El partido del año Capítulo 24 #3
76%

Capítulo 24 #3

—¡Y todavía tienes el valor de llevarme la contraria cuando te digo que vives por y para Vinny Bravano!

¿Cómo puedes decir que Paolo y Manish son mis amigos cuando no me han vuelto a dirigir el saludo desde que me despediste?

, ¿cuando ni me miraron en el camerino el día de La noche de Farah ?

¡En serio, Alexia! ¡Tienes un serio problema!

¡Si alguna vez te has enterado de algo, es porque ahí estaba yo, dándotelo todo bien mascadito!

Una expresión sabedora sustituye la indignación de Alexia.

—Es por eso, ¿no? —Asiente con la cabeza, concediéndose la razón, y cuadra los hombros—.

Estás todavía ardida porque te despidiera.

Nunca aceptaste mi decisión, ¿verdad? Fingiste que lo hacías, y cuando fui a disculparme y a ofrecerte de nuevo el trabajo, arrepentida, me rechazaste por venganza, por orgullo o por los dos.

—¿Cómo iba a aceptar tu decisión? ¡Mi vida entera cambió de la noche a la mañana!

—¡La mía también!

—¡Tú tenías a Vinny para consolarte, entretenerte o ambas!

¡O mírame a la cara...! —Un sollozo me interrumpe y tengo que carraspear—.

¡Mírame a la cara y dime que tú lo has estado pasando mal!

—Al verme emocionada, y sabiendo que la verdadera respuesta no es halagüeña, Alexia aprieta los labios para contener también un puchero—.

¡No, claro que no! ¡Te has ido de gira con tu nuevo y reluciente novio y me has dejado a mí, sola, soportando las miradas de lástima de Samantha y los reproches velados de Roberta a propósito de tu despido!

¿Se te ha ocurrido pensar en cómo afectaría eso a mi trabajo más allá de mis sentimientos?

¡No es que no acepte tu decisión! ¡Es que no acepto tu puta indiferencia!

¡Eres una cabrona y no te soporto y ya no te quiero ni me apetece verte la cara y además LÁRGATE DE MI CASA YA !

¡ Y LAS PALOMITAS DE COLORINCHIS ME LAS QUEDO YO !

Me levanto de un salto y cruzo el salón tan rápido como me lo permiten las piernas débiles para encerrarme en el baño de un portazo. Giro el pestillo por si acaso y ahí rompo a llorar para desahogar la tensión que he estado padeciendo desde que Alexia llegó al apartamento.

Si de verdad estuviera a solas, podría desahogarme de verdad, pero en este piso se oye hasta cuando el vecino tira de la cadena. Apuesto a que desde la salita está escuchando mis humillantes sollozos.

Saco el móvil del bolsillo y tecleo unos mensajes con los dedos temblorosos.

Sé que vas a salir ahora con Oprah pero estoy muy triste

He discutido con Alexia y le he dicho cosas horribles

Soy una mala amiga.

¡¡¡Pero ella también!!!

Asombrosamente recibo una respuesta inmediata, y es tan buena respuesta que me pregunto si no le habrá pedido consejo a Chat GPT .

No eres mala amiga

¿Qué hago para que no estés triste?

¿Quieres que deje la entrevista y vaya contigo?

NI SE TE OCURRA, MYLES DIMARCO.

Vale, pero no me grites

¿Qué estás haciendo ahora?

Estoy llorando en el baño

No me digas eso

Si te amenazo con ridiculizar a Oprah yéndome ahora ¿dejarás de llorar, saldrás del baño y te perdonarás con Alexia?

No valen las amenazas ahora. Dime algo bonito.

O mándame una foto de tu bello rostro.

Espero con el móvil en la mano que obedezca.

Lo hace. Es el primer selfie que me envía, y observando mi reacción —me devuelve el pulso, me devuelve la sonrisa y me seca las cuencas lagrimales—, espero que no sea la última.

Lleva una camisa blanca con los últimos botones abiertos que contrasta con su piel morena.

Un mechón negro se le riza sobre la frente como a un coqueto Danny Zuko.

Se ha hecho la foto desde abajo, un ángulo con el que todos salimos poco favorecidos. Él es la excepción, porque no le afea ni siquiera el ridículo puchero que está fingiendo.

Así estoy sabiendo que no puedo irme contigo

Así estás sabiendo que no puedes huir de la entrevista, más bien

No es verdad. Oprah me cae bien.

Ahora te toca a ti

Me debes una foto

Suspiro y me limpio el rímel corrido de las mejillas. Decir que salgo fea en las doce primeras pruebas es quedarse corto, pero supongo que si pretendo que este hombre me dure tendré que hacer sacrificios. Como mostrarme al natural.

Una Lara Cosima en pleno ataque de histeria es una Lara Cosima en su estado natural.

Procuro hacerme la mona levantando el móvil para que se me vean sobre todo los ojos aclarados por el llanto y fotografiándome con una mano en la mejilla.

Qué guapa es mi Elsie

¡¡¡Lo dices para calmarme!!!

Lo digo porque lo eres

Y también para calmarte. Es verdad.

Ha pasado un rato cuando oigo que unos nudillos llaman a la puerta. En defensa de Alexia voy a decir que ha transcurrido el número de minutos ideal para perdonarle la descortesía de permanecer en mi casa.

