El partido del año Capítulo 19 #3
65%

Capítulo 19 #3

Siento su mano en mi brazo. Evito por todos los medios girarme, pero ella no se rinde e insiste hasta que le lanzo una mirada fastidiada.

Su expresión dulce me desconcierta el doble cuando dice:

—Claro que no eres normal. Tienes una polla enorme, ¿recuerdas?

Lo inesperado del comentario me arranca una carcajada de pecho.

El remolino de la risa se lleva todo lo demás, dejándome solo con un par de emociones que no sabría cómo describir.

¿Agradecimiento? ¿Ternura? ¿Extrañeza? ¿Todo eso a la vez?

Si no lo sé yo, más difícil debería resultarle a ella deducirlo, pero ha dado en el clavo.

Ha averiguado la manera de aplacarme. Y mejor aún, ha decidido hablar mi idioma a costa de sacrificar el suyo para que no me sienta avergonzado.

Espera a que hayamos retomado el paseo y yo me haya distraído con la canción de rap que han puesto un par de chicos en su pícnic improvisado para volver a la carga.

—Qué bien que te mudaras con un hombre que vivía junto a la playa, entonces. ¿Le regalabas los vidrios y las conchas que encontrabas en la orilla, como hacíamos todos los niños?

—No, pero no por falta de ganas. Yo ya era muy mayor cuando él me adoptó. Con quince años para dieciséis no recoges vidrios. Bueno, sí los recogía. Y pensaba en dárselos. Pero también pensaba: «Se va a creer que soy imbécil y me va a devolver» —me río para restarle hierro.

—Dudo que tu tío pensara eso. —Hace una pausa, como si quisiera prepararme para la siguiente pregunta. Está haciéndome un cuestionario, pero al menos este es personalizado y ahora sí le importan las respuestas, así que no me ofende tanto—. No te gusta hablar del centro de acogida, ¿no?

—Son años borrosos —contesto sin apartar la vista del parque.

Los dos chicos del pícnic me han reconocido.

Se han puesto firmes sobre la manta y cuchichean entre ellos acercando la mano al bolsillo, de donde sacarán el móvil en cualquier momento.

Como puedo ser más rápido que el flash de una cámara, no me cuesta librarme de una foto a traición apretando el paso.

Si consiguen darle al clic, habrán captado nuestras espaldas y no nuestras caras.

No es que me importe que haya imágenes mías pululando por internet.

Raras veces las suben si no aparezco hostiando a alguien dentro o fuera del campo.

Son para uso personal, o, lo que es lo mismo, para enviarlas al grupo de amigos exclamando: «¡Mirad a quién he visto!

». Lo que sí me podría importar es que Elsie se enfade porque, en su defecto, haya imágenes suyas conmigo dando bandazos por la web.

Salvo este primer obstáculo, pero, como suele pasar, me predispone a buscar posibles paparazzis entre los corredores, las parejitas, los paseadores de perros y los grupos de turistas.

Es al concentrarme en las caras que por lo general no consigo detallar como descubro que la gente me está mirando.

No me miran sin verme porque mi cuerpo aparezca en su campo de visión, sino que sus miradas fijas me persiguen desde que me localizan hasta que me pierden de vista.

Un par de chicas en edad universitaria en concreto detienen su camino por el sendero y esperan a que las haya adelantado para reanudar la marcha, solo que esta vez detrás de mí.

Son tías. No me van a hacer nada. Y aunque fueran dos rusos mazados de dos metros con un pasado en la Bratva y cuatro lágrimas tatuadas bajo la comisura del ojo también podría reducirlos.

.. a no ser que fueran armados, que entonces lo tendría jodido.

El caso es que me molesta de todos modos la persecución porque no sé qué pretenden.

Savannah tendrá que perdonarme si peco de sexista, pero los fans de los Boston Beasts que me piden autógrafos no suelen ser rubias de veinte años.

Y si es porque he ligado, ¿es que no ven que estoy con una chica o qué? ¿Tampoco saben que voy por ahí zurrándole a la peña? ¿No les doy miedo? Para algo positivo que podría tener la mala propaganda, que es mantener a la gente a una distancia de tres brazos...

Lara Cosima me está hablando de algo, pero no oigo nada de lo que dice porque un grupo de chavales jóvenes suelta una risita burlona cuando pasamos por delante.

Desconozco la razón, y lo mismo no tiene nada que ver conmigo.

Aun así —y por si acaso— les lanzo una mirada hostil que los silencia en el acto.

