Capítulo 20 #2
—Hija, ni que lo digas. Cuando llevas diecisiete horas sobre unos tacones, se han burlado de ti dos productores por jovencita o por provinciana, la secretaria que se acuesta con ambos te ha mirado por encima del hombro, como diciendo «aquí no gana la mujer empoderada, aquí gana el parásito del sistema que juega bien sus cartas» y tu jefa te ha insinuado que no estás llegando a los objetivos anuales, lo último que necesitas es que venga una privilegiada (o solo una mujer con mejores condiciones que tú) a llamarte alienada al sistema y perra del infierno. Aunque te lo merezcas.
—¿Así se sintió mi numerito de la otra noche?
—Me temo que sí. Te habría dado dos bofetones, Miss Luisiana .
Agacho la cabeza, abochornada.
—Supongo que estoy hecha un lío. Tambaleándome en la línea que separa el compromiso laboral de quitarme la venda de los ojos.
Nunca he querido aceptar esto. Siempre he sentido que era mucho más.
O que lo sería algún día. O que por lo menos significo algo para Roberta.
Pero parece que no; que tú y yo solo somos un mandado y le dan igual los principios y sentimientos de todo el mundo.
Las dos nos miramos con esta espantosa revelación enturbiándonos el ánimo.
Ella cierra los ojos un segundo, muerta de cansancio, y me aprieta el hombro.
—Lo siento, LC . Siento también no poder hacer nada. Pídele perdón a DiMarco de mi parte, por si sirviera de algo.
Como si la hubiéramos invocado con nuestro pesimismo —y yo en concreto con mis argumentos socialistas—, la puerta del despacho de Berta se abre de par en par.
Normalmente la empuja despacio porque suele ir con el móvil en la mano, que consulta por encima de las gafas de vista cuadradas procurando no fruncir el ceño recién inyectado de bótox.
Esta vez es directa y no se molesta en ocultar que lo que tendrá lugar en las entrañas de la estancia no agradará a nadie.
Ni siquiera pronuncia mi nombre. Me localiza sin necesidad de buscarme clavando en mí una mirada rapaz. Hace un gesto vago con la mano cuyo significado interpreto al vuelo: tengo que acompañarla ya .
Roberta me espera sentada al otro lado del escritorio con un tobillo cruzado sobre la rodilla contraria, ambos enfundados en un pantalón fluido inspirado en los hakama japoneses.
Sujeta con las dos manos una estilográfica Montblanc, como si estuviéramos a punto de tener una sesión de sexo en el rol de alumna díscola y profesora intransigente.
Hoy lleva las gafas de vista puestas: montura de ojo de gato de Dolce de una fiel amiga que se hizo pasar por la hermana mayor de su hija para ir a una tutoría escolar a la que ella no podía asistir.
¿Cómo hablará de mí delante de Samantha?
¿Seré «la chica que tenía la cuenta de Alexia Lux»?
¿«La pesada que insiste en que la llamen por sus dos nombres»?
¿«La paleta de Abita Springs que se cree alguien por llevar ropa de archivo»? ¿Estoy proyectando?
—Iba a contártelo, claro que sí. Es solo que estabas ocupada en Los Ángeles con Nick Carrigan y a mí me urgía tomar una decisión. Siempre me has dado libertad de movimiento para hacer y deshacer con mis clientes...
—Te la daba cuando no estabas en cuarentena por los últimos, digamos, tropiezos —me corta, y solo entonces me dirige una mirada de acero—.
Esto no es un centro de beneficencia, cara .
Aquí todo tiene ánimo de lucro. Si me haces perder dinero y he de recortar gastos, lo primero en menguar será tu nómina.
»No quería ponerme así —continúa con un suspiro—, pero no me has dejado elección.
—No hemos perdido a DiMarco —me apresuro a explicar—.
Sigue siendo nuestro cliente, solo que no puedo llevarlo porque él y yo.
.. —La certeza de estar siendo tratada de un modo injusto se me cruza como un rayo, y entonces espeto—: Fuiste tú quien estableció en nuestra última reunión que el único motivo aceptable para remitir un cliente a otro agente era mantener con él una relación.
Berta me mira con verdadera curiosidad.
—¿Qué te ha hecho pensar que esa sería una justificación razonable para aplacarme?
Has iniciado la relación cuando ya era tu cliente, algo fácil de evitar si estás comprometida con tus obligaciones.
A no ser que tuvieras algún tipo de contacto anterior con él y me lo ocultaras —insinúa, entornando los ojos.
—¡No! ¡Claro que no! Berta, yo pensaba que estaba haciendo lo correcto.
—¿Al sustituir tu única cuenta —recalca esas dos palabras de un modo que me produce un escalofrío— por un hombre, quieres decir?
