Capítulo 30
I Couldn’t Be More In Angst
Lara Cosima
Berta organiza la cena privada con mis padres en Casa Cipriani, el restaurante de Bajo Manhattan al que acuden todas las estrellas que desean intimidad. Se trata de un hotel de lujo de cinco estrellas que aloja un club privado de «gente que disfruta de los placeres simples».
No sé a qué placeres simples se referirán.
Beber Moët si miras al techo, te topas con el pan de oro de un antiguo palacio.
Ya de lejos, mi madre advierte mi llegada. Conforme me voy acercando, ella levanta las cejas más, y más, y más, y así hasta que su perplejidad explota en un sencillo:
—Santo Dios, querida, ¿qué te ha pasado en tan solo setenta y dos horas?
Mi padre, sentado a su lado, palidece al verme. Berta aún no ha llegado, pero sí un tercer invitado al que no esperaba. La mujer que enfrenta a mi madre en la mesa se gira con una sonrisa cálida que se le hiela en los labios con mi nombre a medio pronunciar.
No me extraña que Alexia haya sido invitada a la feliz reunión. Debe de haberse preocupado al no haber sabido nada de mí en varios días, y, además, conoce a mis padres desde cría. Era obvio que querrían verla y que ella accedería por simple educación.
Le pido a Alexia con una mirada cansada que no haga acotaciones respecto a mi imagen.
Lex, que se había quedado suspendida en una postura que no era ni erguida ni sentada, a caballo entre saludarme y permanecer en el sitio, vuelve a ocupar su lugar con excesiva prudencia, sin apartar ni por un segundo la vista de mí.
Si le hubieran dicho a la Lara Cosima de hace dos meses que se alegraría de que se hubiera acoplado de manera sorpresiva a una cena, no se lo habría creído. Ahora lo celebro. Así no tendré que quedarme a solas con mis padres y con Berta.
«¿Y eso no te dice nada?», me pincha la voz interior.
Ocupo la silla que colinda con el ventanal para admirar de lejos las luces de la ciudad.
Al principio intento formar parte de la conversación, pero muy pronto mi padre se da por vencido con mis monosílabos y se une al animado y orgulloso interrogatorio con el que mi madre tortura a Alexia, a la que al principio acusaba de rara y hasta mala influencia y enseguida terminó apreciando.
Primero por su carisma. Luego por su notorio éxito.
En el estado de ensimismamiento en el que me encuentro desde hace días no encuentro la inspiración para ofenderme o sufrir de nuevo por sus injustos favoritismos.
Myles no descubrió la pólvora al señalar los desprecios de Annabelle Sutton. Siempre he sido tan consciente de ellos como de que no puedo ni debo hacer nada al respecto, y de que pese a todo le debo a mi madre el mayor de los respetos.
Esta mañana, Samantha me ha hecho llegar un mensaje devastador: Adora Relish ha sido invitada a la premier de una película de la que ha formado parte como doble de acción de la protagonista, que borda el papel de una gimnasta ambiciosa, y se espera que acuda de la mano de DiMarco para anunciar oficialmente su relación de mentira.
Que supongo que podría llegar a ser de verdad. No sería la primera vez.
Como por desgracia no soy ni la mitad de psicópata de lo que él cree, me he pasado todo el día llorando.
Ahora consulto el móvil cada minuto para refrescar la página de X que retransmite en directo la alfombra roja del evento para comprobar con mis propios ojos que la pesadilla se va a hacer realidad.
Es curioso. Me afecta más que vaya a llevar a cabo la estrategia de Berta ahora que no somos nada que antes, cuando tenía asegurado su cariño.
—Vaya —oigo que exclama mi madre—. No sabía que tu pareja y la de Lara Cosima eran buenos amigos.
—¿No? —se sorprende Alexia con una sonrisa tan cortés como incrédula—. Juegan en el mismo equipo, los Boston Beasts. A lo mejor la próxima vez que vengáis podríamos traerlos a ambos para que los conozcáis.
—A Myles DiMarco ya lo conocemos. No podemos decir que fuera un placer.
Acariciando la servilleta junto al cubierto, Annabelle hace una mueca que ruega, pide, exige que le pregunten: «¡Oh, no, ¿qué ha pasado?
!». Alexia procura disimular su perplejidad, y lo cierto es que saca adelante la actuación divinamente.
No por nada conseguí que la contrataran para hacer algunos cameos en películas y programas de televisión.
—Es cierto que DiMarco tiene un carácter peculiar y es difícil que a uno le cuadre de primeras. Siempre lo comparo con la cerveza negra. Pero una vez le coges el puntillo, te vuelves adicto. Y al final lo importante es que haga feliz a Lara Cosima, ¿verdad?
Introduce ese sibilino «¿verdad?» con un tino y una suavidad de admirar, poniendo a mis padres en la complicadísima tesitura de asentir, o de lo contrario perderían toda credibilidad.
Se me ocurre hacer lo peor que se puede hacer, que es preguntarme qué habría pasado si .
¿Qué habría pasado si Alexia se hubiera quedado en la entrega de premios y hubiese estado en la mesa con Berta, con DiMarco, con mi madre, conmigo?
¿Habría escalado la discusión tan deprisa?
¿Habría conseguido retenerme en el sitio, aunque fuera por la fuerza, de manera que yo no me escabullera y terminara rompiendo con él en la calle?
¿Me habría inspirado con su implacable serenidad a defender mi postura sin perder los papeles?
Lo que está claro es que me habría respaldado.
De seguro habría respaldado a DiMarco también.
Ella tiene el don para hacer esas cosas. Sabe estar de parte de todo el mundo siempre y cuando sea justo.
—No me opongo a conocer a tu chico, Alexandra —concluye mi madre—, pero si puedo elegir, preferiría no volver a coincidir con su... amigo.
Alexia ya está abriendo la boca para replicar cuando decido intervenir sin apartar los ojos de la cristalera.
—No tienes de qué preocuparte. No lo harás. Y yo tampoco.
—¿Qué quieres decir? —inquiere mi padre, que no ha dejado de revolverse en el asiento con visible culpabilidad.
—Discutimos la noche de gala. Ya no estamos juntos.
Annabelle recibe la noticia como agua de mayo. Reacomoda su postura en la silla, tratando de disimular que habría dado un bote de alegría si los modales lo encontraran aceptable. Presiona las comisuras de los labios hacia dentro para controlar la explosión de una sonrisa.
—¿Cómo? —murmura Alexia. Siento sus ojos clavados sobre mí con preocupación—. ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
—Oh, fue espantoso, Alexandra, querida. ¡Si hubieras estado allí.
..! No iba a sacar el tema a colación porque quiero respetar las decisiones de Lara Cosima, pero ¡Dios mío!
¡No me extraña nada que se levantara y se marchara!
¡Ni que luego le reprendiera por su comportamiento!
Tampoco me extraña que él no tolerara la reprensión y se esfumara, porque apuesto lo que sea a que eso fue con exactitud lo que sucedió.
Es incapaz de encajar una crítica, ese..
. ese... hombre —dice al fin, como quien pronuncia la palabra «bestia».
«Ese... ese... hombre».
«Ese... ese hombre» que me miró con los ojos relucientes de cariño y desafío y me preguntó cuántos besos le daría tiempo a darme en lo que durara el trayecto en ascensor hasta Velvet Room.
«Ese... ese hombre» que se aficionó a echarme fotos desprevenida para luego contemplarlas con una sonrisa bobalicona.
«Ese... ese hombre» que incluso dormido sentía el impulso de robarme un beso en el hombro.