El partido del año Capítulo 24 #4
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Capítulo 24 #4

—Te prometo que no volverá a pasar una sola semana sin que nos veamos.

Da igual dónde estés. Iré a donde sea que te encuentres y te secuestraré aunque sea para comprarte uno de esos cafés aguados y repugnantes de Starbucks que te siguen gustando.

Y antes de eso tendremos una conversación seria, madura y larga sobre lo que acaba de pasar, ¿de acuerdo?

Te vas a salvar solo porque parece que no estás en condiciones de hablar ahora y porque nos espera Oprah.

—Vale. Pero con una condición.

—Lo que me pidas.

—Tienes terminantemente prohibido mencionar a tu novio lo que queda de noche.

—Me parece justo. —Se cruza de brazos y sonríe con suficiencia—. Pero te tocará a ti mencionar al tuyo.

Pongo los ojos en blanco, fingiendo que la posibilidad de hablar de DiMarco no me tienta, que no me aprieta la historia de los últimos meses en el gaznate, y paso por su lado con toda la dignidad que soy capaz de reunir para volver a ocupar mi lugar de honor en el sofá.

Ella me sigue con una sonrisa, porque sé que está sonriendo, y tiene cuidado de no perturbarme abriendo un espacio significativo entre las dos. Sabe de otras veces que me he enfadado con ella —nunca de este modo— que necesito distancia física hasta reponerme de la discusión.

Nada más encender la tele, ahí está él. Tan guapo que me dan escalofríos.

Que, de hecho, me dan ganas de abrir la ventana y ponerme a gritar: «¡Poned la televisión!

¡El canal donde está Oprah! ¿Lo veis? ¿Lo estáis viendo?

¡Pues es MÍO ! ¡ SOLO MÍO !». Lo más parecido a eso sería señalar la pantalla con una sonrisa jactanciosa y decirle a Alexia que ese es nada menos que el Hombre Misterioso, aquel al que le perdono que lleve un Cinturón Negro.

Podría hacerlo ahora que se supone que nos hemos perdonado, pero todavía no se ha cerrado la herida. Quiero asegurarme de que piensa enmendarse antes de trasladar ningún tipo de información delicada.

—Qué atractivo es, ¿eh? —comenta Alexia desde ese lugar recóndito en el que se sume cuando tiene una bolsa de patatas fritas en la mano.

Dale unas Lays y un programa televisivo y desaparece en la cuarta dimensión.

—Tú a callar, que tienes novio.

—Pensaba que no podíamos hablar de él.

—Tú no puedes. Yo sí.

—¿Tampoco puedo mirar? ¿Desde cuándo echarte pareja te ciega la vista?

Como si Oprah nos hubiese escuchado, le sonríe a su acompañante, que hasta el momento había estado hablando con timidez sobre su TDAH , y dice:

—¿Qué hay de tu vida sentimental, Myles? ¿Hay alguien en tu cabeza ahora mismo?

—Hay que ver qué bajo caen algunas. Hasta Oprah. Quién la ha visto y quién la ve. De sonsacarle a Meghan Markle el acoso que recibió por parte de la Casa Real a preguntarle a Myles DiMarco si tiene novia —me mofo para disimular.

Aunque es verdad que pienso que no ha vuelto a hacer una entrevista del nivel de la del príncipe Harry.

—Pues sí —contesta él, y no es la respuesta lo que me pone el corazón en un puño, sino los esfuerzos que hace por reprimir una sonrisa y sostenerle la mirada a Oprah cuando está claro que quiere desviarla a sus manos entrelazadas—.

Sí, la verdad es que sí. La he dejado en casa un poco tristona. Quiero mandarle un beso desde aquí.

¿Perdona?

—¡Eh! —ruge Alexia con la boca llena. Señala la pantalla como los hombres cuando un árbitro pita falta injustamente—. ¡Vinny no me ha contado nada...! Perdón —se disculpa enseguida—. No volveré a mencionar su nombre.

—Vas a tener que meter un dólar en una hucha cada vez que lo digas.

—¡Un dólar! Joder, cómo está la inflación. Solían ser veinticinco centavos.

—¿Es alguien a quien ves de manera casual, Myles? ¿O podríamos estar hablando de algo serio?

La pregunta me tensa, pero no tanto como la respuesta.

—¿Casual? No, nada de eso. Es mi novia.

—¡Novia! —aúlla Alexia, que casi ha empezado a levitar—. ¡Voy a matar al hombre que no debe ser nombrado!

—A lo mejor no lo sabe todavía —me siento obligada a mediar—. Deberías considerarlo. Es de DiMarco de quien estamos hablando.

—No te falta razón.

