Capítulo 12
If You Like It Then You Shoulda Set A Date For Me
Lara Cosima
Alguien ha tenido que contarle a DiMarco lo que significa «donde las dan, las toman», porque es el lema que viene adoptando desde hace siete días: los que llevo, en vano , tratando de contactar con él por todas las vías imaginables para que firme la resolución del contrato.
Porque si alguien pensaba que iba a abandonar mi pretensión está muy equivocado. Puede que «unos besitos», como los describió el susodicho, puedan distraerme in situ , pero hacen falta herramientas infinitamente más contundentes para disuadirme de manera efectiva.
Como dice Samantha, y no le falta razón, soy la Agenda Humana.
Tengo grabadas en el cerebro, como si de inscripciones de lápida se tratase, cada uno de los guiones de mi lista de tareas pendientes, y la responsabilidad más acuciante que brilla por encima del resto es librarme de Myles DiMarco.
Él, que lo sabe porque no es ningún idiota —aunque pensara lo contrario—, se las ha ingeniado para posponer el momento de la verdad.
No me ha dejado otra opción que volver a comprar un billete destino Boston para presentarle el papeleo en persona.
Vengo sabiendo que no cree en las últimas tecnologías, y prueba de ello es que utilice WhatsApp con una parsimonia que haría parecer frenética la correspondencia victoriana, pero tenía la esperanza de que tratándose de un tema serio se prestara a poner su firma digital en los márgenes inferiores.
Ingenua de mí.
A veces olvido que él también sabe jugar.
Jugar sin atender a las reglas, jugar sucio, pero jugar, al fin y al cabo.
Y aunque ignorar mis mensajes sea su pan de cada día, la indiferencia de las pasadas jornadas tiene otro cariz, uno de indignación masculina que las sabuesos como yo podemos oler —no porque tenga una gran experiencia en el mundo de las citas, cabe decir, sino porque si no supiera olerlo, ¿cómo habría aplacado las numerosas crisis de ego que han sufrido tantos clientes masculinos de Velvet Room?
—: me está devolviendo triplicado el castigo de la pasada semana y me está diciendo entre líneas que si no doy la cara ya me puedo estar olvidando de su autógrafo.
«Pues aquí me tienes, Myles DiMarco. Lista para el combate».
Así que allá voy yo por el pasillo principal del estadio de los Boston Beasts, donde me consta que lo encontraré porque, cariño, tengo tu horario.
Camisa blanca oversized de algodón rígido pero ceñida a la cintura de Jil Sander, falda larga negra de lana estructurada, Mary Janes de Le Monde Beryl, bolso minimalista de The Row y gafas de sol vintage para ocultar que llevo unas cuantas noches sin dormir en condiciones.
¿A que no se nota nada que estoy sufriendo una crisis por culpa de un zoquete?
—¡Pero mirad quién está aquí! —exclama Vinny nada más reconocer mi figura.
Estaba charlando con otros dos sujetos delante de una de las vitrinas de exposición de su saloncito de la fama particular, todos ellos con sendas latas de cerveza.
El novio de Alexia extiende los brazos y me recibe con una de sus sonrisas beatíficas—. ¡La reina de la fiesta!
Le sigo la gracia con una breve reverencia y me cuelgo las gafas del escote de la camisa.
Sus acompañantes se revelan como Noah y Ashton, quarterback y corredor respectivamente.
Hace un par de horas desde que concluyó el entrenamiento, y no solo lo denota el hecho de que esté cayendo el sol, sino que todos ellos lleven el pelo húmedo y se hayan calzado el cómodo chándal del equipo, prendas de algodón púrpura con líneas y detalles en blanco plateado.
—¿Vienes a regañarnos un día más? —pregunta Ashton con la cabeza ladeada.
—Tendrá negocios que hacer con DiMarco —presupone Noah, y le da un sorbo lento y reflexivo a su lata sin dejar de atenderme con curiosidad.
No es solo que sus ojos sean azules, sino que revelan una inteligencia que trasciende lo racional. Siempre que posa en mí una mirada circunspecta me da la sensación de que está leyéndome el pensamiento.
De ser así, tendría que matarlo.
—De hecho —anuncio después de una larga inspiración. Le doy una palmadita a mi bolso y con la otra mano rechazo con amabilidad el ofrecimiento de Ash, que se había agachado hacia las latas húmedas para ofrecerme una—, vengo a resolver nuestro contrato de representación.
—¿Ya? —se sorprende Vinny—. Es verdad que en cuestión de semanas has conseguido lo inimaginable.
Entre la reacción de la gente a su alegato en el sofá de Farah Fou y las fotitos promocionales que anda subiendo Gillette, va camino de convertirse en el sueño húmedo de Norteamérica. Pero ¿tú crees que es suficiente?
—Por supuesto que no es suficiente. Por más que esté a una foto paseando a su diminuto caniche de que lo fichen para la próxima película de Ryan Murphy, no he conseguido lo que me proponía, que es meternos en el bolsillo a los inversores de los Boston Beasts. Pero me rindo.
