El partido del año Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

La cojo por la cintura y la arrastro de vuelta a la madriguera del conejo, o algo así parece una litera de abajo cuando dos personas adultas intentan dormir juntas: una especie de cueva reducida.

Le cubro la raya del pelo con la mano, como si la bendijera —ahora vamos a estar con el temita de la religión, ¿eh?

—, y la froto despacio hasta que se tranquiliza y deja de farfullar palabras malsonantes, o lo que para ella son palabras malsonantes: «maldita sea» y «jope».

Acaba reclinándose hacia mí y dejando que reparta besitos por su cabeza testaruda.

—Eres un grano en el culo, ¿eh? —la reprendo cariñosamente.

—¡No, si va a ser mi culpa!

—No va a ser la mía, que pretendía que nos fuéramos a dormir.

—¿Por qué tanta prisa por dormir?

—Porque así hay menos probabilidades de decepcionarte como los demás.

Ella se queda callada.

Nunca pensé que diría esto, pero parece que hay unas palabras mágicas para aplacar a Lara Cosima y yo las suelo encontrar. No son siempre las mismas, pero a la vista está que todas ellas resultan disuasorias cuando se mosquea y seductoras cuando se vuelve mojigata.

En lugar de retarme, me peina los mechones de la sien con los dedos y me acaricia el lateral de la cabeza hacia la nuca, donde me agarra de los vellos más cortos. Tira de mí hasta pegarme a su cuerpo, a sus pezones duros, e introduce una pierna entre las dos mías.

Me besa primero en la barbilla, creo que porque se confunde, porque no ve, y luego en la boca que la esperaba entreabierta, lista para comérmela entera.

Sé que es tímida y todo eso, pero ha demostrado que hay algunos aros por los que está dispuesta a pasar —por los que quiere que la haga pasar — y el aro de que le meta mano está de sobra conquistado.

Y yo lo necesito. Sin exagerar. Necesito enterrar la mano bajo su ropa, abrirme un hueco entre sus muslos, toquetear las partes de su cuerpo que suelen estar jodidamente calientes.

Ella suspira cuando rozo la fina tela de las bragas.

—¿Qué quieres, entonces? —silabeo contra sus labios—.

En esta cama no se puede follar, y en la de arriba tentaríamos a la suerte.

Sospecho que el suelo está muy duro y es indigno de su majestad.

El sofá está ocupado. A la ducha le hace falta lejía.

Pero te llevo al suelo, echo al capullo del sofá y me pongo a limpiar la ducha si me lo pides.

—No hace falta —susurra con voz ahogada. Siento su caricia en el centro del pecho, en el ombligo, y un momento después sus dedos están jugando con el borde del pantalón de deporte, con la tirilla del bóxer—. No sé... Creo que quiero...

La cojo de la muñeca y la guío al interior de mi pantalón. Ella no se resiste, no retuerce el brazo, no dice mi nombre de esa manera tan repelente pero que me pone cachondo, como cuando me regañaba la profesora de matemáticas: «DiMarco, deja de mirar por la ventana»; «DiMarco, presta atención».

Lara Cosima no me tiene que pedir que me concentre porque cuando se trata de ella tengo los cinco sentidos hiperdesarrollados de un animal mitológico, el sexto sentido arácnido, soy los siete magníficos y los siete samuráis a la vez y me voy a deleitar con las ocho maravillas del mundo que tiene esta chica en este día nueve de julio, y ella me va a tener que poner un diez solo porque todavía no se puede poner un once.

Me muero por sentir su mano y sus uñas en mi carne.

Me muero porque note cómo reacciono a ella y me muero por ver la cara que se le queda cuando me siente duro entre los dedos.

—Qué fácil lo tenéis los hombres —musita entre exhalaciones al acariciarme la polla—. Os excitáis con nada.

—Más bien tú lo tienes la hostia de fácil conmigo.

La animo a masturbarme rodeándole la mano con la mía.

Ella no solo acepta la ayuda, sino que toma la iniciativa por su cuenta acercando la otra mano al mismo sitio y acariciándome la franja inferior del ombligo.

Pensaba que me haría cosquillas, pero en todo caso serían unas cosquillas eróticas.

El vientre se me contrae y mi mente invoca un pensamiento lujurioso que me obliga a acercarme más a ella.

La sujeto por la parte trasera del cuello para llamar su atención y le exijo un beso que enseguida me concede sin interrumpir el ritmo al que me acaricia la polla.

Lo hace así como es ella, con dominancia, con firmeza, pero lo que a mí me hace rechinar los dientes no es la caricia en sí, sino el quién.

Aunque no pueda verla con toda claridad, su perfume está por todas partes, es como si se lo echara en los huesos y no en la ropa, o como si le salieran flores en lugar de pelo por el cuerpo.

