Capítulo 22
HONEY (ARE YOU STAYING?)
DiMarco
Como siempre, se me ha ido el santo al cielo.
Mi objetivo era ir corriendo de Neptune Beach hasta la estación naval de Mayport, a nueve kilómetros de distancia en llano siguiendo el camino más fácil; casi doce si vas pegando a la playa tanto como lo permite la ruta, que es lo que yo quería.
En total estábamos hablando de una hora de ida y otra de vuelta, tiempo suficiente para darle a mi tío su espacio pero no tanto como para desaprovechar lo que me resta de fin de semana con él antes de retomar los entrenamientos.
Al final he salido a las tres de la tarde y estoy volviendo a las ocho menos cinco, cuando el sol ha empezado su descenso a la oscuridad.
A lo largo del trayecto, mi mente no ha dejado de trazar planes, algunos inasequibles, como cruzar a pie hasta la isla de Fanning.
He tenido que coger el ferry para darme el chapuzón que quería en las aguas transparentes del parque estatal de Fanning Spring, uno de mis rincones preferidos cuando era un crío.
Necesitaba refrescarme las ideas y quitarme de encima esta sensación de angustia y suciedad que, más que acompañarme, me ha perseguido.
Al final, el problema no ha sido un problema.
El problema ha dejado de serlo en cuanto he mirado a la cara al tío Henry y he confirmado que se lo ha tomado con filosofía.
El problema es que mi cuerpo piensa, y si me quedo quieto, exploto, me ahogo o me sobrecargo de electricidad y sufro un cortocircuito físico y mental.
Pero sobre todo mental, que es lo peor.
No pretendo huir del agobio corriendo, sino solo vaciar la cabeza empujando los pensamientos negativos con la densidad del cansancio; liberar la presión del pecho, la tensión en la mandíbula y los hombros; ponerme en manos de la urgencia de hacer algo ya y al mismo tiempo salvarme de ella a través de la extenuación.
Cuando llego a casa, estoy envuelto en una gruesa capa de sudor. Hago una pausa en el porche para apoyarme en las rodillas y recuperar la respiración.
Sentado en la mecedora, como siempre que el cielo lo entretiene con el espectáculo de color de un atardecer veraniego, está el tío Henry.
—¿Mejor? —me pregunta en voz alta.
No, la verdad es que no. Esta vez no he conseguido deshacerme de la idea que me torturaba, que no ha cesado de darse de golpes con las esquinas de mi cabeza como una puta bola de pinball o como el jodido logo del salvapantallas de los antiguos DVD s que cambia de tono al contacto con las paredes.
—Voy a pedir tacos. Tenemos visita. Aunque no creo que despierte para entonces; estaba muerta de cansancio, la pobre. ¡Hay que ver con la vida neoyorquina! ¡Eso no es vida ni es nada!
—¿Visita? —repito sin aliento. Necesito hacer una pausa para coger una gran bocanada de aire—. ¿Quién ha venido a verte?
—Ha venido a verte a ti. Y también un poco a mí, pero sobre todo a ti.
El corazón se me encoge.
No puede ser, ¿no? No sabe dónde estoy.
Me he escondido de ella adrede, no voy a negarlo.
Es el comportamiento más infantil y patético de todos los que he desplegado desde que recuerdo, pero no cabía otra opción.
Si tenía que verla, iba a reaccionar de un modo que no nos iba a gustar a ninguno de los dos, y no porque me sobrepasara la rabia, como podría pensarse, sino porque me aturdiría la debilidad que de todas formas me enmudece al subir las escaleras y retirar la mosquitera.
—Sé bueno, ¿eh? —me pide el tío Henry.
Eso me dice desde que tengo uso de razón.
No era como los cuidadores del centro de acogida, ni como los profesores de la escuela, ni como la mayoría de personas que me he cruzado en mi vida adulta, que me decían y me siguen diciendo «párate quieto», «cállate un poco», «deja de interrumpir», «baja los humos», «no seas desagradable», «no seas impertinente», «no seas como eres».
Nada de eso. Lo único que me ha pedido el tío Henry es que sea bueno.
Y lo intento. Pero a veces no me sale.
Relajo los hombros y me adentro en la casita esperando toparme con una Lara Cosima erguida y cruzada de brazos, lista para reprenderme por no estar a la altura de su exquisita educación.
No sé por qué es lo que me imagino cuando no es así como nos despedimos y mi tío ha dicho que está dormida.
Lo que me encuentro es un ovillo de carne y hueso —más hueso que carne— enrollado en el sofá de quien en realidad es mi padre, aunque ninguno de los dos nos atrevamos a pronunciar la palabra.
Me acerco con cuidado, aunque si el ruido infernal del viejo ventilador no la ha despertado, no lo van a hacer mis pasos.
Respira suavemente con una mano retorcida bajo la mejilla y la otra engurruñida contra el pecho, en una de esas posturas raras y preocupantes que adoptan algunos fetos inviables en el vientre de su madre.
El sudor le ha pegado a la frente un par de mechones castaños, oscurecidos por la humedad.
