Capítulo 28
Show Must Go Off
Lara Cosima
—¿Estás segura de que no quieres que vaya? Estoy a tiempo. Puedo llegar a Midtown Manhattan en veinte minutos. No necesitaría ni cambiarme de ropa.
«Eso habría que verlo», me cuido de replicar.
Alexia siempre ha tenido un aspecto ideal gracias a los apropiadísimos modelitos que yo le conjuntaba, pero desde que ha renunciado a la estética pastel/pop en pro del negro y las cadenas, ha dejado de salir en las revistas como un genio de la moda.
No me gustaría que se presentara en la entrega de premios del Colegio de Agentes con según qué pintas.
Esta noche tengo el sentido del ridículo potenciado.
Aparte está el motivo obvio por el que le he pedido expresamente que no venga:
—Me robarías el protagonismo, y hoy todo va sobre mí.
Alexia se ríe al otro lado del teléfono.
—Válido, muy válido. Pero todo va siempre sobre ti, ¿eh? No solo hoy. ¿DiMarco acudirá como tu acompañante o tampoco quieres que te robe el protagonismo?
La mención de su nombre me eriza el vello de la nuca. Aprovecho para apartarme el móvil del oído y consultar el centro de notificaciones aún dentro de la llamada.
Ni rastro de él.
Sabe que hoy es el gran día, no he hablado de otra cosa desde la semana pasada y le he pedido —no, ¡exigido!
— que se arreglara a conciencia con las prendas que yo le elegiría, puliera sus modales y practicara reverencias ante el espejo si fuera necesario para celebrar a mi manera el que podría ser uno de los momentos más importantes de mi vida.
—Como mi acompañante, no —contesto de forma ambigua—. Pero se le espera esta noche. Han reservado un asiento en la mesa de Velvet Room para él y para otros cuantos clientes estrella de la agencia.
Por supuesto, él ha insistido en venir en calidad de novio, pero eso contraría los legítimos deseos de Roberta, que ya manifestó en su despacho hará una semana. De cara a la galería, Myles DiMarco no es ni mi pareja ni nada que se le parezca, sino mi antiguo representado.
Me estoy temiendo que haya elegido la noche de hoy para cabrearse por la estrategia de represión y ocultación de Berta y se ponga en huelga. Que no viniera no supondría ninguna pena para nadie del comité o de Velvet Room, pero sí para mí.
Por eso vuelvo a echar un vistazo a la pantalla.
Todavía son las seis y veinte y la gala comienza a las siete y media. Le he pedido que al menos me acompañe en taxi al evento y esté conmigo mientras me preparo en el hotel que han puesto a mi disposición. Esto no ha podido ser, pero todavía hay margen de tiempo para que se presente.
—¿Va todo bien, Pumpkin? ¿Estás contenta?
—Solo un poco nerviosa.
Pero eso es quedarse corta.
Me atuso las patillas del peinado de peluquería y me contemplo en el espejo desde todos los ángulos posibles.
No se puede decir que no haya conseguido armar un atuendo digno de pasarela con tan solo una semana de reflexión.
Sexy pero elegante; moderno pero respetando la etiqueta; y, sobre todo, favorecedor.
Dos mechones de la melena húmeda por el famoso efecto pelo mojado se me pegan a las sienes, destacando así el ahumado azul con toques plateados que conjunta con mi vestido asimétrico y ajustado color medianoche.
Creo que nunca en toda mi vida he estado más guapa, ni siquiera aquel lunes laborable que volví a casa sacándome los zapatos a patadas porque no me podía creer que hubiera desaprovechado semejante atuendo para un día aburrido; ni siquiera en mi graduación; ni siquiera la noche que Alexia ganó su primer Grammy, celebración para la que me preparé con un mimo especial porque las encuestas apuntaban a que saldría vencedora.
Nunca he estado más guapa en un sentido estilístico y de imagen, no, pero no es así como me siento. Estoy nerviosa. Con hincapié en cada sílaba.
«¿Y eso es malo?», me preguntaría Myles.
Por lo general, no lo es, pero en esta ocasión sí, porque estos no son los nervios de una mujer deseosa de recibir un galardón, histérica por el miedo escénico y la presión de dar un discurso que haga historia.
Son unos nervios que no identifico y que por eso mismo me incomodan.
Por eso mismo me tienen pálida, con los ojos opacos e incapaz de sonreír de corazón.
Por eso mismo necesito que Myles aparezca.
Sí, es eso. Cuando lo vea se me pasará. Solo estoy un poco triste porque me he preparado sola, pero no me he preparado sola porque esté sola , sino porque le he pedido a Alexia que me deje sola .
Porque Myles no ha podido venir antes por los entrenamientos.
Porque Samantha está ocupada arreglándose en casa.
De todos modos, no quería que Lex y Sam estuvieran aquí.
O sea, sí quería que estuvieran aquí, pero al mismo tiempo no.
Es difícil de explicar y no me sobra el tiempo.
La pantalla de mi móvil se ilumina a las siete menos cuarto: el chofer está en la puerta del hotel para llevarme al pabellón de Midtown, el corazón corporativo y mediático de Manhattan donde se va a celebrar la gala.
