El partido del año Capítulo 17
58%

Capítulo 17

Accounts Are A Manager’s Best Friend

Lara Cosima

—Te noto distraída, LC . ¿Pasa algo?

—Solo estoy muerta de cansancio. No he dormido bien.

Tendría que empezar a plantearme coger exclusivamente clientes que residan en Manhattan.

Al final, ¿es o no es verdad que me mudé aquí porque se supone que es donde está el mercado?

, ¿porque es una ciudad que se puede recorrer a pie?

No estoy aprovechando ninguna de sus ventajas pagando vuelos cada dos por tres al puñetero Boston.

Claro que en Boston hay otras ventajas de las que no goza Nueva York, pero son ventajas que una joven respetable no puede ni debe mencionar en voz alta mientras el sol brilla en el cielo. Los pecados pertenecen a la noche, a un triple decker de Dorchester y a una litera infantil.

He procurado contestar sin alzar la vista, sin revelar mi aspecto, consciente de que la más mínima expresión podría delatarme.

Solo existen dos explicaciones razonables a que me haya levantado con el guapo subido: una es que haya tenido sexo y otra es que me haya realizado un tratamiento facial, y lo segundo no puede ser porque Samantha sabe que no me hago tratamientos faciales sin ella, así que como era de esperar esboza una de esas sonrisas lascivas propias de adolescente.

«¡Lara Cosima y DiMarco están muy juntitos! ¡Uy, uy, uy, aquí hay tomatito!».

—Conque no has dormido bien, ¿eh? A lo mejor no estás aprovechando las ventajas de vivir en Manhattan, pero por lo que se ve sí que andas exprimiendo al máximo tus ratitos con el wide receiver .

Dime... —Samantha apoya los codos sobre la monstruosa fotocopiadora de la sala común y descansa la barbilla en la mano para mirarme soñadora—. ¿Cómo va eso?

Miro a un lado y al otro, como si lo necesitara para asegurarme de que no hay nadie en las inmediaciones.

Y por supuesto que no lo hay. Es viernes y son las nueve de la noche, y solo Samantha y yo vendríamos a la oficina a estas horas.

Roberta está de viaje en Los Ángeles tratando de conseguirle un papel protagonista en una superproducción de Hollywood al actor de Broadway que lleva seis meses representando.

Ashley, la becaria, se ha ido con ella.

—Es posible que anoche durmiera con él.

Lo confieso como si estuviéramos en un callejón, Samantha fuera traficante de drogas y yo acabara de pedirle un kilo de coca. O un gramo. No sé lo que se compra porque soy la única mujer de negocios de Nueva York que no consume.

En según qué modas prefiero quedarme atrás.

—¡Lo sabía!

—¿El qué sabías?

—Que terminarías durmiendo con él.

Supongo que a un nivel interno demasiado profundo para ser consciente de ello, yo también lo sabía. Lo que no sabía era que iba a tener que inducirme una tortícolis de padre y muy señor mío por culpa de hacerlo hecha un ocho en la cama de abajo de una litera.

Estos minutos que está deshojando el reloj de pared son los últimos que pasaré siendo la agente de Myles DiMarco. Tal vez me dé tiempo a despedirme de mi rol por todo lo alto con un gran gesto, como lo sería pedir por Amazon una California king size y enviarla a su domicilio con un gran lazo rojo.

Todavía me cuesta asimilar la escasa importancia que le da a todo, incluido su descanso.

He tenido que echarle la bronca por teléfono esta mañana:

—¡Te dedicas a jugar al fútbol! ¡No puedes dormir en una cama infantil de la que te sobresalen los pies, para colmo con un colchón de cinco centímetros de grosor! ¡Y necesitas una almohada viscoelástica con la forma de tu cuello!

—¿A dónde te has ido? —fue su pregunta somnolienta.

—Anoche te dije veinticinco veces que iba a coger el avión a primera hora de la mañana porque debía estar en la agencia. ¿Podrías por favor prestar atención cuando te explico estas cosas?

—No te has despedido.

—Estabas dormido como un tronco.

—Prueba de que mi cama está perfectamente bien.

—No, no lo está, y lo sé porque he dormido en ella. Si lo que quieres es una cama alta, te buscaré un piso con el dormitorio a doble altura y te conseguiré el canapé más grande del mercado, ¡pero tienes que darle prioridad a tu descanso!

—Yo a lo que le doy prioridad es a que me he despertado y no estabas.

—Tengo que trabajar, Myles —acabé suspirando.

La historia no ha acabado ahí. Ha seguido bombardeándome a lo largo del día con mensajes, como si quisiera redimirse por las primeras semanas que pasó ignorándome.

Por suerte, en uno de esos mensajes ha agradecido mi preocupación —a su manera, lo que significa que me dijo algo del estilo de: «Solo tú te rayas por esas cosas»— y ha prometido buscar una cama nueva.

«A ver si así duermes bien y no te vas de repente», ha apostillado.

Yo le he tenido que sonreír a la pantalla, claro.

—Es una persona especial —reconozco ante la mirada expectante de Samantha—. Estos días he podido conocerlo mejor, y... Está lleno de sorpresas.

