Capítulo 16 #2
Un par de nombre se repiten, asumo que los de los hermanos: Peter y Richard y sus respectivos diminutivos, Pete, Richie, P.
, R . Por eso sé que Roxanna es la primera y última chiquilla de la que el dueño de la cama de abajo se enamoró a los tiernos ¿diez?
, ¿once años?, porque conforme va mejorando su letra —o sea, conforme pasan los años—, deja de escribir Pete + Richard, Pete 3 Roxanna, Roxanna Te Kiero, o solo Roxie Roxie Roxie Roxie ROXIEEEE .
—Pensaba que esto solo lo hacíamos las chicas —admite Lara Cosima, sonriendo a mi lado. Ha entrelazado las manos sobre el pecho y contempla las inscripciones amorosas con los ojos iluminados—. Qué esperanzador.
—¿Tú lo has hecho alguna vez?
—En una litera no, pero en mis cuadernos del colegio sí.
De pequeña estaba muy enamorada de un chico un año mayor que yo, el presidente del club de teatro.
Me tiré seis años participando en las funciones solo para estar cerca de él.
Imagínate cómo estaban los márgenes de los guiones: ¡parecía que estuviera practicando caligrafía con su nombre!
Cuando se graduó me pasé el fin de semana entero llorando. No lo he vuelto a ver.
—¿Nunca intentaste nada con él?
Ella me mira espantada.
—¡Claro que no! Una chica jamás debe dar el primer paso, eso para empezar. Si un hombre no lo da, es porque no le gustas, y si no le gustas, no deberías intentar convencerlo de lo contrario.
—Eso es verdad. Al menos en mi caso y en el de los tíos con los que trato.
—Además...
—¿Además?
—No creo que lo entiendas, pero para mí era más cómodo suspirar por él en la distancia.
Siempre he sido así. Cuando me empezó a gustar otro compañero, igual.
Me conformaba con mirarlo de lejos, con que inspirase mis fantasías.
Estaba segura de que estar con él no sería mejor que soñar con él.
Me ha pasado al menos tres veces, y de la última hace ya muchísimo tiempo.
Cuando he querido darme cuenta, he cumplido treinta años y no he tenido ninguna experiencia significativa. Solo he estimulado mi imaginación.
—Yo he cumplido treinta y uno y tampoco he tenido novia, si te refieres a eso.
—Ah, pero novio sí he tenido. Uno. Entre los dieciséis y los diecinueve.
—Cuando te gustaba el friki del teatro.
—¡No era un friki! Pero sí, mientras me gustaba el friki del teatro.
Me tumbo sobre el costado para poder mirarla en condiciones.
—¿Y cómo era ese novio tuyo? ¿Un pijo de Luisiana también?
—Sí, era un amigo de la familia. Es —se corrige—. Sigue pululando por los círculos de mi padre. Se lleva muy bien con él. Cuando voy a Abita Springs suelo encontrármelo.
—Estoy intentando adivinar qué sientes por el fulano ese, pero no me ayudas cuando te pones en plan misterioso.
—No siento nada por él. Si acaso aprensión.
Salíamos porque no quería ser menos que Alexia.
Ella siempre estaba enamorada o interesada en alguien, ¿sabes?
Siempre había un chico en su vida. Y a mí ya me apetecía tener novio y hacer cosas de novios.
.. o eso pensaba. Fue un error. No era la persona que mejor me trataba. O sea, era normal, pero...
—¿Pero?
Elsie agacha la mirada a las manos, que hace rato ha apartado del pecho para arrancarse los padrastros, deporte nacional de los ansiosos.
—Tienes que saber que no es que no me gustes —susurra de repente—, ni que me moleste tu cercanía, ni que.
.. Obviamente me abrumas. Me has abrumado siempre, desde que te conozco, pero lo confundía con molestia cuando era simple.
.. incomodidad. No de la mala, sino de temer.
.. No estoy diciendo nada con sentido. Mira, me gustaría tener sexo contigo, ¿vale?
—suelta sin más en un tono brusco que en otras circunstancias me habría hecho reír—. Al menos en un sentido teórico.
—¿En un sentido teórico?
—Quiero tener sexo contigo porque me atraes y mi cuerpo me lo pide.
Pero si me remito a la práctica, a mi experiencia, no quiero tener sexo contigo porque siempre me ha resultado desagradable.
Y como me resultaba desagradable, llevo sin tenerlo mucho tiempo.
Ya está, ya lo he dicho. Ahora no te rías de mí.
Me da pena que piense que me voy a reír de ella.
No me reí de ella ni nada parecido cuando saqué la conclusión que me acaba de revelar, y de aquel entonces hace ya meses.
Basta con fijarse en la tensión de sus hombros y su cuello cuando se le acerca un hombre con intenciones evidentes para saber que no está muy en contacto con sus deseos que se diga.
—Así que resolvamos —continúa después de tragar saliva— que es al revés.
—¿El qué?
—Que no es que ahuyente a la gente ni reniegue de las relaciones para centrarme en el trabajo, como has teorizado tú.
Más bien me vuelco en mi trabajo para no tener que decepcionarme en el ámbito personal.
