El partido del año Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

—¡Es que yo no sé cómo esto no te da miedo o no te da vértigo o no te da angustia!

Ahora te irás a Boston, o te irás mañana, y en cuanto cierres la puerta sentiré que por fin puedo respirar.

Dejaré de vigilar y someter a análisis todos mis gestos y todos los tuyos y podré pensar en algo que no sea «está muy cerca» o «está demasiado lejos» o «¿cuándo va a besarme?

» o «qué mono cuando se rasca la nuca». ¡Me doy vergüenza ajena!

Todo esto que me haces sentir... No estoy acostumbrada a.

.. Dios mío. —Rompo el contacto con él para cubrirme la cara—.

Las cosas en las que pienso, las fantasías que tengo. .. ¡Es bochornoso!

—¿En qué piensas? —Sacudo la cabeza escondida detrás de las manos—. Cuéntamelo.

—¡No! ¡ JAMÁS !

Oigo sus pasos rodeando la mesa. Muy pronto, sus dedos calientes están rodeando mis muñecas para disolver la barrera física, y yo me dejo porque soy débil.

¡Soy débil, ¿vale?! ¡Que me arresten!

—Piensas... —murmura con gesto meditabundo. Me acaricia la cara con el pulgar para distraerme de su siguiente movimiento, ágil e impredecible: me levanta cogiéndome por las nalgas y me sienta sobre el escritorio— ¿... en esto?

DiMarco apoya los puños en el borde de la mesa rozándome los muslos con los nudillos. Ladea la cabeza para robarme un beso en el lateral derecho del cuello. Otro en el lateral izquierdo. Un tercero en el mentón.

Es tan lento, dedicado y persuasivo que se me cierran los párpados.

—Caliente, caliente —musito.

Él presiona las comisuras de los labios para detener la prolongación de una sonrisa jactanciosa, sonrisa que solo me vale en este contexto en el que DiMarco no desempeña otro papel que el de comandante de mi barco, dueño de mi destino, etcétera.

Va a resultar que le sobran razones para creerse el rey del mambo. Es el rey del mambo.

Se quita la camiseta mojada tirándose del escote trasero y la arroja en completo silencio sobre la silla giratoria. Tiene el pecho salpicado de gotitas de agua y huele a lluvia de verano.

Vuelve a echar el peso sobre los nudillos para cernirse sobre mí con los ojos brillantes.

—Piensas... —continúa cavilando. Traza con el dedo índice un círculo perezoso alrededor de mi pezón, que se endurece junto con el resto de mis músculos y mis vellos de los brazos. Se agacha para darme un pequeño mordisco por encima de la prenda, un top lencero de satén azul bebé— ¿... en algo así?

Se me escapa un jadeo.

—Algo así, sí. Puede ser.

Me sorprende mi propia desesperación por leerle la mente cuando sacude la cabeza muy despacio, descartando un pensamiento que le hace sonreír secretamente; por ponerle las manos encima cuando lo que siempre he sentido con los hombres es que necesitaba que ellos las apartaran de mí ya , right now , tout de suite .

—¿Piensas en cosas como...? —retoma en voz muy baja. Introduce la mano bajo la gomilla elástica de la falda. Me muerdo la lengua para no reírme con su cara de asombro. Busca mi mirada con alegría infantil—. ¿Tampoco llevas bragas?

—Con este tipo de prendas se notan las costuras de la ropa interior y no me gusta. Queda chabacano. Y hace calor.

—Joder que si hace calor —gruñe. Cubre mi entrepierna entera con toda la mano y presiona hacia arriba como si quisiera levantarme por ahí.

Jadeo intermitentemente y agacho la barbilla, pero no veo nada.

Solo facilito que sus labios se estrellen en el nacimiento de mi pelo y los deslice óvalo abajo hasta apoyarlos en el espacio entre la oreja y la mejilla—.

Me pones como un toro, Elsie. Te veo la cara y solo quiero enterrar la nariz entre tus piernas.

¿Eso es algo en lo que pienses, o solo lo pienso yo?

¿Solo yo fantaseo con comerte el coño las veinticuatro horas del día?

Lo agarro de las mejillas —porque no hay otra palabra para describirlo: lo agarro como se agarra Tarzán a la liana— y lo pego a mí.

—No.

Él sonríe con visible alivio. Sus labios solo se estiran más cuando me apoyo en la mesa para alzar las caderas y frotarme contra sus dedos, que se mueven por su cuenta para producir la fricción deseada.

No puedo contenerme, ya no, y estiro el cuello para besarle una clavícula e intentar atrapar entre los dientes ese mínimo porcentaje de grasa que recubre la impresionante zona pectoral.