—¿Y eso cómo lo sabes? ¿Has desenvuelto sus huevos Kínder?

—Por Dios, Sam. —Me pulso las mejillas ruborizadas sin apartar la vista de la impresora, que se dispone a imprimir los papeles de la rescisión y el nuevo contrato adaptado—.

Me refiero a que se está abriendo conmigo.

Y ahora lo entiendo mejor. No es que sea maleducado; es que le diagnosticaron TDAH .

—¿Cómo?

—Yo tenía esta idea preconcebida de que las personas con TDAH pasaban el día mirando por la ventana o corriendo por el jardín.

Resulta que no. La cosa va más allá. Me gustaría que me contara cómo es que su tío no lo animó a tomar la medicación en su día para suavizar los síntomas.

Escuchándolo a él cuando habla de su diagnóstico, uno pensaría que el señor DiMarco es un negacionista de la psicología (alguien se lo ha tenido que inculcar a él), pero Myles me ha dicho que a su tío le chifla el musical Chicago .

Me niego a aceptar que un hombre con un gusto excelente y moderno es tan mala persona como para meterle a su niño en la cabeza que lo que dicen los especialistas no es más que un puñado de tonterías.

—Espera, espera, espera. Mucha información. ¿Que le gusta Chicago ? ¿Su padre es gay?

Es asombroso cómo a veces Sam y yo hacemos las mismas conexiones neuronales.

—Lo llama tío, no sé por qué. Es el hombre que lo adoptó.

—Lo que sea. Qué noticia tan maravillosa, ¿no?

¡Es justo lo que necesitabas para seguir impulsando la imagen de DiMarco!

En cuanto Norteamérica se entere de que el wide receiver es un hombre sensible y apoya a la comunidad queer , se va a meter en el bolsillo hasta al público woke . ¡Un giro maestro!

Saco de la impresora los papeles todavía calientes con una sonrisa incrédula.

—No es el público woke al que tenemos que meternos en el bolsillo, Sam. Los alternativos no son los que pagan los gastos del club. Y me extrañaría que hubiera un solo fanático de Chicago o de Broadway en general viendo el fútbol. Y estoy segura de que a DiMarco no le haría ninguna gracia.

Samantha se encoge de hombros y se aparta de la fotocopiadora para recuperar el iced latte que se ha preparado en la oficina.

Ni siquiera en la ciudad de Nueva York puedes conseguir un cafecito de especialidad a las nueve de la noche... a no ser que consigas mesa en un restaurante de diseño que cuenta incluso con servicio de barista. De eso sí hay en NYC .

¿Qué es lo que no hay en NYC ? Wide receivers de los Boston Beasts.

Por algún motivo, eso cada vez me gusta menos. Nunca pensé que llegaría el día en que la ciudad de Nueva York perdería encanto para mí.

—Tampoco le hacía gracia cortarse la barba y míralo, cedió por ti.

Ahora babean por él hasta las adolescentes, que todas sabemos que se pirran por los barbilampiños hasta que entran en la universidad y empiezan a fantasear con acostarse con su profesor de Escritura Creativa, que sí que lleva un bigotito canoso de lo más sexy.

—¿Tu profesor de Escritura Creativa llevaba un bigotito canoso? —adivino.

—De lo más sexy, sí, me alegra ver que me sigues. —Me guiña el ojo—. El caso es que con DiMarco es cuestión de apretarle las tuercas. ¡Y que dé las gracias porque vayas a publicar información real sobre él! La mayor parte de las veces lo que se cuenta es una mentira como la copa de un pino.

«Que dé las gracias».

El comentario me sienta como una patada, y lo que es peor, me sume en la estupefacción, porque al principio no entiendo el motivo de mi malestar.

—¿Qué información real? ¿Lo de su tío?

—Y lo del TDAH , claro. A la gente le dará lástima y le perdonará las tropelías. Ya ves cómo es el público: «¡Le dio un ataque de ansiedad y por eso le zurró al paparazzi !».

Ese comentario me sienta aún peor, si es que es posible, y en este caso sé por qué.

Porque a DiMarco le pondría de muy mal humor.

Y con razón.

—Eso no funciona así, Samantha.

Llevo en torno a diez años trabajando en el sector de la representación y la publicidad.

Conozco las estrategias mejor incluso que ella, que se dedica a las redes sociales en exclusiva.

¿Cómo es que de repente me parece sórdido y de una frialdad escalofriante vender la vida privada y las dificultades de un famoso?

¿No utilizamos acaso todas las relaciones sentimentales de Alexia como anzuelo para publicitar sus álbumes, directa o indirectamente?

Lo más impactante ni siquiera es empezar a tener dudas sobre los límites de mi trabajo, que, como muy bien —y muy a traición, también— señaló DiMarco, conforma los cimientos de mi vida.

No exagero un pelo cuando digo que de él depende más mi estabilidad mental que mis ingresos económicos.

Lo más impactante es, como decía, que miro a Samantha, mi compañera y amiga, y siento un rechazo inmenso hacia su idea, que en otra instancia —quizá si otra persona fuera la involucrada— me habría parecido prueba de su brillantez.