¿Le habrá dado Roberta indicaciones sobre lo que responder a las preguntas de Oprah? A juzgar por la comodidad de Myles, diría que está dejándose llevar, pero nunca se sabe.

Lo mismo es que simplemente, y tal y como él me ha dicho, Oprah le cae de maravilla.

—Conque novia. Felicidades. Debe de ser la primera joven que presentas desde que saltaste a la fama.

—La primera y espero que última.

¿Qué?

A estas alturas debería empezar a plantearme que haya formalizado con una chica y no me lo haya contado.

Dios mío.

¿Ha formalizado con una chica y no me lo ha contado? ¿Qué chica? ¿De qué va?

—¿Podrías describirla para este público curioso?

—Madre mía, Oprah está incluso más picada que yo. Apuesto a que esto no estaba en el guion —murmura Alexia, incapaz de despegar la vista de la pantalla.

En una competición de asombros, yo le ganaría a Oprah y a Lex, eso por descontado.

La cámara enfoca las manos grandes de DiMarco, manos que anoche estuvieron donde no es delicado o elegante mencionar —pero aun así los recuerdos me invaden como escalofríos— y que esta noche se frotan y se vuelven a frotar en señal de nerviosismo.

—Es una persona muy especial —responde, ahora sí sonriendo—. Para que veas lo especial que es, se llama Lara Cosima.

Toda la sangre me baja a los pies. Y eso que tengo los pies en alto.

Experimento a nivel sensorial, material, visceral y hasta espiritual la mirada inyectada en sangre de Alexia.

—¡No soy yo! —me apresuro a explicar con las manos en alto, como si me estuviera apuntando con un arma.

—¡Y una mierda que no, hombre! ¿Qué va a ser? ¿La única persona sobre la Tierra que conoce a dos Lara Cosimas?

—¿Cuál sería el plural si ambos nombres funcionan como sustantivo? ¿Lara Cosimas? ¿Laras Cosimas?

—¡No escurras el bulto! ¿Siquiera hay dos mujeres llamadas Lara Cosima en el mundo?

—¡Si las hay, desde luego tienen que estar en Nueva York! ¡Todo está en Nueva York!

—¡Eh! ¡No te levantes! ¡Párate ahí! ¡Ni se te ocurra huir de tu propia casa! ¡Con dos numeritos ya hemos tenido suficiente!

—¡No estoy huyendo! ¡Es que me he dejado el móvil en el baño y tengo que llamarlo! ¡Este se va a enterar de lo que vale un peine!

—Pero ¿cómo lo vas a llamar si sigue con Oprah?

Me detengo a punto de abrir la puerta del salón.

—Es verdad. —¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer?—. Voy a insultarlo por WhatsApp.

—¿Por qué?

—¡Por decir mentiras!

Alexia tiene que percibir en mi voz la sincera perplejidad, porque relaja el ceño y solo observa mis movimientos aún más anonadada que yo.

—¿No eres tú?

Quien le responde no soy yo, ni DiMarco, ni Oprah. Le responde el anuncio televisivo al que la entrevistadora redirige al público: aquel que grabamos hace alrededor de un mes y medio.

Incluso su versión de quince segundos es un espectáculo del que no se puede apartar la vista.

No sabía que lo emitían hoy aprovechando el programa de Oprah.

Me quedo igual que Alexia al verme a mí misma al pie de la escalera de un bien conseguido decorado recibiendo a DiMarco con los brazos abiertos y dejando que me bese.

Perry fue lo bastante prudente para recortar parte del beso —se quedaron con esa toma, maldita sea— y pasar al siguiente anuncio. Pero sigue siendo un beso, sigue siendo una revelación, una admisión de culpa.

Y si alguien me reconoce de espaldas, esa es Alexia Lux, que gira la cabeza despacio, como si tuviera el cuello desengrasado, y me dedica una sonrisa demente.

—Parece que aparte del nombre te han robado la figura.

—¡Vale, joder! ¡Sí, soy yo!

No me extraña un pelo descubrir que también mis conocidas más cercanas me han bombardeado con mensajes, entre ellas Samantha.

«Si no estás viendo el programa de Oprah, ¡¡¡enciende la tele ya!

!! ¡¡¡Vas a flipar!!!». Otra persona que me ha escrito es mi madre: «Llámame cuanto antes, Lara Cosima. Tenemos que hablar».

Santo Dios. ¡Hasta mi madre!

La risa divertida y amistosa de Alexia me hace levantar la vista. Ya se había puesto en pie para perseguirme. Ahora solo pone los brazos en jarras mientras menea la cabeza.

—Bueno... —empieza, a punto de echarse a reír de nuevo—. Eso ha respondido a las dos preguntas que me torturaban: de quién es el cinturón negro y quién te ha enseñado a decir «comer las mierdas».