El partido del año Capítulo 29
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Capítulo 29

Breakin’ Dishes, And Why Not Faces Too?

DiMarco

Llego una hora tarde. Me va a odiar.

O peor: se va a pensar que yo la odio a ella.

Porque sí, ya la conozco lo suficiente para saber que debajo del «alisado japonés» —no entiendo por qué es japonés si te lo hacen en Manhattan— y la ropa cara hay un puñado de inseguridades que tienden a estallar en el momento más contraindicado.

Claro que no es contraindicado enfadarse con alguien por haberse perdido el discurso de agradecimiento después de recibir un galardón.

Eso es más bien de cajón. Yo también me lo habría tomado mal.

Por eso cruzo el salón de actos con pies de plomo, vigilando que nadie se me acerca por el lado para interrumpir mi propósito de localizarla cuanto antes.

Allá donde mire hay mujeres con el físico, los gestos y el estilo de vestir de Lara Cosima: todas calzan la misma talla, todas llevan el pelo lacio por debajo de los omoplatos o, como mucho, por los hombros; todas potencian su estatura y esbeltez montadas sobre unos tacones que desafían el equilibrio —al menos desafiarían el mío—; todas se maquillan según el canon estético de la influencer de turno y eso las hace parecer bajo las luces cálidas el clon de una única persona.

A pesar de la repetición, Elsie es especial. Por eso la ubico al cabo de un rato de agonía.

Odio los eventos de etiqueta. No sé en qué se diferencian de una fiesta de disfraces.

Bueno, sí lo sé: en las fiestas de disfraces está bien visto que te claves diez copas en el curso de la noche y llegado cierto momento a nadie le importará si te da un amarillo después de darle una calada a un porro.

Aquí te miran con desaprobación si se te ocurre coger una copa de champán para bebértela y no para decorarte la mano.

Creo que estamos a un par de años de capitalismo rampante de que las mencionadas copas de champán se conviertan en el atrezo de una película y el contenido se trate en realidad de agua tintada, o lo que sea que utilicen para las tomas cinematográficas.

Lara Cosima está sentada en la mesa redonda de Velvet Room cuando llego. Reparo con una sensación angustiosa en que el trofeo reposa junto a su bebida.

Ya ha subido.

Me acerco por detrás con todo el sigilo del que soy capaz y apoyo las manos en el respaldo mullido del asiento. La sorprendo con un beso en la raya del pelo húmedo —supongo que adrede, quién entiende estas modas— y le susurro al oído:

—Enhorabuena.

Y lo digo de corazón. Es verdad que me cabreé el otro día, pero con tiempo, espacio y perspectiva —una semana, señores, una semana—, uno puede superar cualquier clase de episodio irascible.

Su trabajo no me gusta una mierda. Su jefa me parece la heredera de Mussolini.

Su compañera está algo mejor, pero sigue siendo un despropósito de ser humano.

No son buenas influencias para ella. La manipulan según conveniencia.

Y estoy seguro de que como no se largue a tiempo de Velvet Room, el curro acabará ocasionándole un infarto de miocardio por acumulación de estrés a la tierna edad de treinta y tres años, y sin resurrección posible en su caso.

Pero claro que me alegro de que la hayan premiado por no solo haber aprendido a vivir con niveles insostenibles de cortisol, sino por haber conseguido catapultar a numerosos famosillos al éxito en tan tortuoso proceso.

Como todo aquello que no soy capaz de hacer, lo admiro desde la distancia profundamente intimidado.

Lara Cosima respinga y demora un segundo —es un segundo apenas, pero yo lo noto— en girarse hacia mí.

Sé que sonríe solo porque toda la mesa nos está mirando y no porque se alegre de verme.

Es una sonrisa que no le llega a los ojos.

Tampoco dice la verdad al darme las gracias e invitarme a tomar asiento en una silla ubicada entre Roberta y Samantha.

Por la cuenta que les trae a ambas, espero que no me dirijan la palabra en toda la noche. Bastante he tenido con subirme a un avión de última hora y haberme plantado un traje de corbata.

Con los huevos en la garganta, ocupo mi lugar en el patíbulo y saco el móvil con disimulo.

El corazón se me encoge comprobando que me ha estado enviando mensajes hasta hace cuarenta y cinco minutos, a cada cuál más urgente.

Le lanzo una mirada desde la otra punta de la mesa, pero ella no me presta atención.

Orienta el rostro inexpresivo hacia el escenario, donde un hombre de mediana edad está recogiendo su trofeo a la superficialidad.

Lo siento. Se me ha ido el santo al cielo y he perdido el vuelo que me traía a las 6. He tenido que coger el siguiente.

Lo envío y espero, mirándola con fijeza, a que haga lo propio.

Por lo que sea, esta noche no tiene el iPhone cosido a la mano.

Estás guapísima

Sigue sin haber respuesta.

