El partido del año Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

—Sí que se vio al equipo un tanto alicaído —reconoce con un asentimiento—, pero Ashton Creed y tú seguisteis ganando separación incluso en el último cuarto.

No bajasteis el nivel en todo el partido.

Consistencia total. Es lo primordial en el fútbol; cuando no gana la maña, gana la fuerza.

Por eso entiendo lo que dijiste en el programa de Oprah sobre no querer tratarte el TDAH .

Esa energía excepcional que tienes es tu punto fuerte. Un rasgo de ganador.

—Completamente de acuerdo. Gracias —me apresuro a decir. Hasta se me ha disparado el pulso con el gesto de empatía—. Ahora ve y se lo dices a mi novia.

Adora se ríe con sentido del humor.

—Yo te entiendo porque también me dedico al deporte y aspiro a ser la mejor, pero estoy segura de que ella solo quiere que estés bien.

—Ya eres la mejor —respondo sin ánimo de lucro—. Tu D - score es de otra liga. Estás forzando al código a adaptarse a ti y no al revés.

Adora agradece las flores con una mano sobre el pecho; con la otra reproduce una pomposa reverencia que me hace sonreír aliviado.

Al menos hay alguien en todo este sitio con la voluntad de ser ella misma, incluso si ser ella misma implica respetar el arte de hacer el payaso en público.

—Hago lo que puedo para alcanzar a Simone. Quiero por lo menos igualarla, y, a poder ser, superarla. Pero si viera que no consigo llegar al grado de legendaria, me retiro, eso que lo sepas. Mi familia dice que soy demasiado radical.

—Hay gente que no lo entiende y se justificará como sea para no tener que aceptarlo.

—Y tanto.

Nos entretenemos hablando sobre los últimos Juegos Olímpicos, la manera en que los Boston Beasts limpiamos a todos los equipos de la XFL antes del verano, cómo se prevé la temporada que comienza en el mes de septiembre; qué planes a futuro tiene ella.

La conversación se centra en el deporte en exclusiva hasta tal punto que en un momento dado me pregunto si acaso le interesará algo que no sea su dedicación.

Al menos a mí sí hay algo que me importa bastante y que está muy alejado de la NFL , y es la mujer vestida de azul que no localizo por ninguna parte por más que busco por encima del hombro de Adora.

Los acomodadores nos avisan de que la cena está servida y nos guían al comedor.

Me da por suspirar de puro alivio al comprobar que nos sentarán en una mesa más pequeña y rectangular que favorecerá la conversación.

Aquí las sillas no llevan el nombre de los comensales y puedo ocupar de inmediato la que colinda con Lara Cosima, que ya está sentada junto a sus padres para cuando llego.

—¿Has visto mis mensajes? —pregunto en cuanto planto el culo en el asiento. Mi mano acude como imantada a su rodilla, que aprieto para llamar su atención. Empiezo a quedar como un pobre desesperado—. ¿Estás enfadada?

—No. No importa.

Arqueo las cejas.

—Ese ha sido el «no, no importa» más «sí, claro que importa» que he oído en mi vida.

—Ahora mismo no me apetece discutir —masculla sin mirarme.

No me ha mirado en toda la noche, de hecho.

—Vale. Pero si me quieres insultar, adelante. Sabes que puedo con todo.

Lara Cosima no contesta verbalmente. Aparta mi mano de su pierna y la cruza sobre la otra para alejarla aún más de mí.

Me resigno a aceptar su enfado con un suspiro. Hasta yo sé que este no es el lugar ni el momento para pincharla hasta que me grite como seguro que necesita para desahogarse.

—Me alegro de que hayas podido venir al evento —dice la madre de Lara Cosima. Mientras, dobla con cuidado la servilleta de tela a su derecha.

—Tendría que haber llegado antes —me disculpo enseguida—. Ha habido un problema con el vuelo.

—Oh, descuida. No te has perdido gran cosa. Y no es como si te hubiera mencionado en el discurso.

Me molesta el modo en que la madre lo suelta, con una sonrisa pretendidamente cordial pero que esconde una mala intención.

—Ni falta que hacía. Yo tampoco habría mencionado a alguien que no estaba presente.

—Bueno, bueno. Otra cosa distinta habría sido que no nos hubiera incluido en los agradecimientos de su aceptación del premio Óscar, pero estamos hablando de una distinción del mundo de la representación.

Diez años en Nueva York y solo ahora te reconocen tus esfuerzos.

Da que pensar, ¿no? Se ve que es un mundillo que se toma su tiempo.

—Lo es —conviene Roberta. No se ofende lo más mínimo por la pullita hacia la industria.

Sabe que Annabelle no está insultando el oficio, sino a su hija, y se suma a la jugarreta con su ya clásica manipulación—: Esta ha sido la manera que ha encontrado el Colegio de Agentes de animarla a seguir centrada en su carrera.

El premio de joven promesa es una advertencia: no te desvíes ahora del camino o perderás todos tus privilegios.

—Seguiré esforzándome —promete Lara Cosima con una sonrisa lejana.

