Capítulo 27 #3
Es verdad que sigue pálida, es verdad que no le ha gustado la «sugerencia» —es una orden con todas las de la ley—, pero procura disimularlo evocando un rictus inexpresivo, casi abnegado.
—Considerando que muy pronto empezará la temporada y los Boston Beasts estarán en el ojo público más que nunca por el tema de sus últimas victorias en la NFL y en la XFL —finge reflexionar sobre la marcha.
Está claro que lo había decidido mucho antes de que nos presentáramos en el despacho; mucho antes de que yo volara ayer a Nueva York—, creo que DiMarco debería iniciar un romance de conveniencia con una chica más apropiada.
Solo por interés mediático, como se hizo con Vinny y Alexia.
Las «relaciones de relaciones públicas», valga la redundancia, siempre dan muy buenos resultados.
Es una estrategia que funcionó de maravilla con Sydney Sweeney y Glen Powell durante la gira promocional d e Cualquiera menos tú , con Lady Gaga y Bradley Cooper cuando salió Ha nacido una estrella . ..
—Yo no tengo que vender ninguna puta película —alucino—, ¿qué estás diciendo?
—Myles —me advierte Lara Cosima sin girarse, sentada con rigidez.
—¿Qué pasa? ¿No te parece absurdo? No tengo por qué anunciar quién es Lara Cosima en específico, ni llevarla a ningún evento, ni...
—No tiene un nombre muy común, y tarde o temprano os harán una foto mientras cenáis in qualche luogo . La gente ya ha empezado a teorizar que se trata de tu exagente, y...
—¡La gente está aburrida de la hostia! ¿Por qué voy a tener que fingir nada? ¡No necesito la aceptación de nadie! ¡Me da igual! ¡Yo no quiero vender nada! ¡Solo juego al fútbol!
—Hasta el fútbol es una cuestión politizada y mediatizada —insiste Roberta sin perder las formas—. Yo no pongo las reglas, DiMarco. Solo las sigo.
—Pues yo me las paso por el forro.
Lara Cosima se pone en pie de repente.
—¿Te importa si lo discutimos en privado a lo largo de estos días y te digo algo? —le pregunta a Berta, de nuevo con esa voz que me gusta cuando la usa conmigo y odio a muerte en esta tesitura.
La jefa compone una mueca calculadamente comprensiva.
—Por supuesto. Entiendo que es una cuestión personale y requiere mucha delicadeza.
Lara Cosima se lo agradece con una pequeña y deleznable sonrisa y esquiva la silla en la que ha parecido empalada durante los últimos veinte minutos.
Me hace un gesto distante pero contundente para que la siga hacia la puerta, y solo cuando estamos los dos ahí, a punto de enzarzarnos en lo que a todas luces será una discusión encarnizada, Berta exclama:
—¡Ah! Lo olvidaba. ¿No quieres oír la buena noticia?
Seguro que DiMarco te acompañará en la celebración.
—Espera a que Lara Cosima la mire con curiosidad, yo con desconfianza, y se pone en pie para anunciar con los brazos abiertos—: ¡El Colegio de Agentes de Nueva York ha concluido su deliberación anual y me ha chivado que serás galardonada con el premio a joven talento del año!
La ceremonia será el fin de semana que viene. ¡Enhorabuena, cara mia !
Será porque soy un ceporro, porque no me parece que vaya a recibir algo distinto de un trofeo roñoso y los aplausos de personas como Roberta o porque a Lara Cosima le cambia la cara, como si nada de lo ocurrido previamente importara, pero no consigo alegrarme por ella.
No consigo aplaudir ni sonreír en lo que ella rehace sus pasos y se abraza a la pseudoitaliana manipuladora como si fuera su mejor amiga.
No me ve, feliz como está por lo que supongo que es un logro, y menos mal: no le habría gustado descubrir mi expresión sombría.
La única que cabe tener cuando acabas de presenciar cómo han comprado los principios de tu novia.
Abandono el despacho con tal de no atestiguar los brincos de alegría, hastiado de tanta e innecesaria expresión en la lengua latina, y cruzo la oficina sin dirigirme a nadie.
Al cabo de unos minutos estoy en la acera de la calle pidiéndole un cigarrillo al guardia que me concedió acceso a Velvet Room hace ya unas semanas.
Él está encantado —incluso emocionado— por poder darme el gusto y no impido que se una a mi episodio autocompasivo.
—Tú eres fan de los Boston Beasts, ¿no?
—Hasta la muerte.
—¿Y te importa una mierda con quién salga?
—¿Quién sea tu novia, dices? Para nada. Total; mi mujer no me dejaría ni opinar al respecto si fuera guapa.
—Es guapa —mascullo—, pero está muy equivocada.
Y también está en la acera conmigo un rato después, cuando estoy estrellando la colilla contra el asfalto. La pisoteo con la suela del zapato, fingiendo no oír la exclamación cantarina con la que saluda a Bob.
—¿Por qué te has ido así? No me gusta que me dejes tirada cada vez que te cansas, te molestas, o...
Me giro tan rápido y con tal cara de pocos amigos que antes la silencia mi mueca que mi réplica:
—¿Me vas a decir que no tengo razones para estar molesto?
Ella deja de sonreír enseguida. Me coge del brazo para alejarme de la puerta, de las ventanas abiertas de Velvet Room, de este cementerio de sueños que es el SoHo neoyorquino.
—A mí tampoco me gusta la idea. —Su voz baja solo pone la guinda al pastel. ¿Por qué tanto secretismo? ¡Le dije que es mi novia a Oprah! ¡A Oprah, coño!—. Pero es una buena acción de cara a tu futuro.
