El partido del año Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Vuelve a interponer el ramo de flores entre nosotros con esperanzada impaciencia.

—Claro —musito con la garganta atascada.

No me da pie a agradecerle el gesto. Gira en redondo en cuanto las agarro por el papel coreano que envuelve los tallos, perdiéndose así mi estúpido rubor y mi conmovida sorpresa al reparar en que le habían estado sudando las manos.

Vale. Recapitulemos. Estoy escoltando a Myles DiMarco, wide receiver de los Boston Beasts y actual ¿o pasado?

cliente de Velvet Room a su coche. Un coche que pondrá en marcha en cinco minutos y nos llevará a un restaurante.

Un restaurante en el que comeremos. Cara a cara.

Tête à tête. Face to face . Allí mantendremos una conversación estable, al principio torpe por los nervios, después más fluida gracias a las copas de vino, pero siendo en todo momento benevolentes con el otro porque se supone que buscamos agradarnos.

A lo mejor después sugiere tomar una copa en un local de moda. Tal vez para rematar la noche me invite a su apartamento. Eso es, en sus palabras, lo-que-se-hace-en-las-citas.

Pero ninguna cita que yo haya tenido ha empezado nunca con una trampa, una multa, un puñado de ladridos y la entrega indiferente de las flores más bonitas del universo.

Claro que no he tenido muchas citas. Solo las suficientes para considerarme inexperta y por ello ser buena conmigo misma: «Es normal que la histeria te esté devorando por los pies, Lara Cosima, cariño.

De hecho, es normal que la histeria se esté dando un festín con tus vísceras, como el águila que Zeus envió a Prometeo.

¿No ves que no se te da bien el amor? ¿No ves que lo tuyo es trabajar? ».

Si aunque la mona se vista de seda, mona se queda, ya puedo adelantar que aunque la niña rica más odiada de Abita Springs se disfrace de triunfadora neoyorquina, sigue y seguirá siendo la niña rica más odiada de Abita Springs con todas las inseguridades que eso comporta.

DiMarco no me dirige la palabra en todo el camino hacia el corazón de Boston.

La niña odiada de Abita Springs lo agradece —he perdido la voz como Adele en 2011 —, pero la triunfadora neoyorquina está anotando su nefasta actitud en la libretita/marcador cuya puntuación final determinará tras la conclusión de la noche si se celebrará una segunda cita o no.

«¿Todavía no ha empezado la primera y ya piensas en la segunda? Te recuerdo, cielo, que Myles DiMarco es tu cliente hasta que se demuestre lo contrario».

Me abrazo a mis flores como si pudieran defenderme de mí misma.

Me he sentado en el asiento del copiloto y junto las piernas a presión, como una mujer que ha roto aguas en el taxi y ha sido amenazada por su conductor de no manchar la tapicería nueva.

Miro de reojo hacia mi izquierda, donde DiMarco está tan concentrado en la carretera que parece que vaya a practicarle una cirugía a corazón abierto a un recién nacido —¿qué me pasa con las comparaciones de bebés y embarazadas? —.

A lo mejor el TDAH le impide prestarme atención y atender a las señales de tráfico a la vez.

A lo mejor me está concediendo un tiempo para hacerme a la idea de lo que va a suceder, nada menos que una c-i-t-a.

A lo mejor no quiere que su conversación me distraiga de los hechos que podrían aplacarme o, en su defecto, empeorar el nudo en mi estómago: que se ha echado unas gotas de perfume masculino, lleva una camisa negra slim —entallada a la cintura, para quien no entienda la jerga— y es la mano más grande y venosa del mundo la que conduce el vehículo.

—Te pedí que evitaras salir en público con mujeres hasta que terminara contigo.

—Es de dominio público que eres mi mánager —resuelve enseguida. Está claro que ha visto venir este reparo en concreto—. No pasa nada si nos pillan cenando.

—Depende de dónde cenemos. ¿Me vas a llevar a McDonald’s?

—No. —Me mira de reojo—. ¿Habrías preferido McDonald’s?

Lo cierto es que me encanta McDonald’s, pero sé que no es un rasgo en línea con mi personaje. Cuando se me antoja un menú infantil procuro anudarme la pashmina bajo la barbilla y colocarme unas gafas para que nadie me reconozca, y siempre me siento a comer detrás de la puerta del aseo.

—No —musito, alisándome las arrugas de la falda.

Para aparcar en paralelo tiene que maniobrar dando marcha atrás. Mejor no digo cómo reacciona mi cuerpo viéndolo apoyar el codo sobre el respaldo, girarse y mover el volante con el canto de la palma, como si fuera muy poco masculino rodearlo con los dedos.

¿Qué tendrá ver a un hombre maniobrar la marcha atrás —¡no esa marcha atrás!—, que me provoca un cosquilleo?

