Capítulo 20
Lara Cosima
—¿Por qué lo has hecho? ¿Por qué, eh?
Así es como entro a la oficina de Velvet Room, y Dios sabe que me he contenido.
Podría haber sido mil veces peor, porque he pasado la noche entera sin dormir tratando de retirar las noticias, no he conseguido aplacar la espantosa migraña que me ha producido el asunto y llevo alrededor de dieciséis horas sin saber nada de Myles.
Samantha ha tenido el detalle de cortar su conversación con Ashley sobre el regreso del animal print para dirigirme una mirada que pone la guinda al pastel de mi furia decepcionada.
Hay que tener valor para hacerle una caída de ojos a alguien después de un movimiento tan rastrero.
—¿Has sucumbido a la estética Lux de Rosalía? —inquiere después de echar una ojeada a mi atuendo, apenas una camiseta blanca de tirantes y unos pantalones de lino—. Porque pareces una monja en las vacaciones de verano.
—¡Estoy hablando en serio, Samantha! Te confié algunos detalles personales de DiMarco porque te considero mi amiga. No los estaba poniendo a tu alcance para que lo traicionaras.
—¡Para que lo traicionara, dice! ¡Serás dramática!
—¡Es que es una situación dramática!
La secretaria de Berta, Ashley, alterna una mirada de ojos anfibios entre la una y la otra, pasmada al vernos discutir por primera vez en la historia por algo distinto de si el láser de diodo es mejor que el de alejandrita.
(Es mejor el diodo. Se ponga como se ponga.)
Samantha se cruza de brazos.
—Yo no le debo ningún tipo de lealtad suprema a Myles DiMarco. Y no me hables como si no le hubiera hecho un favor. ¿No has mirado redes? ¡A todo el mundo le parece adorable su historia de niño adoptado por un hombre solitario que jamás ha encontrado el amor y que...!
—Has sacado del armario a una persona que llevaba sesenta y siete años llevando su vida sexoafectiva con estricta privacidad.
Es solo ahora, al presenciar la deseada caída de la máscara, la rotura de su pose soberbia, cuando por fin consigo coger una gran bocanada de aire y empezar a tranquilizarme.
Vale, nada de esto significa que me haya asestado una puñalada para vengarse de lo que le dije hace dos días. Solo significa que se ha equivocado. Todavía no es una mala persona. Hay salvación.
—Mierda. —Eso es todo lo que dice.
—A DiMarco no le ha hecho ninguna gracia, Samantha. Vas a tener muchísima suerte si no te denuncia. Y no creas ni por un momento que esta vez nuestro Tyler Fox salvaría Velvet Room, porque un jugador de fútbol también tiene dinero y podría sacar adelante una demanda.
—Tampoco exageres —desestima con impostada indiferencia—. Además: si denunciara, tú y yo estaríamos igual de arruinadas. No sé por qué me apuntas solo a mí.
«Porque yo jamás le habría hecho daño adrede y tengo la esperanza de que lo sepa, aunque ahora mismo esté enfadado. Algo aún peor, en realidad: está callado».
Sé que esto no va sobre mí. Esto va sobre Henry DiMarco y sobre su hijo o sobrino Myles.
Pero una servidora está implicada en primera persona y resulta que tiene sentimientos.
Fui violentamente reprendida en Central Park, acto seguido abandonada sin miramientos en público e ignorada durante el resto de la tarde, la noche y la mañana de hoy, que parece discurrir con lentitud de caracol para desquiciarme del todo los nervios.
Eso no deja impasible a una mujer con la sangre caliente y el corazón de pollo como yo.
—¡Te apunto a ti porque eres quien envió un correo a la redactora jefa de un periódico en un acto despechado!
—Podemos quedarnos aquí, reprochándonos la una a la otra, o podemos ir al despacho de Roberta, localizar a DiMarco y pensar entre las tres un modo de solucionarlo.
—¿Así es como vas a fingir que no ha sido para tanto?
, ¿que esto no ha sido más que un pequeño error de cálculo?
, ¿una campaña publicitaria que no prospera?
¿Haciéndote que la Virgen te habla? Puede que me urja arreglar esta crisis, pero también me gustaría que me explicaras por qué has querido sabotearme y hacerme daño a través de él.
Samantha me mira con los labios apretados. Luego lanza un vistazo veloz e inquieto por encima del hombro. En lugar de responder, teclea un texto breve en la aplicación Notas del móvil y me lo muestra.
No he ido a sabotearte, idiota!! Llamé a Roberta dsps de nuestra discusión xra informarla de tu propósito de soltar a DiMarco y le expliqué el xq.
Somos un equipo, ya lo sabes. Nos lo contamos todo para ir a la par.
Y con más razón le debía la info de tu caso ahora que ella era la representante de DiMarco y tú tenías q ponerla al día de las particularidades del caso.
Así q Roberta decidió filtrarlo a la prensa, no yo!
!! Yo pretendía respetar tus deseos aunq estuviera en contra!
!! Pero la opinión de la encargada de redes sociales es un 0 a la izquierda, eso también lo sabes de sobra.
