El partido del año Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

La miro, la miro y la miro mientras sorbe con delicadeza su iced latte con leche de soja y me da la impresión de que nos separa el mayor abismo que te puede separar de alguien, que descubro con pasmo que no es la falta de sentido de la moda, sino de identificación moral.

—No lo veo claro, Sam —replico con tiento, procurando disimular mi incomodidad—. Ni siquiera sé si voy a seguir representándolo.

Esta vez es su turno para dirigirme una mirada larga y suspicaz.

—¿Perdona? ¿Se puede saber por qué?

—¿Cómo que por qué? ¡Porque salgo con él y no se pueden mezclar negocios y placer!

—¿Que no se puede? —Sus cejas salen disparadas hacia arriba como luces de bengala—.

¿Tú crees que Angelina Jolie y Brad Pitt se reunieron en un lounge bar y, en un ejercicio de franqueza y generosidad hacia el prójimo, acordaron abandonar el proyecto de Señor y señora Smith para no mezclar el negocio del cine con su mutuo placer?

¡Si es por no acordar, ni acordaron decírselo a Jennifer Aniston para al menos ahorrarle la humillación pública!

—¡Hollywood es un mundo aparte! ¡Yo soy una persona normal!

Samantha me hace una caída de ojos.

—Te puedes permitir un alquiler en Manhattan, eres la mejor amiga de Alexia Lux y llevas un pañuelo de seda de Hermès.

No eres ninguna persona normal, LC . —«¿Y solo por eso tengo que ser mala gente?

», me dan ganas de replicar—. Él menos aún.

Te recuerdo que ha ganado la Super Bowl y Dios lo bendijo con el atractivo de un hombre lobo, un cubano o los dos.

—¿Y eso nos excusa para comportarnos de manera poco profesional?

—No solo os excusa para comportaros de manera poco profesional, sino que vuestro idilio podría alcanzar el grado de legendario. ¡Quedaríais de lujo en las portadas de las revistas!

—Hay vida más allá de las revistas.

Si ni yo misma sé de dónde sale el comentario, pronunciado con toda la intención de ampliar ese agujero que acaba de abrirse entre las dos, Samantha menos.

Baja la mano del iced latte , que había mantenido próxima a los labios, y prolonga la mirada que me había estado dirigiendo enviando persuasivas ondas mentales para convencerme de su voluntad.

No cabe en su asombro.

—¿Te está calando la propaganda progre de DiMarco o qué? Estás más rara que un perro verde.

—No hace propaganda de ningún tipo —replico a la defensiva—. Solo se preocupa por los demás y dice lo que piensa.

—Oh, por favor. —Bizquea—. Lo mencionas como si fuera un rasgo positivo.

—¡Lo es!

—Decir lo que uno piensa es de pésimo gusto, LC . Y una utopía.

—A lo mejor es así en el mundo de la publicidad, pero...

—Nadie dice lo que piensa —me corta con impaciencia—.

Nadie. No solo en el mundo del famoseo. También te callas tu opinión en la peluquería, cuando te cortan de más las curtain bangs para hacerte un micro-flequillo que no has pedido; en la casa de tu suegra, cuando te pregunta si quieres otra ración de judías y dices que sí con la bilis a punto de salirte a propulsión del gaznate; ¡le contamos milongas hasta a nuestros amigos, por Dios!

«Me voy a apuntar al gimnasio este marzo y voy a iniciar una dieta sin hidratos de carbono porque me preocupa mi salud, y no porque quiera lucir un tipazo este verano aun si el precio a pagar es unirme a la fiebre de la vigorexia».

—Pues a lo mejor deberíamos ser más sinceros.

Samantha me sostiene la mirada como si hubiera perdido el juicio.

—¿Para qué? La realidad en la que vivimos es una pantalla.

Un anuncio publicitario. ¿En serio me vas a venir a decir ahora que quien no se minimiza para encajar es un alma libre, la única persona real, un colmo de franqueza cristiana?

¡Lo que Myles DiMarco es, Lara Cosima, es un desubicado y un maleducado! ¡Eso es!

