El partido del año Capítulo 27
81%

Capítulo 27

Woman I Need

DiMarco

Cuando estás enamorado dices una cantidad de imbecilidades al día que es para hacérselo mirar.

Por ejemplo, nada más levantarme he pronunciado las palabras «voy a ir a por el desayuno.

¿Cómo te gusta el café?», cuando siempre he sido partidario de que cada uno se lo guise y se lo coma por separado o de que, en última instancia, si tengo el gesto de ir a comprar un café y una magdalena, te bebas el café y te comas la magdalena tal cuales son, aunque seas intolerante a la lactosa y alérgico a los arándanos.

De lo contrario serás un puto desagradecido.

(Por lo visto, ahora me importan las preferencias de la princesa, a la que no he arrancado de la cama tirando de las sábanas como habría despertado a otra para que me dejara a solas con mi Lego a medio construir cuanto antes.

Luego no construía el Lego porque se me olvidaba que estaba ahí.

Pero lo importante era que se largara para que yo no hiciera lo que tenía que hacer e hiciera en su lugar lo que no pensé que iba a ponerme a hacer hasta que lo hice. Espero haberme explicado.)

Ya en las calles, le he preguntado al florista qué ramo le puedo regalar a una mujer que entiende de flores para que sepa que la aprecio.

Más que nada porque el otro día me enteré de que hay unos brotes apropiados para los funerales y que uno regala lirios blancos con unos objetivos y rosas rojas con otros distintos.

Me traje las rosas rojas, claro. Representan la pasión o no sé qué.

Horas después he sido el jodido colmo de la cursilería. Estábamos subiendo juntos en ascensor a las oficinas de Velvet Room y se me ha ocurrido una estupidez de proporciones homéricas como solo puede serlo decir: «¿Cuántos besos crees que puedo darte en un trayecto de tres plantas?».

Me consolaré pensando que es una pregunta que un físico podría haber traducido en una ecuación y yo solo estaba llevando a cabo el experimento para despejar la incógnita. No era una payasada, sino una aportación al mundo de la ciencia.

Supongo que entiendo a Elsie cuando me dijo algo así como que se abrumaba a mi alrededor.

A la vista está que no sé comportarme como una persona normal si anda cerca.

De repente muto a la subraza Tocón de Metro, con la suerte de que ella me da su consentimiento, o sea que no soy un Tocón de Metro Malvado, sino un Tocón de Metro Aceptable, si es que eso es un concepto válido y un Tocón de Metro no es en su definición un pedazo de hijo de puta.

En fin, que me enrollo.

—¿Sabes para qué quieren reunirse conmigo? —le pregunto en cuanto cruzamos el umbral.

Ya he estado aquí antes. De hecho, le tengo un cariño especial a estas cuatro paredes por razones que no voy a desarrollar porque si no Elsie me dice que soy un grosero.

Pero una cosa es prestar una visita clandestina a medianoche, cuando solo ella y su aroma dulzón ocupan el territorio, a hacerlo de buena mañana y con la intención de reunirme con Roberta Montessore, a la que todavía no conozco en persona.

Podría haber vivido feliz el resto de mis días sin que me la presentaran.

—Ni idea —confiesa Elsie en voz baja—. Por motivos evidentes, Berta no me ha vuelto a hablar de tu cuenta.

Cualquiera diría que se movería como Pedro por su casa, si no porque es uno de los activos más importantes de Velvet Room, al menos porque lleva tantos años trabajando que ya la considerará su segunda residencia.

O su primera. Seguro que ha pasado más horas en el despacho que en el piso de Nolita.

Pero no es así. La línea de sus hombros se endurece nada más cruzar el ascensor, se yergue al menos tres centímetros por encima de su estatura y se asegura de acudir con la solemnidad de un soldado con la aspiración de un ascenso a las puertas del despacho de su jefa.

Reconozco esa expresión, esa manera de clavar la vista al frente e impedir que ningún movimiento periférico te distraiga de tu objetivo.

Es la actitud que yo mismo enarbolo cuando empieza un partido o cuando he acudido a un evento social y tengo que disimular que no existe nada a mi alrededor, o de lo contrario sufriré un ataque de pánico.

Elsie frena ante la puerta cerrada —«Roberta Montessore», reza el rótulo dorado— y me encara con una mirada severa. Saca del puño ese dedo marimandón que me controlo para no morder, juguetón, y solo porque dos rubias nos están vigilando de lejos.

Imagino que una de las dos será Samantha.

—Sé educado —me advierte. Yo asiento con la cabeza de manera robótica—, sé simpático y sé obediente.

—Creo que el diálogo de Viola Davis en Criadas y señoras no era así, pero vale.

Decía lo siguiente: «Eres buena, eres lista, eres importante». No lo voy a especificar porque creo que admitir que he visto y llorado mil veces con Criadas y señoras se sale bastante de mi personaje.

—¡Lo digo en serio, Myles!

—¿No puedo decir lo que pienso?

—Solo en un caso extremo.

—Define «caso extremo».

Lara Cosima se detiene a pensarlo. Luego vuelve a mirarme como un entrenador a su boxeador estrella.

