Qué bien que vaya a unirse. Así podrá contarte la historia con pelos y señales.
Nunca había vivido un momento tan incómodo, ¡y eso que no duró ni lo que tardaron en servir los entrantes!
Me sentí humillada, ultrajada, ¡y qué decir de Roberta!
No me sorprende que se opusiera a que mi hija saliera con él.
Ser su mánager, salve, pero ¿su pareja? No todo el mundo está preparado para tener novio o novia.
—No, no todo el mundo lo está —confirmo.
Yo, por ejemplo, no lo estoy.
—¿Por qué dices eso, Pumpkin? —me pregunta Alexia, que sigue intentando atrapar mi mirada.
—Porque llegó tarde, no se presentó, empezó a mirarnos a todos con desdén y a gruñirnos, ¡como si fuera un perro al que iban a quitarle la comida! —exclama mi madre—. Y eso no es todo...
Mientras Annabelle se extiende detallando los errores de protocolo que DiMarco cometió y que por lo visto ponen en tela de juicio no ya sus modales, sino su condición humana, reparo con una mezcla de sorpresa y resignación en que los recita en el mismo orden que yo establecí para reprocharle a él: le dije que había llegado tarde, que no estrechó la mano de los comensales, que se dedicó a tirar pullas.
Y estaba convencida de que eso era poco menos que un delito, algo peor que disparar a un niño hambriento a quemarropa, pero en boca de Annabelle suena tan estúpido, tan ridículo. Tan fuera de lugar, sobre todo.
Es cierto que las recriminaciones han de hacerse en el momento adecuado, pero especialmente ha de hacerlas la persona pertinente, que en ningún caso es ella.
Annabelle nunca ha llegado tarde porque nunca ha llegado a secas, tampoco mostró disposición a estrechar la mano de Myles y se esforzó por provocarlo como jamás se había esforzado antes por hacer nada en su vida.
Pero no digo nada. ¿Para qué? ¿De qué me va a servir defender sus sentimientos y su dignidad ahora? ¿Y qué mayor prueba hay de que a mí su forma de ser me valía que el hecho de que no solo accediera a salir con él, sino que ardiera en deseos de salir con él?
No sé que es lo que provoca que Alexia se ponga de pie de golpe, abandonando a la vez la pose de invitada complaciente. Supongo que ha llegado a su límite después de oír desdenes hacia alguien a quien aprecia.
—Lara Cosima —me llama en tono exigente—. ¿Me acompañarías un momento al servicio?
—¿Al servicio? —repite mi madre, fingiendo que no se da cuenta de que ha conseguido agotar la paciencia de Alexia. Como para no darse cuenta. A Lex siempre se le ha notado todo en la cara—. Roberta debe de estar al caer...
—No creo que haya problema con que nos ausentemos unos minutos. Por favor —añade dulcificando el tono en mi dirección.
No estoy en condiciones de que me sometan a un interrogatorio, pero haría cualquier cosa con tal de quitarme de la vista de mi madre.
Termino cediendo con una languidez que no es impostada, que de hecho es irremediable con mi embotamiento, y rodeo la mesa para seguir a Alexia hacia el fondo del pasillo.
Para su inmensa decepción, Berta elige este momento para aparecer, y no con la sonrisa que le ha abierto camino en una de las industrias más difíciles de la contemporaneidad.
—Lara Cosima —ruge. Ha pasado por el lado de la mesa de mis padres, a los que ha despachado por el momento con un saludo apresurado, y me ha seguido hasta la puerta de los aseos—. ¿Qué diablos has hecho?
Una parte de mí se regocija porque Alexia haya oído —y se haya escandalizado aún más que yo— con la insólita frialdad de su tono. Lex y Berta han tenido que tratarse en pocas ocasiones —una servidora era la intermediaria—, pero cuando lo han hecho ambas se han adherido a la extrema cortesía.
—¿Qué he hecho? —murmuro yo, y me dan ganas de añadir un irónico «ahora».
Por lo visto, no he dejado de meter la pata desde que perdí la cuenta de Alexia.
O desde que nací. Depende de a quién le preguntemos.
—¡DiMarco nos ha enviado esta tarde un abogado!
—jura entre dientes. Se asegura de que ninguno de los clientes nos observa, y entonces me agarra del brazo—.
Nos ha amenazado con que si no rescindimos su contrato de representación de inmediato, emprenderá acciones legales por la divulgación de datos sensibles.
