Capítulo 15
I Wanna Be Your Dog (But Also Your Cat And Your Lover)
DiMarco
Creo que ella piensa que la cita ha sido un desastre, porque nada más sentarse en el coche me dice:
—La cita ha sido un desastre.
Su aseveración me sorprende. Sobre todo porque está ruborizada de placer —uno sabe cuándo el rubor es de placer—, se ha reído unas cuantas veces en el transcurso de la noche y se ha comido mi postre.
Esto último después de decir que no quería postre .
Tampoco quería una cucharilla para compartir el mío.
Debería haberlo visto venir. ¿A medias de qué, si Lara Cosima es Alejandro Magno? Tiene que conquistar toda Asia y ya de paso mi coulant porque con Macedonia —o, en este caso, con una macedonia— no le basta.
—Ya hay que tener valor para decir que la cita ha sido un desastre luciendo una mancha de chocolate de mi postre en la comisura de la boca.
Lara Cosima se apresura a mirarse en el espejo retrovisor y limpiarse con la yema del dedo.
Todavía abochornada por el comentario —qué fácil es sacarle los colores, es adorable—, se gira hacia mí con solemnidad, como si en lugar de estar en una cita fuéramos a debatir las obligaciones de un tratado de paz europeo.
—¿No estás de acuerdo conmigo?
¿Que si estoy de acuerdo? Remontémonos a las últimas dos horas y media.
Nada más volver a la mesa, me ha dado por culo que estuviéramos tan separados y he arrastrado la silla para sentarme a su lado.
Elsie me ha preguntado en voz baja, avergonzada, que ¡qué hago!
, que ¡por qué no me estoy quieto! y que ¡estoy llamando la atención!
Yo le he explicado que si me separa de ella poco menos que el río Mississippi no le puedo acariciar la rodilla bajo el mantel.
Ella me ha prohibido de manera terminante acariciarle la rodilla bajo el mantel.
Aun así no he vuelto a ponerme enfrente porque uno debe defender sus principios hasta el final.
Luego se ha puesto a hacerme preguntas sobre el TDAH , pero dudo que la cita le haya parecido un desastre por eso.
Por ese motivo debería habérmelo parecido a mí, que me he planteado crear un blog masculino sobre nuestros must y nuestros mustn’t en las salidas románticas solo para especificar que a un tío nunca le apetece hablar del Adderall y del Ritalin delante de un plato de gambas rojas, que eran rojas de verdad, rojo sangre.
Ha tenido el valor de mosquearse porque quería cambiar de tema y así conocerla mejor. Y porque he dicho: «Venga, hombre, como si no te gustara hablar de ti misma».
En su opinión eso ha sido un «comentario desacertado».
Pero nos hemos recuperado.
También es cierto que me ha reprochado que no la mire a los ojos cuando me cuenta una anécdota, pero si está enfadada por eso entonces es una falsa.
He resuelto el problema enseguida diciéndole que la estoy escuchando aunque no mantenga el contacto visual y le he repetido palabra por palabra lo que venía relatando sobre los concursos de equitación.
—Has criticado que tenga un caballo —empieza a enumerar ahora, en el coche—, has dicho que mi padre es un redneck de libro...
—He dicho que lo parece.
—... has torcido la boca cuando te he contado que mi familia vive de la manufactura del petróleo y el carbón, como si fuera culpa suya heredar un imperio...
—No es culpa suya, pero tampoco se lo han ganado.
—... has insinuado que te gusta Catherine Zeta-Jones...
—Pero si tú has dicho que a quién no le va a gustar Catherine Zeta-Jones.
—¡No se menciona el nombre de otras mujeres en la mesa!
—Es una mujer casada de cincuenta y seis años y no la conozco.
Evito mencionar que me la suda que tenga cincuenta y seis años, que me la follaba igual.
—¿Y qué? ¡También hemos discutido por las que son nuestras prioridades en la vida! ¡Me has dicho que soy adicta al trabajo! ¡Y que creer en Dios está pasado de moda!
—¿Te he ofendido?
—No es eso.
—¿Lo has pasado mal?
—Tampoco es eso —insiste cansinamente.
—¿Entonces?
—Las citas están para averiguar si dos personas tienen valores y objetivos suficientes en común para seguir conociéndose, DiMarco. ¿No ves que tú y yo acabamos de confirmar que somos incompatibles?
—¿Y eso lo afirmas solo porque me sorprende que siga habiendo católicos en esta economía?
—¡Lo afirmo porque somos la noche y el día!
—¿Eso no significaría que nos complementamos?
—¿Por qué insistes en darle la vuelta a todo?
¡Tú también has estado ahí cuando discutíamos!
Supongo que es mejor para nosotros que no haya salido bien —medita para sí, acariciando el borde de las flores con la yema de los dedos—.
Así podemos continuar nuestra relación profesional con la espinita ya sacada, sin seguir corriendo el riesgo de complicarla.
Si hubiera ido en condiciones, habría tenido que volver a decepcionar a Roberta anunciando que dejo a mi segundo cliente importante en el mismo año. ¡Qué horror!
Al final la cita va a ser un fracaso, pero porque me da la gana a mí, no porque se la dé a ella.