Es la primera vez en años que Samantha me grita. Puede que incluso sea la primera vez que grita a secas, porque se ruboriza de vergüenza en cuanto repara en que ha perdido el aliento.

Se apresura a mesarse las mechas que le enmarcan la cara y a recuperar la pose indiferente, pero es tarde para mí.

Era tarde antes de que empezara a intentar persuadirme de volver a su extremo de la frontera, porque antes de eso me exigieron Roberta y ella que cruzara a la de DiMarco y puede que me haya dejado seducir por su visión.

Puede que me apetezca quedarme un ratito.

Puede que vaya a quedarme para siempre aquí, en este lado, con esta percepción de las cosas.

—Yo creo que lo que DiMarco es —respondo sin perder la calma— es una buena persona.

Samantha se echa hacia atrás como si la hubiera abofeteado.

—¿Y eso qué significa? ¿Que yo soy una mierda?

—No, pero yo sí podría serlo si vendiera su intimidad para reducirlo a una mera historia de superación con la que la gente pudiera sentirse identificada.

Es una persona, ¿entiendes? Con miedos, con dudas, con ilusiones.

.. Y con... —pienso en lo reacio que es hablar del TDAH — algunos asuntos que aprender a gestionar, también.

No me puedo creer que haya tenido que hacer esa aclaración. Menos todavía me puedo creer —y esto lo digo con bochorno— que me esté sorprendiendo yo misma conforme lo digo.

¡Sorpresa! ¡La gente tiene sentimientos, Elsie!

—¿No es él tan sincero? —se burla, cruzada de brazos—. ¿Entonces por qué querría mentirle a nadie sobre la orientación sexual de su tío?

—Reservarte información no es mentir. Es una medida de protección.

—¿De qué coño quieres protegerlo, Lara Cosima? ¿Del éxito y del amor del público?

Su pregunta no me sacude tanto como la visceralidad de mi respuesta inconsciente: pues mira, quiero protegerlo de convertirse en un animal sediento de validación externa y capaz de vender a su propia madre con tal de engrosar su cuenta bancaria.

Quiero protegerlo de esconder su verdadera personalidad o moldearla para parecerse más a los clones estéticos e idearios que pueblan la red y cambian de discurso dependiendo de la corriente ideológica que impere.

Quiero protegerlo de eso en lo que nosotras, las agentes y publicistas, hemos transformado a nuestros talentosos clientes con nuestra ambición.

Pero Samantha no entendería mi planteamiento porque no conoce a Myles.

Yo también me habría reído en la cara de alguien que hubiera venido a decirme que ha encontrado a una persona llana y ajena al ritmo de vida contemporáneo, alérgica a las redes sociales y enemiga de los deberes y necesidades sociales que nos ha creado la publicidad.

«¿Ah, sí? Pues dale mi más sentido pésame», habría contestado una humilde servidora, pues habría creído de corazón que no duraría ni dos minutos en mi mundo.

Como si eso fuera algo bueno. Como si uno debiera querer durar cinco segundos en un espacio superficial y crítico como Samantha está desvelando ante mi cara de estupefacción que es Velvet Room y su competencia.

Como si no fuera tremebundo que la fidelidad a uno mismo te tuviera que costar la marginación social.

Resulta que, aunque al principio te choque, te puede llegar a gustar tener a tu lado a un hombre que te mira como si le hubieras hablado en arameo cuando le dices que no importa lo que uno quiera, sino lo que se supone que es bueno para él —y lo que es «bueno» para él es que el público aplauda—; que cree que es fundamental devolverle el golpe a quien lo está atacando en lugar de quedarse callado con elegancia incluso si están reproduciendo el vídeo en directo, porque la opinión de un usuario de Wisconsin no importa un carajo; que no le rinde culto a su cuerpo para ganar admiradores porque de hecho encuentra detestable y esclavizante el fenómeno fan, sino porque de verdad le gusta hacer deporte.

Ese es el quid de la cuestión. Que hace o deshace en función de lo que le gusta, de aquello en lo que cree, de lo que siente que podría querer, y no dependiendo de lo que se lleve, lo que apoya la mayoría o lo que le dicen que debería interesarle.

