Capítulo 28 #2
—El azul no es el color que mejor te sienta —replica ella—, pero podrías estar peor.
Él vuelve a acercarse a mí, a sabiendas de que lo necesito para encajar el golpe, y me besa la mejilla con suavidad.
—Me alegro de que tus esfuerzos estén dando fruto. No me gusta que eso se traduzca en menos visitas a tu viejo papá — admite con sinceridad—, pero entiendo que es importante esto que estás haciendo en la Gran Manzana.
—Gracias —murmuro de corazón, emocionada por su pequeño discurso. Nunca pensé que llegaría el día, y así intento hacérselo saber—: La verdad es que...
—¿Dónde está tu... pareja? —interrumpe mi madre, mirando alrededor con el cuello muy estirado—. Myles DiMarco, ¿no era ese su nombre? ¿El del jugador de fútbol que te mencionó en el programa de Oprah? Imagino que habrá venido a mostrarte su apoyo.
Esbozo una sonrisa de plástico para ganar tiempo.
No puedo explicarle a Annabelle Sutton que me nombró su novia en televisión y ahora Roberta pretende que se desdiga y salga a pasear por la Quinta Avenida de la mano de una mujer más apropiada.
Más que nada porque creo que si hablo de «una mujer más apropiada» que yo, primero le da un infarto, después sufre un ataque de epilepsia y por último se muere del disgusto.
Es como si la estuviera viendo: «¿Cómo que una mujer más apropiada que tú? ¿Quién hay más apropiado que tú? ».
A esa pregunta, yo respondo: ¿supongo que literalmente cualquier mujer sobre la Tierra, considerando que, según ella, me dedico a un trabajo de pandereta que solo me degrada y además llevo siempre colores que no me favorecen?
Hoy le ha tocado pagar el pato al azul medianoche, pero habría dicho lo mismo sobre el carmesí, el escarlata, el bermellón, el granate, el burdeos, el coral, el rubí, el rojo tomate; el naranja, la mandarina, el ámbar, el albaricoque, el melocotón, el cobrizo, la terracota; el amarillo, el amarillo limón, el amarillo canario, el mostaza, el dorado, el ocre, el amarillo pálido; el verde, el verde esmeralda, el verde oliva, el verde menta, el verde lima, el verde bosque, el verde militar, el verde jade, el verde pistacho; el azul, el azul marino, el azul cielo, el azul celeste, el azul turquesa, el azul cobalto, el azul petróleo, el azul índigo, el azul hielo; el violeta, el lavanda, el lila, el malva, el púrpura, el berenjena, el ciruela; el rosa, el rosa palo, el rosa chicle, el fucsia, el rosa salmón, el rosa cuarzo, el rosa viejo; el marrón, el beige, el arena, el taupe, el café, el chocolate, el avellana, el canela; el blanco, el blanco roto, el marfil, el crema, el hueso; el negro, el negro azabache, el negro carbón; el gris, el gris perla, el gris humo, el gris plomo, el gris antracita; el plateado, el dorado metálico. ..
Creo que se entiende.
Mi madre tiene que ver cómo se cuestiona la calidad sanguínea de mi exquisito linaje republicano en un ambiente que estima inferior para dirigirme un cumplido.
Envenenado, sí, pero cumplido al fin y al cabo.
—Debe estar al caer.
—¿No ha venido contigo?
—Vive en Boston y tenía entrenamiento.
—¿Por qué no se lo ha saltado para estar aquí, apoyándote?
«¿Por qué no te saltabas tú las reuniones de té con las amas de casa de Abita Springs o los brunches con cóctel en el club de campo para estar aquí, apoyándome?», me dan ganas de rebatir.
Tengo que hacer un esfuerzo muy superior al de otras veces para contenerme.
Supongo que esta noche todo se intensifica, o que Myles me ha pegado una chispa de su espíritu beligerante.
—Empieza la temporada en unas semanas y ha de estar al pie del cañón. Él también es famoso, trabajador y responsable, como ya sabrás. Tiene cosas que hacer.
Claro que eso ella no lo entiende porque lo único que hace es comprar de manera compulsiva por internet y perseguir a mi padre por toda la casa reprochándole lo poco que la lleva de viaje —solo cuatro veces al año—.
«¿Qué te pasa, Elsie? ¡Deja de quejarte de tus padres! ¡Han venido y te quieren!».
Reviso de reojo la pantalla del móvil por si Myles hubiera dicho algo. Mi cuerpo está revolucionado, y no soy tan idiota como para atribuirlo a algo distinto de su silencio.
Aunque termináramos solucionando la pelea patrocinada por la reunión con Roberta, una parte de mí intuye que no se ha quedado satisfecho, que me guarda rencor por no haberlo luchado más, que odia a mi jefa y, en definitiva, que no quiere apoyar nada relacionado con mi premio.
La ansiedad me está advirtiendo que es muy probable que me deje tirada.
—Sí, he estado leyendo sobre él en internet —confiesa mi madre.
Ha clavado la vista en el borde de su copa de champán, que gira entre los dedos como quien no quiere la cosa—.
Es un hombre muy... particular, ¿no? A pesar de haber sucumbido a la fiebre de los trastornos inventados y haberse sumado a la propaganda queer , todavía no le ha dedicado un rato a pulir sus modales.
