El partido del año Capítulo 24
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Capítulo 24

Managers Just Wanna Have Beef

Lara Cosima

Han pasado días. La mayoría los hemos echado más juntitos que mis dos nombres propios. Se supone que hemos vuelto a la normalidad; a la que es nuestra normalidad. Y, pese a todo, soy incapaz de apartar la frasecita de mi cabeza:

« Has venido a hacer control de daños».

Nos vemos en Nueva York o en Boston, esto dependiendo de nuestros quehaceres.

Inventamos planes. Tenemos momentos de intimidad.

Y cuando estoy con él, todo es perfecto, magnífico, estupendo.

Pero en cuanto se marcha, o si soy yo la que toma el taxi o coge el avión, de nuevo regresa a mi mente la manera en que Myles pronunció el comentario.

Como si no le sorprendiera nada y, aun así, le quedara un resquicio de esperanza traicionada para lamentar que lo hubiera decepcionado.

Como si no hubiera esperado nada mejor que eso de mi parte, pero todavía le doliera recibirlo.

No sé cómo se sentirá él al respecto, pero yo tengo la sensación de que mi control de daños flota entre los dos como una nube negra.

Nunca llega a enturbiar nuestros ratos a solas.

Tampoco se diluye del todo. Me genera una combinación de culpabilidad y frustración, más que nada porque una parte de mí, esa que no se digna a cerrar el pico, me recuerda de manera incesante que lo que dio a entender es cierto.

Iba a hacer control de daños.

La única vez que un conjunto de palabras en cierto modo premonitorias se adhirieron a mi cerebro como las community managers a su iPhone, el pronóstico terminó cumpliéndose.

Alexia me llevó a su garaje para cantarme la canción que acababa de componer y la interpretó solo para mí.

Eran las primeras letras que escribía, y, viéndolo en retrospectiva, ambas coincidiríamos en que eran demasiado sencillas, propias de una principiante.

Pero yo recuerdo haber estado allí sentada y haber pensado: «Va a convertirse en una estrella».

Ese pensamiento me acompañó durante los días, semanas, meses y años posteriores, y hoy día lo sigo sosteniendo con plena convicción.

Alexia siempre le resta importancia a mi don para prever el principio del fin y el comienzo de algo grande.

Al menos se la resta cuando narro la anécdota de su concierto a pequeña escala en Abita Springs alegando que ni mi talento ni mi pasión por el tarot tuvieron nada que ver, y que es un hecho que todo lo que empieza en un garaje está destinado a la gloria eterna: le pasó a Los Ramones, le pasó a Steve Jobs y obviamente le tenía que pasar a Alexia Lux.

«Has venido a hacer control de daños» es una frase que se ha quedado dando vueltas en mi consciente y subconsciente del mismo modo que «ha nacido una estrella», y en este caso es peor porque la premonición va sobre mí y está basada en hechos fehacientes.

Mi olfato de mánager —o mi tendencia al catastrofismo, que diría mi psicoanalista— me está diciendo que eso va a estallar por alguna parte, y, en efecto, o será el comienzo de algo grande o será el principio del fin.

Una chica como yo no puede vivir su vida como si tal cosa sabiendo que ha tenido lugar un acontecimiento presagioso de su futuro cercano sin mirar por encima del hombro, por las esquinas y debajo de los muebles para tratar de averiguar cuándo sucederá. Y lo que es más relevante: el qué .

Alexia me saca de mis cavilaciones reapareciendo en el saloncito de mi piso del norte de Little Italy.

Se le conoce como Nolita , pero no me gusta llamarlo así porque a) los apodos se les ponen a los amigos, y este barrio ya ha demostrado que no es colega mío —tus colegas no te cobran una pasta por un apartamento de dos habitaciones—, b) se parece demasiado a Lolita , y todo lo que gira en torno a la novela y las películas me pone el vello de punta, y c) suena como una palabra en castellano, y si apenas pronuncio bien el acento americano canónico, menos aún el español.

Como Lex tiene una copia de mis llaves —no le iba a pedir que me las devolviera, ¿no?—, ha podido cumplir mi mandato de no poner un pie en mi casa sin un cargamento de patatas fritas, chucherías, palomitas de colores y, huelga decir, líquidos variados para preparar margaritas.

—¡Ya está todo! Sé que solo habías pedido Lays verdes, pero he visto esto —quiebra el hombro hacia un lado para levantar un poco más la bolsa de palomitas de colores— y me han recordado aquella vez que las comimos en la gira de Lionhearted y se nos pusieron los labios rosas.

¡Menuda bronca me echó la maquilladora cuando aparecí con la boca pringosa de un niño tragón de algodón de azúcar.

..! —Le cuesta mirarme por encima de la montaña de causas de caries y enfermedades cardiovasculares, pero no es como si necesitara verme para captar mi estado de ánimo—.

¿Va todo bien, Pumpkin? Estás poniendo una de tus caras.

—¿Qué caras?

