Capítulo 12 #4
—¡Claro que el problema no es ese! ¡El problema es.
.. es...! Tú y yo no... —Aprieto los labios, exasperada—.
No pegamos nada, ¿de acuerdo? Como tú muy bien dijiste en su día, no soy modelo, sino «una pija de Alabama».
A lo mejor no comparto tus valores, ¿te has parado a pensar en eso?
Y nuestras prioridades son distintas. Vivimos cada uno en una ciudad, y yo no renunciaría a Nueva York por nada en el mundo.
Y no sé nada de fútbol, y tú no eres un hombre sensible.
A mí me gustan los hombres sensibles, ¿vale? Y...
Se me entrecorta la respiración cuando DiMarco me coge de la muñeca y guía mi mano a su entrepierna, ahí donde arde una erección descomunal.
—Sí que soy sensible —se defiende en voz baja—. Sobre todo contigo.
—¡Eres un cerdo!
Pero no encuentro la voluntad para apartar el brazo, en parte por la curiosidad, en parte por el asombro.
¿Cómo es posible que se haya puesto así de repente?
Me consta que la excitación masculina es un misterio, porque he tenido compañeros de clase que sufrían una erección repentina en plena lección de Matemáticas y no se podía decir que fuera porque encontraban atractivas las derivadas.
Pero él sostiene que soy yo y nadie más que yo la que lo provoca.
Cosa que no deja de sorprenderme. Mi experiencia sexoafectiva es, por decirlo de algún modo, limitada . ¿Cómo no iba a serlo cuando el trabajo consume mi vida?
Pero no puedo pensar en el trabajo, ni en mis carencias psicosociales, ni en el contrato de rescisión, ni en el TDAH , ni en nada, porque DiMarco interpreta correctamente la blandura de mi cuerpo y reclama un beso de mis labios todavía encima de mí.
No me resisto más, falta de control como por lo visto siempre que se trata de él, y le rodeo el cuello con las manos para mantenerlo pegadito, haciéndome sombra bajo las estrellas que empiezan a brotar en el cielo.
Es solo un beso, me digo, pero con DiMarco nunca es solo eso. Lo demuestra que empiece a rozar sus caderas contra las mías.
—Estate quieto —le ordeno con voz débil—. Esto es...
—Indecente, lo sé.
—¡Pues sí! ¡Estamos en un espacio público! ¡Nos van a ver!
—Nadie nos va a ver. El campo está cerrado para todo el que no sea un Boston Beast.
—Yo no soy un Boston Beast.
—Pero tienes a uno comiendo de tu mano, que es lo importante.
Y se inclina para volver a besarme, por primera vez tan enfermo de los nervios que no puedo sino apiadarme de él. Es un alivio que esto que nos traemos le afecte tanto como a mí. No sé qué haría si no me acompañara en el sentimiento.
¡Pero no es un sentimiento! ¿Qué va a ser un sentimiento?
¡Es una emoción pasajera! El deseo no tiene ninguna dimensión profunda.
No es importante; simplemente es acaparador y exigente, y por eso le doy cabida.
.. ¿a que sí? No significa nada. Solo significa que estamos DiMarco y yo arropándonos el uno al otro con nuestras pieles en el corazón de un campo de fútbol, que me da igual que la humedad y el verdor de la hierba me calen la camisa de diseñador y que no estoy hecha de piedra.
¿Qué más va a significar, si no? Pues nada. ¡ NADA !
DiMarco se separa de mi boca para repartir besos por mi barbilla y la línea del mentón.
Yo me dejo hacer con los ojos a ratos cerrados, a ratos abiertos, y le transmito la que es mi voluntad acariciándole el pelo con los dedos, suspirando cada vez que me eriza el vello tocando un rincón sensible: el cartílago de la oreja, justo debajo del lóbulo, el hueco entre el cuello y el hombro, la clavícula que la camisa deja a la vista, y de nuevo los labios.
Y luego de nuevo la garganta. Y luego de nuevo el pecho.
Es como un marinero que ha perdido el rumbo y navega según deciden las caprichosas corrientes.
Se frustra igual, como nos frustramos todos cuando nos acordamos de que el cuerpo tiene limitaciones —y, por tanto, también los besos que se le pueden dar— y de que tarde o temprano esto se va a acabar.
—No sé qué tienes —reconoce DiMarco en tono lastimero. Recorre mi cuello con la punta de la lengua antes de volver a repararme los labios para tomar lo que quiere—, pero lo tienes, Elsie.
Repito sus palabras para mis adentros y me regocijo con vanidad.
Me gustaría decir algo, pero sigo aprisionada entre sus brazos —y él entre los míos, que conste, aquí todos vamos a sufrir por igual— y me da vueltas la cabeza.
