El partido del año Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

Él vacila antes de depositar a un lado el libro, formando una casita sobre la mesa, y se levanta como si tuviera las articulaciones desengrasadas, la dificultad propia del cansancio acumulado.

—¿Eres periodista? Porque ya le he dicho a varios que no concedo entrevistas. Quiero que me dejen tranquilo.

Es una respuesta que podría haber dado el DiMarco que conozco, pero su tío se expresa con gentileza, sin perder en ningún momento los modales.

Supongo que con la edad acaba llegando la resignación.

O que este hombre sí está a favor del contrato social.

—Soy amiga de Myles. Vengo a ver cómo está. Y cómo está usted —añado con tiento.

—Oh. —Mira hacia sus bermudas manchadas de arena. Se las sacude con prisa y gesticula hacia mí para invitarme a pasar al interior de su casa, abierta de par en par y solo protegida de la brisa y los insectos por una mosquitera—. Ha salido a correr, pero pasa, princesa, pasa.

Me adentro en la casa de la infancia de Myles con el respeto que merece una experiencia así.

Tal y como me explicó, vivió —y su tío sigue viviendo— en un modesto «semiestudio», que no por pequeño está desaprovechado o resulta poco acogedor.

Al contrario. Me sorprende el metodismo de su organización y distribución, la extrema pulcritud, lo encantadora y apropiada que es la decoración playera.

Aunque el sofá es antiguo y la casa en sí debe datar de los años setenta, todo se conserva de maravilla, la anecdótica cocina y el anticuado televisor inclusive.

—¿Quieres un café? ¿Una cerveza? —pregunta en su paseo a la nevera—. No suelo recibir visitas, pero como Myles llegó anoche, trajo algunos víveres. Tengo Jai Alai de Tampa, que es artesanal, y Bud Light. El niño es más de clásicos.

La dulzura que encierra ese «el niño» me distrae de mi implacable curiosidad.

—Agua está bien, gracias.

No creo que proceda llegar, ocupar su casa y beberme su oro líquido para luego empezar a deshacerme en disculpas por haberle arruinado la vida.

Aunque no parece atormentado.

Henry regresa con una botella de cristal de agua fría y una lata verde de Jai Alai. Toma asiento en un sillón reclinable que cruje bajo su peso y me invita a enfrentarlo en el sofá.

—Tú eres la chica, ¿no? La que tiene los dos nombres.

Su comentario me sorprende.

—Supongo que sí.

—Myles nunca ha tenido muchos amigos, y amigas menos aún. —Da a entender la opinión que esto le merece meneando la cabeza con desaprobación—. Pero me ha mencionado a una mujer especial.

—No sé si especial —murmuro con un nudo en la garganta—. Hasta hace poco yo era su representante, y tiene usted que saber que de una manera u otra he sido responsable de que salga a la luz que... No hay palabras en el mundo para expresar cuánto siento lo que ha pasado, señor DiMarco.

—Llámame Henry, mujer. ¿Dices eso que ha salido en la prensa y en internet?

—Asiento con el cuello rígido. Él desvía la vista un segundo a la pared de encima del sofá, donde ha colgado unos paisajes marinos al óleo.

Al cabo de un rato, encoge un hombro—. Myles llegó anoche muy acalorado por el mismo tema.

Lo hecho, hecho está. No hay que flagelarse.

—Aun así, tenía que disculparme.

—No ha sido para tanto. Verás... Yo no he sido discreto al respecto porque me preocupara la reacción de la gente, sino por facilitarme las cosas.

—¿Qué quiere decir?

—Trabajo en un sector muy masculino, si quieres describirlo así, y me muevo con hombres conservadores.

Hombres que, si lo hubieran sabido, no se habrían sentido cómodos que digamos a mi alrededor.

Pero cuando hoy he llegado al trabajo nadie parecía sorprendido.

Nadie me ha tratado diferente. Nadie ha hecho ninguna broma desagradable.

—Se encoge de hombros otra vez—. La mitad lo sospechaba y le parecía bien, y a la otra mitad le daba igual.

Eso de los cotilleos son cosas que solo importan en Nueva York, ¿me entiendes?

Aquí estamos «en otra onda», como decís los jóvenes.

Los jóvenes llevan sin decir eso al menos veinte años, pero me conmueve su intento de acercamiento y le sonrío de corazón.

—Me alegra saber que está usted bien.

—Yo siempre estoy bien. —Se encoge de hombros por tercera vez. Empieza a parecer un tic—. Aunque sí me molesta que Myles se agobie con el asunto de su TDAH . No le beneficia en nada ponerse nervioso. Se vuelve muy irritable, deja de dormir... Todas esas cosas que ya sabrás.

