Capítulo 28 #3
«¿Por qué te estás acordando con amargura de estas cosas ahora?», me reprocho. «¿Y qué si no tiene vacaciones? ¡Al mundo se ha venido a trabajar!».
—Bueno, a ti todavía te queda algo de alma. —Me sorprende que suene compasiva, como si fuera un cumplido cuando no hay mayor defecto que ese en el negocio—. Berta me dijo que no te había gustado mucho la estrategia de la relación por imagen entre DiMarco y Adora Relish.
Levanto la cabeza con brusquedad.
—¿Adora Relish? ¿Ya se ha elegido a la susodicha?
—Por lo que sé, el agente de Adora y Berta han mantenido conversaciones.
—¿Y quién es esa mujer?
—¿No conoces a Adora Relish? Es una joven promesa de la gimnasia.
Dicen que va a ser la sucesora de Simone Biles.
También es afroamericana. Tiene veintitrés años, veinticinco medallas entre Juegos Olímpicos y Campeonatos Mundiales y, siento decirlo, el mejor culo de Norteamérica.
Ah, y ha venido a la gala de hoy. La ha invitado Berta.
—Hace una pausa para sondear mi expresión, que no quiero ni puedo imaginar cuál es.
Se me ha drenado la sangre de la cara—. A tu señal trazaré un plan para matarla.
No creo que a nadie le extrañe que se resbale sin querer con los taconazos que lleva.
—No pasa nada —me oigo decir con la voz de otra persona.
También sonrío con la energía de otra persona, con la boca de otra persona.
Hace semanas desde que soy otra persona cada vez que hablo con alguien relacionado con Velvet Room—.
Obviamente no le iban a endosar a Myles DiMarco una mujer que no fuera atractiva.
Y es lógico que le hayan buscado una novia deportista.
—¡Y racializada, por supuesto! ¡Para que case con sus opiniones progresistas!
—apostilla Samantha con obvia ironía. Me sorprende que haya adoptado una postura clara y radicalmente contraria a la estrategia de Roberta, y así se lo hago saber mirándola ceñuda.
Ella no necesita que incurramos en un forcejeo verbal para sincerarse—: Por Dios, LC .
No hace falta que finjas conmigo. Más que nada porque ya nos dijimos de todo aquel día.
Este nuevo proyectito de Roberta es rastrero a más no poder.
—No pensabas eso cuando se me ocurrió juntar a Alexia y a Vinny.
—Alexia y Vinny se gustaban y ambos estaban solteros cuando se conocieron.
DiMarco ya tiene un compromiso con alguien.
Contigo —recalca—. No sé. A lo mejor, si la novia de DiMarco fuera otra persona, me importaría una mierda su relación de cara al público.
Pero vivir la experiencia de cerca... —Sacude la cabeza, frustrada—. Solo hay que verte.
—¿Por qué? ¿No tengo buen aspecto? —pregunto con ansiedad, alisándome la falda—. Estoy bien, lo juro. Me parece razonable lo que dijo Roberta.
Samantha me hace una caída de ojos.
—Cariño, no te van a quitar el premio por admitir que te jode que vayan a juntar a tu novio con ese bombón de ahí.
Sigo la dirección en la que cabecea y el corazón se me cae a los pies.
Quien solo puede ser Adora Relish y quien sospecho que es su agente charlan animadamente con Roberta, los tres disfrutando de sendas copas de champán.
Samantha ha sido justa describiéndola: se le nota que tiene veintitrés años, se le notan en los músculos y la postura regia las veinticinco medallas olímpicas y nacionales y se le nota el mejor culo de Norteamérica incluso viéndola de medio perfil.
Es una de esas mujeres que pueden lucir con estilo un pixie cut rizado —solo ella y Tyla pueden conseguirlo— y que saben, porque además de talentosas y guapas son amantes de la moda, que a ese corte de pelo le va que ni pintado el escote halter .
Está al tanto de cuáles son sus puntos fuertes: los brazos y hombros torneados que deja a la vista y las largas piernas que se insinúan bajo la raja de la falda de raso dorada.
—Esperaba que fuera paticorta —admito con un hilo de voz—. Y más bajita.
—Ya. La mayoría de las gimnastas tienen esas hechuras. Pero se han buscado a esa una entre un millón. Sabes mejor que nadie que Berta se toma en serio su trabajo.
«Lo que no se toma en serio es a mí o mis sentimientos».
«¡Corta el rollo!», me aúllo, desesperada. «¡Basta de refocilarte en la miseria!».
Vuelvo a mirar el móvil, ahora incapaz de reprimir o solo disimular la ansiedad que me está devorando. DiMarco sigue sin aparecer, no contesta mis mensajes y el reloj marca casi las ocho: la ceremonia dará comienzo a la mayor brevedad.
