El partido del año Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—Guau, vaya, de acuerdo. ¿A qué ha venido eso? ¿Es que no te gusta Vinny?

—Me encanta Vinny. Creo que de todos los sujetos con los que has salido es uno de los pocos que reúne las mejores características de sus predecesores: es guapo, es divertido, es rico por su cuenta y es evidente que te adora.

Pero sigue siendo demencial que te mudes a otra ciudad, y no precisamente de alquiler, porque haya utilizado el éxodo de su hermana para insinuar que le gustaría dar contigo el siguiente paso. ¿Por qué no te lo pide sin rodeos?

—Lo hemos hablado como dos adultos, si es eso lo que te preocupa.

—Ah, que ya está decidido. Estupendo. Entonces ¿para qué pides mi opinión?

—No está decidido aún —replica muy despacio, haciendo acopio de toda su paciencia para no ponerse de mal humor. Me coge de la mano y me la aprieta—. Y te la pido porque me importa. Me importa tu opinión.

—¿Vas a dejar pasar la oferta del piso si te digo que es una locura?

Alexia sabe tan bien como yo que eso es improbable, por no decir imposible, porque cuando se enamora se lanza de cabeza sin pensar en las consecuencias y en esta ocasión el precio a pagar por su temeridad va a ser de dos millones y medio de dólares.

Que todo lo malo sea eso, por otro lado. La mayoría de las veces el coste ha sido un corazón roto, una humillación pública o los dos.

—A lo mejor —responde ambiguamente—. Mira, lo mismo no me mudo a Boston, pero no es mala idea tener mi propio piso en la ciudad en la que vive mi pareja para moverme con libertad, ¿no?

—Supongo que no. —Alcanzo las palomitas de colores y las abro con movimientos airados.

Las declaro mías y solo mías clavándolas en el hueco de mi regazo, ese rombo horizontal que se abre entre las piernas en posición de loto, y busco el canal en el que Oprah Winfrey entrevistará a DiMarco—.

Tú lo sabrás mejor que yo, que eres la que tiene experiencia sexoafectiva.

Es ridículo que me pidas que le enseñe a clavar clavitos al mismísimo Pablito —añado en voz baja, sacudiendo la cabeza con exasperación.

Alexia ha estado saliendo con alguien desde que me alcanza la memoria.

Su primera pareja tuvo que ser alguno de los niños tímidos que mandaban a sus amigos a preguntar a la chica de su interés si quería ser su novia en el patio del recreo, y que para la hora de volver a casa ya habían roto por alguna diferencia irreconciliable propia de la edad, como que él quería hacer el pajarito con el papel pinocho color azul y ella quería utilizar la cartulina rosa.

Su facilidad para el enamoramiento me ha parecido, en el mejor de los casos, un regalo del cielo, porque le ha permitido superar rupturas espantosas; en el peor, se me ha antojado algo a caballo entre la psicopatía y el resultado de un miedo aterrador a permanecer cinco minutos a solas con sus pensamientos.

Pero en general es de admirar.

Y ya ni hablemos de su éxito entre el público masculino.

Aunque no hubiera ni quinientos adolescentes de nuestra edad en Abita Springs, se las arregló para echarse unos cinco novios serios antes de cumplir dieciocho.

A partir de ahí se han sucedido universitarios —aunque no fue a la universidad—, cantantes, productores, estrellas de cine, aspirantes a actores, modelos femeninas, modelos masculinos, hombres veinte años mayores, hombres cinco años más jóvenes, amigos míos, amigos suyos, amigas de las dos, un jugador de béisbol, pobres desconocidos que le gustaron en la cafetería de especialidad o la atendieron en Taco Bell y, ahora, para terminar de hacernos el bingo, un jugador de fútbol americano.

¿Quién será el ganador?

Históricamente, he estado tan ocupada siendo su mánager que no tenía tiempo para preocuparme de si estaba celosa de sus triunfos románticos o solo me exasperaba que el noventa por ciento de nuestras conversaciones versaran sobre el sexo masculino —o el sexo a secas—.

Ahora que me sobran ratos ociosos para refocilarme en la miseria, puedo admitir que la envidio y que alguna que otra vez, cuando ha hecho comentarios exasperantes respecto a nuestras distintas maneras de afrontar la vida sentimental, me he tenido que morder la lengua, o de lo contrario nuestros caminos se habrían separado.

Pero no me creo especial por eso, porque ¿quién no ha querido soltarle un bofetón a su guapa, talentosa y carismática amiga cuando le ha prometido con una sonrisa entre bobalicona y condescendiente que «el hombre de sus sueños llegará cuando menos se lo espere»?

Daban ganas de espetarle que sí, que algún día tendría que llegar por narices, pero que si atendíamos a la estadística era más probable que ella se lo quedara.

Su inesperada réplica me pone firme:

—Alguna experiencia tienes que haber adquirido tú en estos últimos tiempos.

Cuando me has mandado a tu dormitorio a coger las almohadas me ha parecido ver un cinturón masculino.

