Capítulo 19
Walking Down (Undesirable) Fame Street
DiMarco
Me despierta la conciencia de que estoy en un lugar que no conozco y al que no me he tomado el tiempo de practicar un reconocimiento exhaustivo.
Lo sé por la suavidad y el olor adherido a las sábanas.
También porque una agresiva luz blanca entra a machete por la ventana.
Una muy poco práctica si no pretendes madrugar un sábado, y yo nunca lo pretendo.
Lo siguiente que me ayuda a ubicarme es el perfil de una mujer. Tendida boca arriba a mi lado, mantiene la vista fija en el techo con los labios fruncidos. Se tapa hasta el esternón y mantiene las manos sobre el pecho como un cadáver embalsamado.
Entonces llegan los recuerdos.
El espantoso vuelo nocturno. La tormenta de verano que me bañó en el camino a Velvet Room —vaya nombrecito—.
La firma. El sexo en el despacho. Los besos en el taxi.
Los besos en el ascensor. Más sexo en el salón.
Sexo en el dormitorio. Creo que la seguí a la cocina cuando fue en busca de una botella de agua y tuvimos sexo también allí.
Y en la ducha que nos dimos para al fin caer rendidos en la cama de invitados con tal de no entretenernos cambiando las sábanas de la habitación principal.
Con razón no me ha despertado la sensación de que debo ponerme en marcha cuanto antes. Estoy tieso y devastado.
Podría morirme de felicidad.
Me froto los ojos con los nudillos. Mi otra mano despega con seguridad y sentido de la dirección y aterriza sobre una de sus tetas. Ahí se queda.
—¿Cuánto rato llevas despierta? —Arrugo la nariz—. ¿Por qué pones esa cara?
Su expresión se ensombrece más aún.
—Creo que en Velvet Room hay cámaras.
No contesto enseguida. Acompaño un estiramiento por encima de la cabeza de un bostezo que podría haberme desencajado la mandíbula. Luego dejo caer los brazos de cualquier manera y ruedo hacia ella para cercarla por la cintura y restregar mi cara en su hombro desnudo.
—Estás de suerte. Tengo el fin de semana libre, así que si quieres que destruya el metraje y las propias cámaras también, puedo ir contigo.
—¡No tiene gracia! ¡Me las vería en un gran problema! Debería llamar a Samantha y preguntarle para asegurarme de que estamos a salvo.
—Mm.
—Te da igual, ¿no?
—Absolutamente. —Le doy un beso en la clavícula para apaciguarla—. Lo siento.
Comprende que es poco lo que puede hacer, tanto si en efecto hay cámaras como si no, y lanza un largo suspiro. Se tiende sobre el costado como buenamente se lo permite la constricción de mi abrazo exigente y me lo devuelve pasándome las manos por la espalda.
—Vamos a hacer algo.
—Yo estaba pensando lo mismo —ronroneo.
—Algo como salir a dar un paseo. Ir a un museo. Comer algo rico.
—Entonces no estábamos pensando en lo mismo —me desdigo sin ápice de lástima—, pero me suena bien lo que dices. Estoy empezando a necesitar actividad.
—¡Pues vamos!
Se me escapa una mueca apenada cuando me aparta por el pecho para ponerse en pie. Hago otro puchero que ella se pierde al verla ponerse las bragas y dirigirse al enorme vestidor del que saldrá con ropa.
Por favor, léase con la misma entonación que si fuera a reaparecer con un chaleco bomba.
—Tendrás que ponerte una gorra —me advierte desde allí dentro—. Y las gafas de sol.
—No le importo tanto a la gente como podrías pensarte. Le pegué al paparazzi , ¿recuerdas? Y piensan en mí menos todavía en Nueva York, que es una ciudad en la que te puedes encontrar a Nicole Kidman en la panadería.
—Nicole Kidman es australiana. Pero entiendo lo que dices. Una vez me crucé a Dicaprio.
—¿Crees que el neoyorquino promedio, acostumbrado a cruzarse a Dicaprio, va a poner el grito en el cielo por ver a DiMarco? Hay una diferencia cualitativa importante entre un «Di» y otro.
—¡Tú hazme caso! No querrás que te saquen una foto paseando conmigo.
—¿Por qué no iba a querer que me sacaran una foto contigo?
—Alcanzo el móvil, que había dejado en la mesilla de noche, y me levanto para hacernos un selfie a traición.
Como ella estaba ocupada poniéndose los pendientes ante el espejo del vestidor (se viste siguiendo un orden muy extraño), sale frunciéndole el ceño a la cámara y con la boca entreabierta.
Contemplo el resultado con gran satisfacción—.
Reconozco que no me gustan las fotitos, pero mira, ya tenemos la primera.
—¡Borra eso! ¡Salgo horrible!
—Ni de coña.
Elsie termina de ahuecarse el pelo y me encara con los brazos en jarras.
—Desde que firmó la rescisión está muy desobediente, señor DiMarco. Permítame recordarle que aunque ya no sea su representante, sigue teniendo la obligación de escucharme y hacer lo que le digo.
—Pues dime que te dé un beso o algo agradable, para variar, y no me ladres tanto.
Ella bufa de un modo muy poco señorial y se da media vuelta para perderse en el baño.