El corazón se me encoge de rabia y pena de pensar que vaya a perderse por orgullo mi discurso y el momento en que recibiré el trofeo. Al mismo tiempo, una parte de mí ruega para que no venga. Así no conocerá a Adora Relish.
«Solo estarías posponiendo lo inevitable».
Aparte de al propio DiMarco, a mis padres, a mi jefa, a Samantha y hasta a mí misma, ¿a quién quiero engañar con la pose indiferente?
No he sido indiferente a nada en toda mi vida, ni siquiera a las cosas que objetivamente me importaban un carajo.
Menos todavía lo voy a ser al hecho de que quieran que mi novio aparente una relación romántica con una mujer más joven, más talentosa y más sexy que yo.
¡Y aunque no fuera mejor que yo!
No lo soporto. Esa es la verdad. Tuve que controlar las lágrimas después de la reunión y fingir naturalidad ante el frustrado DiMarco para no echar más leña al fuego, pero en cuanto llegué a casa tuve que encerrarme en el baño y abrir la llave del agua de la ducha para disimular mi llanto.
No es justo. Por fin he encontrado a alguien que quiero y siento que me lo están robando.
—¿Y qué quieres que haga, Sam? —mascullo en un arrebato—.
Es verdad que no soy la novia indicada para un humilde y progresista jugador de fútbol americano.
Conmigo debería salir uno de los hijos de Trump.
El mundo funciona así. —Recuerdo entonces las palabras del tío Henry y solo me siento aún más miserable—. Al menos, Nueva York funciona así.
Samantha se apiada de mí, primero con una mirada larga, luego con un apretón en el hombro.
No es una persona cariñosa, pero eso, en su idioma, equivale a un abrazo de oso, un beso en la frente, un Venmo de mil dólares para comprarme algo bonito y el preciado blíster de alprazolam que lleva consigo a todas partes como un talismán.
Solo hoy se me ocurre que quizá nadie se merece tener que llevar un blíster de alprazolam al trabajo para sobrevivir a la jornada.
El pitido de los altavoces interrumpe nuestra conversación.
El presentador de la gala prueba el micrófono con un par de toquecitos y anuncia que la ceremonia dará comienzo en unos minutos, que por favor cada uno ocupe su asiento y que si alguien tiene alguna duda sobre la distribución acuda a los acomodadores.
Lanzo una mirada entre triste e impotente hacia la puerta de acceso.
No hay rastro alguno de ningún moreno de metro noventa y ocho.
«Te ha abandonado. No le importas en absoluto. Está enfadado contigo por haberte compinchado con Roberta. En realidad no te quiere. No se alegra por ti. Solo pretendía acostarse contigo y ya se ha aburrido».
No son los pensamientos que una deba o quiera tener en los momentos previos a recoger un premio, pero no puedo evitarlo. Una vez sucumbo a la negatividad, me cuesta sacar la cabeza del hoyo.
En lo que se alarga la hora de introducción, pincelada por pequeños discursos de grandes agentes que alaban a sus sucesores y predecesores y ensalzan el gremio, no hago otra cosa que mirar el móvil debajo de la mesa y lanzar vistazos hacia la puerta.
Lo único que consigue poner freno a mi angustia es un sencillo y fugaz pensamiento.
¿Desde cuándo solo me importa que él esté o no esté? Mis padres han venido. Alexia habría venido si la hubiera dejado. Y aunque no hubiera venido nadie, voy a recibir un premio en honor a mi trabajo. No necesito nada más. Nunca he necesitado nada más.
Finito .
Mi nombre es de los primeros en mencionarse porque esto va por orden de importancia: en primer lugar, las jóvenes promesas, luego los que ya tienen un recorrido a sus espaldas y, para terminar, los agentes a punto de retirarse que serán galardonados por su excelente servicio a la comunidad.
Subo al escenario hecha un manojo de nervios.
¿Cuántas veces no he soñado con este momento?
Puede que de pequeña no aspirara a ser la representante de alguien, sino más bien la artista a la que representarían: la superestrella pop, la pintora moderna cuyo rostro se desplegaría en un inmenso cartel a las puertas del MoMa para anunciar su exposición temporal, la flamante escritora de columnas de moda.
Lo que fuera. Con nueve años ya me colocaba delante del espejo sujetando un micrófono invisible —o apoyando las manos en el también invisible atril— y agradecía a todos mis seres queridos que hubieran creído en mí para llegar a donde estaba, que era, dependiendo del día, el escenario de los Grammys, los Óscars o hasta del premio Nobel.
¿Hay un premio Nobel de la moda? Pues ese quería yo.