«Ojalá las supiera. No me las quiere contar», me tienta responder.

—¿Usted no es de la opinión de que quizá le vendría bien... —carraspeo— medicarse?

Henry es un hombre agradable, pero no me habría extrañado que me mandara a meterme en mis propios asuntos. No solo no me sugiere arder en el infierno, sino que se muestra encantado de poder hablar «del niño» con alguien.

—Yo esperaba continuar el tratamiento que ya le administraban en el centro de acogida.

Los centros tienen convenios con empresas de salud, psicólogos en plantilla y demás, así que Myles ya estaba recibiendo medicación para el momento de la adopción.

A las pocas semanas de empezar a vivir juntos descubrí que las tiraba por el retrete —suspira, pero una sonrisa de «no tiene remedio» suaviza su expresión.

No puedo sino compadecerme de él, porque cuántas veces no he pensado lo mismo, a veces exasperada, pero al final con ternura—.

Lo confronté y me explicó que llevaba haciéndolo desde siempre.

No quería pastillas, me dijo. ¡Es como si lo estuviera viendo ahora mismo!

¡Estaba tan enfadado que se le marcaba el músculo de la mandíbula!

Según él, estaba bien así. Y, además, le daban miedo los efectos adversos porque había observado cómo afectaban a otros compañeros con el mismo diagnóstico.

A raíz de eso presté más atención a su comportamiento y su actitud, y viendo que era un chaval como otro cualquiera, si acaso algo más distraído y enérgico, decidí respetar su deseo. ¿Quieres algo de comer, princesa?

Lo cierto es que llevo sin llevarme nada a la boca desde que DiMarco me dejó tirada en Central Park, pero sigo y seguiré teniendo el estómago cerrado hasta que lo vea.

—No, gracias.

—¿Vas a quedarte a dormir? Puedo preparar el sofá. O seguro que el niño te cede la cama.

—No, no, no. —Extiendo las manos—. No se me ocurriría, después de todo. Seguro que Myles está furioso conmigo, y usted... a usted no me gustaría ponerle en un compromiso.

—¿Qué compromiso, si te lo he ofrecido yo?

Y tutéame, mujer, que no soy ningún señor.

Con tu permiso —se pone en pie—, yo sí voy a prepararme algo para picar.

Siempre estoy hambriento. ¡Así de gordo me he puesto!

¡Eso sí que me habría molestado, que me hubieran llamado gordo en el periódico!

—exclama, y se echa a reír de buen humor.

Recostada en el sofá, observo maravillada los movimientos fluidos de Henry.

Hay toda una vida diferente a cinco o seis horas en avión respecto del aeropuerto JFK , pienso.

Una vida más lenta. Una vida contemplativa.

No osaría decir que Henry no esté hasta el cuello de trabajo —ahora entiendo la queja de DiMarco en el programa de Farah Fou cuando reclamó que los mayores sigan aportando al sistema: su tío tiene sesenta y siete y continúa arrimando el hombro—, pero desde luego se lo toma todo de otra manera.

Para él nada es el fin del mundo. Para él, nada que no pueda tocar con los dedos existe.

Durante cuarenta y ocho horas —y a lo mejor durante otras setenta y dos más, lo que el asunto demore en desvanecerse—, ha sido y será el hombre gay más famoso del Mundo Libre, un título vertiginoso y desconcertante cuando se viene de no ser ni siquiera un hombre abiertamente gay en la pequeñita Neptune Beach.

Pero ¿y qué? «Eso de los cotilleos solo importa en Nueva York». Podría habérmelo dicho con desprecio, y, sin embargo, ha sonado llano y tranquilo, como si me hubiera informado de que en Praga se paga con coronas checas.

Entre la temperatura de la casa y la agradable conversación de Henry, que arranca a contarme a lo que se dedica en el muelle de Jacksonville y los fines de semana que Myles viene a verlo, mi cuerpo va asimilando el cansancio acumulado y me voy volviendo pesada como un ancla en el sofá.

Nada me parece más interesante o importante que saber por qué eligió a Myles de entre todos los niños, un chico de quince años huraño, independiente y, a la vez, terriblemente vulnerable por sus necesidades especiales.

Nada me parece más interesante o importante que saber qué comen en Navidad, cómo era un día en su vida cuando compartían casa, si despedirlo para mudarse a Boston le partió el corazón, qué opina de su dedicación al fútbol.

Pero mi cabeza deja de responder y voy sumiéndome poco a poco en un sueño tan denso y oscuro que no hay espacio ni siquiera para los sueños.