DiMarco me facilita el mordisco acercándose más a mí, encajándose entre mis rodillas.

Me acerca a él presionando mi baja espalda con los dedos.

Su urgente masturbación me exaspera e inspira a pelearme con el cinturón que mantiene su vaquero aún en el sitio.

No quiero ni puedo dejar de mirarlo y eso me ralentiza y entorpece el proceso de bajarle el pantalón. Respira por la boca y una gota de agua, o quizá de sudor, resbala por su sien. Me aprieta la cadera con la mano que yo no atrapo entre mi piernas para darme placer.

Se le entrecorta un suspiro en cuanto le gano la batalla al cinturón y le bajo la bragueta. Está tan duro y caliente que me sorprende y por un segundo no sé qué hacer. Solo puedo mirarlo con el cuerpo estremecido, un golpe de calor en la nuca y la boca salivando.

Anoche lo toqué sin verlo. Me limité a sentirlo.

Ahora puedo hacer ambas cosas.

DiMarco se muerde el labio con el primer roce de mis dedos al glande. Lo rodeo con la palma entera y retiro la piel satinada despacio, temblando con el simple contacto.

Entierra la boca en mi hombro y ahí toma aire y lo suelta como si viniera de correr.

—Quiero verte desnuda —gruñe con voz erótica.

Acompaña la petición (¿o la exigencia?) de una caricia por debajo de mi falda, y retuerce los dedos dentro de mí como si pretendiera recordarme que no estaría fuera de lugar porque ya estamos portándonos fatal.

—¿Aquí?

—Sí, aquí. ¿No te parece apropiado? En tu sitio favorito del mundo —se mofa—. El trabajo.

—Si lo hacemos en... No podré volver a sentarme a hacer gestiones sin acordarme de esto.

—Mejor —susurra contra mis labios—. Me alegraría mucho que te viniera a la cabeza todo el rato. Y que me escribieras cada vez que te acordaras.

—¿Para que luego me ignores? —contesto con la misma voz borrosa.

Coqueteo con la punta de su nariz rozándome con ella.

—No te estaría ignorando. Yo también pensaría en esto todo el rato.

—Myles, hoy... Es que no... no tengo preservativos.

—Yo sí. La vasectomía, nena. —Me guiña el ojo.

Se asegura de convencerme empujándome la lengua con la suya, el comienzo más erótico de un beso que me haya dado nunca nadie. Ni siquiera él. Me mueve la cabeza a su antojo según me quiere con la barbilla erguida o más ladeada; solo tiene que tirarme del pelo, como si me gobernara un titiritero.

Ese beso es el detonante del orgasmo que me asalta igual que una explosión y me deja tiritando entre sus brazos, a merced de las inclemencias de su boca, con la que sigue besándome hambriento hasta que me advierte con un bramido animal de que no puede aguantar más.

Se separa de mí bruscamente y con la misma impaciencia me saca por la cabeza la camisa.

Le dedica un beso a cada uno de mis pechos —un delicado muac a cada pezón erecto— y me tiende despacio sobre la mesa, lo bastante ancha para alojarme con los brazos extendidos.

Pero no los extiendo, asaltada por la timidez que viene con la desnudez.

.. que no es integral hasta que saca la mano de la falda y me la baja de un tirón por las piernas, así como un mago revela a su compañera intacta después del truco de aparición y desaparición.

—¡No me mires tanto! ¡Me da vergüenza!

Levanta las cejas, como queriendo preguntarme si lo estoy retando, si le hablo en serio. Me coge de las corvas de las rodillas y tira de ellas hacia sí hasta que mis caderas están en el borde. Sonríe, malvado, antes de separármelas al máximo.

Me ruborizo hasta las puntas de las orejas e intento juntar los muslos, pero él me chista cariñosamente y pone una mano sobre mi sexo.

—Aquí no te me pongas brava o desobediente, ¿estamos? Fuera mandas tú, pero en estos momentos mando yo.

—¿Perdona? Siempre mando yo, ¿o crees que estaríamos en esta tesitura si...?

DiMarco me interrumpe pegando su erección a la abertura de mi sexo.

La sensación de calor y humedad me aplaca y solo puedo mirarlo entre desvalida y recelosa, pero por encima de eso anhelante.

Él me desafía a continuar la frase rozando la suave punta del miembro contra mis pliegues.

Cada delirante amago de penetración me manda al borde de la locura terminal, ahí donde solo puedo gimotear y juntar los labios para no suplicar.

Cada premeditado roce contra el clítoris envía un escalofrío a mi espina dorsal y un chispazo eléctrico a mi bajo vientre.

