Capítulo 26 #2
Elsie me abre con el pelo húmedo sobre los hombros y la batita de gasa semitransparente arrastrando por detrás, como si fuera el fantasma de una novela victoriana.
En efecto, tiene las mejillas sonrosadas y le cuesta mirarme a los ojos.
—Anda que como te hayan grabado y lo suban a redes sociales... —murmura con la vista clavada en el suelo—. ¡Roberta va a estar contenta!
Me armo de valor para pasar al recibidor, obligándola a ella a retroceder unos pasos, y cierro la puerta de un puntapié.
—Ya sabes que Roberta me la suda. Esto era para ti, no para tu jefa. Querías una serenata, ¿no? ¿Lo he hecho bien?
—No sabía que cantabas —sigue hablando en voz muy baja.
—Te dije que me gustaba Chicago . He crecido escuchando todas sus canciones. Y las de Wicked . Y las de Hamilton . Y las de Waitress . De tanto cantar en casa, algo se queda.
—Si lo que querías era demostrarme tu... tu... interés o cariño, podrías haber elegido una canción romántica, no Louisiana Hot Sauce . Esa es un tanto ordinaria.
Sigo avanzando hacia el salón y ella sigue retrocediendo sin ver por dónde va con una torpeza encantadora.
A estas alturas no me siento más que las orejas taponadas por la sangre. ¿Es normal querer tanto a alguien que tienes la impresión de que vas a petar como una olla exprés? Incluso si me dijera que no solo no me corresponde, sino que me odia, me quedaría donde estoy con tal de seguir mirándola.
—Es que yo soy un tanto ordinario.
—¡Pero yo no!
—¿Te estás quejando porque no te ha parecido bien, o solo por vicio? ¿Preferías los bombones de entre todo lo que enumeraste?
Elsie choca de espaldas contra la pared del fondo de la salita, justo debajo de una composición de cuatro fotografías monocromáticas al estilo Warhol.
—No... —Se muerde el labio—. Me ha gustado la canción.
—Todavía tarda unos segundos en alzar la vista.
Lleva la cara lavada. Huele a jabón, a su colección de cremas pijas entre otros potingues, al perfume que se echa antes de dormir porque «la ayuda a conciliar el sueño» y «así se siente sexy».
Esboza una sonrisa introvertida que me corta la respiración y se pone de puntillas para besarme la mejilla—. Gracias.
—De gracias nada. He venido para lo que he venido. Tu respuesta tiene que ser sí o no, no un agradecimiento, y yo prefiero que sea que sí. ¿Vas a ser mi novia o qué?
Elsie compone una mueca contrariada.
—Qué brusco eres.
Pongo las dos manos a cada lado de su cabeza para que no se le ocurra escabullirse.
—A lo mejor te vuelves brusco cuando sabes lo que quieres, sí. Qué le hago.
Casi la oigo tragar saliva.
—¿Estás seguro de que quieres... un compromiso conmigo? Porque yo creo que no lo has pensado bien. Tendrás que esforzarte para estar ahí cuando te necesite, en los buenos y los malos momentos, y no podrás justificarte con que «eres así» cuando te despistes.
—Anotado.
—Tendrás que responder siempre mis mensajes, y tendrás que llamarme a menudo, y tendrás que aceptar mis defectos de maniática, obsesiva, tiquismiquis...
—Me parece bien.
—A lo mejor tienes que conocer a mis padres.
—Me parece bien también.
Bueno, bien lo que es bien , no. Pero hay que aguantarse.
—Vives en Boston y yo en Nueva York.
—Vendré los fines de semana.
—Esas serían muchas molestias. —Sacude la cabeza—. No deberías...
—No te estás enterando del asunto, ¿no? ¿No te enteras o no quieres enterarte? Porque no eres nada tonta. Aunque utilices Instagram como una.
—¡Eso sobraba!
La sujeto por los hombros y la separo de la pared para acercarla a mí. Está igual de rígida que una columna. Parece minúscula con solo una capita de ropa, el pelo mojado y sin zapatos.
Yo no estoy menos vulnerable.
Elsie me mira a los ojos, y tiene que ver ahí, en los míos, lo que estoy a punto de decir, porque abre mucho los suyos y se apresura a balbucear:
—¿Qué importa si te digo que sí o que no? A ojos de Dios, o, lo que es lo mismo, de Oprah, los habitantes de Norteamérica y las redes sociales, tú y yo ya tenemos un noviazgo. No necesitas mi beneplácito. Ya lo soltaste sin más porque te dio la gana.