Imagino que no tiene educación de ninguna clase, como la mayoría de los deportistas.
Es uno de esos «jóvenes talentos» que en cuanto dejen de ser jóvenes dejarán de tener talento y habrán de vivir con el dinero que hayan podido ahorrar.
.. que en su caso será más bien poco, por todo eso de que hasta conocerte lo ha estado dedicando a dilapidarlo en clubes de strippers .
Mi madre se me queda mirando con una expresión entre expectante y afable, como si acabara de preguntarme qué tal me van las cosas y esperase una respuesta larga y tendida.
Su exposición ha sido sin duda ensayada hasta el aburrimiento en el avión o frente al espejo veneciano de su dormitorio para pillarme con la guardia baja.
Y lo ha conseguido.
La sangre se me ha helado al mirar a Myles con los ojos de Annabelle Sutton.
—Lo que tu madre quiere decir —tercia mi padre con su característica diplomacia— es que está muy sorprendida con tu elección de pareja, y he de admitir que es también así en mi caso. Estoy preocupado por lo que he leído sobre el muchacho. Es... problemático cuanto menos, ¿no?
—Dios ha contestado mis plegarias sin tener en consideración mi pobre sensibilidad —masculla mi madre, sacudiendo la cabeza—.
Me espantaba la idea de que cumplieras treinta años sin haber presentado a un hombre decente a la familia, a poder ser un joven sureño de buena familia.
Ahora lamento haber perdido el tiempo dirigiendo súplicas tan vagas al cielo. ¡Debería haber sido más específica!
Asiento con la cabeza muy despacio.
—Habéis venido para eso, claro. Para reprocharme que salga con alguien que no os gusta.
Ya decía yo —añado por lo bajini, sonriendo desinflada.
Miro a mi madre a los ojos—. Tú, que tanto te jactas de tu flamante educación, podrías haber tenido la gentileza de esperar a que concluyera la ceremonia para atacarme.
Annabelle compone una de esas expresiones de exasperada diversión con la que viene a decir: «¡Uy, cómo te pones! ¡Qué susceptible estás, hija!».
—No te ataco, querida. Te invito a reflexionar.
Veo que estos círculos que frecuentas son tan exquisitos y prestigiosos como podría serlo el nuestro; salir con ese joven siendo mánager te conviene muy poco.
¿O acaso no necesitas a tu lado una persona que no llame demasiado la atención, o que al menos no la llame para mal?
¿Me vas a negar que sea esa la razón por la que no está aquí, acompañándote en este momento tan especial?
, ¿porque sabe que no haría sino arruinar tu reputación con alguno de sus escándalos?
Lo peor es que no puedo refutarlo. Yo misma he tenido ese repugnante pensamiento hace tan solo unas horas.
Temía y sigo temiendo que se haya levantado ofuscado, como se ofusca a veces, como se ofuscó con o sin razones en Central Park y el otro día durante la reunión, y me ponga en un brete delante de periodistas, otros agentes o, no lo quiera Dios, de mi madre.
Pero no cedo a su discurso quedándome para aplacarla o, en su defecto, contradecirla.
Les dirijo a ambos una sonrisa cortés.
—Tengo que ir a hablar con la prensa. Disculpadme un momento.
No me importa que la mirada de halcón de mi madre me escolte hacia la barra y no hacia los fotógrafos que esperan que pose con mi jefa.
Noto los tobillos débiles y el corazón muy sensible, tan sensible que podría llorar, cuando me detengo junto a Samantha, que ya se había acodado en el mármol italiano y miraba hacia la colección de licores sobre la estantería con aire desvalido.
—El barman es gay —me informa con pesar—. Se acabó la diversión.
Su frivolidad me hace sonreír.
Empiezo a descubrir que la suya es la única superficialidad que me gusta, la única superficialidad en la que creo, porque es fácil identificarse con ella.
Lo único que preocupa a Samantha en una ceremonia de premios a los mejores agentes del año es estar guapa y ligar con un hombre atractivo, o, dicho de otro modo, sentirse empoderada y encontrar el amor por una noche.
Puedo respetar eso. Nace de la primerísima naturaleza humana, que no es otra que recibir validación propia o ajena.
No puedo respetar tanto, sin embargo, lo que mi madre ha sugerido con su nada sutil bronca; tan poco sutil ha sido que sigo conmocionada.
No es para nada su estilo. Siempre ha sido más de andarse con rodeos.
—Seguro que puedes encontrar otro hombre sexy en la zona.
—¿Que no sea gay? —Hace una pausa dramática—. O, peor: ¿que no sea un psicópata? Pareces nueva, LC . Esto es como el Colegio de Farmacéuticos. Aquí no hay ni un hombre que no tenga Grindr o el corazón podrido de ambición.
—Todas tenemos el corazón podrido de ambición.
Samantha se queda de una pieza con mi comentario, pero lo disimula colocando delante de la boca su cóctel Sex On The Beach .
Le encanta cómo suena. Dice que le recuerda a sus vacaciones en Hawái; las únicas que pudo tomarse en ocho años, por cierto, y solo porque se rompió la pierna.