El partido del año Capítulo 23
72%

Capítulo 23

Life (Outside New York) Is Worth Living

DiMarco

El devenir de la noche termina de suavizar los ánimos, en parte porque yo sé —y Lara Cosima puede imaginarse— que mi tío se interpondrá entre cualquier amago de discusión.

Por suerte, no hace falta que emplee sus dotes de mediador.

Basta con que nos reunamos en torno a la mesa del salón con los tacos de Manuelito, su colega de la taquería de siempre, para disfrutar de una velada divertida.

El tío Henry le cuenta algunas anécdotas graciosas de cuando era un adolescente huraño y ella se ríe como siempre, cubriéndose la boca abochornada de ser tan guapa.

A mí, por mi parte, me toca descojonarme cuando su estómago sigue rugiendo de hambre después de calzarse entre pecho y espalda la mitad de la bandeja de nachos.

Mi tío se lamenta de no haber pedido más comida por haber creído que la talla de la invitada se correspondería con su apetito, pero ella lo apacigua disculpándose por tragona.

Ahí donde él se sienta en el sillón reclinable, Elsie y yo ocupamos el suelo justo enfrente. La opacidad de la mesa cubierta por el mantel me permite mantener la mano sobre su muslo en todo momento, muslo desnudo por la camisa hawaiana que le he prestado después de la ducha.

Una que nunca me pongo, obviamente.

Mi tío se excusa con que tiene que descansar para estar en pie a primera hora de la mañana y nos deja a solas en el salón.

Nada más cierra la puerta del dormitorio, levanto a Elsie por la cintura y la siento en mi regazo.

Así nos quedamos teniendo nuestras típicas conversaciones de besugos, pinceladas de manotazos indignados, besos y pellizcos, hasta que la luz nos hace daño en los ojos irritados por el largo día y optamos por acostarnos a oscuras.

—Si quieres me voy a la litera. O te vas tú —sugiero en voz baja—. Aquí vamos a estar muy estrechos.

—Me da igual. —Se pega más a mí y se enrosca a mi cuello—. No quiero que nos separemos.

Yo tampoco, así que me viene bien su negativa. Me viene bien también que me deje meter la mano bajo la camisa y mantenerla rodeándole un pecho mientras seguimos susurrándonos. Ella imita mi postura acariciándome el torso desnudo con los dedos y la nariz.

Si se puede estar relajado y a la vez histérico de la hostia en presencia de alguien, yo lo estoy. Me calma su cercanía y me altera a la vez.

—¿Puedo hacerte una pregunta sin que te enfades? —pregunta en voz muy baja.

—Qué remedio —contesto en el mismo tono.

Ella deja correr un silencio hasta dar con el modo correcto de verbalizarlo. Como si quisiera suavizar el impacto de su próxima inquisición, hunde la mano en mi pelo todavía húmedo de la ducha y me lo peina despacio.

—¿Por qué el TDAH es un asunto delicado para ti? ¿Lo que te preocupa es que la gente piense que tu talento como jugador se debe a eso o se trata de otra cosa?

No sé si esta ha sido su intención desde el principio, pero no se puede negar que, a base de mencionarlo, ha terminado convirtiendo el tema de mi diagnóstico en otro cualquiera, como podrían serlo mis películas favoritas y los resultados de los últimos partidos.

Pero por los partidos no pregunta nunca, claro. No ya porque no le interesen —que tampoco—, sino porque la temporada no empieza hasta septiembre.

—Es por eso. Aunque también hay otra cosa.

—Me lo imaginaba. ¿Me lo quieres decir?

—Tanto como querer, pues no.

—Por favor.

El amor será milagroso, pero no te puede convertir en una persona que no eres, ¿no? Si acaso, como mucho sacará lo mejor de ti. Es indudable que yo quiero saberlo todo sobre ella, pero nunca querré que nadie sepa según qué aspectos sobre mí.

Por desgracia, también entra en juego el hecho de que no quiero negarle nada.

Por eso me decido a hablar.

—No se han estudiado en profundidad las causas del TDAH —le explico con susurros. La oscuridad, no poder ver su cara, me ayuda a sincerarme—, pero casi todos los estudios están de acuerdo en que una de ellas podría ser la heredabilidad.

—¿Sabes si tu madre o tu padre biológicos lo tenían?

—Ni lo sé ni me importa. No quiero saber nada de esas personas.

—¿No?

—Por lo general, nunca he pensado en ellos.

Yo no era como los otros niños del centro: a mí no venían a visitarme los responsables de mi nacimiento cuando salían de la cárcel o del centro de rehabilitación, y no me importaba.

No me preguntaba por mis padres como hacían los huérfanos.

Me daba igual. No volvería a haberle dedicado un solo pensamiento a esa gentuza si no hubiera sido por el TDAH .

Tener esta mierda es un recordatorio constante de que existieron y de que nunca les importé una mierda.

—Pensaba que murieron.

—Según mi informe, mi madre era drogadicta y mi padre su camello. Ella murió de sobredosis al poco tiempo de tenerme y él sigue en la trena. Lo condenaron a veinte años o algo así.