—No, porque me dio la gana, no. Porque te quiero.
Lara Cosima tiene una reacción corporal brutal, como si algo la hubiera golpeado por dentro.
—¿Qué dices? ¿Cómo me vas a querer? ¿Ya? ¿Así, sin más? No. No puedes quererme.
—¿No?
—¡No!
—¿Me lo prohíbes?
—¡Te lo desaconsejo!
—¿Por qué?
—Porque no tenemos nada en común. Te saco de quicio, tú me sacas de quicio a mí, venimos de una situación laboral que nos obligaba a estar pegados y eso puede haberte confundido, soy la única chica con la que te has visto en varios meses, y...
—Y te quiero —completo—. ¿Tú a mí no?
Todavía sujeta por mis brazos, que a cada segundo que pasa la aprietan más y más por los hombros como si así pudieran exprimirle una confesión, Elsie se encoge sobre sí misma.
—Yo... yo... yo... acababa de ponerme una mascarilla viral de aguacate e iba a meterme en la cama a dormir —balbucea, histérica. Parece que se le haya perdido algo en el suelo, algo que no encuentra y la desespera—. ¡Hace un rato estaba cenando un yogur mientras veía vídeos de TikTok!
—Vale. Pues ahora te estoy preguntando si me quieres.
—¿Qué pasa si te digo que sí?
—Que me haces muy feliz y nos ponemos a follar de inmediato. O lo que quieras. Podemos ver tiktoks , si lo prefieres.
—¿Y si te digo que no?
Necesito un segundo para reflexionarlo.
No me gustan las opciones que se me ocurren.
—Sinceramente, Elsie —confieso con el alma en vilo—, me pondré muy triste y me piraré. ¿Es eso lo que me vas a decir?
Me mira a los ojos con una mezcla de emociones que no sé por dónde empezar a desenredar.
Está aterrada.
—Es que... es que...
—¿Tan complicado es para ti? —interrumpo, abrumado por mi propia angustia—. No te he pedido que compongas una palabra en Scrabble con la letra Z . Solo te he pedido que respondas.
—¿Cómo te voy a decir que no? —termina musitando—. ¿Quién te puede decir que no?
—¿Lo dices porque te estoy presionando? ¿Porque le rompí las gafas a alguien? Nunca te rompería las gafas, Elsie.
—Lo digo —repite más despacio— porque es imposible no quererte.
Estoy bastante en desacuerdo con esa afirmación —y muchos me apoyarían—, pero entre que no se me dan bien las discusiones con argumentos inteligentes y que de repente no puedo pensar, renuncio al gusto de llevarle la contraria.
Aún con las manos alrededor de sus brazos, la apoyo con cuidado en la pared y así la mantengo, como si fuera a interrogarla, a robarle o solo disfrutara de su debilidad cuando nada de eso.
Necesito no hacer nada por un momento para asumir la magnitud de la confesión.
Necesito que no me toque en tanto que voy asimilando lo que esto supone.
Rastreo su expresión sobrecogida y le busco una explicación razonable a su silencio.
—¿Me quieres?
Elsie asiente con la cabeza despacio. Como no puede liberarse de mi bloqueo, levanta las manos hacia mí todo cuanto puede teniendo los brazos clavados en la pared y me sujeta por las muñecas.
Ladea la cabeza hacia una de mis manos y roza la mejilla recientemente untada en aguacate con mi dorso antes de robarme un beso en los nudillos.
Sigo respirando. Si no, estaría muerto. Pero creo que no lo hago como una persona normal.
Hay alguien que me quiere. Y no es cualquier alguien. Es ella.
Un golpe de calor me sube por el cuello.
No es rubor; es algo más fuerte que la vergüenza y que la ira juntas, más poderoso que el miedo o la fobia.
Tiene que ser un síntoma de enajenación.
Un brote de locura o algo así. O eso o el cerebro se me ha ladeado y se han derramado todos sus contenidos como un vaso de leche.
Ni pienso con claridad ni encuentro palabras.
Las emociones primarias se adueñan de mí y creo que solo jadeo entrecortadamente antes de atraerla hacia mí y abrazarla con fuerza, llenarle de besos el pelo mojado, la cara pegajosa y brillante por los potingues.
Ella tiembla entre mis brazos y yo la aprieto más fuerte, como si lo que le pasa fuera que se muere de frío cuando sé muy bien que no es eso, que es, de hecho, lo mismo por lo que tiemblo yo.