Y no me tomes por tonta diciendo que ahora está en boga que las mujeres lleven cinturones masculinos, porque la correa era negra y tú odias con toda tu alma las correas negras.

Crees que se llevan toda la atención de un modelito o en última instancia se lo cargan, a no ser que estemos hablando de un full black look , estilo que tampoco apoyas porque te parece o bien mediocre de tan facilón o bien apropiación cultural de los góticos.

Eso es verdad.

Casi la vuelvo a querer por denotar que me conoce en profundidad.

—Me siguen faltando unos cuantos romances para llegar a tu nivel de sabiduría —refunfuño.

Carece de sentido intentar escurrir el bulto.

—¡Entonces es verdad! —Da un bote entusiasmado en el asiento—. ¿Quién es? ¿Cómo se llama? ¿A qué se dedica? ¿Es guapo? ¡Enséñame una foto!

En lugar de animarme con el interrogatorio, el pozo de mi tristeza no hace sino agrandarse.

Si otras fueran las circunstancias, estaría encantada de narrarle la historia con pelos y señales, porque me consta que suspiraría como una heroína romántica y se partiría de la risa a partes iguales; es un público estupendo cuando le cuentas una anécdota.

Pero llega tarde.

—Todavía no es nada serio.

—No quieres gafarlo. Comprensible —deduce ella con un asentimiento piadoso—. Pero ¿no puedes darme alguna pista? ¿De dónde es, por ejemplo? O si es rubio, moreno...

—Me has hecho más preguntas sobre el hombre misterioso en medio minuto que sobre cómo me va la vida en los últimos meses —se me escapa.

Es tarde para desdecirme, y si me echo a reír para restarle importancia voy a parecer la versión femenina de Dr. Jekyll y Mr. Hyde (o una loca a secas), así que me limito a subir el volumen de la televisión.

Ahí permanece anclada mi mirada aun sintiendo los ojos de Alexia sobre mí—. Ya empieza el programa.

Al principio no entiendo por qué la pantalla se apaga de repente. Se me ocurre que ha habido un cortocircuito eléctrico o que he pulsado sin querer el botón que no era.

Resulta que Alexia se ha apropiado del mando y pretende que le ponga toda mi atención.

—Estás siendo una auténtica imbécil esta noche —me dice en el tono de las advertencias—.

¿Para eso me invitas a tu casa? ¿Para arruinarme la ilusión de que mi relación avance, lanzarme pullitas sobre la ajetreada vida sentimental que he tenido y hacerme reproches sobre nuestro mutuo —recalca— distanciamiento? Si lo llego a saber...

—No vienes, ¿no? Si lo llegas a saber, no vienes —completo con indiferencia—. Tampoco has estado viniendo muy a menudo aun pensando que te encontrarías a tu querida amiga de siempre, así que no me voy a tomar a pecho el comentario.

—¡He estado de gira, Lara Cosima! ¿Qué querías? ¿Que me clonara?

—Has estado pasando de mí. Eso es lo que has estado haciendo —zanjo con frialdad—.

Has estado pasando de mí para estar con tu nuevo novio porque es lo que haces desde que tienes uso de razón: obsesionarte con alguien, desaparecer durante el período de luna de miel y luego, cuando concluye, venir a contarme la historia de horror y devastación para que te meza entre mis brazos hasta que estés lista para el siguiente.

—Eso no es verdad —replica muy seria—. Siempre estamos juntas, tenga novio o no.

—Estábamos juntas todo el tiempo porque era tu representante y no te quedaba más remedio que responder a mis llamadas y citarte conmigo. Pero ahora que no lo soy, ha quedado demostrado de sobra que éramos «amigas» —hago las comillas con los dedos— porque nos unía un contrato laboral.

Le quito el mando de la mano y vuelvo a pulsar el botón de encendido. Ella tarda unos minutos en procesar el reproche que me ha dejado taquicárdica, pero no duda en arrebatarme el mando una segunda vez y apagar la televisión.

Se asegura de quedar en mi campo de visión ladeándose fuera del sofá. La densa melena pelirroja teñida, propia de una sirena o de una malvada vampiresa de la saga Crepúsculo — te estoy mirando, Victoria —, la acompaña en el movimiento.

—¿Se puede saber qué estás diciendo, Lara Cosima?

—Y solo para que lo sepas —añado con retintín—, no decirte lo que quieres oír no es «arruinarte la ilusión». A lo mejor deberías rodearte de gente que no te coma las mierdas como esos palmeros de Paolo y Manish. Aprenderías lo que de verdad es una relación sana y bidireccional.

—¿Que no me coma las...? ¿De dónde has sacado esa expresión? —alucina. «De DiMarco, probablemente. Todo lo malo se pega»—. ¿Y por qué hablas con tanto desprecio de Paolo y Manish? Son tus amigos.

Su aseveración me descuelga la mandíbula del pasmo y tengo que dirigirme a un público invisible para compartirlo.