—Pues tienes unas cuantas, todas ellas adorables, pero esta de ahora es la que pusiste la semana que esperamos la llamada de Larry que daría luz verde a mi sexto proyecto. Estabas que te ibas a arrancar las uñas.

—Ya.

Evito mirarla en lo que tarda en distribuir el picoteo sobre la mesita de cristal del salón.

No le va a gustar verme esta otra cara, la que no reconocerá de otras veces porque es la primera vez en nuestra historia que la pongo.

.. o que me la deja , mejor dicho. Es la cara de tristeza y decepción que se le escapa a tu mejor amiga de la infancia cuando cae en la cuenta de que habéis llegado a ese punto de no retorno en el que ya no podéis ni queréis crear recuerdos nuevos y os dedicáis a veros de higos a brevas porque el único encanto de los reencuentros es rememorar vivencias pasadas.

Aunque en teoría hemos quedado para ver un par de comedias románticas recientes para criticarlas como las expertas del género que somos, algo más o menos novedoso. Y antes de eso pretendemos ver la entrevista que Roberta le cerró a DiMarco la semana pasada con nada menos que Oprah Winfrey.

Por supuesto, esto último lo ha propuesto Alexia. Yo he aceptado como quien no quiere la cosa.

Si sabe que estoy quedando con él, desde luego no se habría enterado por mí, que llevo nuestro pseudorromance en la más estricta confidencialidad, así como lo que me gasté en mi última salida de compras, el beso que me di con Frederick Olsen en el intercambio de quinto de Primaria y la pesada bola de rencor que he estado alimentando hacia Alexia los últimos meses.

Ella se quita los zapatos a la manera ahorro-de-tiempo, empujándose el talón con los dedos el pie contrario, y se arroja sobre el sofá con un largo suspiro. Saca el móvil del bolsillo del pantalón de chándal y me enseña la pantalla brillante.

—¿Qué te parece?

Echo una ojeada pretendidamente desinteresada. Exhibe el anuncio de venta de uno de los pisos de las casitas de ladrillo tipo brownstone que caracterizan el barrio bostoniano de Back Bay. Se encuentra en una perpendicular de la lujosa y céntrica Newbury Street.

Interior reformado. Dos habitaciones con luz exterior. Cocina independiente. Terraza con vistas al parque. Noventa metros cuadrados en total.

Dos millones y medio de dólares.

—¿Te vas a mudar a Boston?

—No... o sí... No sé —finge dudar. Le hago una impaciente caída de ojos que viene a significar «te conozco como si te hubiera parido, no me vengas con monsergas».

Ella entiende la indirecta y se muerde el labio—.

Savannah se va a París en tres semanas y estará allí al menos un año entero.

Vinny ha estado comentando que no le hace mucha gracia vivir solo en el piso que compartía con ella, que se le va a hacer enorme y solitario, y a mí no me gusta alojarme de prestado en la casa de nadie, ni siquiera si mis visitas son muy espaciadas en el tiempo, así que. ..

—Te quieres mudar con él —resumo con voz neutra.

—¿Es una locura?

Sé lo que quiere que le conteste: lo que he procurado contestar siempre que me ha venido con locuras similares porque las representantes y las mejores amigas tienen en común una única obligación, y es no arruinarle el día a su ojito derecho sacando a colación los elevados índices de divorcio.

Pero puedo asegurar que cada una de las veces que he exclamado que ¡no, no es una locura en absoluto pensar que ese hombre que acaba de romper con su prometida de siete años y te está haciendo love bombing está enamorado de ti!

, que ¡no, no tiene nada de raro que tu novio haya ido a una fiesta el viernes y no te haya contestado los mensajes hasta el lunes siguiente!

y que ¡no, no deberías preocuparte de caerle fatal a tu suegra porque eso nunca influirá en la opinión de tu pareja!

, lo que de verdad quería preguntarle es:

¿Has perdido el juicio?

¿Eres imbécil?

Y terminar el cuestionario con un sencillo «cariño, HUYE de ese tipo».

—Sí —respondo esta vez—. Lo conociste en febrero y estamos empezando agosto.

Ella intenta por todos los medios disimular que mi sinceridad la ha pillado con la guardia baja.

—Ya, lo he pensado. Pero todo va muy bien, y...

La interrumpo levantando una mano.

—Esta historia me la sé, Alexia. Es la que me llevas contando desde que te echaste tu primer novio.

Que si tenéis una conexión especial, que si estás muy enamorada, que si nunca habías sentido nada parecido, que si el sexo es único, que si baja la tapa del inodoro.

.. Es el príncipe azul y tú has vuelto a ser rescatada de la más alta torre, donde siempre te parece que has vivido acosada por un dragón cuando lo que pasa es que simplemente has estado un rato en el mundo de las solteras, lo más parecido al infierno que se te puede ocurrir.

Lo que ya tiene mérito, por cierto, porque vives en el puñetero Nueva York y vienes de Abita Springs, que infernales son un rato.

La perplejidad la deja de una pieza. Acaba jadeando una risita nerviosa y echándose hacia atrás mientras se masajea las cervicales.