Porque sentimos lo mismo.
Lo mismo.
Aprovecho que justo a su lado hay una ventana y la abro tirando con fuerza hacia arriba.
Confirmo que los Boston Beasts siguen abajo manteniendo una conversación tranquila, como un grupo de rock de novatos que acaba de salir de un concierto en un garaje.
Noah se fuma un cigarrillo con la guitarra cruzada a la espalda como una katana; Ash se estira imitando a una profesora de aerobic —como si hubiera hecho algo, el cabrón— y Vinny hace aspavientos que parecen describir el modo de acceso a una casa y sus muchas dependencias.
—Me quedo aquí —anuncio desde arriba—. Adiós.
No espero una respuesta —aunque escucho los vítores aun así— y cierro la ventana de un golpe. Sin mayor demora, alzo a Elsie en vilo, como a una princesa adorada.
Lo que es.
No dudo que sea así como se siente con su vaporosa batita de gasa ondeando en el aire.
A no ser que prefiera sentirse como una princesa secuestrada. También podría ser el caso.
La echo sobre la cama de su dormitorio. Desde ahí me mira con el aliento agitado y los ojos muy abiertos, como si fuera la primera vez que lo hago. Me saco la camiseta por la cabeza y contemplo su figura vulnerable sobre la colcha mientras me quito el cinturón con tres movimientos secos.
—Vamos a ver si es verdad que me quieres.
Elsie extiende los brazos hacia mí y me rodea la espalda amorosamente en cuanto me encaramo sobre ella. La cerco por las rodillas en lo que tardo en abrir la bata tirando del lazo.
Lo siguiente que sé es que está desnuda ante mí.
—No me puedo creer que esto esté pasando —confiesa con un hilo de voz.
Le cubro la mejilla con la mano, no menos sobrecogido.
—Yo no me puedo creer lo guapa que eres. Tienes la cara más bonita del mundo.
Elsie hace una mueca cómica que le perdono en este momento solo porque como sigamos poniéndonos románticos nos va a dar un ataque epiléptico.
A mí por lo menos.
—¿Perdona? Te recuerdo que has salido con el nuevo rostro de Dior.
—¿Y esa quién es?
—¡Terry, Myles! —se exaspera—. ¡Es Terry!
—Ah, la bendita Terry. Dios la tenga en su gloria por haber ocasionado que nos conociéramos.
—No me digas que solo te acuerdas de ella por eso.
—Ya te digo. Aunque estoy seguro de que nos habríamos conocido igual... —me inclino a besarla en el cuello, que me ofrece arqueando la espalda y girándose hacia un lado de un modo provocativo— y de que tú y yo habríamos terminado del mismo modo.
—De hecho, vas a terminar acostándote conmigo esta noche me mientas sobre el valor estético de mi cara o no, así que admite ahora mismo que Terry es más guapa.
—Terry no se parece a María Sharápova. Tú sí.
Elsie arruga el ceño, pensativa.
—María Sharápova es rubia —decide al final.
—Y tu doble —me empecino.
—Nunca se la ha conocido por ser guapa.
—Pues en mi casa se la conoce por ponérmela como el cemento armado.
Espero a que me eche la bronca por soltar una barbaridad, pero debe de estar verdaderamente fuera de sus cabales por mi serenata y mi declaración, porque solo se cubre las mejillas con las manos y ahoga una carcajada abochornada.
Me mira de soslayo con los ojitos brillantes de emoción.
—Myles, por Dios bendito... —cae en la cuenta de algo y extiende los brazos—. ¿Estás diciendo entonces que María Sharápova es más guapa que yo?
—María Sharápova nunca se pondría unos zapatos-pezuña.
—Pues que sepas que tú eres idéntico al Eric Bana de Troya .
—No sé quién es ese. Y cállate ya, que como no te dé un beso, reviento.
Sofoco su risita coqueta con la boca. Deslizo la mano desde el hueso de su cadera hasta la ingle, y de la ingle doy un salto a la entrepierna.
Elsie me sorprende pegando los labios a mi oído y musitando:
—¿Ves cómo es cierto?
—El qué.
—Que te quiero. —Se revuelve de manera erótica para sentir mi mano íntimamente—. ¿O no lo notas?
Me muerdo la lengua para reprimir uno de esos accesos violentos de amor que me atacan a veces por la espalda y que en un descuido podrían convencerme de asfixiarla a besos.
—Lo noto. Ahora vamos a medir cuánto.