Vinny y Ashton lanzan una exclamación ahogada. El segundo la acompaña apoyando una palma afectada sobre el corazón. Noah no finge haberse quedado catatónico con mi más que esperable decisión y solo levanta las cejas.
—Nunca pensé que llegaría el día en que pronunciarías esas dos palabras —reconoce Vinny—. ¡No puede ser que Myles te haya vencido! ¡No puede ser que nadie sobre la Tierra te haya vencido!
—Solo soy humana.
El tight end y el corredor vuelven a exagerar un grito espantado.
Se miran entre ellos.
—El infierno se está congelando ante nuestras narices, Vinny. ¿Qué será lo siguiente?, ¿que los Buffalo Bills ganen la Super Bowl?, ¿que los Detroit Lions se clasifiquen siquiera para la final?
—No lo entiendo —admite Vinny—. Vienes sabiendo, y mucho mejor que nadie, cómo se las gasta DiMarco. No se puede decir que no estés avanzando con él. ¿Ha pasado algo grave?
¿Que si ha pasado algo grave? Me dan ganas de preguntarle a este grupo de homínidos qué clase de animal suelta «qué rica» después de una situación erótica con una mujer.
¿Cómo que «qué rica»? ¿Qué clase de valoración es esa?
Ricos están los beignets . «Rico» huele un perfume cuando el que lo ha probado es dominicano o venezolano, porque si no eres dominicano o venezolano no tiene ningún sentido que digas que un perfume «está rico».
¡Y rico es Bill Gates, no el cuerpo de una señorita!
Pero, de nuevo, esa es información que solo podría sonsacarme el IDF mediante tortura.
—¡Es un desastre! —acabo exclamando con los brazos extendidos.
Necesito desahogarme, ¿y quién mejor para posicionarse de mi lado que quienes padecen a diario las fechorías del wide receiver ?
¿No es acaso un buen comienzo que me hayan preguntado qué ha hecho él , y no por qué soy una cobarde?
¿No es buena señal que los tres asientan con resignación ya con mi primera apreciación?
—Pero eso no es nada nuevo —le defiende Noah.
—¡Claro que es nuevo! Podía imaginarme que no sería el caballero de brillante armadura, pero su falta de compromiso con todo y con todos me agota.
Nunca coge el teléfono ni contesta mensajes, así que es imposible mantenerse en contacto con él —comienzo a enumerar señalándome el dedo índice con el de la mano contraria—; llega tarde a todas partes porque se le olvida dónde tiene que estar y a qué hora; no me escucha o al menos no parece que me escuche, porque rara es la ocasión que retiene los datos que le doy o que me mira a la cara cuando le estoy explicando lo que habrá de hacer.
.. ¡Y es un maleducado! ¿No lo visteis en la entrevista?
Cuando no pasa de ti, te interrumpe mientras estás hablando, se pone de un humor huraño de repente y actúa todo el tiempo sin pensar en las consecuencias.
¿Cómo se supone que se lidia con un kamikaze, eh? ¡Vosotros diréis!
La reacción de los jugadores es homogénea y la prueba fehaciente de que, pese a estar de acuerdo conmigo, quieren igual —si no más— a DiMarco: se miran entre ellos con una mezcla de exasperación e inevitable ternura.
Me habría arrepentido de mi arrebato incluso si se hubieran unido a mí para criticar al sujeto.
¡Son sus amigos, por Dios! Van a pensar que intento ponerlos en contra de él cuando nada más lejos de la realidad.
Solo necesito que alguien confirme que no son minucias lo que hace que me hierva la sangre, que no estoy viendo fantasmas donde no los hay.
Es Noah quien rompe el silencio comprensivo dirigiéndome una mirada seria.
—Pero sabes que todo eso es por el TDAH , ¿no?
El nudo que se me había formado en el estómago sube y aprieta hasta bloquearme la garganta.
—¿Qué?
—DiMarco tiene TDAH . Diagnosticado por varios profesionales —puntualiza Vinny, que ha copiado la expresión del quarterback y vigila mi reacción sin saber cómo tomarse mi ignorancia—.
No quiero decir con esto que tus quejas sean injustificadas, porque claro que molesta que no te miren a la cara cuando hablas, que estés a gusto con tu colega y de repente se agobie y se quiera largar y que llegue tarde o ni se presente el día de tu cumpleaños.
.., pero al menos a mí me consuela saber que no lo hace adrede.
—¿Os estáis quedando conmigo? —es lo único que se me ocurre decir después de pasear la vista por los distintos rostros—. ¡Pero si no me ha dicho nada!
—A nosotros tampoco —responde Ash con un encogimiento de hombros—.
Nos enteramos porque nos lo dijo el entrenador, que es quien lo mandó a hacerse las pruebas por tercera vez.
La primera corrió a cuenta de una trabajadora social que le reconoció los síntomas en la casa de acogida y la segunda opinión la pidió su tío Henry.
—Si no se lo ha contado a Lara Cosima, por algo será, ¿no? —interviene Noah. Se dirige solo a Ash, al que reprende con el ceño fruncido—. Ya te digo yo que el motivo por el que se lo ha callado no es porque quiera que seas tú quien airee sus asuntos privados.
—Tener TDAH no es un delito. Habrá que normalizarlo.