—No, no es eso...
—Ayer me llamó una periodista de uno de los muchos diarios con los que mantengo contacto profesional y me comentó que tenía una jugosa exclusiva de uno de nuestros clientes. —Espera a que yo misma ate cabos sosteniéndome la mirada—. Myles DiMarco. ¿Te suena?
—Roberta...
—Por lo visto, una chica le había escrito para contarle un episodio horrible que había presenciado en primera persona en Central Park.
Lo tengo por aquí. —Alarga un brazo hacia el ratón del ordenador de mesa.
Clica un par de veces y se ajusta las gafas sobre el puente de la nariz—.
El jugador «le gritó a su amiga, que solo se había acercado a pedirle un autógrafo para su hermano de trece años, y luego a su mismísima acompañante, una chica de más o menos su edad que parecía su novia».
—Se quita las gafas y deja que le cuelguen de la cadena de oro sobre el pecho—.
Entiendo por qué la periodista pensó que podría interesarme silenciar su talentosa pluma con una más que digna suma económica.
Entre que siempre es escandaloso que un hombre violente a una mujer en público y que este hombre en concreto ya se ha granjeado una determinada fama. ..
—No fue así —lo defiendo enseguida—, él...
—¿Ese es el... —hace una mueca— sujeto por el que has desplazado tu carrera? ¿Un tipo que te grita en plena calle delante de dos universitarias impresionables y ni se le caen los anillos? Porque sé que es a ti a quien le gritó. La chica proporcionó fotografías.
Gira la pantalla del Mac hacia mí, y entonces me las veo de frente conmigo misma.
La imagen está borrosa, como siempre que usas el zoom, pero se me ve con las mejillas llenas de lágrimas e intentando cogerlo del brazo.
Roberta va pasando las fotos pulsando la tecla de la flecha: yo alargando la mano, él quitándome de en medio con un gesto desdeñoso, él alejándose sendero arriba, yo llorando con la bolsa de los pretzels en el suelo.
La sensación de injusticia, humillación y dolor que experimenté me ataca por detrás y por un segundo no puedo moverme.
—No es como lo cuentas —me atrevo a murmurar.
Saco fuerzas de los puños, que aprieto con toda la intensidad de mi impotencia, y no levanto la vista del suelo para evitar que Roberta me intimide—.
Todo iba bien. Estábamos contentos. Pero entonces descubrió que habías sacado a la luz información muy sensible para él.
Se quedó petrificado. —Inspiro hondo y me encomiendo a Dios antes de mirarla a los ojos—.
No tenías derecho a publicar la orientación sexual de su tío o sus dificultades con el TDAH , sobre todo porque no conoces el alcance de lo segundo o su sentir al respecto, y al proporcionar datos a medias has abierto la veda a la especulación.
Aunque el cuadro del TDAH sea muy específico, cada persona que lo tiene es un mundo, y. ..
Antes que su respuesta, me silencia la mirada cargada de lástima que me dirige.
—Mírate. Justificando el maltrato y la humillación pública de un hombre a costa de tratar a tu jefa de perra inmisericorde.
—No he hecho eso. ¡No he dicho eso!
—Siempre he pensado que eres la mejor mánager que se ha visto jamás en Velvet Room.
Tenías en todo momento la cabeza sobre los hombros.
Sabías diferenciar la decisión correcta de la equivocada.
Alguna que otra vez llegué a verte como la única digna heredera de mi agencia.
—Extiende los brazos para abarcar toda la oficina, toda su grandeza, todo lo que es ella: lo que siempre he querido ser—.
Pero ahora estás cometiendo el mismo error que tus predecesoras.
Dejar que te gane la fibra sensible. Volverte blanda.
—Chasquea la lengua—. Una vera desilusione .
Mi indignación y mi sentido del deber son reemplazados por el ruego.
—Sigo teniendo la cabeza sobre los hombros, y sigo queriendo crecer y mejorar, y...
—¿Y cómo vas a crecer y mejorar cuestionando mis decisiones?
En el momento en que soltaste a Myles DiMarco como cliente y él pasó a ser mío, adónde fueran sus datos personales, sensibles o no, dejó de ser asunto tuyo para convertirse en mi responsabilidad.
Pero considerando que te has ofendido en el nombre de sus sentimientos, será que al señorito no le ha gustado la estrategia (efectiva, por cierto) de humanizarlo ante sus detractores.
Ya que sois tan buenos amigos, te tocará apaciguar sus ánimos convulsos y convencerlo de no hacer ninguna tontería.
.. como demandarnos. —Berta alza la barbilla hacia mí y me dirige su sonrisa de pega—.
Entiendes lo que te digo, ¿verdad, cara ?