Capítulo 18 #2
—Puedo. Pero no quiero.
—Myles —lo regaño.
—Bueno.
Aunque rompe el contacto físico, la huella de su cuerpo permanece en el mío combinando el fresco de la ropa empapada con el calor que siempre me contagia.
Los recuerdos de la noche anterior —los dos leyendo las muescas en los tablones del somier, peleándonos por vicio, toqueteándonos como si acabáramos de descubrir el sexo— me invaden como flashbacks bélicos en mi camino al escritorio.
Sumados a la mirada con la que sé que me persigue, me ponen los nervios a flor de piel.
Para cuando me siento, estoy temblando yo también y se me ha olvidado todo o casi todo lo que me ha dicho Samantha.
Él espera pacientemente mi discurso de hoy al otro lado de la mesa con las manos en los bolsillos del vaquero.
El pelo mojado le cae sobre la frente, abriendo ríos artificiales de lágrimas falsas en sus mejillas.
Lleva la camiseta tan ajustada a la cintura y el pecho que replica sus contornos como una armadura romana.
Con perdón por la ordinariez y la chabacanería, pero ¿qué coño tiene un diamante que hacer al lado de este hombre? ¿A quién le importa un diamante?
Me pellizco el puente de la nariz, sobrepasada por la sorpresa, el cansancio, la preocupación, el agobio, el miedo a decepcionar, el miedo a decepcionarme .
Él se da cuenta de que hoy no estoy para tirar cohetes y se acerca hasta que sus caderas chocan con el borde del escritorio.
Alarga el brazo hacia mí y me coge de la mano sin decir nada, y así nos quedamos no sé si unos segundos, unos minutos o una vida entera.
—Mira, estoy en una encrucijada —confieso en voz alta.
Él solo prolonga el silencio esperando que continúe.
Se me escapa una mueca de desesperación, o de rabia, o de pena, no lo sé—.
Mis padres nunca han visto con buenos ojos que trabaje.
Nunca han apoyado que me mudara a Nueva York, que estudiara marketing, que metiera cabeza en el mundillo de «la farándula», como ellos lo llaman.
Dedicaron años a intentar persuadirme de sacrificar la vida contemplativa en Luisiana y pasaron otros tantos enfriando adrede nuestro vínculo para darme una lección.
Ahora se han hecho a la idea. Ahora todos mis allegados se han hecho a la idea —especifico—, no solo mi familia: aquellos que no creían en mí, aquellos que se burlaban de mi apariencia, aquellos que me desdeñaban porque era demasiado joven o demasiado provinciana.
Ahora, después de largos años, esfuerzo, sudor y lágrimas, soy respetada, ¿entiendes?
Sé que me escucha con atención precisamente porque tiene la vista fija en nuestras manos entrelazadas. Con los dedos libres juega a girar un bolígrafo que descansa sobre la mesa.
—Sí.
—Dejar a un cliente de categoría como puede serlo un jugador de fútbol de las grandes ligas, y para colmo con la intención de salir con él, es la clase de comportamiento irresponsable y errático por el que la comunidad te pierde el respeto.
—Entonces sigue siendo mi mánager. No serías la primera que se acuesta con su compañero de trabajo. Y lo de Alexia funcionó durante años, ¿no? Ser amigas y compañeras.
—Funcionó casi que por ciencia infusa —admito con la boca pequeña—, porque el problema es este, Myles, y tú bien lo sabes: un representante prioriza la opinión pública sobre la opinión del cliente.
Y una pareja, o simplemente una chica con la que te ves de vez en cuando, prioriza tu opinión sobre la de nadie más.
O al menos defiende tus intereses privados, no tu éxito o tu dinero.
Son relaciones incompatibles, ¿entiendes?
—O sea —recapitula él paseando la vista por el escritorio— que tienes que elegir.
—Y me da miedo elegir mal. Me da miedo pelearme con mi jefa, que deje de confiar en mí, que me vaya degradando, para que luego tú...
—Yo ¿qué?
Me humedezco los labios, incómoda.
—Te suceda como con las otras chicas y se te pase la hiperfijación conmigo.
—Ese riesgo lo correrías con cualquiera, no solo con un tío despistado. — Y dale. Sigue erre que erre con que su TDAH es simplemente un rasgo de su carácter—. Y también puede suceder a la inversa. Que yo te decepcione como los otros hombres con los que has salido.
«Eso no lo contemplo», estoy a punto de añadir. Pero la verdad es que no puedo saberlo, y, aparte, la regla número uno de la vida es no revelar demasiado pronto la clase de información que podría posicionarte en un lugar de inferioridad.
—Myles, si te digo todo esto es porque tengo la sensación de que...
«De que puedo confiar en ti», responde la voz interior.
La mía, no la de Alexia.
La revelación me sacude por dentro y me insta a mirarlo con suspicacia. ¿Qué ha hecho él para que yo sienta esto? ¿Tiene una persona que hacer algo para merecer tal cosa, o es siempre una cuestión visceral: el cuerpo te dice que es de fiar y tú debes aceptarlo?
