Capítulo 19 #2
Luego, como sucede con las parejas, igual que ella me ha complacido a mí, a mí me toca complacerla a ella.
O al menos tengo entendido que en el mundo de las citas debe respetarse el toma y daca.
Me someto a sus planes para el día de hoy, que consisten en conseguir algo de comer en uno de esos carritos ambulantes aparcados en las aceras anchas de las avenidas y echar a andar por Central Park entrando por la puerta que colinda con el museo Met.
Su intención es salir por la desembocadura que coincide con el edificio ante el que mataron a John Lennon y almorzar en su pizzería favorita, que es la de la mayoría de los neoyorquinos y supongo que pronto también la mía.
Pero bueno, todavía no hemos llegado ahí. Seguimos en la parte del carrito ambulante.
Por supuesto, me he calzado la gorra y me he puesto las gafas de sol.
Lo que diga su majestad. Lo gracioso es que le he soltado de broma que ella se las tiene que poner también y ha obedecido.
Lleva la gorrita blanca calada en la frente y un modelo Wayfarer muy favorecedor.
Yo parezco un pérfido mafioso y ella se asemeja a la sexy María Sharápova en su mejor momento deportivo.
Creo que pegamos.
—¿Quieres algo de comer? —le pregunto por encima del hombro.
—Pues claro. Aparte del café americano, va a ser un dónut de chocolate, un sándwich de pastrami, otro de queso y uno de esos que llevas ahí.
—Señala el pretzel que tengo en la mano.
Después le arquea la ceja a mi cara de pasmo—.
¿Qué? ¿Te parece raro que tenga hambre? Te recuerdo que vengo de las Olimpiadas de gimnasia rítmica —suelta con rencor y las mejillas ruborizadas.
Me muerdo la lengua para no soltarle que ni que la hubiera obligado a follar. Estoy seguro de que si lo digo se enfada conmigo y ni pizza ni hostias, y quiero probar la pizza.
—Pensaba que no comías nada. Como estás tan delgada...
—Tengo hipertiroidismo y muy buena genética...
—Si tienes hipertiroidismo, tan buena genética no será.
—... Pero no me extraña que pienses que evito las grasas saturadas. No es como si te hubieras estado juntando hasta ahora con la confederación de luchadoras de sumo —insinúa con inquina—. Tu prototipo de chica rompería a llorar si le tiraran una barra de pan a la cara.
Espero a haber pagado el pequeño botín alimenticio con la correspondiente propina para mirarla con una sonrisa incrédula.
—¿A qué viene eso? ¿Te molesta que me haya acostado con modelos o solo con mujeres delgadas?
Porque también hay modelos de tallas grandes.
Y con esas también me he acostado. —No me considero la persona más brillante sobre la faz de la Tierra, pero se apresura a esconder de mi vista una mueca reveladora que me hace comprender enseguida lo que pasa.
Me asomo por encima de su hombro antes de que le dé el segundo mordisco enfadado a su pobre pretzel—. No me digas que estás celosa.
—¡Pues claro que no! ¡Me encanta ser la chica número cuarenta y siete con la que sales desde que eres famoso!
—Eres la chica número uno con la que salgo desde que tengo uso de razón. Con las otras no salía. Más bien yo entraba.
—¡Madre mía! —exclama, exasperada—. ¡¿Puedes parar con el temita?!
—Has empezado tú mencionando a las modelos. Déjalas en sus casas, que están muy bien allí, ¿quieres?
Menos mal que me ofrezco a sujetar la bolsa con sus chucherías, le doy la mano y se le pasa lo que he empezado a llamar Crisis de Dignidad.
No delante de ella, claro, porque si no le da otra Crisis de Dignidad, y no queremos eso ni por asomo.
Hace un día fantástico, hay espacio en el parque para pasear y tenemos toda la tarde por delante para hacer lo que nos dé la gana.
Ella debe ser de la misma opinión, porque al cabo de cinco minutos caminando en silencio, se le relaja la frente y empieza a admirar los mosaicos que la luz del sol proyecta sobre la hierba a través de los árboles, a sonreírle a todos los perros que se cruza, con preferencia por los chihuahuas, los caniches, los pomerania, los yorkshire y los teckel —creo que se nota cuál es su preferencia de tamaño en lo que a canes se refiere—, a comentar conmigo si combina o no combina el top deportivo que se ha puesto una chica con las mallas o las zapatillas de correr y a estirar los brazos sobre la cabeza entre suspiros placenteros.
Me parece que no sería un buen momento para decirle que estoy un poco sobreestimulado con tanto tránsito humano y perruno. Procuro disimularlo sacando tema de conversación.
—¿Por qué te mudaste a Nueva York?
—¡Porque es la ciudad donde los sueños se hacen realidad!
Aunque la respuesta es cursi a más no poder y yo le habría torcido el morro a cualquier otra persona que la hubiera pronunciado, a ella la miro con curiosidad, porque lo dice en el mismo tono en que la protagonista de una película Disney exclama su deseo vital: «Voy a intercambiar mis cola por unas piernas para casarme con el príncipe», «voy a unirme al ejército chino para luchar por el honor de mi padre» o, en su defecto, «voy a intentar dejar de ser un oso», o lo que cojones sea que quisiera la princesa Mérida, que es algo que nunca he entendido.
