Capítulo 22 #2
Me levanto del sofá y salgo de la casa intentando disimular que la pena me corroe y la desorientación me impide pensar con claridad.
En mi camino a la orilla del mar, a tan solo cien metros de la casa, me parece oír a mi tío mencionar que va a acercarse a la taquería de confianza y va a esperar a que le preparen los pedidos.
No le gusta sacar a nadie de su casa para que le traigan de comer.
Llevo solo unos pantalones deportivos que no me importa mojar. Me adentro en las aguas iluminadas por los últimos rayos del atardecer, asqueado por mi propio sudor —«¡Johnson’s Baby!», gritaría Vinny entre risas—, y me sumerjo hasta que noto que me fallan los pulmones.
Cuando me yergo entre las suaves olas y miro hacia la orilla, Elsie está ahí, esperándome con agónica impaciencia.
Viendo que no pienso salir, se adelanta con aprensión —no querrá mojarse los trapos, aunque solo lleva una camiseta de tirantes blanca y unos pantalones anchos— y acude a mi encuentro.
El agua le llega por la cintura cuando me pone una mano en el antebrazo para no perder el equilibrio.
—Por favor, deja de escabullirte —me pide con cansancio—, y no me tortures por esto. Sabes que desde el principio tú y yo hemos estado unidos por un acuerdo laboral. Todo lo personal que ha pasado después sigue inevitablemente vinculado con Velvet Room.
—Se supone que firmé el otro día para que dejara de estarlo.
—Pero las cosas requieren tiempo. No es tan fácil. Y tú sigues siendo un cliente. No el mío en concreto, pero sí un miembro valioso en la cartera de la empresa en la que trabajo.
—No entiendo cómo no te has presentado allí a dimitir después de lo que me han hecho.
Deja que el reproche le cale, lo encaja con humildad, pero no renuncia a su visión.
—Llevo diez años allí. Velvet Room es mi vida. No puedo largarme sin más.
—Claro que puedes. Solo es un puto trabajo.
Su expresión replica lo contrario. Aun así, continúa sin perder el temple.
—Mi jefa controla todo Nueva York. ¿Qué crees que sería de mi carrera si me planto en la oficina, le grito que es una mujer falta de escrúpulos y anuncio mi despido?
Entraría en la lista negra. Me tendría que ir a la otra punta de Norteamérica, o a Canadá, o al Reino Unido.
Y allí no se come muy bien —añade con una sonrisa, una débil ofrenda de paz.
Aparto la mano con la que se sujeta a mí y la dejo a merced del oleaje.
—No me pidas que entienda que te importen más el dinero y la reputación que tus principios. Si es que los tienes —mascullo.
—¡No me pidas tú a mí que sacrifique todo lo que he construido por un hombre que en cuanto se cabrea desaparece y actúa como si hubiera muerto para él!
—grita de pronto. Su arrebato emocional detiene mi camino hacia la orilla.
Me quedo mirándola ahí donde rompen las olas—.
¿Crees que este es el modo de hacer las cosas?
, ¿que te puedes enfurecer, gritarme en medio la calle, tirarme el desayuno a los pies y desvanecerte?
¡Te has largado a otro estado, Myles! ¡Y no tenías la menor intención de informarme!
¿Qué ibas a hacer después, eh? ¿Qué ibas a hacer si no venía a buscarte?
¿Ignorarme para siempre? ¿Fingir que nunca me conociste?
A lo mejor lo siguiente que sabía de ti era que me habías denunciado.
—No te iba a denunciar. —Es lo único que puedo decir en mi defensa.
—¿Y qué más? —solloza, ya sin la contención de la ira para reprimir la tristeza—. Tampoco me ibas a escribir. No me ibas a dar la oportunidad de hablar contigo. No me ibas a dejar disculparme o explicarte lo que ha pasado. No me ibas a volver a dirigir el saludo, ¿verdad?
Sus preguntas me abruman.
—No lo sé, Elsie. No sé qué iba a hacer.
Yo no planeo las cosas a dos semanas vista como tú.
No puedes reprocharme que funcione de otra manera, que tenga otro carácter distinto al tuyo, y menos aún que me pirara a visitar a mi tío y no quisiera verte.
Además; no te he echado de la casa. Estoy hablando contigo. ¿Qué más esperas? ¿Qué quieres?
—¡Un poco de compasión!
—¿La que tu puta jefa ha tenido con nosotros? ¿Te refieres a esa?
—¡Tu tío está perfectamente!
—Eso no significa que lo que le han hecho sea perdonable.