—Que sientas que se pisotean tus derechos humanos. Pero solo los derechos humanos. Tus derechos individuales pueden esperar. Recuerda que Roberta está haciendo esto por tu bien.

Elijo callar y esconder las manos en los bolsillos, lo primero porque no la quiero mosquear a las siete de la mañana y lo segundo porque si no inutilizo los dedos voy a acabar toqueteándola debajo de la blusa, una prenda con transparencias que insinúa el sujetador.

—¿Vas a hacer las esquinas? —le he preguntado medio en broma medio en serio cuando ha salido del vestidor con el modelito.

Ella ni se ha planteado echarme una bronca por mi comentario presumiblemente sexista. Mucho antes la ha ofendido que no entendiera que las transparencias vuelven a estar de moda y que lleva la camisa abrochada con pudor hasta el cuello.

—Ya, pero se te ve el sujetador —he respondido yo. No voy a negar que me inquietara.

—Trabajo solo con mujeres heterosexuales —ha dicho ella.

Tampoco voy a negar que eso me tranquilizara.

«¡Machista!», me gritaría Savannah.

No se equivocaría porque nunca se equivoca.

Unos momentos después de la advertencia letal, estoy cruzando el umbral del despacho de dirección con la misma ropa que me puse ayer para viajar a Boston con los BB , tocar la guitarra acústica en la calle y magrear a Elsie.

Creo que Roberta piensa que le sonrío con calidez al estrecharle la mano porque la adoro o, peor, la respeto, cuando en realidad sonrío porque la hebilla de mi cinturón ha tintineado a mi paso y me ha recordado una escena de anoche:

—Alexia averiguó que estaba saliendo con alguien porque te dejaste esa pieza horrorosa en mi dormitorio —me dijo Elsie, y señaló la correa de cuero.

—¿No te gusta? —repliqué yo, a lo que aseguró que la quería lejos de su vista.

La puse fuera de su vista atándole con ella las muñecas al cabecero de la cama.

«Soy un hombre de recursos», proclamé, orgulloso, y Elsie se ruborizó.

—Por fin nos vemos las caras, DiMarco —saluda Roberta, que también es una mujer de recursos. De los que le ha robado a mi novia, si queremos ser más específicos—. ¿Un compatriota? Ese apellido es italiano.

—Tendría que preguntarle a mi tío.

—Ah, sí, tu tío. ¿Cómo se encuentra?

Cuestiono el verdadero interés detrás de su pregunta arqueando las cejas.

Ni olvido ni perdono que diera la orden de publicar la información relativa a mi TDAH y a mi única familia.

Y como ya dejé bastante claro en las reuniones que tuvimos por videollamada para cuadrar la entrevista de Oprah, solo sigo en la agencia porque Lara Cosima me lo ha pedido y no quiero revivirle el trauma de Alexia haciéndola perder una cuenta que podría valerle el despido.

Así que este es el mensaje: «Estoy aquí, pero no me toques mucho los cojones o con la misma cojo y me largo».

Todo el mundo sabe lo que pienso de las mujeres con las cejas muy oscuras y muy gruesas y el pelo teñido de rubio. En esta vida hay que elegir: o eres rubia o eres morena, pero las dos cosas te convierten en una persona débil y poco fiable.

Lo que es Roberta Montessore, que no vale una mierda sin Lara Cosima. ¿O acaso es ella la que consiguió a Alexia Lux? ¿Es ella la que me consiguió a mí? No, ¿no? Pues a callar.

Estoy deseando que me vacile para ponerla en su sitio, porque es evidente que Elsie no lo va a hacer. Saluda a Roberta empleando ese tono de voz meloso que solo utiliza conmigo cuando nos abrazamos en la cama. Le falta poco para dirigirle una reverencia decimonónica.

No puedo evitar mirarla de reojo con una mezcla de espanto e indignación.

¿Por qué utiliza esa voz con su jefa? Esa voz me pertenece a mí.

—No te vayas, Lara Cosima, cara —le pide Roberta nada más ocupa su asiento, el que está al otro lado de una mesa fea con avaricia y plagada de fotografías lo contrario a espontáneas.

Si hago un esfuerzo, puedo oír las indicaciones que se gritaron para tomar una de las que tiene enmarcadas, en la que aparece riéndose con una chica vestida de negro: «¡Finge que te estás divirtiendo, joder!

¡Eso es! ¡Como si tuvieras una madre que te quiere!

»—. Esto os concierne a los dos. Sentaos, per favore .

No me gusta la cara que se le queda a Elsie.

Si hasta yo noto que palidece bajo el maquillaje, el bronceador en spray y la piel oscurecida por el solárium, es que esta mujer la aterra.

Lo vengo sospechando por el modo en que se le traba la lengua al referirse a ella y la reverencia monárquica con la que alaba —y defiende de mis mofas— su figura.

Aun así, verlo en vivo y en directo es doloroso.

Por suerte, a mí no me dan ningún miedo las mujeres a las que se les acaba el decolorante antes de aplicárselo en las orugas sobre los ojos. No reacciono cuando apoya los codos sobre la mesa y se inclina hacia nosotros.