Como si lo supiera a la perfección, abre la palma de la mano justo entre el pubis y el ombligo y ahí la deja sin presionar, haciendo cálculos.

—Yo creo que va a llegar hasta aquí —murmura, y me da un pellizco en un punto dos dedos debajo del ombligo.

Me ruborizo de nuevo, pero no me da tiempo a reprocharle sus absurdos comentarios. Se abre camino en mi cuerpo empujándose despacio, tan despacio que el aire se me va de los pulmones y quedo suspendida por un segundo entre la vida y el limbo.

Él me mira con muchísima atención, al principio como si fuera algo delicioso, algo que se va a comer, y luego con una sonrisa burlona.

—Qué exagerada eres, pitusa. Si está entrando suave como la seda.

Salva los últimos centímetros de sopetón, encajándose con una brusquedad inesperada que hace que me inunde una sensación de calor acaparadora y gelatinosa, como un estallido de lava.

Se toma un momento para apreciar el volumen de su propio miembro bajo mi piel, para acostumbrarnos a ambos al hecho de haberme penetrado, y nos miramos en silencio.

Se besa los dedos de la otra mano, me acaricia el bajo vientre con ellos con una dulzura enternecedora y acto seguido me coge de los tobillos y se los apoya en un hombro.

Un mordisco en el empeine después, está golpeándome con las caderas a un ritmo sereno y tan profundo que se me olvida cómo se habla. Cómo se piensa.

Me habría perdido por completo en la sensación de no haber sido porque es tan sumamente expresivo que me hipnotiza: cómo apoya la mejilla, como una criatura somnolienta, en mis piernas alzadas; el modo que echa la cabeza hacia atrás o entreabre los labios con el ceño a medio fruncir, la manera en que se muerde el labio o aprieta la mandíbula, la forma en que dice mi nombre y las palabras malsonantes que se le ocurren.

Y aquí no me molestan porque es verdad que aquí no soy brava y sí muy obediente.

Y lo soy porque de pronto todo me parece bien.

Me parece bien que me apriete un pecho hasta arrancarme un gritito de dolor, me parece bien que presione con el pulgar mi clítoris, como si no tuviera suficiente con el ritmo criminal de sus penetraciones; me parece bien que solo se detenga para darme la vuelta, apoyarme el torso sobre la mesa y volver a llenarme de un modo que pensaba que sería humillante pero que es terriblemente íntimo, porque así noto su pecho sudoroso pegado a mi espalda y la riada de besos que derrama sobre mis hombros.

Nuestros cuerpos se arquean para acoplarse, para fundirse hasta la desaparición.

Una mano suya me cubre la nalga, otro brazo suyo me encierra presionando a la altura del estómago; luego una mano suya me asesta un azote, después otra se enreda en mi pelo.

Oigo su respiración agónica contra mi nuca, su aliento de fuego chocando contra mi piel sensibilizada; siento la humedad deslizarse entre mis piernas y escucho sus susurros desgarrados —«Me encanta tu culo», «qué bien hueles», «mira cómo tiemblas, Elsie», «por fin te estoy follando»— y todo eso me parece bien.

Me parece perfecto.

Retira mi melena de la espalda y me rodea la barbilla desde atrás para hablarme con la mejilla pegada a la mía.

—¿Te estoy tratando bien, Elsie?

—Sí... sí.

—Me voy a correr dentro —dice con la misma dulzura—, ¿tienes algún problema con eso?

—Solo consigo negar con la cabeza. La garganta me sabe a serrín y hasta me duele de soportar también el impacto de sus embestidas, que resuenan por todo mi cuerpo—.

Muy bien, pero tienes que correrte tú también.

Quiero que te corras tanto que se te resbale por las piernas.

Quiero que te corras tanto que luego te tenga que limpiar lo tuyo y lo mío.

—Myles...

No sé si alcanzamos el orgasmo a la vez. La ola del clímax arrasa conmigo y pierdo la percepción de lo que sucede a mi alrededor... salvo de que está sucediendo con él.

El placer es agonizante. Me oxigena entera y consigue ponerme los ojos y la cabeza del revés con su erección todavía latiendo inmensa dentro de mí.

Busco su cuerpo con las manos con el miedo íntimo a que me deje sola en un momento así, pero eso no sucede. Entrelaza los dedos con los míos y lleva nuestros brazos a mi pecho para de este modo poder arroparme con todo lo que es él, con manos, con codos, con bíceps, con hombros.

Me siento como un cachorro vulnerable, pero DiMarco es mi techo y mi protección.

Como yo he decidido que voy a ser la suya.