Capítulo 18
(I Can Get) (Thanks To You) Satisfaction
Lara Cosima
Tres horas después de la conversación con Samantha sigo en la oficina. He depositado el contrato de rescisión sobre la modesta mesa de mi aún más modesto despacho y no dejo de mirarlo como un adicto a sus pastillas, como en aquel meme popular de Lois Griffin.
Está en mi mano destruirlo, decirle a DiMarco que he cambiado de opinión sobre todo esto de salir juntos y limitarme a partir de ahora a conseguirle campañas publicitarias y patrocinios en la distancia, reduciendo por supuesto nuestra comunicación a llamadas telefónicas y al acompañamiento en eventos públicos.
Me encanta tener la sartén por el mango, pero esta responsabilidad en concreto me abruma.
Apoyo los codos sobre la mesa y dejo caer la cabeza jaquecosa entre las manos.
Este es uno de esos momentos en los que uno necesita una amiga. O, mejor dicho, otra amiga con una opinión diferente a la primera por un tema de contrastes, segundas opiniones, lluvias de ideas... «Todos esos rollos de mánager», como lo describió DiMarco.
Me gustaría decir que habría llamado a Alexia si Alexia no me hubiera sustituido por un álbum de rock y por la... Bueno, eso de Vinny Bravano, pero no es cierto. No la llamo porque me falta el impulso de la costumbre.
En los últimos diez años jamás me ha hecho falta contactar a nadie en busca de consejo o asesoramiento.
Era y soy la dueña de mi destino, la comandante de mi propio barco, etcétera.
O, expresado de otro modo, en la extensión de una década no me ha sucedido nada relevante a nivel personal como para requerir apoyo emocional.
Todo lo que pasaba era lo que le pasaba a Alexia, así que solo cogía el teléfono en momentos puntuales para llamar a Roberta y gritar: «¡Brian la ha dejado en un tweet !
¡Será cerdo! ¿Y ahora qué hacemos?». A lo que Roberta contestó —o habría contestado en el caso de , porque no recuerdo si la llamé para eso en específico—: «Aprovecha el tirón para anunciar el próximo single .
O publica el teaser del álbum. A poder ser, con la parte de la letra de la canción que referencie una ruptura o el empoderamiento femenino».
Como si el cielo se hubiera contagiado de mi estado de ánimo, ha empezado a descargar una furiosa tormenta de verano sobre la bochornosa Nueva York, absolutamente intransitable entre los meses de junio y agosto.
Si abro las ventanas, seguro que entra una vaharada propia de sauna con los efectos adversos del gas lacrimógeno.
He puesto música por si así podía inspirarme. Una canción de Dolly Parton, como la que reprodujo DiMarco en el viaje en coche esperando aplacarme por haberme llamado adicta al trabajo.
Todavía me pregunto por qué me sentó tan mal. Lo expresó a las mil maravillas para tratarse de un hombre de elocuencia limitada: «No es mi culpa que te tomes como un insulto los rasgos capitalistas que tú misma has cultivado».
Buena pregunta, Myles DiMarco. Gracias por provocarme una crisis existencial.
¿Por qué me tomo como un insulto los rasgos capitalistas que yo misma he cultivado? ¿Será porque me apetece estar contigo tanto como a ti estar conmigo, y me molesta que lo que me lo impida sea mi sentido de la responsabilidad? ¿Eh? ¿Imbécil?
Miro el móvil con reticencia. No quiero llamar a Alexia, pero sí la quiero llamar.
O sea, no la quiero llamar, pero necesito llamarla.
O no necesito llamarla, pero lo quiero hacer.
Una fuerza se opone y otra suplica. Pero ¿para qué contactarla, si ya sé lo que me va a decir?
Cuando has crecido con una persona y la has visto prácticamente cada día de tu vida desde antes de que te bajara el periodo, la voz de tu conciencia acaba adoptando sus principios morales y su entonación.
«Creo que ya has priorizado bastante tu carrera profesional, Pumpkin. Es el momento de que te des un respiro permitiéndote el amor. No es como si fueran a esfumarse todos estos años de sacrificio. Lo que se esfumará es tu juventud y tu ilusión si no aprovechas ahora».
—Pero ¿qué amor? —espeto en voz alta—. ¿Es amor que un hombre te diga cuatro palabras bonitas, pague la cuenta y no pueda parar de besarte? ¡Ni que me hubiera pedido matrimonio!
«Como seguro que no te pide matrimonio es mandándolo al carajo ahora», responde Alexia en mis pensamientos. «Le diste tiempo al tiempo a tu carrera. Le diste tiempo al tiempo a la mía. ¿Por qué el amor va a ser diferente? Puedes sacarlo todo adelante a la vez, Pumpkin. Y si no, mírame a mí».
Desde luego, ella ha sacado adelante la música y alrededor de doscientos novios al mismo tiempo.
Después estoy yo, que con una situationship ya se me viene encima el mundo.
A lo mejor no soy tan resolutiva como creía. Porque no, no eres resolutiva solo porque sepas abordar problemas parecidos una y otra vez. Lo eres porque sabes abordarlos todos, los que no te esperas y que te trastornan inclusive.
El sonido de las puertas del ascensor abriéndose y la verja corriéndose a un lado me sacan de mi desmoralizadora charla unilateral. Enderezo el cuello con el oído aguzado y escucho con toda claridad el peso y chapoteo de unos pasos abriéndose camino en la oficina.