Elsie se obliga a relajar los hombros cogiendo una gran bocanada de aire.
—Entiendo que esto ha herido tus sentimientos, y por eso lo siento.
Lo siento también por la parte de culpa que me corresponde.
Pero eso no te da derecho a pisotearme. Tú.
.. —la interrumpe el choque de una ola en su salida del mar.
El agua le ha calado la ropa, que se le ciñe al cuerpo como un neopreno.
.. Solo que las prendas son blancas y se le transparenta la piel.
No puedo mirarla a la cara por la rabia que siento.
Tampoco quedarme donde estoy. Eso a ella le da igual, porque sigue desahogándose caminando detrás de mí—.
Me has tenido preocupada, ¿comprendes eso?
¿Eres capaz de empatizar? ¿O es que como a ti no te ha importado nunca ninguna mujer con la que te has acostado crees que nosotras, las demás, no desarrollamos una. .. un sentimiento de algún tipo?
—¿A qué viene eso ahora? ¿Otra vez me sales con las novias de las narices?
—¡No puedes hacer esto! ¡No puedes hacerlo otra vez, DiMarco!
—¿El qué, joder?
—No puedes insistir e insistir en salir conmigo, perseguirme hasta conseguirlo, y, en cuanto cedo en contra de todo y todos, tratarme como... como... ¡como una mierda! —acaba exclamando—. ¡Yo no hago estas cosas con nadie! ¡Yo no...!
Intenta por todos los medios imponerse al llanto con ayuda de la fuerza de voluntad, la inspiración del orgullo y la rabia de no poder hacerse entender, pero la impotencia y la tristeza arrampla con ella y acaba rompiendo a llorar de verdad.
Yo reconozco ese tipo de llanto porque lo he sufrido.
Es el peor de todos. El que mezcla la incredulidad de experimentar un sentimiento tan intenso con el alivio de haber puesto fin a la represión emocional.
Llora intentando liberar tensión y purgar la dolorosa certeza de que algo escapa a su control.
Me doy la vuelta hacia ella y la levanto por la cintura para sacarla del rompeolas antes de que una se la lleve por delante.
La deposito con cuidado en la arena aún caliente y la miro a la cara congestionada por el llanto sintiendo que me arde el pecho.
Tengo que secarle las lágrimas con los pulgares y envolverla con los brazos, proteger su cabecita con la mano y refugiarla contra mi cuerpo.
—No llores, pitusa.
—¡Pues no seas tan cerrado y testarudo, ni tan vengativo, ni...! ¿De verdad crees que yo te haría daño adrede?, ¿de verdad piensas que merezco que me castigues?
Me encantaría aludir al argumento definitivo, ese que vence en todos los casos: «Esto no va sobre ti y lo estás convirtiendo en algo que va sobre ti», pero no me gusta mentir.
Va sobre ella total, completa y absolutamente.
Todo va sobre ella desde antes de que firmara ese primer contrato de representación cuyas cláusulas me pasé por el forro cuantas veces pude.
Va sobre Elsie porque la quiero —qué cosas, ¿no?
— y no soporto pensar que hasta su trabajo de mierda, su trabajo explotador, cruel, podrido desde la base de su planteamiento y preñado de víboras sea más importante para ella que yo.
Porque, joder, a lo mejor el fútbol es crucial para mí, imprescindible, de hecho, pero a mí el fútbol no me manipula ni me está arruinando la vida.
Aun así, la beso en la frente. ¿Qué voy a hacer, si no?
Es lo que hacen los caballeros de las películas románticas cuando la protagonista está llorando y se encaminan al ansiado momento de hacer las paces.
Yo quiero hacer las paces. También quiero borrar las últimas veinticuatro horas de mi memoria.
Habría preferido descubrir que Elsie me ha conquistado mientras me calentaba la cabeza contándome datos curiosos de la exposición de trapos del Instituto del Traje del Met, cuando se manchara el labio de kétchup comiéndose una hamburguesa del Wendy’s o cuando la viera correrse debajo de mí, no de un modo tan traumático.
¿Que ella no hace estas cosas con nadie? Yo sí que no hago estas putas cosas con nadie.
Elsie se separa de mí para arreglarse los tirantes arrugados de la camiseta. Se la despega del vientre y hace lo mismo con los pantalones, airearlos por la pernera, excusas y más excusas para no mirarme a la cara.
—Es verdad que no debería haberte dejado allí tirada —admito con un nudo en la garganta—. No fue adrede.
—¿Ah, no? ¿Te abdujeron los alienígenas?
—O sea, no pensé «que te jodan» y me piré.
