Capítulo 14 #3
—No entiendo nada —dice DiMarco en tono lapidario.
Alzo la vista y descubro que contempla el menú con cara de derrota.
Él no está pensando en ninguna braga faja, eso es evidente.
Menos mal—. «Carpaccio de gamba roja de Palamós con cítricos, aceite arbequina y caviar oscietra».
Solo entiendo la palabra gamba. Me consta que lo normal es que el hombre pida por la mujer, o al menos eso hace Richard Gere en Pretty Woman , pero creo que va a tener que ser al revés.
—¿Has visto Pretty Woman ?
—Todo el mundo ha visto Pretty Woman . Aunque yo la he visto muchas veces más que la persona promedio, estoy seguro. Es de las películas favoritas de mi tío Henry. Le gusta mucho Richard Gere.
Imagino al tío de DiMarco como un culturista que abre botellines de cerveza con los dientes. Seguro que se ha equivocado y su actor favorito es Bruce Willis. O Tom Cruise. O alguno de esos héroes del cine de acción.
—¿Por qué?
—Es su tipo de hombre. Y además hizo la película Chicago , que es su musical favorito.
La sorpresa me impide seguir preocupándome por mis carencias físicas.
Por una causa perfectamente razonable —yo y la psicología general sostenemos que nuestro carácter es el resultado de nuestra crianza—, me había imaginado a su tutor legal como una réplica treinta años mayor de él mismo: lo que uno llamaría The Macho Machest , un caballero con la altura y la dedicación deportiva —que no las afiliaciones políticas— de Arnold Schwarzenegger, algo así como una mezcla de mecánico aficionado a colgar en su taller calendarios de conejitas Playboy y luchador de artes mixtas.
Pero si me dice que Richard Gere es su tipo de hombre y no su tipo de protagonista hollywoodense o su modelo a seguir en lo que a cuidado capilar refiere, entonces es que...
—¿Tu tío es gay?
—Sí —responde con naturalidad, todavía frunciéndole el ceño al menú—. Pero a mí me gusta Chicago y no soy gay. —Hace una pausa para sonreír como si recordara una anécdota verde—. Me gusta Catherine Zeta-Jones.
—Normal —me oigo contestar. Gracias al mantel de lino blanco puedo ocultar que retuerzo las manos en el regazo—. Chicago es el musical perfecto. Y Catherine también.
—Mira. —Saca el móvil del bolsillo del pantalón, sospecho que para evitar seguir torturándose con los carpaccios, los tartares y el foie gras, y me enseña su fondo de pantalla.
Aparece cogido del hombro de un tipo más bien bajito, rubicundo y con una gorra de los Knicks calada hasta las pobladas cejas—. Mi tío.
—No os parecéis mucho.
—Soy adoptado —resuelve sin más ceremonia.
Por supuesto. Yo ya lo sabía por lo que contó en el programa de Farah Fou, pero se me ha olvidado porque los nervios sulfúricos me han frito la mitad del cerebro. Yay .
Él se queda mirando el fondo de pantalla con afecto. Me enternece ese segundo de más que tarda en bloquear el móvil, como si le costara despedirse.
Luego me mira a los ojos.
—Tú no eres adoptada. — Curiosa manera de seguir el tema —. He visto a tu padre en tu Instagram y sois iguales.
—¿Me has gulusmeado el perfil?
—Sí. También he visto que tienes un caballo llamado Diamond Duchess . De eso te quería hablar.
—¿De eso me querías hablar?
—Me parece un nombre muy poco apropiado para un caballo. ¿Has pensado en cambiárselo?
—Buenas noches, pareja —interrumpe un solícito camarero. Nos dirige sendas sonrisas—. ¿Qué puedo ponerles para beber?
—Una cerveza.
¿Nos ha llamado «pareja»? ¿Y eso está permitido según el protocolo?
¿Y si no lo fuéramos? ¿Y si acabáramos de romper en el aparcamiento pero no quisiéramos perder nuestra reserva porque somos foodies y tenemos que subir contenido?
¿Y si fuésemos primos hermanos que se aman en secreto y por la presión social no pueden estar juntos y ha metido el dedo en la herida?
La palabrita me pone el vello de punta, y sin poder aguantarme más a mí misma, me levanto precipitadamente.
—Voy al baño. Ahora vengo.
DiMarco parece pensar que miento, que no pienso volver, que de hecho me voy a sacar del bolso la DeLorean para que me escupa en la casa de mis padres cuando eran jóvenes con tal de no estar en su compañía.
Al menos esa es la cara que pone. Pero yo no puedo sentarme en una mesa con él y fingir ser una persona corriente sin antes haber revisado mi aspecto.