Este es el único mareo agradable. El del deseo.
Esta es la única distracción justificada y hasta anhelada, la única por la que olvidaría lo que he venido a hacer, nuestras obvias diferencias y hasta el sentido común.
Estoy incorporándome para tomar las riendas de la situación, cada vez más nerviosa, más excitada, sintiéndolo todo a flor de piel, cuando de repente noto que se me mojan el pelo y los brazos.
Abro los ojos de golpe, sospechando que sea lo que sea esto es culpa de DiMarco, y observo que él también ha alzado la vista.
Confirmamos a la vez que los aspersores del campo se han puesto en marcha y nos miramos también a la vez para compartir las mismas emociones, como si en el fondo fuéramos una sola persona: primero pasmo y luego diversión.
Estoy segura de que si yo no me hubiera reído primero, él no se habría reído inmediatamente después.
Estoy segura, también, de que al igual que es la primera vez que lo escucho reír, también es la primera vez que yo me río delante de él.
Me lo hace saber estrechándome fuerte por la cintura, y, sonriendo todavía, me dice en tono juguetón:
—Tus ropitas, Elsie. Se están mojando.
—Culpa tuya. Como siempre.
—Como siempre —suspira con aire risueño.
Se pone de pie sin prisa, porque de seguro a él no le importaría que nos quedáramos aquí (a mí tampoco), y sin preguntar me coge en brazos como a las novias antes de cruzar el umbral.
Alcanzo a coger mi bolso y su casco, no así las protecciones, y a escuchar que murmura en referencia a «mis ropitas»—: Habrá que ponerlas a salvo.
Trota por el campo como si yo pesara menos que una pluma.
La risa le ha dejado un rastro de luz y un brillo infantil en la expresión.
Parece que se haya tragado el sol y lo esté iluminando desde dentro, como los farolillos de los festivales tailandeses.
Y luego esto yo, que aunque no haga frío ni haya dado tiempo a que la humedad me empape, he dejado de sentirme la cara y las manos y solo puedo sonreír, anestesiada, hasta que se agacha para que me baje con una delicadeza que desmiente su fama de bruto.
DiMarco no dice nada por un buen rato. Yo tampoco. Solo nos aguantamos la mirada, los dos mojados. Al menos una humilde servidora lo mira, es lo único a lo que se atreve. Él siempre hace otra cosa, lo lleva más lejos; me sondea con esos ojos de rey moro que tiene enmarcados por pestañas tupidas.
Y de repente se me ocurre que no es que mire con lascivia, que lo he malinterpretado todo este tiempo. La suya no es la obsesión de la lujuria simple y llana. Es la fijación de querer conocer, entender, estudiar. No es un hombre malvado que se regocija en lo que ve, sino un niño curioso.
Siente curiosidad por mí.
Un escalofrío interrumpe el hilo de mis pensamientos, y menos mal. Le tiendo el casco en un gesto de amnistía que él acepta sin perder la expresión pensativa —¿cómo le hará pensar el TDAH ? ¿Pensará demasiado? ¿Será caótico? ¿Piensa en mí?— y me agarro a mi bolso a modo de autodefensa.
—¿Te puedo dar otro beso?
Acompaña la pregunta inocente de una caricia distraída al cuello de mi camisa, que ahora recuerda a un papel mojado.
«Sí», gritan las células de mi cuerpo, incluso las neuronas, lo que ya quiere decir que estoy en serios problemas.
«Sí», dice también la mánager, porque, en fin, él y yo vamos a disolver nuestras relaciones laborales y sería un buen modo de despedirse.
«Sí», determina asimismo mi sentido común, esto no sé por qué.
¿Queda alguien por decir que sí?
Le aparto el brazo de un manotazo impaciente.
—Mira, si tanto te gusto —me sorprendo diciendo—, intenta demostrarlo de una manera que no nos vaya a costar una denuncia por escándalo público.
.. y que no me haga terminar empapada. ¡No en ese sentido!
—lo regaño al ver la amenaza de una sonrisa en sus labios.
Pero él sonríe igual, divertido, y yo, abochornada por haberle dado motivos, le cubro la boca con las dos manos—.
¡Lo digo en serio, Myles! ¡Deja de tratarme como a una amante ocasional!
¡Si quieres algo de mí, tendrás que llevarme de cita! ¡Como los caballeros!
Establecida ya mi advertencia, que no me cabe la menor duda de que ignorará —como suele ignorar lo que implique un sobreesfuerzo—, me retiro con la barbilla alzada. Me apresuro a dar media vuelta y largarme, a poder ser por los pasillos en los que no vaya a cruzarme con nadie.
Me puedo imaginar que la camisa blanca, ahora transparente, me ha puesto en un brete.