En mi fantasía, Myles me abría la puerta del coche nada más detenerse a las puertas del edificio, me ofrecía el codo y él y yo podíamos entrar felizmente juntos.
Pero no hay de lo que lamentarse. Le beneficiará que se le vea con otra clase de mujer. Además: nunca se sabe de qué pie se habría levantado hoy. A lo mejor, si hubiera acudido en calidad de pareja, se habría comportado como se comporta a veces.
O sea, sin el menor sentido del decoro.
La distribución de la sala de actos es anfiteatral.
Cuenta con una ligera pendiente hacia el escenario.
Se han esmerado reproduciendo una estética lujosa pero sin ostentación vulgar, respetando en todo momento la idiosincrasia de las ceremonias neoyorquinas añadiendo un photocall a la entrada con los logos de las mejores agencias de Manhattan y una refinada barra de cócteles al estilo speakeasy.
Como no puede ser de otro modo, la prensa pulula con sus acreditaciones, móviles colgados del cuello y cámaras y/o micrófonos en la mano.
La mayoría de los invitados han llegado ya.
Se distribuyen por el espacio iluminado por focos dorados bebiendo de sus copas de champán.
Los hombres visten combinando elementos de media etiqueta con prendas más informales, como americanas o deportivas.
Consulto el móvil de nuevo.
Al ver que no hay respuesta aún, vuelvo a escribirle.
¿Dónde estás?
Va a empezar en cualquier momento.
—¡Lara Cosima, querida! —exclama una voz familiar con marcado acento sureño.
Reconozco la estrecha y esbelta figura de mi madre junto a la voluptuosa de Roberta.
Mi jefa ha localizado a mis padres antes que yo y se ha tomado la molestia de servirles algo de beber y entretenerlos con una buena conversación.
Samantha también está con ellos, aunque se nota que preferiría escabullirse a la barra libre a flirtear con el barman.
O a lo mejor no se nota tanto, pero yo lo sé porque la conozco y porque el barman es su tipo: corpulento, velludo y con cara de malas pulgas.
Acudo junto a ellos con una sonrisa de oreja a oreja. Mi madre me felicita por el logro con su languidez habitual, imitando un beso en la mejilla —no quiere ni arruinarse el pintalabios ni afectar mi exquisito maquillaje—; mi padre me envuelve en uno de sus cálidos abrazos y me estrecha con fuerza.
—Enhorabuena, princesa.
En otros tiempos, a mis padres no se les habría pasado por la cabeza asistir.
Ni siquiera llamar por teléfono o enviarme un mensaje para reconocerme la victoria.
Por suerte, solo tienes que pasar diez años trabajando como una esclava y amasando una razonable fortuna para ganarte el respeto de los responsables de que estés en el mundo.
«¿Trabajando como una esclava?», repite mi voz interior. «¡Qué exagerada, por favor!».
—Estaba negociando con tus padres una pequeña cenita para celebrar el premio en los próximos días —me cuenta Roberta. Está exuberante dentro de su vestido recto de satén—. ¿Qué te parecería que fuese dentro de un par de noches? ¿Te viene bien?
No, no me viene nada bien. Tengo que hacerme cargo de las cuatro cuentas que Roberta me ha endosado para entretenerme en tanto que consigo otro cliente de la talla de DiMarco.
Pero no es una persona a la que le puedas decir que no, así que sonrío y asiento.
De eso va esta noche. De sonreír y asentir.
— Meraviglioso! Te enviaré los detalles por mensaje de texto, ¿sí? Ahora os dejo a solas, familia, que seguro que tenéis mucho de lo que hablar... Ciao!
Le hace a Samantha un gesto que podría haberle dirigido a su perro para que la acompañe a charlar con el periodista que no ha dejado de dirigirle miradas anhelantes para un optimista y acosadoras para un realista.
Mi compañera la sigue con la cabeza muy alta, pero antes me echa un vistazo elocuente y se lleva los dedos pulgar y meñique a la oreja: «¡Pégame un toque si quieres que te salve!
», quiere decir, y luego se lleva las puntas de los dedos a los labios para besarme un: «¡Estás per-fec-ta! ».
Por supuesto que estoy perfecta. Por supuesto que acabaré queriendo que me salve. Al menos de mi madre, que es quien espera con una leve sonrisa en los labios a que tome la palabra.
—Pensaba que no vendríais.
—¿Por qué no íbamos a venir? Es una noche importante para ti.
—Bueno, es la costumbre. —Me encojo de hombros con humildad—. Os he invitado siempre a todas estas cosas y nunca os habéis presentado.
—Eso es mentira —desestima mi madre con un aspaviento.
Tiene una facilidad asombrosa para negar la evidencia.
Tanto así que más de una vez he creído que me lo estaba inventando yo y que, como acostumbra a refunfuñar, «no hago sino darle mala fama»—.
Y no te encojas de hombros de esa manera, Lara Cosima. Es muy poco elegante.
—Lo sé. Lo siento.
—Estás guapísima, cielo —interviene mi padre, que siempre ha tenido mano izquierda.