El partido del año Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Pues que lo normalice quien lo tiene, no tú, capullo.

—Solo quería ayudar, ¿vale? —se defiende Ash con las manos levantadas—. Y no es como si se lo hubiera largado a sus enemigos de los Miami Dolphins. Es importante que lo sepa su representante para no llevarse sus groserías al terreno de lo personal, ¿no te parece?

Noah sigue sin estar de acuerdo, como confirma sacudiendo la cabeza, pero no le lleva la contraria. A lo mejor es porque Ash tiene razón al decir que el TDAH no es un delito ni nada de lo que avergonzarse.

Yo, en lo personal, ni siquiera lo percibo como un trastorno tan estigmatizado como la bipolaridad o la depresión, que según he observado generan todavía una inquietud recelosa entre la gente.

Claro que esta es mi visión particular porque recuerdo que un chico de mi clase del instituto recibió este diagnóstico y nunca me pareció preocupante.

Era muy nervioso, sí, y sus capacidades atléticas eran inversamente proporcionales a su facilidad para el estudio —le exigía Dios y ayuda concentrarse, no ya en casa, sino en lo que duraba la lección—, pero ¿acaso no es habitual que los ases del fútbol no destaquen por sus calificaciones y a menudo consigan becas para estudiar en universidades de prestigio solo por su rendimiento deportivo?

Cierto es, aun así, que solo era «un chico de mi clase»; alguien tan ajeno a mi propia vida como un primo segundo.

En aquella época estaba más preocupada por la diabetes de Nick Jonas —por algún motivo pensaba que le acabaría costando la vida—, así que supongo que sería más sincero admitir abiertamente, pero a regañadientes, porque odio reconocer mi propia ignorancia, que no tengo una remota idea de lo que comporta el TDAH en el día a día para quien lo sufre.

¿«Lo padece»? ¿«Lo tiene»? ¿Cuál sería la palabra adecuada?

Esa es una de las preguntas que podría hacer.

También podría preguntar por qué lo lleva en secreto, como si hubiera matado a alguien; sobre todo con la moda emergente y cada vez más consolidada de utilizar las neurodivergencias como arma arrojadiza o excusa para salirte con la suya en una discusión, algo que he visto y vivido muy a menudo viniendo de según qué personalidades victimistas.

A lo mejor él es diferente en ese aspecto y no justifica las actitudes que pueden leerse como desmanes precisamente para «no victimizarse». ¡Como si no hubiera una diferencia abismal entre explicarse y victimizarse!

Yo no lo criticaría en tal caso, que conste.

Cuando en el instituto me insultaban por estar demasiado delgada, me faltaba tiempo para gritar que no era culpa mía, sino de mi hipertiroidismo.

Y si hubiera podido, habría culpado también al hipertiroidismo de mi voz de pito, de que mi cejas sean pelirrojas y de que mis compañeros me encontraran intragable.

Pero lo que pregunto al cabo de un rato catatónica no es nada de eso.

Tampoco menciono el hipertiroidismo porque a nadie le ha importado nunca.

—¿Dónde está ahora DiMarco?

—Creo que sigue en el campo. —Vinny señala con el pulgar hacia las puertas—. Los días que entrenamos por la tarde suele quedarse practicando hasta el agotamiento.

Asiento, invadida por los nervios, y cuadro los hombros para enfilar con una mínima seguridad hacia la cancha.

Me gustaría decir que esta nueva información no ha cambiado en absoluto la manera en que lo percibo y que mi plan es el mismo: ofrecerle un bolígrafo para que firme su conformidad, hacerle entrega de la copia de la rescisión y desaparecer de su vida como si nunca hubiera existido.

Pero no sería verdad.

Lo encuentro tendido boca arriba en el centro del campo igual que un niño dibujando sus alas de ángel sobre la nieve.

Se ha quitado el casco, pero no las protecciones, y contempla los últimos minutos de cielo anaranjado con una mirada pensativa.

Conforme me acerco, advierto que se lleva a los labios un cigarrillo y vigila con los ojos entrecerrados el humo que expulsa, que se deshace en su ascenso en espiral como el polvo de un hechizo.

El corazón se me encoge y me planteo prestarle una visita otro día, cuando la luna todavía no haya aparecido.

«¡Nada de eso! ¡Ponte firme!».

Obedezco la voz interior a regañadientes. Pero ¿qué se supone que voy a hacer? ¿Decirle hola y tirarle los papeles a la cara aprovechando que la gravedad me ayudaría? ¿Exigirle que se ponga en pie y me preste atención? Solo de imaginarlo me siento patética.

Por suerte, él me localiza antes de que me plante, indecisa, a tres pasos de distancia y me aferre al asa de mi bolso con mojigatería. No esperaba que reaccionara con tanta naturalidad palmeando el césped a su lado, invitándome a imitarlo.

—No pienso tumbarme ahí. Voy de blanco.

—La falda es negra.

Bueno, ahora sabemos que daltonismo no tiene.

«¿Ahora haces bromitas? Cuando la inteligencia artificial haya desarrollado el modo de revelar en voz alta los pensamientos privados, te van a funar por insensible».

