El partido del año Capítulo 14
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Capítulo 14

Crying Laughing Loving Lying… Dating?

Lara Cosima

A estas alturas tendré que comprar un bono de diez viajes mensuales entre Nueva York y Boston. O sacarme el carné de conducir. Y luego comprar un coche. Y ya estoy sonando como DiMarco, enumerando lo que me va viniendo a la mente como quien envía mensajes con walkie-talkies.

Porque no, no ha cambiado el modo en que se dirige a mí. El último texto que he recibido de su parte decía: «Se ha presentado algo urgente. Intenta estar a las siete de la noche en el aeropuerto». Le ha faltado el «cambio y corto».

Por otra parte: ¡a las siete! ¿Qué horas son esas para citar a una joven y respetable mánager que cena a las ocho y media para estar a las nueve en punto con la sábana al cuello y la rutina de cuidado facial haciendo brillar su rostro como Edward Cullen bajo el sol?

¿Por qué cree que voy a sacrificar mis previos al descanso y por eso mismo sagrados tres cuartos de hora de TikTok para acudir a su ambiguo llamado?

Solo Dios sabe. Pero será la misma y misteriosa razón por la que efectivamente he decidido privarme de mi ritual llegando puntual al Boston Logan para atender su requerimiento.

He intentado por todos los medios sonsacarle datos acerca de la precipitada citación.

A lo mejor le han invitado a una fiesta y exige mi presencia para al menos tener pululando en las proximidades un rostro conocido.

.. o una correa humana que le contenga si pierde los papeles.

O tal vez haya algún tipo de reunión secreta con los patrocinadores de los Boston Beasts.

O, no lo quieran los santos, ha asesinado a alguien en uno de esos voluntos que le sobrevienen y pretende hacerme partícipe del crimen.

Me pongo muy nerviosa en mi camino a través del aeropuerto. Aferrada a lo único que he traído, mi bolso de Guess — lo sé, demasiado provinciano. He salido de casa corriendo, ¿de acuerdo? —, trato de hacer memoria por si acaso nuestro contrato especificara alguna cláusula al respecto.

Uno de los beneficios de firmar con Velvet Room es el estricto acuerdo de confidencialidad, que se prolonga aun después de su finalización para proteger al cliente de posibles vendettas personales.

Ya ha habido numerosos exagentes vengativos acudiendo a platós televisivos para airear los trapos sucios de sus representados, y nosotras estamos —o procuramos estar— muy por encima de eso, aunque solo sea por no caer en los tópicos.

Pero imagino que sucede como con los psicólogos: si crees que alguien está en peligro o tu pagador confiesa haber matado a alguien, no solo se puede, sino que se debe traicionar la confianza con el paciente, ¿no?

¿O los agentes somos como los curas? ¿Solo Dios podría juzgarle?

¿Tendría que cargar yo sola con el peso de un delito de sangre?

¿Tendré que cargar con el peso literal de dicho delito arrastrando el cuerpo exánime de un hombre de metro ochenta al maletero de un 4x4 ?

Supongo que es una buena señal que me imagine a una víctima masculina y esbelta. Significa que pienso lo mejor de mi cliente: solo se metería con un tipo de su tamaño.

Para cuando la brisa fresca de Boston me acaricia la cara a las puertas del aeropuerto, he decidido que voy a ser optimista —todo lo optimista que se puede ser con una coleta relamida, una camiseta de algodón translúcido y un bolso de Guess—: DiMarco me ha citado para darme una buena noticia.

Eso es todo. Va a pagarme una prima por mi bendita paciencia, mi generosa dedicación a su causa y mi excelso sentido de la moda, que sigue ahí aunque no lo esté haciendo notar ahora mismo.

Inspiro hondo, repito para mis adentros los mantras de la compasión que mi instructora de yoga me enseñó y me dirijo con seguridad a la hilera de taxis.

Toda mi calma se desvanece, sin embargo, al reconocer sobre los techos de los coches la cabeza morena y el ceño fruncido de un hombre que sortea el tapón de tráfico como cualquier criatura con sangre en las venas sortea los tapones de tráfico: con una mala leche que podría parar un tren.

Extrañada al ver a DiMarco aquí, y con un mal presentimiento cada vez mayor, levanto la mano para que me localice.

Pero resulta que él me había localizado ya, porque camina directo hacia mí zigzagueando entre los vehículos, a veces metiendo el hombro como si estuviera en un partido, a veces demostrando su agilidad de deportista efectuando quiebros magníficos.

O a lo mejor solo me parecen magníficos porque por primera vez en mi vida lo veo con una americana perfectamente entallada a los hombros y el pelo no ya recién lavado, sino seco y peinado con pulcritud.

Mi pasmo no hace sino aumentar cuando su cuerpo emerge de entre la fila de taxis, Uber y Lyft igual que Moisés de las aguas del Mar Rojo.

En una mano lleva las llaves de un coche. En la otra carga un precioso ramo de dalias blancas y de todos los tipos de rosa: rosa pastel, rosa bebé, rosa francés, rosa salmón, rosa melocotón, rosa nude .

Creo que se entiende el concepto.

