El partido del año Capítulo 21
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Capítulo 21

Blurred Lines Everywhere

Lara Cosima

Por supuesto que lo entiendo. Dudo que DiMarco conozca sus derechos o haya pensado en ejercerlos: habrá priorizado el bienestar de su tío y encontrar un lugar lo bastante profundo y discreto para esconderse hasta que su nombre deje de ser tendencia.

Pero yo sí sé que se ha vulnerado su derecho al honor, el compromiso de la agencia con la protección de datos y que, en un juzgado, el abogado de la acusación podría llegar a alegar que se ha violado su intimidad y se ha dañado su imagen pública.

Llevar el asunto a los tribunales sería costoso, traumático y destruiría la reputación de Velvet Room.

Nadie quiere contratar a una agencia de representación y publicidad que vende tus secretos a los periódicos.

Yo soy la primera que no desea trabajar en una empresa carente de escrúpulos.

Pero es que no sabía que carecía de escrúpulos.

A lo mejor no he decepcionado a Roberta ni he metido la pata en diez años de dedicación, pero ella tampoco me había decepcionado a mí.

Sus máximas siempre han sido la confidencialidad y priorizar una relación estrecha entre agente y cliente para garantizar la comodidad y la permanencia del segundo, ¿y se supone que soy la mala de la película porque intentando estrechar esa relación haya terminado desarrollando sentimientos románticos?

¿Es que acaso soy un maldito robot?

Quizá lo sea. Al final, ni siquiera después del golpe bajo me es indiferente una posible demanda de DiMarco contra Velvet Room. Ni siquiera con la revelación de Roberta como genio sin escrúpulos puedo desentenderme de Velvet Room.

Adoro este sitio. Adoro estar aquí. Adoro mi rutina de café, aplicación de pintalabios, conversación con Samantha, gritos al teléfono, reuniones improvisadas; decir en los establecimientos que trabajo en Velvet Room y que me miren con respeto.

Sigo persiguiendo la posibilidad de ser algún día un activo importante.

Es lo que me he despertado y acostado pensando desde que cumplí diecinueve años y leí en la revista Forbes un artículo sobre Roberta Montessore.

A modo de manifestación, el recortable estuvo doblado en mi cartera con el mismo mimo que la fotografía de la novia de un soldado durante la guerra.

No lo saqué hasta medio lustro más tarde, cuando Berta ya me había nombrado talent manager independiente.

—Hablaré con él —le prometo.

—Estupendo, cara . —Esboza otra sonrisa, esta de diferente calibre, y se levanta para acompañarme a la puerta agarrándome amistosamente por el hombro—.

Todo esto es por tu bien, Lara Cosima. Por el bien de tu carrera profesional y también el de tu corazón.

Me partiría el alma verte destruida por un hombre con problemas para gestionar la ira.

¡Me hirvió la sangre al ver esas imágenes! ¡No te lo puedes ni imaginar!

Desconecto de la conversación con mi cara-pantalla, esa expresión de copia y pega que se caracteriza por su sonrisa benigna y su mirada lejana.

Roberta no solo me guía hasta la salida de su despacho, sino que continúa hacia el ascensor, subrayando así la que es mi misión: encontrar a DiMarco dondequiera que se haya metido y quitarle de la cabeza como sea el deseo de destruir la agencia.

Sigue parloteando sobre el peligro de dejarse seducir por un hombre con sangre italiana —dudo que la tenga; solo es el apellido de su tío adoptivo.

¿Es que no se ha leído los informes que he escrito sobre él?

—, sobre lo nocivo que es el amor para una mujer ambiciosa, sobre lo admirable que es todo cuanto he conseguido hasta ahora, sobre lo mucho que merece la pena sacrificar el deseo, tan voluble e impermanente, en beneficio de los frutos materiales, que jamás te abandonarán: «¡Una casita en la playa de Santa Mónica para veranear!

», «¡Un vestidor solo de zapatos!», «¡Un viaje anual a Europa para descubrir algún país mediterráneo! ».

Sus palabras siguen zumbando a mi alrededor como un enjambre de avispas vengativas cuando salgo del ascensor.

El mundo se ha convertido en un ruido de fondo indescifrable, ajeno a mí.

Solo soy consciente de que sujeto con fuerza el bolso, de que las recepcionistas se preguntan entre cuchicheos qué me ha pasado, si es que estoy enferma, si es que han atracado mi armario y me han dejado solo con la ropa de deporte.

Un cansancio indefinido y más fuerte que yo se va apoderando de mí, y para cuando he salido a la calle, se me doblan las rodillas y necesito sentarme en la acera para no derrumbarme. Nunca he fumado, pero un cigarrillo me habría venido que ni pintado.

Una única pregunta da vueltas por mi mente.

¿Dónde se ha metido Myles?

—Cielo —me llama una voz familiar. Su dulzura me pone el corazón en un puño.

Alzo la cabeza y le devuelvo una sonrisa llorosa al portero, Bob, que me tiende un pañuelo de tela. Al principio lo miro sin entender, pero no tardo en comprender que es para que me seque las lágrimas.

