Capítulo 29 #3
Miro a Annabelle a la cara. Luego desvío la vista hacia Berta. Está callada por conveniencia, como el emperador romano cuando organizaba una pelea de gladiadores y bestias: deja que sus esclavos se peleen entre ellos, que le hagan el trabajo sucio.
—¿Os habéis puesto de acuerdo para unir vuestras fuerzas y meteros en la vida de Lara Cosima o ha sido conexión a primera vista?
—Oh, la señora Montessore y yo no podemos diferir más en nuestros deseos. A Roberta le gustaría convertir a Lara Cosima en la heredera de Velvet Room y a mí me encantaría traerme de vuelta a mi hija a Luisiana. Pero es cierto que ambas coincidimos en que no eres la persona adecuada para ella.
—Por supuesto que coincidís en eso —contesto sin entonación—. ¿Cómo no vais a coincidir? Soy el único que se opone radical y abiertamente a vuestra manipulación. Antes de pelearos por ella como buitres por la carroña, tendréis que deshaceros del enemigo común, ¿no?
Roberta le resta importancia con una carcajada.
—¡Qué exagerado! Solo queremos lo que estimamos mejor para ella, y yo, en lo personal, también per te .
La miro a los ojos con gesto neutro.
—Creo que piensas que te hace muy interesante intercalar palabras en italiano mientras hablas.
Como yo también quiero lo mejor para todo el mundo, te voy a hacer el favor de decirte que no quedas bien, sino que pareces una gilipollas pretenciosa.
Te lo menciono porque salta a la vista que quieres ser alguien que no eres, y lamentablemente das la impresión de ser eso y nada más que eso.
Lo que eres. Gilipollas, pretenciosa, etcétera.
Ya no se ríe tanto. De hecho, le suben los colores por el cuello.
Apuesto a que es la primera vez en años que alguien le ha hablado así.
Que se joda.
Como es obvio, esperaba que toda la mesa se enzarzara en una discusión que yo habría sido acusado de provocar, pero no imaginaba que quien tiraría la primera piedra sería Lara Cosima.
Las patas de la silla de mi izquierda chirrían cuando se echa hacia atrás de golpe y se levanta. No hace falta que diga nada: recoge su móvil, lo guarda en el bolso de mano, coge su pashmina de abrigo y abandona el comedor sin decir ni pío.
Yo hago lo que todo hombre que se precie de serlo tiene que hacer en estos casos: salir detrás de ella aunque a mi espaldas esté dejando una casa en llamas.
No es mi casa, así que me da igual que arda.
—¡Elsie! —la llamo en cuanto salimos al salón de actos.
Ella no me oye o finge no oírme y aprieta el paso.
¿Siempre ha sido tan rápida sobre los tacones, o es que hoy ando falto de reflejos?
Sea cual sea el caso, empuja las puertas que dan a la transitada acera del corazón de Midtown Manhattan y hace ademán de pedir un taxi.
Impido que llegue a parar al que subía por la carretera cogiéndola de la muñeca.
Pretendía hacerla girar sobre sí misma, pero ella no reacciona, y enseguida entiendo por qué: tiene los ojos llenos de lágrimas.
—¿Elsie? ¿Qué pasa?
—¿Que qué pasa? —repite sin voz—. Qué no pasa, más bien. Lo que acaba de suceder ahí dentro no puede volver a repetirse. No va a volver a repetirse —sentencia por lo bajo. Parece que busque algo en la acera, que esté conversando consigo misma—. No puedes hablarle así a mi madre. Ni a Berta.
Su actitud no me sorprende, pero no por ello la dejo correr.
—¿Y ellas sí pueden hablarte a ti así?
—No me han hablado de ninguna manera.
—¿Que no te han hablado de ninguna manera? —Abro mucho los ojos—. ¿Es que estás sorda? ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Asegurar que tampoco me han hablado a mí de un modo inaceptable?
Lara Cosima alza la barbilla hacia mí con el gesto contraído en una mueca de impotencia.
—¿Cómo esperas que te hablen si llegas tarde, no saludas a toda la mesa y procedes a tirar pullitas? ¿Dónde crees que estás? ¿En una batalla de gallos? ¡Es mi madre y es mi jefa! ¡Y era mi noche!
Intento sonar razonable al defenderme.
