Capítulo 16
We Are The Champions, Baby
DiMarco
—¿Quieres poner música?
Lara Cosima se encoge de hombros, sumida en ese ánimo entre tímido y huraño en el que nos quedamos todos los que tenemos autocrítica cuando nos leen la cartilla.
Podría aprovechar para reproducir algún temita de Bon Jovi, que eso a mí me suele alegrar el día, pero como ofrenda de paz me decanto por una canción aleatoria de Dolly Parton porque ser de Tennessee y ser de Luisiana es lo mismo, porque una vez la escuché canturreando Coat Of Many Colors y porque a todo el mundo le gusta Dolly Parton.
Sé que no se ha mosqueado conmigo, pero tampoco tiene ganas de seguir tensando la cuerda. Yo la dejo ser. Siempre intento dejar ser a los demás con la esperanza de que luego me devuelvan el favor cuando me toque a mí ponerme estúpido.
Eso rara vez sucede.
Lo de que me devuelvan el favor, no lo de que me ponga estúpido.
Rompe el silencio cuando estoy a punto de aparcar y la curiosidad la ha convencido de mirar por la ventanilla.
—¿Vives en Dorchester?
—¿Conoces los barrios de Boston?
—Más o menos. Hice aquí un curso de marketing hace algunos años.
—¿Esperabas que viviera en un dúplex en el distrito financiero?
—Ahora que lo dices, no. No sería tu estilo. Pero como has dicho que Ash tiene un penthouse y me consta que ganas dinero... —Sacude la cabeza—. Esta conversación no es nada elegante. Olvida lo que iba a decir.
Sé a lo que se refiere porque todo el mundo lo piensa, no solo ella.
No hace falta ser un pijo revenido para flipar cuando te enteras de que el wide receiver del último equipo ganador de la Super Bowl comparte piso con un universitario y un artista en ciernes en una de las zonas más baratas.
Ashton directamente «no lo entiende», esto en sus palabras, y Vinny, aunque apoya que me rodee de compañía porque así tengo quien me corrija los despistes, no apoya tanto las humedades de la casa.
Pero Noah, que viene también de una familia más pobre que las ratas, se desmarca de la conversación en cuanto sale porque sabe que no es asunto suyo y porque él también procura ser conservador con los ahorros por si acaso.
Nunca me ha dado vergüenza la persona que soy, pero en presencia de Lara Cosima me siento un poco intimidado abriendo la puerta del triple decker de Fields Corner.
Si le da asco el abandono del patio y el óxido de las barandas —los chavales y yo acostumbramos a bromear con que los ladrones no saltan la valla por si pillan el tétanos—, ni lo dice verbalmente ni lo expresa con una mueca.
Está jugando en mi favor que siga meditabunda.
La cojo de la mano con delicadeza, dándole la oportunidad de apartarme si sigue pensando que soy imbécil y me he metido donde no me llaman. Pero ella se deja conducir a través del pasillo principal, iluminado solo por el brillo de la televisión.
Gordon está tirando en el desvencijado sofá echándose un cigarrito con olor a naturaleza mientras ve un episodio de Rick y Morty .
Durante la cena, Elsie me ha dicho que vive en Manhattan, la zona más cara de la ciudad de Nueva York.
Me imagino lo que puede estar pensando de mi ruinosa habitación, que antes de mudarme yo tuvieron que ocupar los hermanos gemelos o mellizos de un matrimonio feliz.
Como nunca he tenido por costumbre invitar a nadie a mi madriguera y el casero me podría sablar por alterar el medio de la vivienda, nunca me he tomado la molestia de quitar el papel de pared infantil o sustituir la litera por una cama.
Esto último es lo que le llama la atención a Lara Cosima.
—De todas las cosas que podría haber imaginado, creo que esta es la última que me esperaba. ¿Una litera infantil? ¿Para un hombre de metro noventa... o lo que midas?
—Noventa y ocho. Y no sobresalen tanto los pies como puedas pensarte. Estoy acostumbrado a las literas por los centros de acogida y la casa de mi tío, por eso no me jodió quedarme esta habitación.
—¿En casa de tu tío también duermes en una litera?
—Claro. Vive en una casa de un solo dormitorio. Yo dormía arriba y él abajo.
—¿Me estás diciendo que duermes en la cama de arriba? ¿En serio? ¿Y no se cae?
Disimulo que estoy nervioso metiendo las manos en los bolsillos.
No debería ponerse a hablarme de camas.
—Por ahora no se ha caído, no.
No me pide permiso para husmear dando un lento paseo por el dormitorio.
No hay mucho que ver. Apenas he colgado en la pared un póster de Metallica y un calendario físico con casillas grandes para agendar las citas. Encima del escritorio que nunca uso hay un par de portarretratos. En uno aparezco yo con mi tío; en el otro sale todo el equipo.
