Epílogo
I Have Answers
DiMarco
—Lo siento, Myles. Esta vez tienes que rellenar el cuestionario. No te vas a librar.
Lo dice como si tuviera la menor intención de escabullirme del correctivo que sea que quiera aplicarme.
Desde que es la jefa de su propia agencia de publicidad y management , Elsie se viste como una ejecutiva de alto rango, y aunque nunca tuve nada en contra de sus lacitos, boinas, cuellos de bebé y mangas bombachas —otra cosa fuera que me hiciesen gracia—, he de reconocer que este estilo de dominatriz encubierta me vuelve loco.
Ella o no se da cuenta de que no puedo apartar la vista de su faldita — que es muy corta — o bien lo ignora en beneficio de nuestra reunión profesional, que no podrá desarrollarse según lo previsto si me sigue el rollo: aguarda mi respuesta parapetada tras el escritorio de su reluciente despacho con vistas a Coplay Square.
Siendo fiel a sí misma, ha seguido el lema de la canción de Iggy Azalea y Wiz Khalifa — Go Hard or Go Home — alquilando ya de primeras una oficina de tres habitaciones en el centro neurálgico de la ciudad: la elegante Back Bay.
Aunque se mudó a Boston hace seis meses e inauguró la empresa con ayuda de sus ahorros y de la inversión de Alexia y su padre hace tres, a su pequeño reino no le faltan ni las cortinas, ni las alfombras, ni por supuesto la decoración, que en lo que respecta a la superficie de la mesa consiste en una serie de fotografías: una que nos tomé a traición en una escapada que hicimos a Hawái justo antes de que abriera la agencia, otra de niña con Alexia, una tercera de adolescente con Alexia, una cuarta de mayor con Alexia y una quinta solo de Alexia cuando ganó su decimocuarto Grammy, porque «¡es que cuando ganó el primero no llevaba el modelito que le elegí! ¡Para esos premios sí!».
No me ofende que las fotografías con su mejor amiga quintupliquen las que ha colgado conmigo, porque al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Tampoco me ofende que aún lleve a Samantha en su recuerdo y su corazón pese a haber sido una bruja —esto, por desgracia, solo lo pienso yo, según Elsie porque «¡es que no entiendes lo que es trabajar para Berta!
¡Uno se vuelve un genio maligno!»— conservando una instantánea de una fiesta a la que acudieron y en la que su antigua compañera aparece borracha como una cuba.
Y no me ofende nada de esto porque es su despacho y ella hace con él lo que quiere.
La estoy parafraseando. Esa es su nueva coletilla preferida, y normal: nunca ha tenido un despacho con un rótulo con su nombre en la puerta. No había tenido un despacho con puerta, siendo más específicos. Hay que dejarla fardar un poco.
Vamos, si pudiera tener sexo con su despacho, creo que lo haría.
Como no puede, tiene sexo en su despacho. Conmigo.
—¿En serio necesitas mi ayuda para rellenar un cuestionario de preguntas personales? ¿No sabes a estas alturas cuál es mi bebida preferida, cómo se llama mi padre y qué hago en mi tiempo libre?
Elsie y yo estamos barajando la posibilidad de que llame «papá» al tío Henry. Todavía no hemos sacado nada en claro, pero todo apunta a que sucederá.
Como cualquier cosa que se le meta a la pitusa entre ceja y ceja.
—Podría completar los espacios en blanco en un rato, sí, pero no tengo ese rato y si me ayudas seremos más rápidos.
—¿Desde cuándo te interesa ir rápido? —insinúo con una caída de ojos—. Oye, no suspires como si te tuviera hasta las narices. Eres tú la que me ha ofrecido sus servicios como representante.
—¡Y tú quien los ha aceptado!
—Sigo necesitando que los inversores de los Boston Beasts me perdonen la vida. Y así me aseguro de ver tu carita de extenista rusa a diario.
Porque no vivimos juntos. Dice Elsie que primero tiene que «hacerse a la ciudad», «encontrar su sitio» y, sobre todo, «decorar un piso monísimo como a ella le gusta, sin que interfieran las sugerencias e imposiciones de un animal sin ningún sentido de la estética».
No me molestó que me describiera así. Solo tengo sentido de la estética en lo que a las mujeres respecta. Para muestra, un botón: mi novia es María Sharápova.
Elsie emite un suspiro de hartazgo totalmente forzado, porque en el fondo me adora y se ha ofrecido a representarme por la misma razón —por eso y porque somos un gran equipo cuando no hay una perversa italiana dirigiéndonos—, y rescata el cuestionario de la mesa de ébano de Macassar.
Lo que coño quiera que sea eso.
Lo ha repetido tanto que se me ha quedado grabado.
—Veamos... Pareja actual. ¿Quieres exposición pública o prefieres privacidad?
Me repantigo en el asiento del invitado y respondo con pleno convencimiento.
—Exposición pública total. Que todo el mundo se entere. Y que den gracias si no publico una sex tape para reafirmarnos.
—Eres un cerdo. ¿Tienes hijos? Esta la puedo responder yo...
—No los tengo —contesto aun así. Elsie me ha vuelto parlanchín, se lo debo de haberme negado a rellenar el primer cuestionario y, además, toda excusa es buena para recalcar que mis intenciones son honorables—, pero me gustaría.
Ella levanta la vista del papel y me mira con emoción contenida. Reduce todo semblante a una sonrisita tímida y murmura:
—A mí también. —Carraspea—. Eh... ¿Hay conflictos familiares que debamos manejar con discreción?
—Bueno. Sería mejor si manejáramos con discreción las broncas que tenemos mi novia y yo. Si alguien las grabara, se podría pensar que no nos queremos.