Huele un poco a eso. A flores. Cuando pasa demasiado rato cerca de mí, me coloco de colonia y siento que floto, y al mismo tiempo nunca he estado tan anclado a la tierra y a mis miserables impulsos, como el de morderle la barbilla, apretarle la nuca con los dedos, meter la otra mano bajo la camiseta y agarrarle un pezón.

Ella emite un «ay» lastimero tras mi apretón y yo me disculpo con un beso suave en la cara, no sé en qué parte, me da igual, me gusta toda su cara, voy a besar toda su cara .

—¿Te gusta? —pregunta con la voz débil.

Hasta esa voz débil me excita.

No me resisto y le doy otro mordisco, este en la oreja.

—Me gusta todo lo que me haces.

—A mí también me gusta todo lo que me haces —confiesa entrecortadamente.

—Me calienta que te pongas romántica con mi polla en la mano. Solo tú puedes hacer esas dos cosas a la vez.

—No me digas esas groserías —se queja por lo bajini, pero me consta que no le importa porque le toco la cara y la tiene ardiendo, la toco entre los muslos y está chorreando.

Yo sé que Noah apoya la gratificación aplazada, eso de posponer al máximo el sexo para que luego, cuando llegue la hora, sea una experiencia mágica e incomparable, pero yo no sé si tengo la paciencia o la disciplina necesarias para aguantar.

Estoy a un «DiMarco» o un «Myles» pronunciado con voz erótica de convertirme en el primer adulto de la historia que ha follado en la cama de abajo de una litera infantil aplastando con su cuerpo a su amante.

Por suerte para los dos, para mí porque me ahorro que me rechace y para ella porque se ahorra rechazarme, siento que me voy a correr cuando me aprieta más con los dedos y aumenta el ritmo.

Se lo advierto entre dientes, convencido de que no le haría ni puta gracia mancharse, pero Elsie ni retira la mano ni se aleja.

Creo que ha entrado en un trance. Solo sé que está aquí porque me anilla la polla como si quisiera ordeñarme y porque hace unos ruidos que me ponen a sudar.

Le rozo la barbilla y la mejilla con la boca, oliéndola como si a continuación fuera a hacer submarinismo sin bombona de oxígeno.

Precipitadamente, ella intenta evitar que salpique las sábanas escurriéndose hacia abajo, y yo la ayudo angustiado por el orgasmo a colocar la hinchada erección entre sus dos muslos.

Me corro aplastado por sus piernas, cobijado bajo la tela húmeda de sus bragas, y mientras lo hago no consigo resistirme a rozarme bruscamente con ella como si estuviéramos follando.

Ni después de vaciarlo todo me detengo; Elsie ha empezado a gemir en voz alta y se agarra a mi hombro clavándome las uñas. Yo le hago los coros agarrado a su mandíbula tensa de pasión.

—El día que te la meta va a ser el más feliz de mi vida —le gruño a sus labios.

—Calla...

—En el fondo sabes que te gusta que te lo diga.

—Puede ser —confiesa con un hilo de voz—. Dios mío, voy a...

Espoleado por sus gemidos y suspiros, música para mis oídos, insisto en el movimiento, insisto en frotarme y frotarme con su clítoris y su coño empapado, y para mi sorpresa y sobre todo la suya, se corre tanto que nos mojamos los dos.

Literalmente.

Yo tardo un segundo en entender lo que ha ocurrido, pero ella, que es de naturaleza vergonzosa e ignorante en estos asuntos, no demora en preguntar, espantada:

—¿Qué ha pasado? ¿Qué es esto?

—Creo que has hecho squirt .

—¿ Squirt ? —repite como si la acabara de traumatizar.

Me echo a reír, primero incrédulo, después en voz muy alta, y ella me echa la bronca por no explicarme. Llega incluso a darme un golpe en el hombro con el puño cerrado, todavía con mi erección entre los muslos húmedos.

Yo la protejo en un abrazo-placaje ante el que no le queda otro remedio que rendirse.

—La que has liado. Menos mal que vas a dormir en la de arriba —sigo riéndome.

—Y tú también, ¿no?

—Y una mierda. Yo voy a revolcarme sobre tus fluidos.

—¿Qué dices? ¿Estás loco? ¡A veces hablas como un enfermo!

—Es que estoy enfermo —me lamento con la voz aguda. Restriego mi cara contra la suya, que me entristece no poderle ver—. Tengo Laracosimitis . Es muy grave. ¡Terminal!

Ella sigue insultándome entre refunfuños que esconden una carcajada mortificada.

—Estás de manicomio, Myles DiMarco.

— Sí, sí, mucho quejarte y poco apresurarte a desaparecer en el baño y limpiarte mi esperma. A ver si no vas a ser una loquita tú también.

—¿Yo? ¡Para nada!

Pero todavía nos quedamos un rato más peleándonos en la estrecha pero ahora perfecta camita de Peter, cuyo romance adolescente —correspondido o no— hemos consumado Elsie y yo.