También en su defensa añadiré que si no hubiera insistido me habría enfurecido el doble.

—Anda, sal, Pumpkin.

—No quiero. ¡Y te he dicho que te vayas!

—También me has dicho que no me quieres y eso es mentira, así que voy a hacer lo que me dé la gana. Y si no te parece bien, pues te aguantas.

No me queda otro remedio que salir. Nada que ver con que Alexia me haya amenazado, sino con que DiMarco está a punto de salir a escena y no me lo quiero perder.

Puede que ya no sea su mánager, pero sí soy su Elsie. Eso conlleva unas obligaciones.

Reaparezco bajo el umbral del baño con la postura rígida de una reina orgullosa. En cuanto miro a la cara a Alexia me vengo abajo de nuevo. Todo era perfecto sobre el inodoro con mis mensajitos de Myles. Ahora de nuevo soy forzada a alternar con la mujer que me partió el alma.

A pesar de que soy —fui— la mánager, Alexia siempre ha sabido manejar las crisis mejor que yo.

No tiene ningún mérito, que conste. Yo también manejaría las crisis personales de maravilla si estuviera acostumbrada a pelearme con mis parejas, mis miles de amigos y mis millones de fans.

Mi círculo es más bien reducido. Solo podía pelearme con Samantha y con Berta, y por lo que sea no me convenía discutir con ninguna de las dos.

Lo he hecho una sola vez y he tenido suerte de no salir perjudicada porque Myles opina que soy guapa, que, si no, me habría partido las gafas.

Alexia me coge de las manos y me las estrecha sosteniéndome la mirada.

—Es verdad que no he sido justa. Es verdad que no he estado presente.

Es verdad que conocer a Vinny me ha cambiado.

Pero también es cierto que mi distancia ha sido algo meditado y necesario.

Estaba segura de que nos iba a venir bien separarnos un tiempo breve y que no tenerme encima te beneficiaría de cara a los próximos proyectos que me juraste que te estaban lloviendo —recalca mi mentira enarcando las cejas—.

Ahora veo que me he equivocado, que me mentiste a ese respecto y que te hacía más falta una amiga que nunca.

»Dicho esto, las relaciones, como tú misma has mencionado, son bidireccionales. Si estabas triste, si te hacía falta hablar del despido largo y tendido, si tenías problemas encontrando nuevos representados, si te apetecía insultarme, bastaba con que descolgaras el teléfono.

Los ojos se me vuelven a llenar de lágrimas.

—¡Como si fuera tan fácil!

—¿No es fácil llamarme? Llevas haciéndolo veinte años, cariño.

Y sí, vale, a lo mejor no cojo la llamada si vas a contarme lo último que has leído de Ali Hazelwood o estoy teniendo un día de perros, pero creo que he demostrado en infinidad de ocasiones que responderé siempre que te haga falta un consejo o solo desahogarte.

—Es fácil llamarte. Lo que no es fácil es admitir ante la mayor superestrella pop de todos los tiempos que estoy pasando por un mal momento porque me siento sola, reemplazable, humillada y, para colmo, mi jefa no hace sino reafirmar todo eso utilizándote como símbolo de mi fracaso.

—No lo irás a decir porque te cueste humanizarme, ¿verdad?

O peor aún: porque te da vergüenza que sepa que eres vulnerable.

Me has visto enferma de mononucleosis con una fiebre en el labio que parecía una mutación, vomitar a propulsión como la niña de El exorcista y amenazar con tirarme por una ventana estando borracha porque Richie acababa de volver a romper conmigo.

¡Hasta me pillaste una vez teniendo sexo con Brian, por favor1

—Estabais teniendo sexo en el jardín. Yo no llamaría a eso «ser pillada», sino «habértelo buscado».

—Pues también es cierto —consiente, divertida—.

El mensaje es: no seas ridícula, ¿quieres?

De las dos, la única que sigue teniendo su dignidad intacta eres tú.

Y dejar de pensar en ti como mi superheroína, además de mi mejor amiga y la persona a la que más quiero en el mundo entero, requiere de algo más que saber que estás pasando por un mal momento.

Según parece, la foto de DiMarco no ha bloqueado del todo las cuencas lagrimales como yo había pensado. Tengo que pasarme las manos por la cara una y otra vez para detener un llanto incontrolable.

—¿Y qué requeriría que dejaras de quererme?

—No tengo ni idea. Juraría que es imposible.

—Pues no soy ninguna superheroína. Soy una histérica.

—Eso no es lo que eres; eso es tu superpoder.

Se me escapa una carcajada de la que ella se hace eco.

—¡Te odio! ¡Debo de parecer un mapache de tanto llorar y tú, mientras tanto, perfecta para una sesión de fotos!

—Llevo un chándal FILA .

Sorbo por la nariz después de mirarla de arriba abajo y gemir de manera lastimosa.

—Otra razón para echarte de mi casa. Qué poco gusto.

—No puedes echarme. Sabes que necesitas a alguien a tu lado mientras ves cualquier entrevista que se le ocurra conceder a DiMarco, aunque sea para pagar conmigo la frustración que ahora mismo no podrás pagar con él.

¿Cómo se atreve a insinuar que es un desastre?

Sé que es un desastre, pero solo yo puedo decirlo.

—Eso es verdad —respondo aun así.

Alexia se ríe de buena gana y se lanza a abrazarme.