Oye, te juro que no lo he hecho adrede. Sabes que a veces me pasa, que pierdo la noción del tiempo. Aunque me importe el evento que me espera o la persona con la que he quedado. Soy así. Perdóname.

Ella sigue sin prestar atención a la pantalla del móvil, que se ilumina y apaga conforme va recibiendo mis notificaciones. De repente, coge el iPhone y le da la vuelta para que deje de distraerla.

Vale, me lo tengo merecido, pero ¿qué quiere que haga? No puedo viajar en el tiempo.

—¿Cómo estás, DiMarco? —me pregunta Roberta con una sonrisa cordial—. Me alegra que hayas podido venir. Lara Cosima ya ha recogido su premio y nos ha deleitado con un bellissimo discurso, pero creo que su padre lo ha grabado. Podrás verlo en diferido.

Eso, tú haz leña del árbol caído, bruja.

La palabra «padre» la salva de que le conteste con el mismo y perverso regocijo.

No he reparado hasta ahora en que a la mesa se sientan, aparte de numerosos rostros que no conozco —clientes de Velvet Room, supongo—, los que sí podría asociar a Lara Cosima por su parentesco.

La madre, Annabelle, es una versión más adulta de ella misma, y del padre, Edmund, ha heredado la sonrisa publicitaria.

Ambos asienten en mi dirección con nada más que educación, y yo les devuelvo el saludo con el mismo entusiasmo, que es ninguno hasta que caigo en la cuenta de que podría ser importante para Elsie que les haga la pelota.

Va a ser difícil, porque la mesa es redonda, hay al menos veinte invitados y ellos se sientan justo enfrente. Como no me ponga a gritar por encima de las copas en pleno discurso del otro galardonado...

Seguro que eso a Elsie no le gustaría.

Por suerte para mí, que me estaba agobiando con esto de permanecer sentado teniéndola furiosa tan cerca y a la vez tan lejos, tras la entrega de premios nos invitan a levantarnos y a seguir alternando los unos con los otros hasta la hora de la cena.

Creo que la gente ha venido a hacer contactos, porque parece que alguien hubiera disparado la pistola de una media maratón. La peña coge carrerilla y se levanta de sus sillas habiendo puesto ya la mirada en el sujeto de su interés, al que imagino que le hará la corte el resto de la noche.

No podía imaginar que alguien entre el público me la habría puesto a mí. A mí, que he venido con una única razón, y esa razón ha procurado abrir toda la distancia posible entre los dos en cuanto la entrega de premios ha concluido.

—El hombre de las manos de élite —dice una voz grave y aun así femenina.

Pertenece a una afroamericana bajita pero bien proporcionada—.

Dicen que nunca hay que conocer a los ídolos, pero algo me dice que contigo no corro el riesgo de decepcionarme.

—No espera a que pregunte quién es y me tiende la mano de manera muy profesional—. Adora Relish.

Ahora entiendo por qué me sonaba.

—La gimnasta —me sorprendo, admirativo.

Le acepto el apretón porque a la gente no se la puede dejar con el brazo levantado a cuarenta y cinco grados en horizontal. Sobre todo en Europa. Aunque tal y como están las cosas en el mundo, a lo mejor ya no te multan por hacer según qué salutaciones.

Adora me dedica una sonrisa tan genuina como su voluntad de acercarse, y no voy a negar que algo tan sencillo como eso me ayude a calmar los nervios. Dejo de sentirme sumergido con una herida sangrante en una piscina plagada de tiburones. Esta chica es una aliada.

—No me saco de la cabeza el partido que hiciste en la última liga nacional.

Sigo la NFL con mucho interés y lo de la Super Bowl fue un espectáculo.

—Sonríe como si todavía no pudiera creérselo y recupera su mano para acompañar de aspavientos su explicación—.

Tus rutas fueron quirúrgicas. Especialmente ese out route en tercer down .

Y la manera en que atrapabas el balón y lo asegurabas en contacto todas las veces.

.. Cambiaste completamente y tú solo el ritmo del partido en cada uno de los momentos estrella. Eres una máquina.

El halago me abruma.

—Tengo una buena conexión con el quarterback en el campo —me excuso, rascándome la nuca.

—¿Una buena conexión? ¡Parecía que os leyerais la mente! Se nota que te confiaría su vida, y hace bien. Lo puso todo en tus manos en doble cobertura y estuviste a la altura. Siempre lo estás. No eres solo un wide receiver ; eres el sistema ofensivo entero, DiMarco.

Me sentiría incómodo con tanto halago si no fuera porque sabe de lo que está hablando al tiempo que lo improvisa y porque le brillan los ojos como me brillan a mí cuando se me presenta la oportunidad de hablar de los temas que me gustan.

No sé cuánto tiempo hacía que no me paraba a debatir las estrategias de un partido con alguien ajeno a los Boston Beasts, pero me resulta tan agradable que por una vez acepto los cumplidos con deportividad.

—Fue un partido complicado el de la Super Bowl, la verdad. Terminamos jodidos.