Capítulo 26
The Adults Are Singing
DiMarco
Lo bueno de que no entrenemos los fines de semana hasta que empiece la temporada —para lo que queda todavía todo el mes de agosto— es que puedo llevarme a los tres miembros del equipo a Nueva York con una guitarra y una pandereta facturadas sin que el entrenador se cruce.
El viaje en taxi hasta North of Little Italy en el bajo Manhattan es la hostia de divertido para mis compañeros, pero no tanto para mí, que además de un instrumento sobre las rodillas llevo un nudo de nervios apretando en la boca del estómago.
No me he sacado ningún máster en serenatas, pero por lo que entiendo no solo sirven para declararle a una mujer tus intenciones con ella, sino también tus sentimientos. Al tiempo que vocalizo y entono, voy a tener que decirle que estoy enamorado.
Mi experiencia en este aspecto es nula. Desconozco cuáles puedan ser las palabras adecuadas. A lo mejor está tan furiosa por lo de Oprah —aunque hemos hablado con normalidad estos días— que no existen dichas palabras adecuadas y me va a echar con cajas destempladas diga lo que diga.
Como si me hubiera leído el pensamiento —no tengo muy claro todavía que no sepa hacerlo—, Noah me pone la mano en el hombro.
—Va a ir bien, Myles. Puedes dejar de zarandear la pierna. Más que nada porque con la fuerza que tienes vas a abrir un boquete en el suelo del coche.
—A lo mejor no me corresponde —murmuro por lo bajo.
Ashton y Vinny están en su propia conversación, gracias a Dios.
Miro a Noah a los ojos—. A lo mejor solo me quiere por mi cuerpo.
Me lo tendría merecido por la manera en que me he comportado con las mujeres.
Si existe Dios y toda esa mierda, me hará pagar mis fechorías a través de Elsie.
Él esboza una sonrisa benévola.
—Las cosas no funcionan así. Los buenos no siempre tienen lo que se merecen y los malos solo reciben mal karma de vez en cuando, y más por el modo en que la vida está diseñada (ya sabes, una de cal, otra de arena) que porque alguien allí arriba lleve la cuenta de nuestras virtudes y defectos.
Y creo que tú en concreto estarás a salvo.
Intento enumerar todas las razones por las que creo que Elsie podría quererme.
Es un ejercicio curioso; por lo general, cuando necesito calmarme, cuento hasta cien o recito todas las marcas de coche que se me ocurren.
Ahora no. Ahora hago memoria y me acuerdo del helado en el dentista, de que me intentó comprar una cama, de que quiso salir a la calle a hacer cosas conmigo el primer día en Nueva York, de que se presentó en casa de mi tío a pesar de mi penoso comportamiento en Central Park.
«No se encaró con Roberta Montessore ni la mandó a pastar a pesar de que te jodieron bien jodido», dice la voz interior.
«Cállate».
Estoy tan nervioso que no se me ocurre mucho más, tan nervioso que decido que nada de eso es suficiente.
Lara Cosima es atenta por naturaleza. Ningún detalle que haya tenido conmigo significa que me quiera. Si me pongo en sus zapatos —preferiblemente los tacones, no los que tienen forma de pezuña—, pensaría que es demasiado pronto para enamorarse de nadie.
La voy a asustar.
—¿Cuánto tiempo tienes que pasar con una mujer para que anunciar que estás enamorado sea razonable y no un signo de psicopatía? —pregunto justo antes de que el taxi pare frente a la casa de ladrillo brownstone de Nolita, esa en la que ya he amanecido varias veces.
No las suficientes.
Noah agarra la guitarra por el mástil y el amplificador por el asa y me sonríe nada más apearse.
—Es como si preguntaras cuánto tiempo tiene que pasar para que sea razonable volverse loco. Enamorarse nunca es razonable. No debe serlo nada de lo que digas o hagas cuando te sientes así.
—¿Cómo sabes tú eso? —se ríe Ashton—. Ni que te hubieras enamorado alguna vez.
—Te sorprendería —replica Noah sin inmutarse ni ofrecer más explicaciones. Paga el trayecto en taxi y se reúne con nosotros en la acera, poco transitada a estas horas de la noche.
Por suerte contaremos con la romántica iluminación de las farolas para mejorar la puesta en escena.
—Yo tuve la decencia de esperar un par de meses para declararme —cuenta Vinny con una sonrisa nostálgica—, pero, si te soy sincero, lo habría hecho la segunda vez que la vi, cuando me tiró el cubata por encima.
Estoy a favor de guardar las formas al principio, claro que sí.
Solo hasta que el cuerpo y la mente se alíen y te digan: «Hasta aquí hemos llegado. Ahora vamos con todo».
Espero a que Ashton haga su aportación mirándolo con fijeza. Él tarda en darse cuenta de que por un segundo será la atracción principal, ocupado como andaba acariciando los discos plateados de la pandereta.
—Tío —me suelta con vehemencia. Extiende los brazos—. El que tenga miedo a morir, que no nazca. ¿Me entiendes?
Pues no le falta razón.
Con la guitarra acústica ya colgada del hombro —no sé cómo voy a tocar con estos dedos torpes—, saco el móvil y le escribo a Elsie que por favor se asome a la ventana, que tengo una sorpresa para ella.