—¿Cómo se supone que es bueno para mi futuro fingir que salgo con alguien que no es la persona con la que quiero un futuro? A lo mejor soy un imbécil y no me entero de nada, pero me lo vas a tener que explicar.
—No eres imbécil. Simplemente te estás dejando llevar por uno de tus brotes de rabia.
Me separo de ella, rompiendo así el contacto.
—¡Esto no es un brote de rabia injustificada! ¡Tengo motivos para estar cabreado!
—No me grites, Myles.
Me obligo a inspirar hondo.
—¿Te avergüenzas de mí o algo así?
—¿Qué? ¿Por qué no dejas de preguntarme eso? ¡No y no!
—¿Y por qué parece que te importa un carajo que me quieran juntar con otra tía?
Te recuerdo que la última vez que forzaste una.
.. relación promocional, o como coño se llame esa estrategia de mierda, las dos personas involucradas se enamoraron.
Ahora se van a ir a vivir juntos a la puta Back Bay de Boston.
—A ti también te lo ha contado Vinny.
—Claro que me lo ha contado Vinny. Eso es lo que haces cuando quieres a alguien y construyes algo con él: informar a tus seres queridos de quién es ese alguien y qué sacrificios o cambios estás haciendo en tu vida para que entre a formar parte de ella.
Pero a lo mejor no sabes de lo que hablo o te da igual porque vas a recibir un premio de no sé qué.
Lara Cosima aprieta los labios.
—Deberías alegrarte por mí.
—¿Alegrarme por ti? ¡Te acaba de manipular en la cara y no te has dado ni cuenta! No seré el tío más inteligente del planeta, pero la estrategia de contar la noticia buena después de la mala para que enfrentes con benevolencia la segunda es más antigua que el mundo.
—Hemos sido nosotros quienes hemos elegido oír primero la mala, Myles.
—¡Todo el mundo elige primero la mala!
—¡Que no me grites!
—¡Tú siempre me gritas a mí! ¡Por Dios, Elsie!
—exclamo, desesperado. Me paso las manos por la cara e intento deshacerme de los nervios caminando de la acera a la calzada y de la calzada a la acera, y nada.
Me fuerzo a tranquilizarme cogiéndola de las manos, gesto que ella acepta con los dedos exánimes y la mirada perdida—.
Por favor, abre los ojos —le ruego con un hilo de voz—.
Llevas diez años en la industria. Diez. Tú conseguiste a Alexia, que fue lo que hizo despegar la agencia.
Tú y nadie más. ¿Cómo coño vas a recibir un puto premio al descubrimiento del año?
No eres un joven talento; eres una puta institución. Eres Velvet Room.
—No, no soy un joven talento, eso es verdad.
Tampoco soy modelo —apostilla con frialdad.
Enseguida se me pone la cara de a-qué-viene-eso, pero por suerte recuerdo a tiempo que ha parafraseado un comentario mío—.
Pero parece ser que, a pesar de mis carencias, le valgo a los del comité de agencias y del mismo modo te sirvo de apaño a ti.
—¿Cómo que «de apaño»? No eres un apaño. No he dicho que no seas modelo con ningún retintín. Elsie —insisto, apretándole las manos y agachándome a su altura. Tengo que intentarlo una última vez—, esa mujer es un demonio.
—¿Qué dices? ¡Solo hace su trabajo! ¡Que tú no respetes el oficio es otra cosa!
—No me vengas con monsergas. He respetado tu oficio cuando tú me has respetado a mí.
Aunque en un principio tuviéramos nuestras diferencias, nos hemos entendido a las mil maravillas.
He cedido a lo que me has pedido siempre porque he comprendido el trasfondo.
Pero esto no lo entiendo. No lo comparto.
—Tienes un contrato con Velvet Room que...
—A mí, Elsie, la agencia, mi reputación y lo que piense la gente de mis modales me la trae al pairo, y sobre todo no me importa una mierda si lo comparo contigo.
No quiero tener que pasearme de la mano con otra persona, ¿comprendes eso?
No quiero estar con una mujer que no seas tú ni siquiera en broma.
No te cambio ni por dinero, ni por fama, ni por nada en el mundo.
Lara Cosima parece despertar del trance de hipnosis en el que Roberta la ha sumido con su asqueroso canto de serpiente.
Alza la barbilla por fin y enfoca la vista en mi rostro, que debe ser el de un hombre absolutamente desesperado, porque las durezas de su expresión se ablandan, el color vuelve a sus mejillas y me ve como lo que soy, no como su enemigo, sino como sus ojos, sus manos, la persona que intenta llegar hasta ella.
Elsie me abraza con fuerza. Sé que un gesto vale más que mil palabras, sé que hay cariño de su parte al intentar aplacarme, sé que no quiere que me ponga nervioso porque es consciente de que sufro con ello y no tanto porque pretenda evitar una escena.
Pero que no me diga también que ella tampoco me cambiaría, que a ella también le da igual todo menos yo, me deja plantado en el sitio con la sangre helada y un nudo en el estómago.
A lo mejor estoy siendo muy caprichoso. No entiendo el amor romántico. Nunca lo he experimentado hasta ahora. No sé si es incondicional, si puede situarse por encima de la gloria laboral o la validación de un jefe. Por lo que he visto en las películas, no, ni por asomo; el amor lo vence todo.
Pero esto no es una película. Es nuestra vida, y la suya parece en manos de Roberta Montessore.