—¿De que...?
—No de que me vayas a entender, eso seguro. Para ti el mundo de la publicidad y la representación es tan ajeno como el chino mandarín.
—Sí que lo entiendo. A grandes rasgos —me sorprende replicando—. Mi prioridad también ha sido siempre el fútbol.
Claro. Es por eso, ¿verdad? Confío en él porque es un hombre que se niega no ya a tratar su condición, sino a aceptarla, porque conllevaría rendirse al hecho de que podría no ser tan buen jugador; de que de algún modo la energía inagotable y ansiosa que viene con el TDAH es responsable de su éxito y no su esfuerzo.
—Pero el fútbol no interfiere conmigo.
Él sonríe como si hubiera dicho una adorable estupidez.
—Claro que interfieres en el fútbol.
La vehemencia de su respuesta me saca de mis cavilaciones.
—¿Qué quieres decir?
Sigue sin mirarme cuando se encoge de hombros con circunspección.
—Que no paro de pensar en ti. Ni siquiera cuando estoy entrenando.
Me distraigo más que nunca. Más que nada porque antes no me distraía; el deporte es una de las pocas cosas de las que no me canso, que no pospongo y de las que jamás me olvido.
O lo era hasta que apareciste —murmura con la vista clavada en la mesa.
Me aprieta la mano—. Por supuesto que afectas a mi rendimiento.
Luego lo harás a los resultados de los partidos, y a lo mejor hasta te conviertes en la tumba de mi reputación y por tu culpa acabo viviendo en la calle.
—¿Cómo dices esas cosas? —me horrorizo, pero el pulso se me ha disparado.
Él se ríe por lo bajo.
—Tengo la esperanza de haberme calmado para cuando empiece la temporada, no te preocupes.
Quedan dos meses. Digo yo que en dos meses uno se tranquiliza, ¿no?
Vamos, la gente se tiene que tranquilizar tarde o temprano por cojones, porque si no, no entiendo cómo sobreviven a tanta angustia —masculla por lo bajo, frustrado.
Me mira a través de las pestañas—. No me aguanto a mí mismo, Elsie.
Me dan pánico los aviones, pero es que tenía que verte.
Tenía que averiguar qué trapo te has puesto hoy y si te has acostumbrado ya a que te bese de repente o todavía te pones roja.
Tenía que olerte. No sé si eso es por el puto TDAH o todo el mundo se obsesiona cuando alguien se le atraviesa, pero en cualquier caso es cosa mía y no me planteo huir de ello.
Siento que esto es algo que debo hacer y que es donde debo estar y ya está. No tiene más ciencia.
—¿A qué te refieres con «esto»?
Señala con un introvertido gesto de barbilla nuestras manos entrelazadas.
—A eso. Por ejemplo. Además de que es capitalista renunciar a tu vida personal por un trabajo. Hay muchos trabajos en el mundo.
Podría responderle que no hay trabajos que llenen como el mío, que esta es la carrera que yo he elegido y que sería demencial sacrificar los esfuerzos de una vida para luego emprender en otra industria, pero no quiero decirle nada de eso.
No quiero decirle nada que tenga sentido.
No quiero decirle nada que no sea que me aprieta el corazón que me rehúya la vista y que esté nervioso y que aun así no le falte nunca valor para decir lo que siente.
—Esa es la rescisión, ¿no? —Apunta hacia los papeles impresos y grapados. Asiento con la cabeza—. Pues dame el bolígrafo que más rabia te dé y a tomar por culo.
Le ofrezco uno de botón con tinta negra en un gesto automático. Me inspira que no vacile ni un instante en echar las respectivas firmas en el margen inferior derecho. Una y otra vez. Firma cada página, y cuando termina, vuelve a la primera y empieza a firmar también por arriba.
Su entusiasmo impaciente me arranca una carcajada.
—¡Vale ya! ¡Para! ¡No tienes que hacer todo eso!
Él arroja el bolígrafo sobre la mesa con mucho gusto y me mira a la cara.
—A ver qué te inventas ahora para quitarme de en medio.
La sonrisa se me va diluyendo en los labios.
«Si es que no te quiero quitar de en medio», contestaría.
Ese es el problema. Que empiezo a pensar que no lo he querido quitar de en medio nunca, y que llamé a Vinny para conocerlo, y que robé una cesta de Velvet Room para verlo, y que iba a Boston siempre que podía con Alexia para encontrármelo.
Está claro que hay un duendecillo en la mente de cada uno que sabe más que la mente consciente y que espera con gesto suficiente, repantigado en un sofá con una copita de pinot noir , a que un día te des cuenta de tu Verdadera Voluntad, aquella de la que hablaba Michael Ende.
(A veces me canso de las revistas de moda y leo libros. Este al que me refiero es La historia interminable .)
Se me acumula el cansancio de los últimos días, las horas sin dormir, el deseo contenido y la presión de las decisiones. Todo esto se cristaliza en un sollozo bufado y en unos ojos aguados.