Por suerte, el baño del restaurante goza de un espejo de cuerpo entero y de una iluminación perfecta para valorar críticamente mi atuendo.
Porque solo puedo valorarlo críticamente.
Llevo un bolso de Guess, por el amor de Dios.
Y una camiseta de algodón básico por dentro de una falda de tubo negra.
Podría ser la azafata de una aerolínea de bajo coste.
Podría ser la vigilante de un museo que se dedica a decir «las fotos sin flash, ¿vale?
» mientras juega al Candy Crush encorvada en su taburete de la esquina.
Lo peor de todo. ¡podría ser cualquier otra mujer que se hubiera traído al restaurante!
La puerta se abre. Lo que me faltaba. Seguro que ahora viene a aplicarse la segunda capa de pintalabios una señora con un sentido de la estética intachable y un bolso de una marca que no está ni trillada, ni pasada de moda, ni es la referencia de las catetas que empiezan a interesarse por los artículos de medio lujo pero no tienen ni la menor idea de cuáles merecen la pena.
Resulta que ese no es el perfil de individuo que interrumpe mi crisis autocompasiva.
Doy un respingo al oír la voz de DiMarco cerca de mí.
—¿Estás enfadada?
—¡Dios! —exclamo con la mano en el pecho. Con la otra le suelto un manotazo en el hombro—. ¡La leche! ¡Qué susto!
—Perdón. ¿Estás enfadada?
—¡No! ¿Por qué?
—Porque has salido corriendo.
—Solo he venido a... a... —Mi vacilación solo me hace ver espantosamente culpable de los cargos, y aunque sus métodos no han sido muy ortodoxos que se diga, le ha puesto cariño a la cita.
Y quiero estar aquí, esa es la verdad. Me alegro de estar aquí.
Podría intentar demostrarlo, para variar—. Quería ver qué aspecto tenía.
DiMarco me mira de arriba abajo sin entender.
—¿Qué aspecto se supone que tienes?
Vuelvo a arrearle un sopapo en el hombro. Me viene de perlas para desahogarme.
—¡Uno muy poco apropiado para una cita! ¡Ya te vale! ¡Podrías haberme dicho que me arreglara!
—Tú siempre te arreglas.
—¡Me habría arreglado más!
—¿Eso es posible? ¿Qué ibas a ponerte? ¿El vestido de quinceañera?
—No celebramos fiestas de quinceañera en Luisiana.
—¿Qué celebráis? ¿La comunión?
—Por ejemplo.
—Pues el vestido de comunión. Seguro que todavía te queda bien.
Acaba de señalar que estoy delgada, o lo que es lo mismo para los estándares de belleza, que tengo un tipín.
Podría empezar a disculparlo.
—Me habría vestido de otra manera para una cita. ¡Y me habría lavado el pelo! ¿No ves que me he hecho el clean look ?
—¿Y qué pasa?
—¡Que una mujer nunca se hace un clean look para una primera cita!
—Eso no lo leí en los blogs —murmura.
—¿Qué blogs?
DiMarco se mete las manos en los bolsillos.
—Ningunos.
Incluso en esa pose sigue sin parecer inofensivo. En todo caso, lo sería tanto como una pantera echando la siesta bajo la sombra de un roble. O un sauce. O la clase de árbol que haya en la Sabana, si es que las panteras viven en la Sabana, o en la selva, o qué sé yo.
¡Ahora hasta desvarío!
Decido rendirme a lo evidente, incluso si no es evidente para él. Este hombre me ha besado, se ha restregado conmigo y me ha practicado sexo oral. Creo que no estaré poniéndome en ningún compromiso confesando que:
—No es que esté enfadada. Estoy nerviosa, ¿vale?
—Yo también estoy nervioso. —Se lo piensa antes de ceder a la verdad, como siempre reacio a expresarse, sospecho que por miedo a pifiarla y no por vergüenza—: Siento que la puedo cagar en cualquier momento. Y no la quiero cagar.
Su respuesta me enternece, pero pongo los ojos en blanco.
¡No hace más que empeorar mi agobio siendo adorable!
—¿No ves que da igual que la cagues? ¡No has hecho otra cosa desde que te conozco y me... —aprieto los labios— me interesas igual!
—¿Por qué estás nerviosa tú, entonces? Es el mismo caso. Ya me gustas. No puedes hacer nada mal.
—No es cierto. Siempre me ves siendo dueña de mí misma, resolutiva, desenvuelta...
DiMarco me desconcierta con una sonrisa incrédula.
—Resolutiva y desenvuelta puede ser, pero ¿dueña de ti misma? Siempre que te veo estás de la olla. Y no pasa nada. Mejor, ¿no? Si hemos visto lo peor el uno del otro, ahora solo se puede ir para arriba.
—Visto de esa manera... —mascullo de mala gana.