»Hay otros estudios que dicen que el TDAH puede ser resultado de los hábitos de la gestante durante el embarazo.

Si lo he desarrollado porque se drogaba sin pensar ni por un momento en mi salud o mi futuro.

.. —Aprieto los labios—. Es que no quiero pensarlo.

No quiero ni recordarlo. No quiero hablar de ello.

—De acuerdo, de acuerdo, no mencionaremos el tema.

Solo déjame decirte una cosa y ya me callo —me promete con dulzura—.

Sea o no algo que has heredado de ellos o que tu madre provocó sin querer de alguna manera por su adicción, tienes que aceptar que llevas su genética.

Es un hecho que has heredado rasgos de..

. esas personas, como tú las has llamado.

Y la mayoría de esos rasgos son positivos.

Uno de los dos seguramente tenía los ojos oscuros y unas pestañas larguísimas, uno de los dos era muy cariñoso, uno de los dos o quizá los dos eran deportistas brillantes en su juventud.

Además, no deberías odiar algo de ti mismo porque provenga de tus progenitores.

Al final, nos parecemos y somos sobre todo la persona que hemos construido con tiempo y disciplina.

—Ya, pero me enfado cada vez que tengo un problema por culpa del TDAH . Me enfado con ellos y conmigo mismo. A veces me siento tan mal que creo que me han maldecido.

—No quiero seguir sacando el temita, pero si no te gusta nada tenerlos presentes en tus síntomas, ya sabes que hay una forma de erradicarlos.

.. o al menos controlarlos. Eso no sería una victoria de ellos, como me da la sensación de que piensas.

Sería una decisión tuya y, por ende, una victoria tuya.

Su reflexión me deja pensativo.

—Claro que he sentido que si consumía anfetaminas o lo que se le ocurriera al farmacéutico de turno y me convertía en un chaval anestesiado, sin energía y dormilón, una persona con la que no me identifico, estaría perdiendo de alguna manera —confieso—.

Quizás eso implique admitir que estoy en guerra con ellos, que siempre tendré esos dos enemigos.

O a lo mejor solo significa que nunca terminaré de hacer las paces con mis genes y la forma en que funciona mi cabeza.

Sé que cualquiera de ambos casos es triste.

Pero me he sentido en un callejón sin salida a este respecto desde que recuerdo.

Tal vez ella tenga razón y lo que hago al no tratarme es aceptar vivir con lo que me ha tocado, que sería un símbolo de humildad y tierna aceptación si lo que me hubiera tocado hubiesen sido unos padres buenos pero con un problemilla.

Pero como lo que me ha tocado son no uno, sino dos progenitores inservibles, estar jodido y joder a veces a los demás sin querer es más bien doblar el lomo, resignarme a su legado sin oponerme; dejar que ellos prosperen y sigan puteando a través de mí.

Elsie se abraza más a mí y me besa en la mandíbula hasta que la tensión se desvanece.

Lo que sobre todo me alienta es mantener en el pensamiento su enumeración de virtudes.

—¿Piensas que soy cariñoso?

—Muchísimo. Y muy bueno.

—¿En el campo, dices? ¿En la cama?

—En la vida, Myles. A veces no lo parece porque eres de mecha corta, pero ahí está tu buen corazón. —Me cubre el pecho con la mano.

Rodeo sus dedos con los míos, al principio para apartarla y así no se dé cuenta de que su proximidad y su ternura me aceleran el pulso. Pero qué más da. La mantengo allí, dándole calor, y me acerco a ella hasta aplastarla contra el mullido respaldo del sofá.

—Me gustaría follarte —susurro—, pero me parece de mala educación con mi tío al lado.

—A mí también me lo parece.

—No le quiero faltar el respeto.

—Yo tampoco.

—Pero necesito sentirte más cerca.

Ella no responde enseguida.

—Y yo —confiesa con un suspiro entrecortado.

«Dile que la quieres y ya verás lo cerca que la sientes», me sugiere una vocecita kamikaze.

Una mierda, hombre. No le voy a decir algo así en casa de mi tío. Si no siente lo mismo, la estaré poniendo en un compromiso, y si hay algo que no le gusta nada a Lara Cosima es que la pongan en un compromiso.

—¿Y si te llevo a la playa? —murmuro contra su frente. Está tan caliente por el verano, la temperatura de la casa y mi insistencia por cubrirla que parece tener fiebre—. Cojo una toalla grande, y...

—Sí —me interrumpe con impaciencia—. Sí.

Y eso hacemos.

Como ya he dicho, no me gusta negarle nada.

Salimos de puntillas al porche con una toalla de playa echada sobre el hombro.

Una vez salvadas las tres escaleras que conducen a la arena, la cojo de la mano y echamos a correr hacia la orilla.

Lo único que nos salva de la oscuridad son las luces lejanas de algunas de las casitas del barrio y alguna que otra farola que muy cortésmente nos enciende a veces el ayuntamiento.

Insisto: a veces.