Odio esa película.
Pero que me distraigo.
—Yo creo que con lo disciplinada que eres podrías haber cumplido tus sueños en cualquier sitio. Podrías ser la presidenta de los Estados Unidos si te hubieras creado una campaña política nada más levantarte en lugar de trazar una agradable salida de sábado.
Ella me agradece lo que entiende por un cumplido —no lo era.
Su autoritarismo militar es aterrador— dirigiéndome una sonrisa que enseña todos y cada uno de los dientes y poniéndose de puntillas para plantarme un beso en la boca.
El gesto es tan espontáneo que me pilla desprevenido, pero no sin recursos, eso nunca: la abrazo por la cintura con fuerza y la beso en condiciones.
Cuando he terminado con ella, está despeinada, no lleva las gafas, se le ha caído la gorra y mira su alrededor con la respiración agitada, como si acabara de pasarle un torbellino por encima.
—Otra cosa que me gusta mucho de Nueva York —comenta con la voz temblorosa. Se agacha a recoger los complementos y se los pone exagerando su dignidad— es que a nadie le importa lo que hagas. Puedes montar un espectáculo como ese en Central Park y ni un alma se va a girar a mirarte.
—Has empezado tú dándome un beso.
—¡Siempre es culpa mía!
—Pues claro. —Le sonrío y me aseguro de tener su mano bien agarrada antes de retomar el paseo—. Si no fueras tan mona, podría comportarme.
Incluso sin verlo, sé que ha puesto los ojos en blanco. Lo que sí veo es el rubor, claro, que confirma mi teoría, mi lema, mi ley, la colina en la que moriré: que es mona a rabiar.
—Mono es un perrito, no una chica.
—He utilizado esa palabra porque me ha parecido la más educada y digna de su majestad, pero si quieres te cambio el cumplido por otro. Como que eres igual que la Sharápova de veinte años y estás buena de cojones.
—Vale, vale —masculla, calándose la gorra—. Lo capto. Ahora dame mi dónut.
Se lo entrego y nos hago otro selfie en el que «sale mal».
Yo no pienso que salga mal. Solo sale comiendo y con cara de asco.
Es oro.
—¿A ti te gusta Boston? —Me mira atentamente con el dónut en la mano—. Como has crecido en Jacksonville... A lo mejor habrías preferido quedarte allí.
Tendría que ser idiota para no darme cuenta de que espera mi respuesta con el aliento contenido, supongo que porque es una pregunta que podría salir en su cuestionario infernal.
Del que por suerte me he librado.
A no ser que Roberta Montessore, quien ahora será mi agente, me exija que lo rellene.
Clavo la vista en el pretzel a medio comer.
—Echo de menos el agua, la verdad. Mi tío trabaja en el muelle y yo le echaba una mano, así que veía atardecer todos los días sobre el río St. John. Y me encanta la playa. Él vive a las afueras de la ciudad, en Neptune Beach, y podía escaparme a nadar cuando me daba la gana.
—Boston tiene playa —me recuerda con exagerada prudencia, como si estuviese cruzando uno de esos puentes colgantes a los que les faltan tablones y se balancean como un péndulo.
—No es lo mismo. Claro que me he escapado alguna vez para ver el mar, pero hace un frío que te cagas. Fue muy decepcionante.
Ella sonríe con curiosidad.
—¿Tanto te gusta la playa?
—Me encanta. Cuando era pequeño nos llevaban a veces a los críos del centro de acogida.
No salíamos de excursión a menudo, pero la mayoría eran al mar.
Las esperaba con ganas. No solo porque podíamos hacer algo divertido, sino porque allí todos nos caíamos bien, ¿sabes?
Yo tenía mis enemigos como cualquier otro chaval raro.
A lo mejor más que los demás por eso de que chupaba el balón cuando jugábamos al baloncesto y porque parecía que nunca hacía ni puto caso en clase, así que pensaban que era medio gilipollas.
Pero en la playa todos éramos amigos. Sería por el ambiente, o por el sol, o qué sé yo.
Echábamos partidos de vóley y carreras a nado, hacíamos castillos de arena.
.. Las trabajadoras sociales te regañaban si hacías el panoli o te ponías en peligro y te echaban crema en los hombros, como si fueran tu madre.
Lo normal aunque no fueras normal. Sí, es eso —decido, distraído—. Me sentía normal por un rato.
En cuanto termino de hablar y dimensiono la turra que he soltado en un momento, me invade una vergüenza paralizante, de esas que primero te anestesian la boca y después hacen que te queme la cara.
Carraspeo como si así fuera a llevarse el viento mis últimos comentarios.
Me arde a la altura del pecho una rabia injustificada hacia Lara Cosima por haberme hecho la pregunta, por haberme despertado el recuerdo, y también otra rabia, esta más justificada, hacia la vida que llevaba antes del tío Henry.