Lo único que me salva de desmayarme de la impresión es que lo sujete como un guerrero yemení su jambiya, con el puño crispado rodeando los tallos y las corolas apuntando al suelo.

¿Quién sostiene así un ramo de flores?

—Me han puesto una puta multa —es lo primero que bufa en cuanto llega a mi altura.

Lanza miradas fulminantes a un punto a su espalda, y en un momento dado levanta una mano para hacer un corte de mangas con el que se podrían haber aludido hasta veinticinco conductores—.

¿Y yo qué coño sé si no se puede aparcar ahí? ¿Acaso lo pone?

—¿Dónde has aparcado? —atino a preguntar en plena confusión.

—En la zona de taxis, parece. Porque la zona de taxis tiene que ser la prioritaria, claro que sí.

No vaya a ser que alguien sea recogido por su familia o sus amigos y no se gaste una pasta en un trayecto de mierda hasta el centro.

¿A ti te parece normal que ocupen la mitad del jodido aeropuerto?

Habría que cargarse el monopolio del servicio de transportes.

Me dan ganas de preguntar a qué monopolio se refiere, si hasta donde me alcanza la vista hay al menos tres tipos de vehículo de tres empresas diferentes, pero mis ojos siguen fijos en el ramo de flores.

Por alguna razón se me ha acelerado el pulso.

¿Son para mí?

Bah, ¡qué van a ser para mí! Las habrá encontrado tiradas en una papelera cercana.

Tonterías . ¿Quién tiraría un ramo así? Debe valer al menos cien dólares; ciento cincuenta a juzgar por la calidad de las flores, reconocible por el aroma fresco que emanan, y el intrincado diseño que el florista ha improvisado colocando distintos brotes de temporada entre las dalias.

—No me has llamado porque te han multado en el aeropuerto y pretendes que me haga cargo de la cifra, ¿verdad?

¿O es que has llegado a las manos con el policía que te ha extendido la factura?

¿Tengo que hacer algún control de daños?

Porque todavía no hemos zanjado si voy a seguir siendo tu mánager o no.

Lo más lógico sería lo segundo: que ni hablar del peluquín.

DiMarco deja de maldecir por lo bajo a los taxistas, a los de Uber, al sindicato de transportes, al gobierno estadounidense y, ya que está, a los lobistas de Silicon Valley y a la madre que lo parió.

Alza la vista hacia mí y solo entonces repara en que yo soy yo, estoy aquí en cuerpo y alma y llevo un rato varada en medio de la entrada a la terminal.

Su expresión pasa de la irritación a la insólita timidez. Agacha la vista hacia mis pies, cambia el peso de pierna y me dice mientras se rasca la nuca:

—No, ¿qué dices? Te he llamado para la cita.

—¿Qué es «la cita»?

—Me dijiste que te invitara a salir, ¿no? —Levanta la mano del ramo y lo señala con la barbilla. Todavía vacila un momento antes de extendérmelo con la rigidez de un niño malhumorado—. Pues eso he hecho.

La perplejidad me impide abrazar sin objeciones las preciosas dalias.

—¿Cuándo lo has hecho?

—Esta mañana. Te envié un mensaje. Y lo has visto. Por eso has venido.

—¿Te refieres al mensaje que me decía que había una urgencia? ¿Esa era tu manera de... invitarme a salir? ¿Se supone que yo tenía que deducir que iba a venir a Boston, a una hora y media de vuelo de Nueva York, cinco en coche, para ir a una cita contigo?

Ni siquiera él, con sus más que evidentes dificultades para entender y ni mucho menos acatar las normas sociales implícitas o explícitas, puede mirarme a los ojos y decir que lo suyo ha estado bien hecho.

No lo hace. Vigila mis visajes de reojo con la desorientación y la sospecha de un perro cuando descubre que pretendes echarle una foto a traición.

—Es que si te lo pedía con todas las letras a lo mejor me decías que no.

Estoy a punto de preguntarle por qué pensaría que le diría que no cuando fui yo la que lo amenazó con el celibato si no se comportaba como un caballero, pero resulta que me conoce mejor que yo misma.

¡Por supuesto que le habría dicho que no! O sea, le habría dicho lo que hubiera correspondido para evitar sentirme como me siento ahora que sé lo que se me viene encima: tan nerviosa que noto la boca anestesiada y he dejado de tener el control sobre los músculos faciales.

—En resumen, me has emboscado.

DiMarco medita si he utilizado o no las palabras adecuadas para al final asentir con la cabeza.

Enseguida cae en la cuenta de que no ha sido su mejor trabajo.

Casi al mismo tiempo comprende que a pesar de eso se va a salir con la suya.

De ahí que me lance una mirada entre traviesa y mortificada y me sonría discretamente para no sacarme de la estupefacción, pues debe constarle que mi siguiente parada sería la indignación.

—Ya que estás aquí podemos ir a cenar.

—¿Me quieres llevar a cenar?

—Es lo que se hace en las citas, ¿no? Tengo el coche allí aparcado. Ya que me han multado, me he tomado la libertad de dejarlo un rato más.

—¿Es eso legal?

—Creo que no. ¿Entonces las quieres?