El partido del año Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Llevo una semana soñando con él todas las noches, incluso durante las breves siestas de diez minutos que me concedo entre el almuerzo y la segunda parte de la jornada, y me muero de impotencia, me tortura la incomprensión y sobre todo me abruma no saber remediarlo.

Suelo saber cómo remediarlo todo.

Al fin y al cabo, me dedico a negociar y a solucionar problemas.

Me da rabia que se hayan cumplido mis augurios.

He terminado donde sospechaba que terminaría si intimaba del modo que fuera con este sujeto: dando vueltas de campana en una espiral de locura.

No entiendo cómo ha podido pasar —es la primera vez que me sucede— y al mismo tiempo sé con exactitud por qué ha ocurrido: porque lo he permitido.

—Sí que me medicaba —dice él de repente—. Antes.

—¿Antes? ¿Cuándo?

—Cuando me ficharon. Capobianco veía que era errático, impulsivo, y me mandó al psicólogo del equipo. Me hicieron otra vez las pruebas. Salió lo mismo. Me recetaron las pastillas.

—¿Y? —pregunto con el alma en vilo.

El músculo de la ira contenida palpita en su mandíbula. Se incorpora con agilidad y, sin girarse hacia mí, apoya los codos sobre las rodillas.

—Me convirtieron en un cero a la izquierda, así que las dejé.

—¿Cómo que en un cero a la izquierda?

—Mi rendimiento bajó. Ya no jugaba bien. Se me nublaba la mente. Estaba cansado todo el tiempo. Me ponía de mala hostia porque sí. No dormía bien. Fueron unos meses de mierda —admite en voz baja, frotándose los nudillos—. Si no las hubiera dejado, me habrían largado.

—A lo mejor tomabas la dosis inadecuada, o...

Por primera vez en toda mi vida, renuncio a barajar opciones y me limito a asentir.

Claro que pienso que a lo mejor tomaba la dosis inadecuada.

Claro que pienso que quizá le mandaron las pastillas equivocadas.

Claro que pienso que, a lo mejor, a no todo el mundo le sientan bien las anfetaminas.

Pienso, también, que no porque el tratamiento no haya funcionado debe rechazar de lleno el diagnóstico, llegando a referirse a él como «su personalidad».

Pero puede que piense todo esto porque no tengo ni idea de lo que conlleva tener TDAH .

—Yo solo sé que jugar al fútbol es mi vida. Si algo me lo impide, sea un medicamento, una persona o lo que se te ocurra, le van a dar por culo. ¿Te vale con eso?

Me mira a los ojos esperando una única respuesta: «Sí, señor». Cualquier otra alternativa será debidamente ignorada.

—Bueno, pues... —me aclaro la garganta—.

En otro orden de cosas, y ya que no te apetece hablar de eso, voy a comentarte la razón de que haya venido.

Como te dije por WhatsApp, iMessage, correo electrónico y burofax, traigo aquí conmigo la rescisión de nuestro contrato de representación.

Seguro que no tengo que explicarte los motivos.

.. a no ser que no hayas leído mis múltiples mensajes.

Como la agencia no quiere perderte como cliente y el contrato con Gillette seguirá vigente hasta que se cansen de que seas la cara del producto, he pensado en transferir tu caso a mi jefa, la magnífica Roberta Montessore. ..

La mención de la dueña de Velvet Room termina de fruncirle el ceño.

—No pienso trabajar con otra agente.

—No es «otra agente». Es la profesional más aclamada de todo Nueva York. De toda la Costa Este, si me apuras.

—Como si sabe hacer pajas con los pies. No me interesa.

—¡Los comentarios sexistas sobran!

—No es sexista porque los hombres también pueden hacer pajas con los pies. Pero si te molesta, me corrijo: como si sabe hacer un mortal hacia atrás. No me interesa —repite.

Y para desproveer de toda solemnidad nuestra conversación —que ya de por sí escaseaba—, se saca por la cabeza la camiseta y las protecciones, todo empapado de sudor, y las arroja a un lado para volver a tumbarse sobre la hierba fresca.

Se le escapa un suspiro de alivio al contacto con el césped, suspiro que me distrae un instante y me trae recuerdos de la noche del programa.

«¡Céntrate!».

—Pues entonces limítate a firmar la rescisión a secas, ignorando el segundo contrato donde figura el nombre de Roberta, y así me puedo marchar de una vez. —Saco el contrato del bolso y se lo tiendo—. No tengo todo el día.

DiMarco clava la vista en los papeles grapados. Por un segundo parece que va a obedecer. Pero cuando alarga el brazo no es para coger el bolígrafo que le acerco con la otra mano, sino para agarrarme de ambas muñecas y tirar de mí para sentarme en su regazo.

Su nombre se me atraganta por el asombro e intento escabullirme empujándolo por el pecho, pero en cuanto mis palmas tocan su piel cálida y húmeda me apresuro a retirarlas y a encoger los brazos como un tiranosaurio.

—¿Por qué te enfadas conmigo? —pregunta en voz baja. Lo miro a los ojos, extrañada por el cambio de tono, y advierto que su expresión se ha dulcificado—. No estoy rechazando a tu jefa porque piense que es una inútil. Es que no quiero obedecer las órdenes de nadie más.