Odio cuando tiene razón.
—¿No quieres volver y probar alguna de esas gambas de arbequina y caviar rojo, o lo que cojones sea?
—Sí, pero antes necesito un momento.
Para hacer mis respiraciones de yoga.
—Vale.
No denota la menor intención de largarse.
—A solas —recalco.
DiMarco me mira a los ojos.
—¿Te vas a escapar por la ventana?
—No hay ninguna ventana. Y eso solo pasa en las comedias románticas.
—Bueno. A lo mejor puedo hacer algo para que te sientas mejor. —Avanza un paso y me pone las manos sobre las caderas—. Ya sabes, para que se te vayan los nervios... aunque yo no quiero que se te vayan los nervios. Si no estuvieras nerviosa, no serías tú.
—Estos nervios son diferentes.
—¿Eso es bueno o malo?
—No lo sé. La verdad es que salgo poco —confieso con la boca pequeña—.
Es la primera cita que tengo en un año y medio, y antes de eso no es que los hombres se pelearan por llevarme a cenar.
No quiero decir con eso que no ligue, sino que.
.. estoy muy ocupada. Y no me suelo sentir atraída por.
.. Digamos que me gusta más la idea del amor que el amor en sí mismo.
No quiero decir con eso que lo que tú y yo estemos haciendo sea amoroso, o sea, no es amistoso, pero tampoco amoroso, ¿no?
Lo que pretendía explicarte es que no estoy acostumbrada a la tensión de una primera cita, y menos todavía a que una primera cita no me decepcione a los cinco minutos.
DiMarco consulta el reloj.
—Te he recogido hace media hora. Parece que voy mejor que los demás.
—¿Ahora te vas a poner competitivo?
—Siempre. —Aprovecha que sus manos siguen sobre mis caderas para tirar de mí hacia él, pero no me mira mientras piensa si decirlo o no, si no decirlo o sí. Al final masculla—: No me ha gustado imaginarte con otro tío. Me alegro de que todas tus citas fracasaran.
El comentario está tan fuera de lugar aun dentro de que pretende transmitir un sentimiento noble que se me escapa una carcajada.
—Deberías ensayar lo que vas a decir antes de soltarlo. Yo empiezo a acostumbrarme a tus sincericidios, pero el resto del mundo podría no tomarse bien tus perlitas.
—A mí me da igual el resto del mundo mientras no te enfades tú.
—Se encoge de hombros con sencillez. Clava en mí una de sus miradas penetrantes y reflexivas, inocentes pero no por eso menos intimidantes—.
Voy a darte el beso que te debo del aeropuerto.
El que se me ha olvidado por culpa de la multa. A lo mejor así nos tranquilizamos.
A sabiendas de que mi consentimiento está implícito en mi expresión y en el nudo tembloroso en el que se ha convertido mi cuerpo con su proximidad, no me importa que se incline a reclamarlo sin esperar mi afirmativa.
Le echo las manos al cuello, ahí donde enseguida confirmo que ha vertido gotas de colonia, y recibo la caliente presión de su boca como agua de mayo.
Se me escapa un suspiro de alivio y de agonía al mismo tiempo. Es cierto que se deshace de mis nervios de colegiala rozando la lengua con la mía, pero a costa de imponer ese impertinente caos de emociones que me nubla la razón y hace que se me olvide comportarme como una señorita.
Lo abrazo por los hombros para acercarlo más a mí y me permito trasladarle secretamente, con mi lenguaje corporal, que me gusta.
Me ha gustado la torpeza inocente de su trampa, me ha gustado su manera de ofrecerme las flores-jambiya, me ha gustado el restaurante con su menú jeroglífico, me ha gustado que me siguiera preocupado al baño y que no quiera que me escape por la ventana.
Me gusta todo lo que hace, lo haga bien o lo haga mal, porque siempre lo hace de corazón.
Yo no puedo decir lo mismo. Salvo cuando él está involucrado, que entonces —y desde que acepté que me gustaba— también hago y deshago en función de lo que siento.
Se separa lo suficiente para apoyar la frente contra la mía.
—¿Mejor? —me pregunta con los ojos cerrados.
—Creo que sí. Ahora vuelve a la mesa, ¿quieres? ¡Van a pensar que nos hemos encerrado en el baño para hacer suciedades!
—Vale. —Gira en redondo de mucho mejor humor. Ya está empujando la puerta con la palma cuando dice—: Para que lo sepas, en el mundo árabe y en Oriente Medio los hombres se dan la mano en la calle como muestra de camaradería y afecto. No es nada romántico. Lo acabo de mirar.
—Pero nosotros no somos del mundo árabe.
—Pues yo creo que podemos ser y hacer lo que nos dé la gana.
Y desaparece.