—Ya te he dicho que he perdido el avión. Pero estoy aquí, ¿no?
Ella vuelve a desviar la vista.
—Podrías haber evitado fácilmente ese despiste.
—¿Qué quieres decir con eso? —La ira pellizca mi vientre—. ¿Vas a volver a sacar el puto tema de la medicación del TDAH ?
—¿Y por qué no? —contraataca—. A lo mejor se acabaría lo de ser incapaz de contestar mensajes, ser puntual, estar presente y evitar estallidos rabiosos. ¿No ves que nos afecta? A ti el primero, y a mí después.
—Alucino contigo, Lara Cosima. La que está ciega y no ve una mierda eres tú.
¿Qué crees que nos afecta más?, ¿que yo llegue tarde a un sitio o que pagues conmigo tus frustraciones laborales?
Esta noche ni siquiera es la primera que te quedas callada cuando Berta empieza a mover las fichas de tu vida como si fuera tu puta titiritera.
No abriste la boca el día que filtró la orientación sexual de mi tío, no abriste la boca cuando me anunciaron sin opción a réplica que empezaría a salir con una desconocida y no la abres ahora que se alía con tu madre para decirme que soy poco menos que una mierda.
Esa gente y esa abnegación sí que nos hace daño a los dos, pero por algún motivo los culpables somos yo y mis despistes.
—¡No son solo despistes! ¡He subido al escenario y no estabas!
¡Ha sido uno de los momentos más importantes de mi vida y lo recordaré como algo amargo porque No.
Estabas. Allí! —deletrea con los ojos llenos de lágrimas—.
Siempre que te cabreas, te abrumas y desapareces.
En Central Park. En la casa de tu padre.
En la reunión con Berta. Simplemente te borras, como si te diera igual si solucionarlo o no. ¿Qué tiene eso de despiste?
—Ya me disculpé.
—¡No sirve de nada que te disculpes cuando lo vuelves a hacer!, ¡cuando yo sé que lo vas a volver a hacer! ¡No es agradable esperarte en un sitio y estar histérica porque siempre cabe la posibilidad de que me decepciones! ¡Y a lo mejor esa posibilidad existe porque no me quieres tanto!
De todo lo que ha dicho, ese comentario es el que peor me sienta.
—Cuestiona lo que te dé la gana, Lara Cosima. Cuestiona mi educación o mi sentido común o mis modales, pero eres la única persona en este mundo a la que le he dicho que la quiero.
—¿Por cuánto rato?
—¿Qué?
—¿Por cuánto rato? —repite en voz alta. Ha ganado confianza para cuando aprieta los puños y me enfrenta, llorosa—.
¿Hasta que empieces a salir con Adora Relish, por ejemplo?
He ido a buscarte antes de la cena y te he oído hablando con ella.
Necesitaste semanas, ¡semanas!, para hablar conmigo sobre el TDAH , y lo hiciste solo porque Vinny y Ashton me lo chivaron, que si no, a saber dónde estaríamos.
Ahora la gimnasta lo saca a relucir como si nada y tú tan contento.
—Si me resulta fácil mencionarlo es precisamente gracias a ti. Y gracias a que tuve que hablar del tema en el programa de Oprah porque a tu jefa le salió de los cojones —añado con retintín—, pero sobre todo por ti. Son temas de conversación fáciles para mí porque me has cambiado.
—¿Ah, sí? ¿Es gracias a mí? ¿Por eso me mencionaste con desdén? Era la primera vez que hablabas con esa mujer y no tardaste ni dos segundos en ponerme por debajo.
—¿Qué dices?
—¿Qué dices tú? ¿«Ahora ve y se lo dices a mi novia»? ¿En serio? Si no sientes que te comprenda o que pueda comprenderte, ¿qué estamos haciendo, Myles?
Su pregunta me descoloca.
—Nada es perfecto, ¿no? Algo tendrás que tener que no me guste.
—¡Nuestra principal carencia no puede ser que no nos sintamos apoyados y respetados por el otro!
—Ah, ¿ahora no te sientes apoyada por mí? Llevo un jodido traje —le recuerdo entre dientes—. He venido a tu gala de premios...
—¡Oh, bueno, no sabía que te suponía un gran esfuerzo!