Samantha está como yo hace unas semanas.

Piensa que es imbécil, hablando mal y pronto, porque no se somete a los mandatos de la vida moderna.

A lo mejor también algún día está como yo ahora, preguntándose: «¿Y no seré yo la imbécil por intentar jugar a ser Dios controlando mi narrativa y la de los demás?

¿No puedo intentar ser Lara Cosima, y en el proceso respetar lo que quieran ser mis allegados?

¿Incluso si eso que quieren ser es un completo desastre según los estándares actuales? ».

—No te habría animado a follártelo si hubiera sabido que te iba a lavar el cerebro, cariño. De todas las mujeres del mundo, eres la última a la que me imaginaba siendo dicknotized —me suelta como si nada.

—No tiene nada que ver con eso.

¿O sí?

Ella pasa por mi lado con una expresión distante.

—Mira que sacrificar una oportunidad de oro, decepcionando a Roberta en el proceso y cayendo en picado en el ranking de representantes de Nueva York solo porque no sabes llevar dos cosas al mismo tiempo... Aunque a lo mejor es lo que quieres, no sé.

—¿El qué?

Su voz me llega amortiguada cuando desaparece en el interior de su despacho abierto. Sale enseguida con el bolso al hombro, un magnífico Longchamp que se compró conmigo.

El recuerdo de aquella tarde de chicas me produce un retortijón de culpabilidad en el estómago.

A lo mejor me he pasado con ella. A lo mejor ella es quien tiene razón.

Cuando pasa por mi lado hacia el ascensor, levanta las cejas con una mueca circunstancial.

—No serías la primera mujer que arruina su carrera profesional por un hombre.

—Estás exagerando —me apresuro a balbucear.

Samantha pulsa el botón y se gira hacia mí de brazos cruzados con una expresión de vacío calculado.

Intento sonreírle con simpatía—. Sam, solo voy a pasarle el cliente a Roberta porque no quiero que mi vida personal interfiera en mi desempeño.

Quiero lo mejor para Velvet Room y para el futuro de DiMarco.

Aunque no lo parezca, es una decisión que prioriza mi carrera.

Ella ladea la cabeza como los niños cuando no entienden lo que dices.

—¿En qué te va a ayudar darle a entender a la jefa con tu abandono que ya no te tomas en serio el trabajo?

Dejaste escapar la cuenta de Alexia Lux y ahora pasas de la de DiMarco.

Puede que Roberta sea impredecible, pero no me cuesta imaginar cómo reaccionará cuando sepa que has antepuesto follártelo a tu responsabilidad con Velvet Room.

—¡Sabes que perder la cuenta de Alexia no fue culpa mía!

—Claro que lo fue. —Corre a un lado la verja del antiguo ascensor y se mete sin darme la espalda—.

Lux no estaba contenta con tu trabajo, y para evitar que eso afectara a vuestra amistad, te largó.

Y tú lo aceptaste sin luchar porque hiciste lo mismo que ahora: priorizar dicha amistad.

—Hace una pausa que siembra en mí la duda y me produce una punzada de dolor —.

¿Dónde está esa bonita amistad ahora? ¿Cuándo fue la última vez que quedasteis para abrir vuestros corazones?

Deja que la respuesta a esas dos preguntas me envenene y utiliza la llave magnética para poner en marcha la bajada.

Tengo que pestañear rápido para no echarme a llorar.

—Eso ha sido un golpe bajo —consigo decir a pesar del nudo en la garganta.

—No ha sido más que la verdad, cariño. Yo que tú lo pensaría mejor y reordenaría mis prioridades —se despide de mí con un encogimiento de hombros—.

Y te lo digo porque te quiero, ¿o qué crees que gano con esto?

Es puro sentido común. Tu carrera no te sustituyó por un álbum de rock y por la polla de Vinny Bravano, y no te sustituirá tampoco por la próxima modelo de pasarela cuando se canse de ti.

Ya sabes: los hombres vienen y van..., ¡pero los diamantes son para siempre!