El caso es que he fantaseado despierta y dormida con esta gratificación.
Pero cuando me detengo junto al presentador, un hombre de mediana edad que no disimula cuánto le gusta la caída de mi vestido, las palabras abandonan el recipiente de mi cerebro y se me adormece la lengua.
Intento encontrar la inspiración en la mesa de Velvet Room, desde donde Roberta, Samantha, mis padres y una silla vacía me están mirando más o menos expectantes.
Esa silla vacía resalta no solo la ausencia de DiMarco, sino el despido de Alexia. No olvido ni por un segundo que ella podría haber estado aquí en calidad de clienta.
«¿Realmente alguien se alegra por ti?», decide preguntarme mi cerebro justo ahora.
Sigo mirando la mesa de Velvet Room, ahora con angustia.
Mis padres no se alegran, no; mi padre todavía intenta fingirlo por el bien de la familia, pero si anunciara que abandono esta carrera para regresar a Luisiana, organizaría una fiesta que dejaría en paños menores al Carnaval de Río de Janeiro.
Samantha me estaba dirigiendo toda su lástima hace tan solo unos minutos, y aunque me aprecie, estará pensando que ella merece un premio más que yo porque así es el negocio.
Las dos hemos competido siempre por la aceptación de Roberta.
Y en cuanto a Roberta...
Solo Dios sabe qué siente por mí, porque lo que quiere está claro. De la cara Lara Cosima espera prestigio y dinero a espuertas. ¿Esperará también que sea feliz, o cuando nos cogíamos de la mano, cada una tendida en una camilla del spa, estaba fingiendo?
¿Por qué fingiría? ¿Qué necesidad hay?
Aparto la vista de la mesa y la dejo vagar por todo el salón. No sé por qué. Algo me dice que debo hacerlo, o a lo mejor es mi optimismo natural convenciéndome de que encontraré a DiMarco al fondo, apoyado en una columna o detrás de alguna cortina.
No es su aparición estelar la que me sobresalta, sino la presencia de una conocida figura femenina muy próxima a la puerta blindada por los dos miembros de seguridad del evento.
Alexia me sonríe y me guiña un ojo a lo lejos.
Lleva un pañuelo en la cabeza, cubriendo la característica melena roja, y un conjunto tan discreto como olvidable.
Entre eso y el hecho de que no se haya movido del acceso, comprendo que solo ha venido a escucharme y que luego se irá para no robarme el protagonismo y también para respetar mis deseos y no tensar más la cuerda, porque sigue tensa aun después de nuestra conversación.
El corazón se me llena de agradecimiento y por un instante estoy a punto de llorar.
Otra razón para odiarla: no le habría perdonado que se me saltaran las lágrimas por su culpa delante de los peces gordos del mundo de la representación y se me corriera el rímel ante las cámaras.
A la vez no podría odiarla porque su presencia me recuerda cómo he llegado aquí.
Me lo recuerda de un modo agridulce, pero esto no es responsabilidad suya, sino del modo en que he decidido llevar mi carrera profesional: sin prestar atención a nada más.
¿Por qué no tengo un hermoso discurso que pronunciar para conmover a la multitud?
Porque mi vida ha sido Alexia Lux, y ahora no puedo darle las gracias a Alexia Lux porque todos saben que ya no soy su agente.
No tengo un hermoso discurso que pronunciar porque ninguna pareja me ha estado apoyando emocionalmente para que llegue a lo más alto, ninguna madre se ha hecho cargo de mis necesidades materiales más directas para que yo pudiera concentrarme en mi trabajo, ninguna persona empeñó sus joyas para que me mudara a Nueva York con una mano delante y otra detrás.
No tengo en mi haber ninguna de esas historietas inspiradoras que se suelen viralizar en internet porque apelan al afán aspiracional de la gente.
No tengo nada, a secas. Tenía una cuenta que me brindaba un sueldo millonario, entretenimiento, objetivos a corto y largo plazo, y ahora. ..
Ahora no tengo ninguna cuenta.
Pero sigo teniendo una amiga, porque allí está ella, mirándome con los ojos brillantes como si nunca hubiera visto nada más bonito que a la paralizada y aterrorizada Lara Cosima encima de un escenario aceptando su galardón con la mano y los labios temblorosos.
Al final el nudo en la garganta se impone. Tengo que limitarme a levantar el trofeo en su dirección, solo en su dirección, porque es cierto que su carrera ha impulsado la mía, la mía ha impulsado la suya, y reconocerlo es de justicia.
Alexia asiente con la cabeza en la distancia, junta las manos y se agacha al estilo japonés, como si me dijera:
—Gracias a ti, siempre.