—... estoy siendo serio, decente; ¡voy a salir con una puta desconocida de cara a la galería porque tú me lo has pedido, joder! ¿Qué más quieres de mí?
—¡Que te trates el TDAH !
Creo que es la primera vez que soy yo quien la señala con el dedo.
—¡No me voy a meter anfetas porque tú me lo digas!
—¡No es porque yo te lo diga! ¡Es porque lo necesitas!
—¡No lo necesito! ¡Soy así y ya está!
—Pues si eres así y ya está, no hay nada más que hablar.
—¿Cómo que «ya está»? ¿Tan metida en la cabeza tienes la mierda de que debes arreglar y mejorar a los demás que no puedes estar conmigo si no me medico?
—¡No es por la medicación o la falta de ella! ¡Es porque me afecta! ¡Todo esto me afecta! Me haces sentir estúpida por trabajar en Velvet Room, me haces sentir fatal por tener los padres que tengo, me haces sentir mal por preocuparme por ti, ¡me haces sentir mal por todo!
—Es que deberías sentirte mal por anteponer un curro a tu felicidad, que ya de paso es la mía. ¡Les has dado vía libre para que presenten a Adora Relish como mi novia, por Dios!
Lara Cosima me dirige una mirada vacía.
—¿Acaso tú no priorizas el fútbol sobre tu bienestar?
¿Se supone que no prefieres también tu rendimiento estrella a mi felicidad?
Tratarte el TDAH te beneficiaría personalmente, a ti y a quienes están a tu alrededor, y no lo haces porque antepones una Super Bowl a mejorar tu concentración y suavizar la ansiedad, por mencionar dos beneficios.
¿Qué diferencia hay entre lo que haces tú y lo que hago yo?
Mi trabajo estaba antes de que llegaras y estará también después, cuando te hayas ido.
—No me he ido a ninguna parte. Me estás echando tú.
—Te estás echando tú solo, Myles. Es evidente que ha sido muy buena idea juntarte con Adora; hacéis muy buena pareja.
La voz se le quiebra al pronunciar el nombre de la gimnasta. Se da la vuelta para que no vea cómo las lágrimas regresan a las cuencas de sus ojos y emprende la marcha calle abajo, dejándome a mí en medio de la acera con un palmo de narices.
Un impulso visceral me impide quedarme quieto y enseguida troto hacia ella hasta alcanzarla. La cojo de la mano e intento que entre en razón.
—Vamos, no te enfades conmigo.
—No estoy enfadada —murmura. Se deshace de mi agarre y se abraza los hombros para impedir cualquier contacto—. Se acabó, Myles.
La contundencia de su sentencia me petrifica.
—¿Cómo que se acabó?
—Que ya basta. Esto no funciona.
—¿Te vas a atrever a echarme a mí la culpa de que «no funcione», lo cual es bastante discutible?
Tu jefa —repito más despacio. A estas alturas el cabreo y la desesperación me han conquistado por completo y no puedo ni hablar, solo escupir veneno— nos hizo algo espantoso a mi tío y a mí y tú ni pestañeaste.
La mujer a cuyos brazos me has tirado como si no te importara una mierda se ha acercado a hablar conmigo, le he hecho caso ¿y ahora te crees en el derecho de ponerte celosa?
¿Por qué no dices la verdad y nos dejamos de rollos?
La historia es mucho más breve que eso: te avergüenzas de mí.
—Eso no es verdad.
—Por supuesto que es verdad. Me dejas porque no confías en que vaya a estar a la altura de tus deseos, ¿y sabes qué te digo, Lara Cosima?
Que no te equivocas. Nunca voy a estar a la altura de tus putos deseos, porque tu deseo es que me calle y asienta mientras observo una injusticia tras otra.
Tu deseo es que sea como tú, que no haga nada mientras te joden, y yo nunca voy a permitir eso.
Así que sí, a lo mejor haces bien en deshacerte de mí.
A lo mejor hiciste bien en deshacerte de Alexia y de los que te llevan la contraria o te ponen un alto.
Es la única manera que tendrás de prosperar en el objetivo de autodestruirte.
—¡No te tienes que...!
La silencio con un aspaviento cortante y me doy la vuelta.
—Ni te molestes. Ya lo has conseguido. Me largo. Que tengas muchísima suerte, Lara Cosima. Ahí te quedas con tu puta vida de mentira.