Como el iPhone es su sexto dedo de la mano derecha, ve el mensaje enseguida.
A mi señal —un cabeceo en su dirección—, los chavales defienden sus puestos: Noah prueba un riff de guitarra eléctrica, Vinny pone la percusión de fondo en el altavoz, Ashton empieza a marcar el ritmo con la pandereta — yo esto no lo tengo muy claro — y el menda procede a reproducir la melodía original con la guitarrita acústica y la voz a capella .
Antes de que Lara Cosima abra la ventana y se cuelgue de la baranda con el pelo recogido en el turbante de la ducha y nada más que una batita de andar por casa, nosotros ya nos hemos metido de lleno en la canción.
Yo no debería apartar la mano de las cuerdas —estoy oxidado, necesito ver qué coño estoy percutiendo—, pero tengo que fijarme en su cara.
Las farolas me ayudan en mi propósito descubriendo para mí su expresión de pasmo y su balbuceo a medio construir:
—¿Pero qué...?
Ashton se ríe como un crío y Noah disimula una sonrisa agachando la barbilla.
Que disfruten ellos que pueden. Mi deber es concentrarme en la letra que me toca aullar en plena calle.
Little Susanna, down in Louisiana
Pretty as she can be
All the boys want her, they even say she's gonna
But she don't want nobody but me
Now I'm a lucky fella, 'cause they all try to tell her
Girl, you better leave him alone
But none of them can see what she sees in me
She loves me way down to the bone
Compruebo con vistazos rápidos a través de las pestañas húmedas —no estoy llorando, solo faltaría. Sudo de los nervios— que ella levanta las cejas y se cubre la boca con la mano.
Tiene que estar de acuerdo conmigo en que la cancioncita de Sammy Kershaw es ideal para dedicársela. El cantante es de Luisiana, salió publicada en la década de los noventa —la década en la que ella nació— y la letra le va que ni pintada.
She's Louisiana hot sauce, hotter than a fireball
Smoother than strawberry wine
She's lookin' good as I've seen, strollin' in her tight jeans
Drivin' me out of my mind
Believe me, there's no other that comes in up above her
She knocks me right down to my knees
Well, I know I could never have it any better
She spins me like a washing machine
—¡Baila un poco! —exclama Vinny desde abajo con el pie apoyado en el altavoz.
Dudo que ella lo haya escuchado o sepa siquiera que está ahí. O sea, tiene que saberlo porque somos cuatro pardillos, cuatro instrumentos, y porque ella repara en todo, pero es tal y como lo dice el cantante de country: solo le quedan ojos para mí.
Al menos en lo que dura el concierto.
Noah me transmite que está yendo como la seda acercándose un par de pasos en mi dirección, sin perder la concentración en el sencillo riff que acompaña el tema.
Cuando vuelvo a alzar la vista hacia ella, la veo con los codos y el cuerpo descansados sobre la baranda, la barbilla en las manos y una adorable sonrisa de incrédula mortificación.
—¡Eh! ¡Es casi medianoche! —berrea un tipo del edificio colindante—. ¿Qué coño estáis haciendo? ¡Esto es ilegal!
—¡Cállate, amargado! —le aúlla Ashton en mi nombre.
—¡Voy a llamar a la policía!
—¡¿Y por qué no llamas a tu exmujer para que te recuerde por qué te dejó?!
Dudo que la policía pudiera llegar a tiempo para detenernos incluso en Nueva York, donde hay pasma en cada esquina y rara es la noche que no te pase zumbando por el lado un coche patrulla con las luces prendidas: para cuando el sujeto desaparece en el interior de su casa, listo para consumar su venganza, nosotros ya hemos terminado, y somos un grupo musical de un solo éxito.
Como Lara Cosima está demasiado pasmada para aplaudir, Vinny y Ashton hacen lo propio y Noah se une batiendo las palmas en cuanto se extingue la última nota de la guitarra.
Yo mantengo la cabeza alzada hacia ella en completo silencio.
Podría aprovechar para decir algo ingenioso, algo que ponga la guinda al pastel, como «aquí tienes tu serenata» o «eres la primera y última Julieta de toda esta calle del barrio de Nolita», pero estoy tan nervioso que solo prolongo el silencio.
—¿Dejarás caer tu pelo, Rapunzel? —bromea Vinny.
—¡De eso nada! ¡Lo tengo muy fino y se podría partir!
—¿Nos invitas a subir por nuestra cuenta, entonces? —exclama Ashton.
—¿Por qué te invitaría a ti a subir, si no has hecho nada distinto del panoli con la pandereta? —se mofa Vinny. Coloca las manos alrededor de la boca como una bocina—. ¡Pero a DiMarco deberías dejarlo pasar! ¡Aunque sea para servirle un vaso de agua! ¡Ha cantado bien, ¿eh?!
Elsie se lleva las manos a la cabeza, donde sigue el turbante.
Algo me dice que está ruborizada, pero no lo sabré hasta dentro de cinco minutos, cuando ella, con un asentimiento tímido, me haya dado luz verde para saltar las escaleras del edificio de dos en dos y plantarme ante su vivienda con nada más que lo puesto.