«Tener pensamientos no es ningún delito. No puedes castigarte por algo sobre lo que no actúas y para colmo careces de control alguno», me respondería mi psicoanalista.

Por eso la quiero y por eso le pago.

—Al menos siéntate —insiste él.

La falda es negra, vale. Y también es larga. Pero eso no significa que pueda imitar la posición del loto sin sacrificar la elegancia.

Sin embargo, lo que me parecería aún menos elegante sería soltar la perorata de la resolución contractual de pie, y ese no es el único tema serio que quiero tratar, así que termino obedeciendo con la mayor dignidad que soy capaz de reunir.

—¿Puedes fumar aquí?

—No —responde con sencillez. Ladea la cabeza hacia mí y espera a haberme detallado para decir, como quien ofrece el parte del tiempo—: Estás guapa.

Para mi inmenso bochorno, me ruborizo, y no solo de vergüenza; también de regocijo porque se haya dado cuenta. No estoy en posición de negar que me haya arreglado conscientemente para esta última reunión, si es que así puede llamarse.

Gracias a sus escasos conocimientos estilísticos no se habrá percatado de hasta qué punto.

—¿Por qué no me has dicho lo de tu TDAH ? —suelto a bocajarro.

Puestos a ser poco elegantes...

DiMarco no tiene ninguna clase de reacción emocional. Devuelve la vista al techo del cielo, da una calada premeditada al casi extinguido cigarrillo y hace una mueca con la boca con el mismo significado que un encogimiento de hombros.

—Porque yo no creo en esas cosas.

Su respuesta me deja de una pieza.

—¿A qué te refieres con «esas cosas»? —Se me escapa una nota de incredulidad—: ¿A la psicología?

—A patologizar la personalidad.

Mi asombro solo va en aumento.

—Entonces asumo que no mantienes a raya los síntomas con la... pertinente medicación.

DiMarco me mira como si le hubiera hablado en arameo.

—No consumo anfetaminas, si es lo que me estás preguntando.

Vale. Ahora estamos a la defensiva. De acuerdo.

Me podía imaginar que no había aceptado el tratamiento más frecuente del TDAH . Al fin y al cabo, y ahora que lo pienso, su sintomatología es de libro. La falta de concentración. La impulsividad. La necesidad de estar constantemente en movimiento.

No sé si hay mucho más.

—¿No te pareció que debiera saberlo?

—Ya sabes que soy un poco descuidado y olvidadizo. No tenía que ponerle un título psiquiátrico. Nadie tiene por qué ponérselo, empezando por los que te lo hayan dicho.

Percibo rencor. Noah estaba en lo cierto insinuando que no le gusta que se debata el tema.

Hay vacilación entre mi pregunta y la siguiente. Es un asunto serio para él, pero no por las razones que uno pensaría. Siento que debo abordarlo con mucha delicadeza.

—Aunque no estés de acuerdo con él —empiezo, procurando sonar ecuánime—, deberías haberme informado del diagnóstico de los profesionales, ¿no crees?

Así te habría entendido mejor y no habría pensado que me ignoras a propósito.

No es que mi tranquilidad esté por encima de la tuya —añado enseguida, preocupada por si lo ofendo—.

Solo digo que nos habría facilitado la comunicación y yo no habría perdido los estribos contigo. Varias veces.

—¿Necesitas un papelito que justifique el comportamiento de la gente para ser paciente y amable con ella?

—No tergiverses, DiMarco —le advierto con el dedo—.

Soy muy paciente y muy amable hasta que veo que se toman a risa mi tiempo y mis esfuerzos.

No habría estado de más que me dijeras que no es que te la tomes a risa, sino que no puedes tomártela de otro modo.

Creo que no estoy tratando el tema como debería —admito con un suspiro después de una larga vacilación—. ¿Por qué no me ayudas?

—Porque no hace falta. El tema está agotado.

Agacho la vista a mis manos, que no he dejado de retorcer en el regazo desde que me he sentado.

¿Insisto? ¿Tengo derecho a insistir? ¿Es lo educado?

¿Mi ansias por interrogarlo nacen de esa perniciosa curiosidad de los morbosos o de verdad quiero entenderlo?

He venido a Boston con un objetivo clarísimo y él lo ha desmontado incluso antes de aparecer en mi campo de visión.

Podría desentenderme sacando el papeleo del bolso y largarme sin profundizar, pero eso sería cruel y tengo muchos más escrúpulos de los que se me reconocen.

Durante un rato me limito a mirarlo en silencio.

Tantas emociones se me agrupan entre los costados que me duele el estómago y respiro de manera irregular.

Él puede hablar y actuar con llaneza porque imagino que separarle las piernas a una mujer y enterrar la cabeza en medio es su modus operandi , el hobbie de una tarde de lunes cualquiera, pero para mí no.

Él puede ignorar mi deseo de hablar y mis esfuerzos por mantener la compostura porque es un hombre en el sentido cultural de la palabra y ni está acostumbrado a abrir su corazón ni tiene interés en aprender a hacerlo, pero yo me estoy ahogando.