Hay sujetos que no conocen el instinto de supervivencia. Calentarme las narices nunca le ha salido a cuenta a nadie.

—Por lo menos ya sabemos que él no ha heredado el gen —me parece oír que comentan.

—¿Porque va con una tía? Eso no significa nada.

Ceñudo, freno en seco y me giro con la intención de exigirles que me expliquen qué coño quieren decir.

Lara Cosima me pregunta algo —que qué me pasa, supongo—, pero yo estoy ocupado rastreando una por una las caras de los críos; la del afroamericano, la del que tiene acné, la del guapito con pinta de surfero, la del que luce una sudadera de los Patriots —normal, considerando dónde estamos—, la del asiático que me mira con desprecio.

¿Que me mira con desprecio?

¿Y este quién cojones se ha creído que es?

—Perdona que te moleste...

Me cuesta salir de la enajenación repentina y centrarme en la cara pecosa de la chica que se dirige a mí a tres pasos de distancia. Al ver que enfoco la vista en ella, se anima a sonreír con timidez y avanza un poco más con las manos sobre el regazo.

Su amiga vigila mi reacción con recelo y una especie de advertencia, síntomas que reconozco porque yo soy el primero que vigila así a los demás cuando estoy con Savannah o con alguien a quien siento que debo proteger.

—No te quiero robar mucho tiempo —se disculpa a trompicones.

Mi mirada sale disparada hacia el banco de los niñatos.

Han empezado a desalojarlo uno a uno con distintas expresiones; unos sonriendo con superioridad, otros torturados por una misteriosa duda.

El asiático escupe al suelo antes de levantarse de un salto y me mira una última vez de arriba abajo.

Si no salgo a preguntarle cuál es su puto problema es porque la chica continúa hablando—.

Es que me ha parecido providencial encontrarte hoy aquí.

Mi hermano es un forofo de los Boston Beasts, tú en concreto eres su jugador preferido, y.

.. y, bueno, solo tiene trece años. Quiere estudiar comunicación para ser periodista deportivo y retransmitir los partidos de la NFL , y cuando le diagnosticaron TDAH . ..

La palabrita me distrae de mi conflicto —a lo mejor unilateral— con la juventud. Centro en ella una mirada imagino que sombría, porque deja de sonreír, de pronto nerviosa.

Pero debe creer que es tarde para echarse atrás. Continúa su discurso balbuceando:

—... pensó que no iba a poder estudiar por todo ese estigma que hay de que los niños con TDAH no son muy brillantes académicamente, un estigma absurdo, claro, y cuando ayer salió eso de que tú también lo tienes se sintió muy feliz e inspirado, y... y... me preguntaba si a lo mejor podrías...

Siento que alguien golpea mi pecho desde dentro con un par de puños americanos, o a lo mejor solo es mi corazón a punto de salir disparado.

—¿Que ha salido qué? ¿Tú cómo sabes eso?

La chica intercambia una mirada espantada con su amiga. Esta segunda es la que da un paso adelante, llegando a interponerse entre los dos, y me responde con sequedad.

—Está en internet. Lo han publicado fuentes fiables.

—¿Qué fuentes fiables? ¿De qué coño estás hablando?

—Myles —me advierte Lara Cosima, tensa a mi lado.

Sin arredrarse con mi tono cortante, la amiga saca el móvil del bolsillo, teclea en la pantalla y espera a que la conexión la redirija a la página web.

Apenas alcanzo a ver el titular en negrita.

¿Quién es el hombre se esconde detrás del uniforme moriblanco ? Lo contamos todo sobre Myles DiMarco, el huérfano con TDAH adoptado por un hombre gay. ¡Una historia de superación!

—Dios mío —oigo que jadea Lara Cosima.

Reacio a creerlo y con un zumbido en los oídos, recurro a mi propio teléfono para confirmar que así es, que no me están gastando una broma.

La noticia que la amiga me ha enseñado no es la única que aparece debajo del buscador de Google cuando escribes mi nombre.

Todos los medios tradicionales y digitales, fiables o no, se han hecho eco del rumor —que es completamente cierto— y han reproducido el contenido con los mismos pelos y señales en sus diarios.

Leo por encima y tan rápido como puedo dos, tres, cuatro periódicos distintos y descubro que, según algunos, me pegaban en el centro de acogida y por eso soy un tipo violento.