Me hago un hueco en el borde que sus piernas dobladas han dejado libre, sintiendo que el corazón me late desaforado y que el nudo de agonía crece y crece en mi garganta.
Fantástico . Correr veinte putos kilómetros, andar otros tantos y nadar hasta el hartazgo no me ha servido de nada. Estoy en el mismo punto que cuando salí escopeteado de Manhattan.
Me va a preguntar si estoy enfadado, eso lo primero.
Y con esa primera pregunta ya estaré jodido.
Vendido. No podré contestar. Porque si le digo que no, que es la verdad, querrá saber qué es lo que me pasa entonces, por qué la he ignorado, y yo no podré usar el TDAH como excusa porque nunca lo uso como excusa y porque además esta indiferencia de la que se me acusará con razón ha sido forzada.
¿Qué le contesto, entonces? ¿Que durante ese segundo que la he creído capaz de traicionarme me he sentido absolutamente indefenso?, ¿tan indefenso, de hecho, que lo único que se me ha ocurrido ha sido venir a refugiarme con el tío Henry?
Claro que necesitaba saber que él estaba bien. Claro que necesitaba permanecer a su lado para capear un temporal que al final solo ha sido una brisa. Pero también necesitaba protegerme de la revelación de que Elsie puede hacerme daño.
Así que esto es estar enamorado, ¿no? Es las dos cosas: querer hacerme selfies con ella en Central Park y luego no saber gestionarme ni soportarme cuando me decepciona.
Es no poder cansarme de ella y no poder enfadarme con ella.
Es una combinación de contrariedades y emociones intensas que no se calman ni poniendo más de mil millas de distancia.
Es, sobre todo, aterrador.
Y muy humillante, porque soy orgulloso, competitivo y obstinado y no quiero estar enamorado a solas. Quiero que ella se sienta igual, y no creo que lo haga.
Aunque me ha buscado y me ha encontrado. Es lo que yo, que siento esto, habría hecho.
Elsie se revuelve en sueños y estira los brazos doloridos por la postura. Saber que está a punto de despertarse me llena de inquietud. Cambia de postura, tendiéndose boca a arriba, y se frota los ojos manchados de rímel antes de parpadear somnolienta.
Me mira sin ver más que un borrón y tuerce el morro, desorientada. Murmura mi nombre y tarda unos segundos en reparar en que no soy una aparición, sino que estoy aquí en carne y hueso. Entonces se incorpora de golpe y me coge con fuerza de la muñeca, como si temiera que fuera a desvanecerme.
—Myles —balbucea. Me aprieta el brazo, que no llega a poder abarcar con los dedos, y enseguida se lanza a abrazarme repitiendo mi nombre otra vez—. Myles... Estás... mojado.
—Vengo de correr.
No se aparta al descubrir que es sudor y no agua.
—Hueles a playa —murmura con los labios pegados a mi hombro. Yo trago saliva y le devuelvo el abrazo con torpeza—. Por fin estás en tu playa.
—Sí.
Se separa con timidez y se peina el pelo hacia atrás en un movimiento nervioso.
—Tengo que hablar contigo de lo del otro día.
—Le sostengo la mirada sin saber qué decir.
Ella lo interpreta como que le doy carta blanca para desahogarse y se sienta en condiciones, poniendo los pies descalzos en el suelo—.
Yo no filtré nada. No le envié la información a nadie.
Me quedé tan sorprendida como tú. Tienes que creerme.
Sé que no quieres que nadie sepa... que no querías darte a conocer por tus diagnósticos, y lo de tu tío fue una jugada sucia, y.
.. y no te quepa duda de que he ido a confrontar a Samantha y a Roberta al respecto, pero ya que está hecho solo podemos esperar que la gente lo olvide.
Están siendo benevolentes, al menos. Aseguran entender mejor algunas cosas de tu carácter, y. ..
Arrugo el ceño.
—¿Qué cosas entienden mejor, si no me conocen?
¿Entienden mejor que empujara a un paparazzi , dices?
Porque eso no fue el TDAH . Por más que algunos de los síntomas sean la irascibilidad y que me abrume un pronto y necesite actuar para desaparecer cuanto antes, cualquier persona con sangre en las venas habría hecho lo mismo.
¿O te refieres a que entienden mejor que sea o haya sido promiscuo, que juegue bien al fútbol, que no quiera estar en sitios que me sobreestimulan?
¿Qué es lo que hay que entender? Yo no le he pedido a nadie que me entienda —termino espetando—. Solo que me dejen en paz.
Ella escucha con los labios sellados y espera a haberse cerciorado de que he acabado.
—Samantha me ha pedido que te traslade que siente mucho lo sucedido, y Roberta... Roberta espera que podamos llegar a un entendimiento. No cree que sea pertinente que te enemistes con la agencia cuando su intención era buena, y...
—O sea, que has venido a hacer control de daños —la interrumpo con voz neutra.
Ella se olvida del discurso preparado y busca mi mirada, pero yo estoy demasiado cansado para esto. Al escucharla me ha inundado una decepción tan honda que tengo que largarme a lamerme las heridas.