—Las órdenes de Roberta serían las mismas que las mías —balbuceo, haciendo hasta lo imposible para no rozarme con su cuerpo más de lo necesario. Pero ¿cómo no me voy a rozar? Estoy sentada en sus muslos, y él me abraza por la cintura sin ejercer presión—. La estrategia sería idéntica.

—Lo que pasa es que no hay dinero en el mundo para que yo le haga caso a alguien que no seas tú.

—¡Como si a mí me hicieras mucho caso!

—Ah, ¿no te hago caso? —Arquea las cejas mirándome con severidad bajo el flequillo—.

¿Piensas que me he afeitado la barba porque quería estar presentable?

¿Piensas que me he dejado sexualizar en un anuncio televisivo porque me encanta flexionar los músculos?

¿Piensas que me expuse a que me vacilaran en directo porque me gusta generar polémica?

Yo solo me esfuerzo para que estés contenta.

—¡Pues eso no funciona así! —protesto con la cara ardiendo.

El pulso se me ha disparado, cosa que solo me empeora el humor.

El colmo de males es mirarlo a los ojos y descubrir que está tan tranquilo como siempre, como si me hubiera dicho que va a cenar judías verdes—.

¡Yo no quiero trabajar por y para alguien que no cree en nuestro proyecto! ¡No le veo ningún sentido!

—No creo en el proyecto, pero creo en ti. —Se encoge de hombros—. Por eso tienes que estar en él si esperas mantener a los inversores. Porque o me ayudas tú o no me ayuda nadie.

—¿Me estás chantajeando?

—Te estoy hablando en plata. Si eso es chantajear, pues vale.

—Los dos sabemos que no quieres que te ayude yo por mi profesionalidad o mi talento. Quieres tenerme alrededor para seguir comportándote de un modo inapropiado.

—Eso es verdad.

Ya ni me sorprende su audacia.

—¡Y más allá de eso, eres imposible como cliente! ¡No me apetece estar encima de ti todo el tiempo!

—Ahí sí veo un conflicto de intereses, porque yo sí quiero que estés encima de mí todo el tiempo.

Pero puedes ponerte debajo, si lo prefieres.

—Sin darme tiempo a replicar, DiMarco lleva a cabo un movimiento ágil e impredecible para invertir nuestras posturas.

Mi espalda (y, con ello, mi camisa blanca) toca el césped húmedo, y él me acorrala con su propio cuerpo colocando las rodillas a cada lado de mis piernas.

Con las manos franquea mis hombros—. Esto se llama «placaje».

Es un movimiento aceptado en el fútbol americano siempre que el golpe para ejecutarlo se dé por debajo del cuello y por encima de las rodillas.

—¡Me vas a manchar la ropa!

DiMarco sonríe por primera vez a cámara lenta —yo lo veo a cámara lenta— y sacude la cabeza. Se mantiene en equilibrio con una sola mano para ajustarme el cuello de la camisa con los dedos de la otra y seguir la hilera de botones en sentido descendente.

Chasquea la lengua.

—Tú y tus trapitos —dice con aire distraído.

—¡Vale ya de tonterías!

—¡Vale ya de tonterías! —repite con una imitación muy acertada de mi voz y de la mezcla de acentos que se me escapa cuando pierdo los nervios.

Vuelve a colocar la mano sobre el césped y se inclina para besarme la mejilla.

Su voz ronca se me mete bajo la piel—: No puedes abandonarme, Elsie.

Sin ti estaré perdido. Lo que hay que hacer es cambiar algunas cláusulas del contrato, eso es todo.

—¡Sí, claro! ¡Para incluir la del acuerdo prenupcial de Ben Affleck y Jennifer Lopez, ¿no?! La que obliga al cónyuge a tener cuatro relaciones sexuales semanales con ella.

DiMarco abre mucho los ojos.

—¿Solo cuatro?

—¡Ya basta! —me quejo, y le doy un puñetazo débil en el pecho que, por supuesto, no le hace ningún daño—. ¡Cualquiera diría que no te gustó que te sexualizaran en el anuncio! ¡Una persona normal habría aprendido la lección, pero aquí estás tú, sexualizando a los demás! ¡A tu agente, para colmo!

DiMarco deja de sonreír. No se aparta de mí, aun así. Recorre mi rostro con una mirada ávida de conocimiento, empecinado, como siempre, en encontrar la grieta de mi máscara de mojigatería; esa por la que termina colándose para cumplir su santa voluntad.

—Lo siento. Es que me gustas —admite en un murmullo. Se muerde el labio, fastidiado y sorprendido con su propia confesión, y añade con el ceño fruncido—: Me gustas mucho.

Se me escapa una risotada incrédula.

—¿Cómo te voy a gustar? ¿Te has vuelto loco? ¡Míranos! —Vuelvo a reírme, esta vez con la voz estrangulada. Miro hacia todas partes menos a él—. Qué ideas tienes.

—¿Qué significa eso de «míranos»? Hacemos buena pareja. Los dos somos guapos.

—Con «míranos» me refería a que un día más estás medio desnudo y yo voy muy tapada con prendas de diseñador.

—Eso lo soluciono en un momento. —Y hace ademán de desabrocharme la camisa.

Cruzo los brazos sobre mi pecho como una momia para protegerme de él.

—¡No me refería a eso!

—¿El hincapié era en lo de «prendas de diseñador»? Porque el problema no puede ser el nivel socioeconómico. Tengo bastante pasta —señala como quien indica que hoy es lunes.