—Oh —murmuro, sorprendida. Más me sorprendo aún pasándome la esquina por las mejillas bañadas. Se me escapa una risita quebrada—. Vaya... Qué raro. No sé qué me pasa.

—Un día duro, ¿eh?

—Sí, supongo que sí. Qué bochorno. Esto no me suele ocurrir.

El portero me sonríe con extrañeza.

—¿Qué quieres decir? Al menos una vez a la semana sales de la oficina hecha un mar de lágrimas, Larita —señala con tiento. Espera a que reaccione, atendiéndome con una mezcla de incredulidad y compasión. Viendo que me quedo estática, se apresura a aclarar—: Pero no es asunto mío. Perdona.

¿Al menos una vez a la semana? Ha tenido que confundirme con otra persona. Puede que yo sea de lágrima fácil, pero cuando se trata de mi trabajo estoy más feliz que unas pascuas; ¡soy Wonder Woman y nada puede atravesar mi armadura!

¿No?

Compruebo que Myles no ha contestado todavía ninguno de mis tropecientos mensajes.

Tampoco me ha devuelto las llamadas.

No quería violar su intimidad ni su deseo de distancia, pero termino recurriendo a la aplicación de Mapas, donde me basta con clicar sobre su fotografía para localizarlo.

Me sorprende y a la vez no me sorprende en absoluto que la chincheta de su ubicación se encuentre en Jacksonville, Florida, muy cerca de Neptune Beach.

Le pido al portero que me ayude a levantarme.

—Oye, Bob —le pregunto aprovechando que me escolta hacia la parada de taxis. Me recuesto contra su brazo firme—. ¿Qué hace Norma por ti cuando te enfadas con ella? Ya sabes, ese gesto de redención que te inclina a perdonarla.

Bob se ríe de buena gana.

—Yo no tengo permiso para enfadarme con Norma. Puede que a veces me saque de quicio, pero todo lo hace con la intención de ayudarme. No sería justo para ella que me mosqueara.

Mi sonrisa cortés se desinfla.

—Ya.

—Aunque unos mimos nunca hacen daño cuando estoy de mal humor —sugiere al verme derrotada—. Y no creo que haya un solo hombre en el mundo que pueda resistirse a la vulnerabilidad de su chica.

Bob no ha mencionado que los hombres encuentren irresistible que «su chica» —las comillas son necesarias, ahora más que nunca— tome un avión de última hora destino Jacksonville para plantarse a traición en la casa de su única familia.

.. a la que resulta, por cierto, que acaba de arruinarle la vida.

Pero ¿qué otra cosa puedo hacer si es alérgico a los teléfonos y ahora, para colmo, no quiere verme ni en pintura?

Pensaba que la app Mapas no sería infalible y estaría dando tumbos por los alrededores de Neptune Beach otras seis horas de ruta.

Para mi inmensa sorpresa, la aplicación me chiva la dirección exacta y resulta que el taxista conoce a Henry DiMarco —fueron juntos al único instituto de la zona—, así que me guía con mucho gusto por las calles tranquilas de la zona residencial.

A través del cristal no advierto un solo rascacielos o vivienda de lujo. Es un barrio propiamente dicho, con su ambiente relajado y su modesta hilera de casitas, algunas en primera línea de playa.

—Aquí es, señorita.

Me recibe una agradable brisa. En el sureste de Norteamérica la temperatura es mucho más indulgente; a estas horas de la tarde el sol sigue acariciándote la piel, aunque con la incisión justa para no tener que preocuparte del protector.

Henry vive en una casita baja y blanca de una sola planta con el tejado a dos aguas envejecido por acumulación de salitre.

Cuenta con un porche evocador del cine norteamericano, con su mesita de café y sus sillas de plástico, su neverita portátil y su cenicero improvisado: en este caso, una lata de cerveza cortada por la mitad.

Se accede por un trío de escaleras salpicadas de arena y con la pintura desconchada por influencia del sol, pero por lo demás en perfecto estado.

Repantigado en su mecedora, un hombre orondo y pequeñito rasca las últimas horas de la siesta.

Tiene un aspecto confiable. Fuma tranquilo con una mano arrugada y morena por los años de exposición al eterno verano de Florida; la otra pasa las páginas de una novela de bolsillo gruesa y con las páginas abombadas por la humedad.

Lleva una camisa azul de manga corta encima de la wife-beater blanca, unas bermudas estampadas y unas cangrejeras.

Alza la cabeza al verme de pie al otro lado del porche, a donde me he dirigido después de sortear los arbolitos de la propiedad y la manguera enrollada sobre un charco de agua.

Levanta las gruesas cejas con curiosidad, revelando así un rostro muy parecido al de Martin Scorsese.

Tiene que mirarme por encima de las gafas de cerca para ¿reconocerme? ¿O solo saludarme?

Yergue una palma como un jefe indioamericano y prueba a sonreír.

—Hola, desconocida —saluda con acento miamense—. ¿Necesitas indicaciones para ir a alguna parte?

Me coloco las gafas de sol como diadema y guiño los ojos para responderle.

—Si estoy hablando con Henry DiMarco, he llegado a mi destino.