—Anotabas nuestros compromisos —comenta Lara Cosima. Señala con una de sus largas uñas la casilla del día dos, marcada con permanente negro y con varios signos de exclamación—. Se te olvidan de verdad —añade en voz baja.
—Sí.
Lara Cosima lanza una mirada a «la cama sobre la cama», como la llamaba cuando era un crío.
—Nunca he dormido en una litera. Ni siquiera cuando he ido de colonias.
Ni en casa de alguna amiga con hermanos.
Era una de esas cosas que soñaba con hacer de pequeña, ¿sabes?
Dormir en la cama de arriba. Creo que para sentirme alta, como cuando te subían en un camión o ibas en el primer asiento de la segunda planta de un autobús.
—¿Las princesitas como tú también se ilusionaban con lo de ir delante en un camión?
—Pues claro. —Se muerde el labio un momento, indecisa.
Tiene que buscar mi mirada en la parcial oscuridad para que me dé cuenta de que no he encendido la luz de la habitación, solo la del pasillo, e iba a ponerle remedio cuando ella me para cogiéndome de la manga—.
¿Te importa si duermo aquí? Es tarde para buscar un hotel.
He venido sin prever nada. Pero no me quiero imponer ni molestarte.
Solo he pensado que ya que tienes una litera, pues. ..
—Puedes dormir en la de arriba si te hace ilusión. Aunque es la mía. A lo mejor huele mucho a zorro.
—A mí me gusta cómo hueles —admite en voz baja.
Alarga una mano indecisa hacia mí, creo que con la intención de acariciarme el cuello o la cara, pero al final solo me arregla el cuello de la camiseta.
Aprovecho el gesto para entrelazar los dedos con los de ella y hacer lo que llevo muriéndome por hacer desde que empezamos a cenar: besarla en la mejilla, en el lateral de la nariz y en la boca, ahí recreándome mucho más.
No sé cómo coño puede decir que la cita ha ido mal, que alguna cita entre nosotros puede ir mal, cuando tiembla cada vez que me acerco y yo me siento desfallecer en cuanto la veo cerrar los ojos y separar los labios para responder a mi contacto.
—Voy a dejarte una camiseta —mascullo cuando da un paso atrás, ruborizada.
No puedo verlo con claridad, pero lo sé.
—Gracias.
Escojo una del montón de la ropa limpia que me ha quedado debiendo distribuir en los cajones.
Da la casualidad de ser una de mis preferidas, la de Iron Maiden.
Solo imaginarla con merchandising de uno de mis grupos favoritos me ablanda, así que se la tiendo a riesgo de que arrugue la nariz o la rechace con una de sus ya clásicas crisis de dignidad: «¡No pienso ponerme algo que has comprado en Primark! ».
No hace nada de eso, e iba camino de sorprenderme por su modestia cuando caigo en la cuenta de una gran obviedad: puede que sea una pijita, pero no es ninguna maleducada. Sabe mejor que yo lo que corresponde hacer cuando ha sido invitada a casa ajena.
No necesita pedirme que me gire para no verla en pelotas.
Tomo la iniciativa dándole la espalda y entrelazando ahí las manos.
No voy a negar que eche de menos un espejo que capte traicioneramente la curvatura de su culo, los dos hoyuelos que puede o puede no tener grabados justo encima de las bragas y la línea continua de la espalda.
No lo hay, así que no me queda más remedio que imaginármelo mientras me planto un pantalón de deporte.
En tanto que Elsie usa el baño de la segunda planta, me tumbo en la cama de abajo con los dedos detrás de la nuca y me fijo en los tablones de madera.
La primera y última vez que le eché un vistazo a los grabados de los últimos inquilinos fue hace años, cuando supervisé el estado de la madera para asegurarme de que no se derrumbaría bajo mi peso.
Había olvidado que los críos que ocupaban la litera eran unos románticos.
—¿Qué miras?
Lara Cosima ha vuelto del servicio con la cara lavada y un moño sencillo. Espera mi respuesta o una valoración de su aspecto de pie bajo el umbral, como si necesitara que le diera mi beneplácito para adentrarse en la caverna.
La camiseta le queda lo bastante grande para cubrirle más de la mitad de los muslos. Las costuras de los hombros le llegan por el codo. El cuello de la prenda, que a mí se me cierra bajo el gaznate, a ella se le abre simulando una especie de escote.
¿Tanta diferencia de tamaño hay entre nosotros?
—Ven.
Obedece con esa timidez que siempre acaba contagiándome y, cuando no, inspirándome a portarme mejor. Se mete en la cama conmigo sin taparse —esta noche hace calor, y más aún en mi dormitorio, y más aún con ella al lado— y presta atención a lo que alumbra la linterna de mi móvil.
Hay un cromo de Pokémon pegado a uno de los tablones y varios dibujos de monigotes, soles y nubes. Luego, las clásicas formas fálicas.
Yo no estoy para criticarlos. Era el rey de la pintura parietal erótica en el colegio.