Es difícil explicar lo que me pasó por la cabeza.
.. lo que me suele pasar. No es que haya un proceso racional previo a estallar.
Ocurre algo que me descoloca y sube el volumen interno de golpe.
Todo se vuelve insoportable: mucho ruido, mucha gente, muchos problemas.
La mente me da vueltas de campana, me saturo y reacciono como me sale.
No lo puedo controlar. El agobio es superior a mí.
Ella me examina con una expresión novedosa, exenta de recelos o fastidio.
—¿Y eso te gusta?
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—Si eso te pasa por el TDAH ...
—No sé por qué me pasa —la corto—. Me pasa y punto.
—No es «me pasa y punto», Myles —se desespera—, porque te pasa, sufres muchísimo, y ya de paso nos haces sufrir a los que te quedamos cerca.
Te pasa y le rompes las gafas a un fotógrafo.
Te pasa y empiezas a atacar a una chica del público de un programa televisivo.
Te pasa y de repente sientes la necesidad de decirme que Alexia ya no es mi amiga porque soy muy tajante, porque solo me importa trabajar, sin tener en cuenta mis sentimientos y que volvemos de una cita agradable.
—Dijiste que la cita había sido un desastre.
—Si te sucede por una condición tratable y no te tratas...
—No quiero hablar de eso. ¿Puedes respetarlo? —le espeto de mal humor—. ¿Puedes respetarlo o no? Porque si no, ya sabes dónde está la puerta.
—Puedo respetarlo, claro. ¿Puedes respetarme tú a mí? —contraataca con el cuello rígido.
Es una pregunta trampa, porque si se refiere a que respete la repugnante superficialidad de su trabajo, si se refiere a que respete a la hija de puta de su jefa, si se refiere a que respete a la imbécil de su compañera de trabajo, entonces no, no puedo respetarlo.
También es una pregunta trampa porque si se refiere a que la respete con los pezones transparentándose bajo la camisa, las bragas a la vista bajo el pantalón mojado, tampoco la puedo respetar.
Ella se da cuenta de que la miro de arriba abajo con desesperación.
Ya no es ni hambre ni ganas de follar; no es ni lujuria.
Es pura angustia por poner fin al debate de nunca acabar y fundirme con el único cuerpo en el que pienso más que en el mío.
Elsie deja clara su postura al respecto cubriéndose el pecho con las manos, pero se pasa la lengua por los labios y eso me atrae más que el fuego a las mariposas.
—Estoy muy triste —me advierte al ver que me acerco al acecho—. No quiero sexo y no he venido para eso. ¡Y me ofende que en esta tesitura pienses siquiera en tenerlo! ¡Guarro!
—No es sexo lo que busco —replico, y es verdad. Cojo aire y me inclino por ser sincero, aunque me deje en una situación de inferioridad—. Solo sentir que todo está solucionado y que me quieres otra vez. O que te caigo bien otra vez. Lo que sea.
Mi respuesta le provoca un puchero que se ocupa de mantener a raya con disciplina.
Rompe la barrera humana que eran sus brazos cruzados, señal más que suficiente para acercarme, poner una mano en su cintura, otra alrededor del pezón helado y besarla debajo del lóbulo, en esa pequeña cueva que se forma entre la oreja y el cuello.
Todo se vuelve absurdo e incomprensible cuando la oigo suspirar de alivio.
Me dan hasta ganas de reírme. ¿Que ahora todo el planeta sabe que tengo TDAH ?
¿Que mi tío va a ser el homosexual más famoso de Jacksonville?
¿Que la planté en Central Park? ¿Que su jefa es Satanás?
¿Qué es todo eso y qué me importa a mí? Aún huele a su perfume pesado y mareante y ha tenido que volver a quererme, porque me devuelve los besos que le doy con la misma intención con la que salí a correr: para volver a sentirme dueño de mí mismo y no a merced de lo que mi mente haga conmigo.
Pero Elsie es más dominante y poderosa que mi propia mente.
A ella también la ha domado, como demuestra que mis pensamientos rebajen la intensidad, dejen de insistir, se vayan adormeciendo.
El alivio es inmediato, me inunda como un trago de agua fresca.
Lo único que permanece latente, intentando volverme loco, es esa pulsación constante y totalmente temeraria que me pide que me libere diciéndole que la quiero.
Es lo que saldría de mi boca si no la tuviera ocupada besando sus labios y la obstinación no me cerrara la garganta: te quiero, Elsie, y me da miedo.
Me das miedo. Puedes hacer conmigo lo que quieras.