—¿Agente anterior? ¿Por qué cambiaste? Espera, esto lo puedo...
—Porque me enamoré de ella. A la siguiente la mandé a la mierda porque no me hablaba en inglés.
Elsie tiene que hacer un esfuerzo para no reírse. Luego recuerda que está en su despacho, en su oficina, en su agencia física, y suelta una carcajada y se echa la melena hacia atrás.
Como le sucede a los veteranos de guerra, todavía presenta síntomas de estrés postraumático.
Hasta hace poco no se podía mentar a la caída en desgracia Roberta Montessore sin que palideciera y le dieran ganas de llorar.
Por suerte, soy tan implacable y diabólicamente divertido cuando la tomo con alguien que he terminado corrigiéndole el vicio de sentirse culpable porque la Montessore chapara Velvet Room —a mi demanda se sumaron unas cuantas más, salta la sorpresa— y se largara a Los Ángeles a probar suerte en el mundillo audiovisual.
Ah, y porque Samantha tuviera que regresar a su pueblo natal con el rabo entre las piernas.
No será porque no se le ofreciera un puesto en la agencia La Boutique , como Elsie decidió llamar a su pequeño colectivo después de rechazar mi fantástica idea — Lara te lo voy a hacer.
—Idiota —murmura, pero se muerde el labio antes de continuar, ahora con el cuerpecito tembloroso de excitación—. ¿Te interesaría jugar en el extranjero si surgiera la oportunidad?
—Solo si puedo llevarme a mi novia. Y a los cazurros de mi equipo —añado tras pensarlo.
—¿Lesiones previas importantes? ¿Cirugías?
—Más allá de que mi novia me robara el corazón...
—¡Myles! —se desespera, pero el brillo de sus ojos no engaña a nadie—. ¿Podrías intentar centrarte?
No solo podría intentarlo, sino que incluso podría conseguirlo.
Es lo que tiene llevar medio año de tratamiento terapéutico y médico: los resultados se hacen notar.
Pero no es eso lo que contesto, porque entre el despachito reluciente y las ofertas que le llueven de parte de aspirantes a cantantes y actores, lo que le faltaría a su ego sería que le recordase que hizo lo correcto al animarme a probar el psicólogo y la medicación.
—¿Necesitas entrenador personal fuera del equipo?
—Mi novia ya me entrena por las noches.
—¡Myles, la leche!
Arranco a reír. Cansado de que nos separe una espantosamente barroca mole de madera, me levanto y la rodeo para asomarme a la lista de preguntas. Para ello me sitúo a su espalda y apoyo las manos en el borde del escritorio, acorralándola en mi abrazo, y hablo con los labios pegados a su cuello.
—¿Cómo gestiono el estrés? Con deporte y con sexo.
¿Quiero construir una marca elegante, rebelde, familiar, filantrópica.
..? Quiero ser yo mismo. ¿Hay causas sociales que me interese apoyar?
Claro: todas ellas. ¿Me gustaría actuar, modelar o salir en campañas publicitarias?
No, pero me lo pasé bien en la primera y última que hice.
—Le doy un mordisco por si se hubiera olvidado de Gillette—.
¿Experiencias negativas previas con la prensa?
Las que te puedas imaginar y más. ¿Gustos de lujo específicos?
Ninguno... si quitas los regalos caros que le tengo que hacer a mi novia para que esté contenta.
—¡No soy tan cara!
—Es verdad, no lo eres tanto. Lo eres más aún. —Le guiño un ojo.
Elsie sacude la cabeza, exasperada.
—Anda, contesta la parte de logística.
—¿Esto de si prefiero vuelos privados o comerciales?
—Ajá.
—Los prefiero comerciales.
—¿A no ser que Alexia te invite a su avión privado?
Sé que lo dice para picarme, pero me fastidia aun así.
—Jamás aceptaría subirme a un avión privado.
Y que Lex dé gracias porque la acepto a ella tal cual es.
En cuanto a las necesidades especiales al viajar, los hoteles preferidos, los requisitos específicos en habitaciones, horarios en los que no deseo ser molestado y la persona de contacto de emergencias.
.. Creo que todo eso lo sabes de sobra, pitusa.
Y vas a viajar conmigo, así que no tendrás que organizar nada distinto de tu neceser y la maletita con la lencería.
—Pues ya solo nos quedaría por cubrir el aspecto ambicioso. ¿Qué te mueve? ¿El dinero, el legado, el reconocimiento, la familia...?
Consciente de que estas son dudas de mayor enjundia, me enderezo y pongo los brazos en jarras con la vista fija en el papel impreso.
—Me mueve todo aquello que quiero —confieso con sencillez—, sean personas o sea mi vocación.
—¿Tu mayor miedo profesional?
—El mismo que el personal: fracasar en aquello que me importe.
—¿Qué te haría romper un contrato?
—Que fuera injusto o perjudicial para mí o para mi familia y amigos.
—Por último: ¿qué imagen quieres que el público tenga de ti dentro de veinte años?
Esa no es tan fácil de responder. Tengo que darle un largo pensado.
—Me gustaría que se me recordara por haber honrado a mi equipo —concluyo al cabo de un minuto. Me fijo en Elsie, que me ha estado mirando con interés— y por haberte hecho muy feliz.
Satisfecha porque haya contestado obedientemente su batería de preguntas, Elsie deposita el cuestionario sobre la mesa y me echa los brazos al cuello.
Hoy todo le sonríe —la vida personal, el trabajo, el futuro— y por eso toda ella me sonríe a mí, con labios, con ojos, con el cuerpo que presiona contra el mío, anticipando así el nuevo y erótico bautismo del escritorio.
—Pues enhorabuena, Myles DiMarco. Le llevas a tus objetivos veinte años de ventaja.