Renuncio a seguirla para seguir admirando mi nueva y preciada posesión, el primer selfie que he hecho desde que un smartphone cayó en mis manos.
Aparezco asomado por encima de su hombro, desnudo por el corte atrevido del top que ya se había calzado.
Como le da el sol en la cara, cortesía de la ventana, sus ojos castaños brillan como caramelos de café.
O como la Coca-Cola bien fría. O como cualquier otra cosa que me gusta mucho.
Elsie se asoma bajo el umbral del servicio con el pelo ya cepillado, las pestañas ya pintadas, y que nadie me pida más datos porque soy incapaz de reconocer el maquillaje. Lo de las pestañas lo noto porque le han crecido y se le han oscurecido. Tampoco soy imbécil.
Su expresión pretendidamente fastidiada me hace esperar con atención su próxima orden.
—¿Entonces qué?
—¿Qué de qué?
—¿Me vas a dar ese beso o ahora tus amenazas son baldías?
—Baldías —repito, burlón. Acudo a su encuentro regocijándome para mis adentros y cumplo su justo mandato doblándola sobre sí misma como el marinero a la enfermera de la foto histórica.
Acallo su gritito impresionado con el beso en cuestión, y ya que estoy le guiño un ojo—.
¿Has visto que cuando estoy de acuerdo con tus órdenes siempre las satisfago?
—Anda, vístete —refunfuña, ruborizada. Se saca mis manos de encima con golpecitos impacientes—. ¡Qué tonto te levantas tú por las mañanas!
—¿Sabes cómo me levanto también? —insinúo con fingida inocencia.
La agarro por detrás de la cintura antes de que se me escabulla y la alzo en vilo.
Elsie se revuelve entre quejas y risas hasta que la arrojo de espaldas sobre la cama, que entonces ya no se ríe tanto porque esto va muy en serio.
Abre mucho los ojos al ver que me despojo de la camiseta y me encaramo sobre ella con una sonrisa malvada.
Le rozo la mejilla con la nariz y susurro—: Cachondo como un hijo de puta.
—Myles, por favor —gimotea débilmente—. Ya me has tenido toda la noche despierta. No voy a poder soportar ni un asalto más.
Tiro de las comisuras de la boca hacia abajo y exagero un puchero que la hace sonreír.
—¿Ni una? —musito haciéndole cosquillas en la cara con la nariz—. ¿Una sola?
—¡No!
—Tengo TDAH . Necesito desfogar.
Compone una mueca indignada y me suelta uno de sus característicos manotazos en el hombro.
—¡Ah! ¡Ahora tienes TDAH ! ¡Solo cuando te conviene! ¡Válgame Dios!
La voz se le va apagando conforme me deslizo hacia el borde inferior de la cama.
Con los ojos abiertos de par en par y la palabra interrumpida, se incorpora lo justo para verme separarle las piernas y prodigar una caricia a las dos rodillas que asciende a la ingle, todavía cubierta solo por la ropa interior.
—Las bragas más afortunadas del mundo, sí, señor.
Elsie traga saliva mientras vigila mi próximo movimiento, que consiste en depositar un beso en el lacito de la prenda y otro en la suave curvatura de la entrepierna.
Todavía no he hecho nada y su respiración ya se ha alterado.
—Myles, por favor... Me duele todo.
—¿Quieres que pare?
Ella se avergüenza al tener que admitir en voz baja, no vaya a enterarse de sus propios deseos y necesidades:
—Solo quiero un respiro de sexo propiamente dicho. Hacía mucho tiempo que no me acostaba con alguien y ya te habrán dicho que tienes una...
—¿Una...? —la animo con la ilusión de oírla pronunciar la palabra.
—Una cierta dotación.
—¿Quieres decir una polla enorme?
Me lanza una mirada furiosa y dobla una rodilla para ponerme el pie en la cara.
Como si eso fuera un problema. Me encantan sus pies.
—¡No hace falta ser un cerdo! ¡Hasta que no aprendas modales no me vas a tocar!
—Pues menuda maldición acabas de arrojar sobre ti misma, porque a lo mejor eso significa que no te vuelvo a tocar en la vida. Una pena. Sobre todo porque me ha parecido entender que solo quieres un respiro de «sexo propiamente dicho», lo que puede significar que sí que me dabas permiso para...
Enrollo los dedos en el borde de las bragas y amenazo con bajárselas por la cadera derecha. Levanto las cejas varias veces y saco la lengua para lamer superficialmente la tela de algodón que me separa de su sexo.
Ella se estremece.
—Bueno —retoma en tonillo remilgado—, como has tenido la decencia de parar de hablar ahí y dejar el comentario obsceno al aire, te voy a permitir que hagas lo que quieres hacer.
—¿Comerte el coño, dices?
—¡Lo tienes que arruinar todo!
—Solo te estoy educando, pitusa. Algún día tendrás que acostumbrarte a mi forma de hablar. Igual que yo me he acostumbrado a la tuya.
Lo que pasa a continuación no lo voy a describir porque ha sucedido ya tantas veces que estaría repitiéndome y todo el mundo conoce la mecánica de un polvo.
Pero sí voy a anunciar, y con gran satisfacción, que a pesar de que le duele todo, hace mucho tiempo que no se acostaba con alguien y yo tengo una cierta dotación , hemos terminado follando hasta el mediodía.
Como es de Dios.