—Espero que ese esfuerzo no te impida venir a visitarnos más a menudo —tercia el padre.

No esperaba que fuera una persona normal.

Mala mía por haber pensado que un tipo repeinado y que fuma puros es el diablo.

—¡Eso es! Todo el mundo se acuerda mucho de ti y nos pregunta a menudo qué andas haciendo en Nueva York.

Yo, como no entiendo de estos... —deja la palabra deliberadamente al aire— trabajos modernos, no puedo profundizar en mi explicación, pero al menos la gente asume que como estás en Manhattan procuras convertirte en alguien de provecho.

—Y eso está haciendo —aclaro yo—. Diría que ya lo ha conseguido, de hecho.

Annabelle centra en mí una mirada gélida. Dura apenas un segundo, justo lo que tarda en esbozar la sonrisa más falsa de las sonrisas falsas, pero yo lo percibo y sé antes de que vuelva a separar los labios que, aunque se dirija su hija, la próxima puñalada va dirigida a mí.

—Quien te echa muchísimo de menos es Felix. Siempre que lo vemos pregunta por ti. Felix es su exnovio —considera necesario añadir para toda la mesa en tono explicativo—. Tuvieron que romper su preciosa relación porque Lara Cosima se marchaba a la Gran Manzana.

Si Elsie no me mintió, que lo dudo, ni la relación era preciosa ni rompieron porque ella se marchaba a ninguna parte. Me quema la lengua en el paladar de las ganas de corregirla, incluso de dejarla en ridículo delante de los comensales, pero procuro contenerme con tal de tener la fiesta en paz.

—Salúdalo de mi parte —se limita a responder Lara Cosima.

Annabelle apoya el codo en la mesa, algo que según tengo entendido es de mala educación, y descansa la barbilla en la mano con aire nostálgico.

—Qué lástima que los amores fracasen porque entre ellos se interponga la fantasía de un trabajo.

—Otros dirían que es una lástima que una mujer renuncie a sus sueños por un hombre.

Otros dirían, incluso, que es anticuado e innecesario que lo haga, porque el hombre adecuado no le cortará las alas y, además, las mujeres pueden sacar adelante una relación y un trabajo sin problema.

Bueno —hago una pausa calculada y le sonrío a Annabelle—. Algunas. No todas.

A juzgar por el brillo indignado que cruza como una estrella fugaz sus ojos claros, ella entiende lo que quiero que entienda.

Además, se queda patidifusa. No es la primera ni será la última en pensar que como me dedico al fútbol no sé poner a la gente en su sitio sin alzar la voz o portarme como un animal.

No hay nada que me suscite menos respeto en esta vida que la gentuza sin oficio ni beneficio que dedica sus días a inventarse hobbies . Por culpa de las tías como Annabelle Sutton existe el yoga, el patchwork y probablemente la harina de garbanzo.

—DiMarco es un hombre con unas opiniones muy liberales —señala Roberta con una sonrisa serena—. Nuestro cliente más especial, sin duda.

—Yo diría que son opiniones de cajón. Pero vale.

—Pues yo diría —replica Annabelle. No es de las que se dejan pisotear.

Está claro de dónde le viene a Lara Cosima la insistencia— que se ha puesto en boga entre las jovencitas neoyorquinas confundir independencia con precariedad bien vestida.

Habrás visto el apartamento en el que vive mi pequeña; es un tanto.

.. ¿cómo lo diría? Escueto para lo que está acostumbrada.

—Apuesto a que ya se ha acostumbrado a él después de una década viviendo allí —la defiendo.

—El problema no es que se acostumbre, sino que se conforme con lo primero que ha encontrado.

No soy ningún lumbreras, pero habría que ser imbécil para no sobreentender a qué se refiere.

Dejo una pista: no es al apartamento.

—Para mí, conformarse es quedarse donde uno es menospreciado, no salir por patas y buscarse la vida en otra parte.

Annabelle decide que le he cortado el rollo más de la cuenta y ya no queda elegante marear la perdiz. Toma la senda de la indignación femenina:

—No es muy educado insinuar que el modo de vida ajeno al neoyorquino es indigno.

—Tampoco es educado mencionar al exnovio de una mujer estando presente su actual pareja.

Annabelle finge sorpresa.

—¿Lo eres? Por lo que he visto y me han mencionado, pronto se filtrará en la prensa que estás saliendo con Adora Relish.

—¿Adora Relish? —repito, perplejo.

Busco la explicación de Berta, que no se hace de rogar.

—Es en quien hemos pensado para la relación de cara al público. Parece que habéis hecho buenas migas. Eso es una excelente señal.

—¿Adora lo sabe? Porque yo no. —Me giro hacia la pálida y silenciosa Lara Cosima—. Yo no sabía que era la supuesta novia que me iban a endosar, Elsie.

—No estoy en desacuerdo con la estratagema, más que nada porque coincido en que mi niña y tú os movéis en.

.. círculos distintos —dice Annabelle—. Puede que a ti no te importe la reputación, DiMarco, pero desde luego a mi hija y a su familia sí.

Ella no es la única que podría perjudicarte. Tú tampoco estás a su altura.