El reloj anuncia la medianoche. Samantha no ha podido olvidarse nada, es imposible que Roberta esté aquí y Ashley, que va allá donde vaya la jefa, tampoco puede ser. Todas ellas vienen entaconadas a Velvet Room y esos son los andares de un hombre.
¿Cómo ha entrado a estas horas sin la llave magnética?
Con el pulso disparado, agarro el flexo que había estado iluminando el contrato.
Tiene un diseño victoriano precioso. Me apenaría utilizarla para defenderme de un malhechor, la verdad, pero qué remedio.
La desconecto de la fuente de energía y camino de puntillas sin los zapatos hacia el marco de mi pequeño reino.
Apoyo la espalda contra la pared translúcida y espero con el aliento contenido a que el ladrón se manifieste.
¡Anda que venir a robar a una agencia de representación!
Si fuéramos los mánagers de un jugador de baloncesto, quizá le pudiera interesar llevarse unos anillos de campeón, pero ¿qué podríamos tener aquí de valor?
¿La primera edición sin revisar de la última novela de Bret Easton Ellis?
¿Los trofeos de Roberta a la mejor agente de Nueva York?
¿El libro de moda editorial que le regaló Anna Wintour por su último cumpleaños. ..?
Ahora que lo pienso, yo robaría eso último.
Oigo los pasos sospechosos aproximarse por mi lado, y justo cuando he calculado que va a atreverse a invadir mi espacio, me giro con la lamparita-flexo en alto.
Soy yo la que grita, no él. DiMarco solo me mira con una mezcla de extrañeza y diversión.
—¿Me ibas a pegar con ese armatoste? ¿Qué coño es? Parece una seta.
—¡Qué susto me has dado! ¿Se puede saber cómo has entrado aquí? ¿Se puede saber qué haces aquí? ¿Se puede saber por qué estás...? ¡Madre mía! —Suelto el flexo cuanto antes en el suelo y me apresuro a cubrirle la cara empapada con las manos—. ¡Estás helado! ¡Te vas a poner malo!
—Hacen veinte grados ahí fuera. Haberme mojado con la lluvia me ha venido bien.
—Lo que no te va a venir bien es quedarte con la ropa calada puesta.
—Pues quítamela.
Intentando disimular en vano que su presencia me ha puesto nerviosa y noto los tobillos flojos —los síntomas de rigor, tendría que empezar a acostumbrarme—, busco por todo el despacho una toalla o algo que pueda servir, entre otras cosas, para que no llene de agua Velvet Room.
Al final tengo que sacrificar mi pañuelo de cachemira para secarle las mejillas y el pelo.
DiMarco se deja con una sonrisa encandilada.
—Ahora sí me dejas tu posh-mina .
—A estas alturas qué más da. Está maldita desde que la usaste para limpiarte el sudor.
—Pues bien que procuras tenerla a mano.
La verdad es que no la he lavado porque huele a él.
Carraspeo y empleo mi tono reprensivo:
—No me has dicho qué haces aquí.
—El portero se ha ofrecido a abrir el ascensor con su propia llave. Por lo visto sabe que eres mi agente y es fan de los Boston Beasts, así que no ha visto problema. No tenía nada que hacer y quería verte.
—Es medianoche, Myles, y... ¡Estás temblando! Aquí no te puedes duchar. Tendrás que...
—No es por el frío. El vuelo ha sido espantoso. Muchas turbulencias. Pero bueno.
Entonces recuerdo su miríada de mensajes de texto del período que estuve haciéndole el vacío. Le dan miedo los aviones, o a lo mejor simplemente no entiende su funcionamiento y esa incertidumbre le incomoda.
Le dan miedo también los dentistas. En ese aspecto es un niño.
Me ablanda pensar que lo primero en lo que ha pensado nada más concluir el entrenamiento es que quería verme y ha conducido hacia la escena del crimen de su última multa para subirse al espantoso pájaro de hierro.
«¿Y eso no es amor?», me pregunta Alexia, que todavía no se ha largado de mi mente.
«Cállate y vete con tu álbum de rock y con Vinny Bravano, que estás tardando».
—Haces lo que te da la gana. —Él se encoge de hombros y evita que me escape rodeándome por la cintura y apoyando la barbilla en mi hombro—. ¡Oye! ¡Que me vas a mojar!
—Solo es agua. —Gira la cabeza para besarme el cuello.
Una corriente me estremece entera, y en lugar de abandonarme, se ancla a mi vientre en la forma de un deseo urgente.
Él sigue besándome el lateral de la garganta, el borde de la cara, y en cuanto yo le concedo permiso, en la boca—. Qué bien hueles... Hola.
—Hola —balbuceo, todavía sin devolverle el abrazo. Estoy tan cansada que solo me dejo vapulear como un juguete con muchos botones, inmóvil pero entregada.
—Hola —repite. Frota la mejilla contra la mía, como un gatito mimoso.
Un gato enorme, mojado, contento y más cálido que el sol.
—En realidad... —tartamudeo con los ojos cerrados— me viene bien que hayas aparecido. Tengo que hacer negocios contigo.
—¿Es lo de disolver el contrato que me has dicho?
—Está relacionado, sí. ¿Puedes soltarme un momento?