En otros piden disculpas públicas por haber insinuado que he recurrido al dopaje alguna vez, pero achacan mi rendimiento deportivo a la energía incansable del TDAH y no a mis esfuerzos.

En páginas web mucho menos diplomáticas y de clara inclinación amarillista se atreven a teorizar sobre el tío Henry, al que exponen con una biografía breve de su página de LinkedIn, lo único que habrán podido encontrar, y con una de las pocas fotografías que ha subido a su cuenta de Instagram.

Cuenta de Instagram que se creó solo para ver lo que subimos los Boston Beasts y yo y comentar afectuosamente.

—Myles —me llama Lara Cosima—. No pasa nada. Voy a gestionarlo.

El exceso de información —falsa o no— empieza a presionarme la cabeza desde el interior, como si el cerebro me hubiera crecido y ya no me cupiera en el cráneo.

Me sudan las manos y el cuerpo me pide, me ruega, me exige que me largue de aquí cuanto antes.

¿Para ir a qué sitio?, me pregunta el sentido común con lógico desvalimiento.

Pues al sitio que sea, cualquiera menos aquí, donde estas dos chavalas se empapan de mi reacción, donde la mirada se me va al banco en el que de seguro se estaba comentando la orientación de mi tío, donde Lara Cosima sigue balbuceando que lo va a solucionar, que todo está bien.

Lara Cosima.

Consigo enfocar la vista en su palidez culpable, en el movimiento frenético de sus dedos recorriendo la pantalla en busca de unos contactos telefónicos.

—¿Lo has hecho tú? —pregunto con la voz de otra persona—. ¿Se lo has contado a los medios?

Su reacción es intensa a la vez que genuina.

—¡No! ¡Claro que no!

—¿Y cómo coño se han enterado, eh?

—Oye, no le hables así —interviene la amiga, ahora mirándome atravesada. Lo estaba esperando con ansias—. Anda, vámonos, Daisy, no vaya a ser que se le crucen los cables y acabes pagando tú los platos rotos.

En otras circunstancias, el comentario me habría resbalado.

Pero recuerdo que la chica se había acercado con buenas intenciones y apenas me da tiempo a intercambiar con ella una mirada en la que se aglomeran las mismas sensaciones: los dos estamos conmocionados, inquietos y espantosamente decepcionados.

Me habría gustado pedirle perdón, pero no me acuerdo de por qué debería pedírselo, no recuerdo nada de lo que me ha dicho, no pienso en nada más que en el escupitajo del chaval y en que antes de eso estaba dándole un beso a Elsie y también en que antes de conocerla a ella nadie sabía nada de mí y yo estaba muy tranquilo.

—Puede que le dijera a... —empieza a balbucear—. Ayer, hablando con Samantha... Es mi amiga, una de mis amigas más íntimas.

—¿Una de tus amigas más íntimas? ¿Una tía que trabaja contigo en la industria más superficial del puto planeta es tu amiga íntima?

—No se me ocurrió que... No pensé que... No creo que sea ella, no debe ser ella. Ella no haría eso.

—Quien no lo iba a hacer es mi tío —la interrumpo fríamente—, que lleva sesenta y siete años en el armario.

Los ojos se le llenan de lágrimas de horror. Se las limpia antes de que hayan llegado a derramarse del todo, y me mira en busca de un consuelo que no va a encontrar en mí haciendo pucheros involuntarios.

Yo no la veo ni a ella ni sus lágrimas. Me imagino a mi tío abriendo la puerta de casa y enterándose gracias a un vecino joven o un compañero de trabajo conectado a la red de que ahora toda Norteamérica lo conoce.

Me lo imagino metiéndose a Instagram para curiosear mi perfil y dar «me gusta» a todo lo que le aparece en la páginas de inicio —vídeos de animales divertidos, entre otras cosas— y topándose con su propia foto y un titular que podría convertirse con facilidad en su peor pesadilla.

—Lo siento, Myles —sigue diciendo ella lastimosamente—. Lo voy a arreglar. Te lo prometo.

Se acerca para intentar aplacarme con su tacto. Retrocedo por instinto, interponiendo las manos entre los dos, y mi hombro sufre un tic repentino espoleado por el asco, el rechazo, la rabia todavía caliente por la incredulidad.

Con la mente en blanco y nada salvo la sensación de que esta catástrofe es imposible de solucionar, incluso si cae en las manos mágicas de Lara Cosima, suelto en el suelo la bolsa con las bebidas y me largo del parque completamente enmudecido.