Queda mejor decir que no sales con nadie porque estás enfocada en tu carrera que porque estás segura de que te vas a llevar un chasco.
—Hace más de diez años de lo del gilipollas ese con el que salías. ¿No crees que exageras un poco asumiendo que todo el mundo te va a decepcionar?
—Me han decepcionado todos los hombres con los que he quedado.
Reconozco que es problema mío, porque ya vengo de casa convencida de que solo buscan sexo y yo no pienso dar mi brazo a torcer en ese sentido: hasta que no me sienta cómoda y en confianza, nadie me va a poner la mano encima.
Pero sea por lo que sea, nunca me he divertido tanto con un hombre de carne y hueso como fantaseando con él.
—Fantasear es lo cómodo, y no pareces una persona que vaya a lo fácil.
—No es por comodidad, sino por control. El trabajo lo gestiono yo, ¿sabes?
Si algo sale mal, es por mi culpa, y aunque no lo sea, casi siempre lo puedo arreglar.
Pero en las relaciones muy poco depende de mí, de mis habilidades o mi disposición.
En las relaciones todo es una moneda al aire.
¿Y tú? —me devuelve la pregunta, avergonzada de haber hablado tanto.
—¿Yo qué?
—Tus relaciones, tu visión de ellas, tu pasado. En las citas se habla de esas cosas, no solo de caballos y de Chicago .
Me froto un ojo con los nudillos, no tan cansado como debería por culpa de su estimulante cercanía.
—Alguna vez he creído estar enamorado, pero luego resultaba ser un espejismo.
Conocía a alguna tía y me obsesionaba con ella.
O «me hiperfijaba», como lo llaman los psicólogos.
Pero al poco tiempo se me pasaba y empezaba a ignorarla.
No está bien, lo sé, pero tampoco podía evitarlo.
Por eso ahora me ando con cuidado. Aunque no lo parezca, pongo en cuarentena todo lo que se me pasa por la cabeza antes de actuar.
No es agradable romperle el corazón a nadie.
—Eso te pasa por el TDAH . He leído que uno de los síntomas son las relaciones inestables.
—Sea por lo que sea, no fui justo y ya está.
—No hace falta que te pongas a la defensiva.
—Pues no saques el TDAH todo el rato.
—No lo saco todo el rato.
—Una mierda que no.
—Si te vas a poner en ese plan, me subo a la cama.
El pecho se me encoge agónicamente, como si me hubiera amenazado con matarme o algo así. Mi primera reacción es pasarle el brazo por la cintura y pegarla a mí.
—Qué pequeña pareces cuando te quitas tus tacones y tus pashminas y tus historias. O tus zapatitos-pezuña.
—¿Zapatitos-pezuña? ¿Te refieres a las tabis de Maison Margiela? —replica con retintín.
—Parecen pezuñas.
—Bueno, ¡pero es que ese es el objetivo!
—Luego si te digo que estás como una cabra no me digas que no viene a cuento, porque vaya cosas te pones.
Lara Cosima emite un bufido de protesta, pero sabe que no hay más que hablar, es la pura verdad.
Suerte que a mí me gusta hasta con sus bailarinas de mamífero.
Y con las uñas tan afiladas que podrían tener consideración de arma blanca.
Y con el iPhone que lleva pegado con superglue a la palma de la mano.
Apoyo la barbilla en su coronilla.
—Buenas noches.
—¿Cómo que buenas noches?
—¿No tienes sueño?
—Sí, pero...
—Has dicho que no quieres que te toque nadie con quien no tengas confianza.
—Ya, pero...
—Y como no me dejas mencionar a Catherine Zeta-Jones me has quitado toda la conversación.
—¡Eres imbécil!
Intento verle la cara a través de las sombras. Es tarea imposible. Apenas podría describir el borde de su rostro con ayuda de la luz de las farolas que entra por la ventana.
Se cree que no le hace falta explicar el «pero» solo porque me acaricia el pecho con los dedos y se aprieta contra mí.
Pues lo lleva claro.
—¿Qué quieres, Elsie? En el coche te querías librar de mí y me acabas de decir que te da asco que los tíos solo quieran sexo. No hay quien entienda a las mujeres.
—¿Qué quieres tú? ¿A ti sí es fácil entenderte? ¿Me montas un pollo, luego me das un beso de los tuyos y ahora me deseas las buenas noches, como si estuviéramos en un campamento religioso?
—¿Qué coño voy a ir yo a un campamento religioso?
—Ya empezamos. —Se aparta de mí de golpe y se incorpora—. ¡Si es que tendría que haberme hecho caso a mí, no a ti, y haberme buscado la vida por ahí para acabar la noche!
—Pero ¿y ahora por qué te cabreas? —La cojo de la muñeca antes de que escape de la cama.
Ella insiste en montar la escenita, lo lleva en las venas, es lo que le gusta.
Es lo justo decir que se lo ha buscado solita cuando se da un coscorrón con las tablas de madera del somier de arriba.
Suelta un grito agudo y yo un suspiro cansino—.
Se nota que nunca habías dormido en una litera, sí.
—¡Encima te ríes!
—No me he reído, niña tonta. Ven aquí.