Apenas me da tiempo a desarrollar curiosidad por el lugar de su elección, ocupada como estoy dedicando los momentos previos a la hora de la verdad a preocuparme por asuntos más acuciantes. Por ejemplo, y no necesariamente en orden de importancia:

​-​ El estado de mi pelo.

​-​ El estado de mi maquillaje.

​-​ El estado de mi ropa.

​-​ El estado de su ropa. Ha seguido mis consejos de estilismo, eso es evidente.

​-​ Su estado de ánimo.

​-​ Su estado de salud, pero eso es porque llevo días leyendo sobre el TDAH . A Dios pongo por testigo de que jamás volverá a pillarme con la guardia baja sin tener ni idea sobre algo.

​-​ ¿Qué ropa interior llevo?

​-​ ¿Me voy a quitar la ropa interior?

​-​ ¿Pretende quitarme la ropa interior?

​-​ ¿Es quitarme la ropa interior su único objetivo?

​-​ ¿Es que me quite la ropa interior mi único objetivo?

​-​ No me importaría en absoluto que fuera su único objetivo porque también es mi objetivo.

​-​ Al mismo tiempo: ¡ni de broma me voy a quitar la ropa interior! ¡Llevo unas bragas de algodón viejas!

Pero cabe la posibilidad de que dé mi brazo a torcer, porque baja del vehículo, le tiende las llaves a regañadientes al trajeado encargado del aparcamiento —¡el local tiene encargado de aparcamiento!

—, rodea el capó y me abre la puerta. Con los movimientos robóticos de quien tacha una obligación de la lista, sí, pero me la abre. Eso es sexy.

Dejo las flores en el asiento del copiloto con reticencia — volveré, pequeñas —, y apenas me he colgado el bolso del hombro cuando la mano de DiMarco sale disparada hacia la mía y me la agarra como si estuviéramos en la montaña rusa y le aterraran las alturas.

Busco su perfil, desconcertada, y descubro que un sudor nervioso arranca destellos a su frente morena.

—Si me coges de la mano no voy a parecer tu agente —le recuerdo en voz baja.

—Seguro que en alguna parte del mundo la gente se coge de la mano de forma no-romántica.

—Ya, pero nosotros somos estadounidenses. Tenemos la cultura de coger de la mano solo de forma romántica.

DiMarco se detiene ante el encargado de las reservas y me lanza una mirada que debería haber sido exasperada, amenazante o suplicante, pero solo es humilde.

—¿Podrías no criticarlo todo?

Me lo pide con tanta gentileza que enmudezco de inmediato.

Bueno, ¿y qué pasa si me coge de la mano?

Solo que se va a dar cuenta de que estoy sudando, pero él también está sudando.

Nadie más sabe que estamos sudando. Y si alguien lo sospecha porque asume que somos una pareja enamorada, sigo siendo Lara Cosima.

Mañana me inventaré una historia que justificará que nos suden las manos si algún tabloide osa comentar nuestra cena, y tendrán que creerme porque en eso consiste mi trabajo.

Hacer que se traguen la narrativa que me apetezca improvisar.

El interior del restaurante termina por convencerme de lo que ha estado flotando entre los dos pero no he querido o podido asimilar: se está esforzando.

Dudo que eligiera este restaurante a todas luces romántico, caro y de moda para cenar con sus amiguitos.

Él es un hombre de placeres simples y solo tiene un gusto exquisito en lo que a mujeres respecta, y no lo digo por mí, sino por Terry, el nuevo rostro de Dior al que el hombre que me ha invitado a comer nunca amó.

Dios mío. Voy a cenar con un hombre que nunca amó al nuevo rostro de Dior. Mi padre, que es la persona que más me quiere en el mundo, se refiere a mi cara como la de la ratita presumida, y está siendo generoso. ¿Qué me cabe esperar de la cita, sino el fracaso y la desolación?

«Tú también has salido con hombres atractivos, Lara Cosima».

«¿ TAN atractivos? ¡Y un cuerno!».

El encargado de las reservas nos escolta a través de un lounge bar de mármol claro y piedra natural.

Cruzamos unos arcos inspirados en la arquitectura griega con detalles en latón envejecido y un primer comedor repleto de comensales entusiasmados por haber encontrado sitio.

Nuestra mesa está recogida detrás de unos maceteros con olivos de tamaño razonable y ya provista de copas de cristal finísimo y vajilla artesanal.

Me siento procurando disimular que no soy ni puedo ser una persona normal al respecto de esta cita. Despacio. Con cuidado de no arrugar la falda. Sonriendo de manera escueta. Aceptando el menú con un cabeceo agradecido. Fingiendo que presto atención a los entrantes.

¡Eso es! ¡Soy muy normal! ¡No sufro ataques de inseguridad paralizantes cuando un hombre me lleva a cenar!

¡No me tiemblan las manos! ¡No me estoy acordando con delirante detalle de cuando me acosaban en el instituto por no ser lo bastante guapa!

¡No me preocupa llevar la braga faja de Bridget Jones!