—¿Te preocupa más decepcionar a tu jefa con tu vida sentimental que decepcionarte a ti misma privándote de ella? ¿Y luego te ofendes porque te llamo adicta al trabajo? No es mi culpa que te tomes como un insulto los rasgos capitalistas que tú misma has cultivado.
Lara Cosima me mira sorprendida. Solo la iluminan los focos blancos del aparcamiento exterior del restaurante y la luz anaranjada del interior del coche, que he encendido porque me gusta su cara y estoy aquí para vérsela.
—¿A qué viene eso?
—A que yo también tengo opiniones —mascullo devolviendo la vista al frente.
Tamborileo los dedos contra el volante. Como siempre, la pierna se me mueve sola—.
¿Qué quieres que hagamos? ¿Te llevo al aeropuerto?
¿A un hotel? ¿Borro tu número? ¿Me uno a una tribu amazónica para que no tengas que verme nunca más?
Ella se queda en silencio. Continúa acariciando las flores, no sé si nerviosa, distraída o dándole vueltas a su más reciente sentencia.
—Oye —dice en voz baja—, no es que lo haya pasado mal. Te agradezco la invitación. Ha sido divertido, y... No te enfades conmigo.
—¿Cómo no me voy a enfadar? Parece que es imposible hacerlo bien contigo, joder. Siento que te has agarrado a la primera excusa que se te ha ocurrido para escurrir el bulto porque no quieres complicar las cosas.
—¡Alguien tiene que preocuparse de que no acaben como el rosario de la aurora, y ese alguien no ibas a ser tú, que parece que quieras precisamente complicarlas!
¿O no eres el que me pidió que no dejara de ser su agente?
, ¿el que me lo pidió mientras me besaba en un campo de fútbol, de hecho? ¡No puedes tenerlo todo!
—Pero podré tener algo, ¿no? —Agarro el volante con fuerza, frustrado—. Si debo elegir entre una cosa y otra, lo veo claro. ¿No puedes o no quieres ser mi mánager si estamos liados? Pues vale. Me la pela. Prefiero salir contigo.
Le extraña tanto mi orden de prioridades que pasa por alto que he dicho que me la pela.
—¿Cómo vas a preferir salir conmigo por encima de mi desempeño profesional? Lo primero podría fracasar mientras que ha quedado demostrado que lo segundo es tan fiable como la ley de la gravedad.
Su perplejidad al arrojarme la pregunta me descoloca.
—¿En qué mundo iba a preferir lo contrario?
Me gusta la persona que eres, no lo que haces por mí.
No te voy a negar que sea difícil distinguir lo uno de lo otro, porque parece que toda tu vida se reduzca a Velvet Room, a Roberta no sé qué pollas y a tus desayunos con tu compañera Samantha, dos tías que me parecen dos pedazos de gilipollas, por cierto.
—¡No hables así de ellas!
—Pero lo hago. Lo distingo —continúo—. La verdadera pregunta es si tú quieres salir con alguien por encima de lo que quieres un cliente; si eres capaz de pasar el rato con un tío sin racionalizar las ventajas, inconvenientes, oportunidades de negocio y todo ese rollo de mánager.
Que no opinemos igual en algunas cosas será una mierda cuando vas a representarme.
Supongo que hay que estar de acuerdo para sacar adelante un proyecto o una nueva imagen de marca.
Pero si vas a salir conmigo tampoco será para tanto que no me guste el nombre de tu caballo o que tu padre se peine con gomina.
—Salir con alguien también consiste en sacar adelante un proyecto, DiMarco.
—Uno que no te has tomado en serio nunca porque sigues llamándome por mi apellido.
—¡Todo el mundo te llama DiMarco!
—Tú no eres todo el mundo. Y puede que quedar en plan romántico sea un proyecto, vale, te lo compro. En ese caso, con más razón puedes extrapolar nuestra experiencia como agente y cliente al otro ámbito. ¿O no hemos demostrado ya que podemos ponernos de acuerdo? Me he cortado la barba.
—No quiero tener que decirle a Roberta que te he abandonado como cliente para poder acostarme contigo.
—Pues haber empezado por ahí.
—¿En serio tengo que explicarte que sería vergonzoso? ¡E irresponsable!
—¿Y qué le hacemos si lo eres?
Se tensa físicamente.
—¿Perdona?
—Eres irresponsable. O demasiado sensible para dedicarte a esto, si lo prefieres.
Tus clientes más tochos hemos sido Alexia y yo.
Tu mejor amiga y un tío que te gusta. A lo mejor no estás hecha para el trabajo.
Salta a la vista que te falta frialdad para vivir pegada al culo de alguien sin implicarte emocionalmente.
O eso o necesitas aprender a diferenciar el curro de la vida privada.
—¿A qué viene esto ahora?
—Lo estás pasando mal porque te has visto obligada en un corto período de tiempo a separar lo laboral de lo personal, primero con tu amiga y luego conmigo.
Y como te da vergüenza no ser profesional, eliges lo laboral.
Lo has hecho con ella y lo estás haciendo conmigo.
¿Cómo no vas a sabotear mi cita si hasta has saboteado tu relación con Alexia?
Me lanza una mirada no sé si más rabiosa que pasmada o al revés.
—¡Eso no es asunto tuyo! ¡Y quien la saboteó fue ella!