Me jode q pienses q haría algo así. No soy tan capulla.
«¿Por qué me lo escribes?», deletreo con los labios.
Samantha gesticula dramáticamente hacia la única puerta del despacho, y entonces caigo en la cuenta de que si Ashley estaba aquí es porque Roberta ha regresado de Los Ángeles.
—¿Me estás diciendo —retomo en voz baja— que no pretendías poner a DiMarco en mi contra haciendo esto? ¿O convencerme de alguna manera retorcida de volver al redil?
Samantha respira hondo.
—¿Que me molestó cómo me hablaste hace dos días? Pues claro. Me dijiste que era una persona superficial y poco menos que malvada.
—¡Yo no dije eso!
Pero lo pensé, así que mejor no la discuto.
—¿Que opinaba y sigo opinando que exponer las peculiaridades de la vida personal de DiMarco para que el público se muestre más inclinado a empatizar con él era la opción correcta?
También. ¿Que creo que estás cometiendo errores garrafales que pagarás con tu carrera profesional?
Por descontado. Pero de ahí a propiciar una pelea de enamorados por rabia hay un trecho.
Trabajo doce horas al día, LC . No me sobra tiempo para tramar venganzas bíblicas.
Y si me sobra, voy a que me hagan un masaje en los pies.
—¡Llevas desde el minuto uno insistiéndome en que tenga algo con él! —le recuerdo, mirándola decepcionada—. ¿Y ahora me sales con estas?
—Yo te animaba a pasártelo por la piedra, Lara Cosima, no a echártelo de novio a costa de cabrear a Berta y perder influencia en Velvet Room.
Y sobre todo te animaba a añadirlo a tu cartera de clientes.
Por Dios, LC , ¡piensa! —exclama por lo bajini.
Me coge del hombro y tira de mí hacia el otro extremo de la salita, donde estaremos a salvo de la mirada omnisciente de la jefa y de la cara de pánfila de Ashley—.
Aunque hayas bebido margaritas de coco con Roberta y le hayas comprado tampones a su hija gótica, sigues siendo su empleada.
¡Y llevas dos strikes ! ¿Crees que te va a perdonar la vida solo porque le consiguieras un Birkin?
No se llega a lo más alto sin tener la frialdad de sacrificar a los peones cuando ya no dan para más, y la Montessore es la mejor agente de la Costa Este.
No le dieron el título en un dos por uno de Saks, ¿entiendes?
Se lo dieron porque es una puta cabrona.
Había venido a Velvet Room con toda la intención de reprender a Samantha hasta que se pudiera de rodillas y me pidiera perdón.
Ya de entrada era un deseo ingenuo, porque yo nunca he conseguido pelearme con nadie en el sentido agresivo y definitivo de la palabra: o espero sentada a que me disculpen la escenita o me las ingenio para fingir que no ha pasado nada.
Pero haberme planteado siquiera convertir a Samantha en un genio maligno cuando la conozco desde hace ocho años me hace sentir una pésima amiga.
El corrector de Fenty Beauty por el que le estará eternamente agradecida a Rihanna bien podrá corregir la tonalidad violácea de las ojeras, pero no así los surcos profundos que llegan para quedarse cuando la falta de descanso es crónica.
No solo trabaja doce horas, sino que trabaja durante los anuncios que cuelan entre sus programas televisivos favoritos, trabaja en el centro de belleza mientras le hacen las uñas o le ponen las mechas, trabaja en los tramos de metro, trabaja almorzando de pie en un Shake Shack.
Ha reconocido ir sonámbula a Velvet Room y despertarse en su mesa de trabajo y sorprenderse hablando de Roberta durante horas y horas con sus primeras citas, que, como es lógico, huyen despavoridas.
Estaba claro que su prioridad no iba a ser el corazoncito de DiMarco, sino la Montessore, del mismo modo que para mí la prioridad siempre ha sido Roberta y no mi vida personal.
¿De verdad puedo echarle en cara, pues, que haga lo posible y lo imposible por conservar su puesto y seguir creciendo en la empresa, aunque solo sea para poder descansar una hora más al día o ganar un sueldo que justifique el sacrificio de su alma y su tiempo de ocio?
Y voy a subir la apuesta: ¿en serio podría reprocharle que hubiera obrado desde el rencor contra mí?
—Si dijera que no te entiendo, estaría mintiendo —confieso en voz baja—.
Las numerosas veces que Alexia se presentó ante mí con tres horas de siesta iluminándole el cutis, un margarita en la mano y un albornoz de lujo cruzado a la cintura para descartar mis propuestas publicitarias, alegando desde la superioridad moral que eran «inhumanas», habría llamado al New York Times con muchísimo gusto para contarles que sí, la Lux es una diva incapaz de sentir compasión.
.., cuando no algo peor. Porque yo sí que me estaba sintiendo inhumana después de haberme tirado tres noches sin dormir confeccionando una propuesta para que la desechara sin haberse leído el PowerPoint de las narices porque «estaba muy cansada».
Samantha suspira con más hartazgo que alivio.