El único pensamiento que mi mente es capaz de formular es que eso significa que no va a presentarse con Adora Relish en la premier de la película.
Que me invadan el alivio y la alegría en lugar de la preocupación por mi empresa y, por ende, mi puesto de trabajo, es tan revelador que no consigo reaccionar.
Roberta lo interpreta como mi aceptación de culpa y me zarandea.
—Eh —interviene Alexia. Coge a la jefa de la muñeca, pero sin ejercer presión, y le sostiene la mirada con el mismo antagonismo del que se valen sus guardaespaldas para meter en cintura a los fanáticos—. Suéltala.
Roberta obedece a regañadientes.
—¿No te habías encargado de disuadirlo de tomar la vía legal?
—insiste, aun así, y a falta de amedrentarme físicamente, avanza un paso y me habla de manera rápida y precipitada.
Nunca la había visto tan nerviosa—. ¿A qué viene esto?
No te quepa la menor duda de que si no lo solventas, se va a ver reflejado en tus ganancias anuales.
¡Y tendrás que dar las gracias si no te despido sin referencias!
Mi mirada vuela hacia su expresión iracunda como un pájaro aletargado.
—Yo no fui la que filtró esos datos sensibles —me oigo decir.
No sé de dónde sale mi valor. Quizá del cansancio acumulado, quizá del subidón de adrenalina al saber que Adora Relish y DiMarco no serán una unidad, ni en la vida real ni en la vida de mentira—.
No sé por qué tendría que ser yo quien pagara la demanda con mi trabajo.
—Ah, ¿no lo sabes? ¿Crees acaso que habría tenido que valerme de según qué herramientas si no hubieras estado jugando a la familia feliz en horario laboral?
, ¿si hubieras sido una persona seria? Todo esto ¿para qué, Lara Cosima?
¿Por qué? ¿Por cuatro polvos que no llegan a la categoría de romance veraniego?
Porque sé que se ha acabado. El abogado nos lo ha comunicado para desentenderse cuando le he informado que su novia estaba en la empresa y no le convendría atacarla.
Le ha comunicado que lo nuestro se ha acabado.
Podría haberme quedado con eso, pero lo que me hiela la sangre es que Roberta usara la carta de mi relación con él para librarse de las consecuencias de la violación de intimidad.
No puedo evitar mirarla con la profunda decepción que siento, una decepción que en el fondo es exagerada, es mentira, porque la triste verdad es que me ha decepcionado tantas veces que ya no debería sorprenderme.
Recuerdo lo que me dijo Bob, aquella frase tan sencilla pero tan reveladora: «Al menos una vez a la semana sales de la oficina hecha un mar de lágrimas, Larita».
—Tienes razón, Roberta —admito al fin—. No soy ni he sido una persona seria. Dejo que mis sentimientos se interpongan entre mi trabajo y yo. No tengo la frialdad que requiere trabajar en una agencia de alto copete. He sido irresponsable y egoísta.
—¡Así es! ¡Más te vale ponerte en marcha para arreglar este tinglado, o...!
—Por eso —continúo sin atenderla. No puedo ni enfocar la vista— lo mejor sería que consumaras tus amenazas de una vez por todas y me proporcionaras la carta de despido. O no, si no quieres. Me encargaré yo misma de presentar mi dimisión.
La cara de Roberta es un poema.
—¿Estás de broma? Estás de broma, claro que sí. No es el momento de hacerse la graciosa, Lara Cosima. Podríamos estar viviendo una crisis en Velvet Room, y...
—Si Myles quiere denunciar a la agencia porque se ha sentido menospreciado, utilizado y hasta vendido, que la denuncie —la corto.
Una parte de mí está horrorizada y no entiende de dónde sale todo esto.
La otra por fin puede respirar—. Ya no soy ni su mánager ni su novia como para hacerle sugerencias sobre lo que debe o no debe hacer.
Es una persona autónoma y libre, y con un gran sentido de la justicia, por cierto.
Si no querías verte en esta tesitura, no deberías haberle pulsado los botones.
Pero supongo que contabas con que yo lo calmara, ¿no?
Qué importa si lo llevabas al límite; ahí iba a ir Lara Cosima, con sus superpoderes de lameculismo y su falta de escrúpulos, para convencerlo de su voluntad con.
.. ¿cómo habías dicho? ¿«Cuatro polvos»?
Al final, aprendí el arte de la manipulación de la mejor, ¿verdad?
Roberta sigue sin dar crédito.
—¿Se puede saber qué te ha dado?